Capítulo 1
Otro baile más… ¿o no?
Ethan Digory tenía veintisiete años y estaba más que preparado para dar el siguiente paso.
Se adentró en la guarida del león ―porque en el presente, la casa del señor Pharma se sentía como eso― dispuesto a ofrecer su mejor proposición.
Deberían enseñarle a un hombre cómo enfrentarse a una petición de mano sin que estas comenzasen a sudarle.
Después de dejar en manos de un joven lacayo su elegante sombrero de copa, el bastón, los guantes y el sobretodo, Ethan se deslizó con su habitual elegancia por la entrada para saludar debidamente a Bruce Pharma.
Ambos se tendieron la mano amigablemente y se sonrieron.
―¿Mi padre te hace trabajar tan temprano? ―preguntó el hermano de Liberty, puesto que eran poco más de las nueve de la mañana.
Ethan Digory era el asistente del señor Pharma y era habitual verlo en casa, pero no a horas tan intempestivas, dado que solía ir por la tarde.
―El deber no entiende de horarios ―dijo con una sonrisa.
Una muestra que no estaba destinada a la persona que estaba frente a él, sino a la bonita dama que descendía en esos momentos por las escaleras principales, ataviada con un sencillo vestido de mañana con fondo blanco y algunos motivos verdes y amarillos que Ethan no podía identificar.
―Liberty, ¿dónde vