Capítulo 1 #2
―¿Has hablado con ella respecto a tus intenciones? ―Se dio cuenta de que acababa de sonar como un magistrado de la ley en su interrogatorio. Ethan también se debió de dar cuenta porque se sonrió y sacudió brevemente la cabeza.
―Primero deseaba sus bendiciones, señor Pharma ―le aclaró.
―Me temo, Ethan, que te honran tus palabras, pero ambos sabemos que serán del todo inútiles si ella se niega.
¿Te ha dado algún motivo por el que creas que tú…
? ―Dejó la pregunta en suspenso para ver si su joven aprendiz, de quien acababa de descubrir que era mucho más de lo que una vez imaginó, comprendía dónde quería llegar a parar.
―He sido siempre un correcto caballero con la dama ―le aseguró, dando a entender que no le había tocado ni un solo pelo de su preciosa cabellera oscura.
―No lo he puesto en duda en ningún momento ―precisó.
―Si he esperado tanto para hablar sobre mis intenciones, ha sido por lord Snow.
―¿Snow? ―preguntó con el ceño fruncido―. ¿Qué tiene que ver el mejor amigo de mi hijo? ―Algo se le escapaba a Leopold.
―Me jacto de ser observador.
―Lo sé bien. Una virtud muy adecuada para un abogado.
―Tenía motivos para considerar que su hija podría estar interesada en él.
―¿En Snow? ―repitió incrédulo. Ethan asintió―.
Conozco bien a Liberty. Ella soporta el carácter libertino de su hermano porque lo adora y lo sabe manejar muy bien.
―Leopold se rio con ligereza―. De hecho nos tiene bailando a ambos ―el señor Pharma se incluyó en la afirmación― alrededor de su meñique.
El conde de Snow no sería un esposo adecuado para una mujer como Liberty.
Ella tiene que darse cuenta de eso. Estoy seguro de que se dio cuenta de eso hace tiempo ―aclaró con efusividad.
―Tal vez sus palabras estén en lo correcto, porque lo que me ha impulsado a dar el paso, al fin, ha sido ver que su hija ya no le presta atención al conde ―sentenció con gran esperanza.
―Bien. Bien. No tengo nada en contra de lord Snow, Dios sabe que ese muchacho se quedó sin la atención de sus padres demasiado pronto y que tuvo la desgracia de caer bajo la tutela de un hombre que…
―Se silenció porque no deseaba hablar del duque de York―.
A veces un título, por muy alto que sea, no garantiza una buena reputación.
No tengo nada en contra de la esposa de York, dicen que es muy correcta y que refrena a su esposo.
Snow ha estado en contacto con demasiados tipos como ese tutor suyo y se ha contagiado de un mal que seduce, pues el libertinaje es una plaga peor que una enfermedad que sesgue la vida humana.
Mi hijo… ―Suspiró y no supo cómo continuar.
Leopold llevaba demasiados años esperando que Bruce se diese cuenta de que la vida no era solo diversión.
Un heredero que sabía que su padre le legaría una buena fortuna podía descarriarse con gran facilidad.
El excesivo trabajo que atendía cada día había hecho que desatendiese a sus dos hijos, y había confiado en la esperanza de que Liberty, tarde o temprano, encontrase a un buen hombre que la desposase.
Eso parecía estar ocurriendo. Así que tal vez pudiese haber un poco de luz para Bruce y se acabase dando cuenta de que había mucho más en la vida que mujeres de dudosa reputación y fiestas obscenas.
Al ver que el señor Pharma se había quedado ensimismado en sus pensamientos, Ethan decidió carraspear y luego procedió a preguntar:
―¿Le parece bien que lleve a cabo mis planes?
―¿Tienes un plan?
―Conquistar a la dama que pretendo convertir en mi esposa ―dijo sencillamente.
Eso valió para que el señor Pharma emitiese una carcajada que hizo que Ethan frunciese el ceño y los labios.
―Ah, mi querido joven, tal vez deberías idear algo más elaborado para lograr tu aspiración.
Conociendo a Liberty como la conozco, ella hará de tu proyecto un dolor de cabeza.
Veinticinco años llevo conviviendo con mi pequeña salvaje, y todavía ella me sorprende, y lo peor, suele hacer todo lo contrario de lo que yo deseo.
No te lleves a engaño, Ethan, jamás desistí de mis intentos para traer al redil a mis hijos, pero me di cuenta de que uno no puede luchar contra el mar embravecido.
Liberty es tan imprevisible como una fuerte ola que desestabiliza a un gran bergantín de La Marina.
Ethan le sonrió.
―Supongo que tendré que demostrar mis dotes de gran capitán.
―¡Brindemos por tu empresa, capitán! ―exclamó Leopold, al tiempo que se ponía en pie para servir un par de copas y brindar por lo que estaba por venir.
Ahí, Ethan Digory se dio cuenta de que contaba con un aliado importante para la conquista de la joven.
***
A lo largo de los años, Liberty había empleado todos y cada uno de los trucos que conocía para ver si al final él le hacía caso.
Había optado por ser amigable, luego pasó a una ofensiva más evidente, y por último se le ocurrió que tal vez sería interesante no prestarle atención. ¡Nada funcionaba con Theo!
Tantos años y el muy déspota la seguía manteniendo en el candelero.
Estaba interesado en ella. Interesado y celoso.
Podía verlo desde su posición, mirándola con cara de pocos amigos, y solo porque había bailado con el hombre más popular de la fiesta y ella se había habituado a los escotes bajos para que la notasen con mayor facilidad. ¡Conde terco!
Liberty le ofreció una gran sonrisa a Snow desde el otro lado del salón de baile y luego le guiñó un ojo. La señorita Pharma supo el momento exacto en el que su querido y obstinado Theo la llamó descarada por lo bajo. En menos de dos segundos, él comenzó a avanzar hacia ella a grandes zancadas.
Un buen punto, porque el tiempo se le acababa.
La buena fortuna había hecho que la joven, hacía unos pocos minutos, escuchase a Afrodita Florence, mejor dicho, a la señora Florence, la mujer con quien Snow parecía encaprichado, hablar de que deseaba poner celoso a su esposo con Theo.
Dicho matrimonio era espeluznante y realmente extraño.
El último amante de esa mujer había acabado muerto por un duelo.
El señor Florence no perdía jamás cuando se enfrentaba a un oponente y llevaba ya unos cuantos muertos sobre sus espaldas.
Pese a que el esposo de Afrodita no tenía título y no debería retar a nadie a duelo, lograba que su afrenta no pudiese ser ignorada por el resto de los caballeros.
La joven no podía dejar que Snow se pusiese en peligro, porque si alguien tenía derecho a apuntarle con un arma a Theo, ese alguien era Liberty.
Se sentía como si hubiese estado sus veinticinco años de vida esperando pacientemente a que él se decidiera.
Y eso era todo un gran logro y un arduo sacrificio.
Liberty merecía que alguien cantase sus alabanzas por haber tenido tanta paciencia con Theodore Maxwell Dreyer, o algo así.
Cuando se trataba de información, la señorita Pharma no tenía rival. Para bien o para mal estaba siempre en el lugar indicado en el momento más oportuno. Manejaba información sobre todos, de todo. Y lo que no llegaba a sus oídos lo preguntaba con delicadeza.
Theo era suyo y de nadie más. Que Dios la perdonase por lo que iba a hacer, y más porque sabía que no sentiría remordimiento alguno.
Cuando los ojos negros de su poderoso caballero se centraron en Liberty, ella lo miró con cierto desafío. Estaban el uno frente al otro, rezagados en un lateral del salón de baile.
―Tu vestuario es, como siempre, del todo inapropiado, y tus acciones distan todavía más de ser acertadas. ¿Qué ocurrirá cuando alguien te pesque sonriéndome como una tonta y guiñándome un ojo, Liberty? No eres una pequeña arpía como solía llamarte York, solo eres una descarada.
Ella suspiró. Desde que el duque la bautizase como «pequeña arpía», los que lo habían oído escuchar ese sobrenombre lo usaban, sin importar que ella fuese ya toda una solterona.
En los últimos meses era habitual que él la regañase por todo.
Por beber de alguna copa haciendo demasiados sonidos o por lamerse los labios, por comer un rico postre que la hacía sentir en la gloria más absoluta o por vestirse como una mujer encantadora, a la moda, que deseaba que alguien ―él― la viese como lo que realmente era: una mujer de lo más apetecible y aceptable a la que convertir en su esposa.
A Liberty no le importaba que Theo fuese un libertino consumado, o que anduviese tras las faldas de varias mujeres a la vez.
No. Porque se conocía a sí misma y era plenamente consciente de que podría reformarlo.
Su propio tutor, el duque de York, o el hermano de este, conocido como lord Liam Banstorn, eran dos ejemplos magníficos que le venían a la mente.
El problema con Theo era su testarudez al no admitir sus sentimientos por ella.
―Siempre resultas encantador, querido lord Snow ―respondió ella a sus ataques con una brillante sonrisa, tratándolo con suma formalidad.
―¿Dónde está tu padre?
―Imagino que en el salón para caballeros jugando a las cartas o hablando con otros colegas abogados.
―¿Y tu hermano?
―El jardín oscuro ―ella miró hacia las puertas francesas que daban acceso al lugar― parece una zona apropiada para buscarlo. Lo que me sorprende es que tú no estés con él ―dijo en tono casual.
―Alguien debe echarte un ojo. Resultas imprevisible, señorita Pharma.
―Ah, la formalidad… ¿Te funciona eso para poner distancia conmigo, Theo? Porque a mí no me funciona en absoluto cuando la uso contigo. ―Utilizó el diminutivo de su nombre para recordarle que ellos eran de lo más cercanos por más que él no desease admitirlo.
―Si fuese tan fácil te mantendrías lejos de mí, Liberty, cuando la usase, ¿no crees? ―refunfuñó.
―¡Ah! ―exclamó de nuevo― pero no soy yo la que recorre habitualmente el salón de baile para ir en tu busca.
―¿Sigues con esa tontería?
―¿Cuál? ―preguntó ella jugando al despiste.
―Sabes bien a lo que me refiero. No entiendo tus motivos para desear ser condesa.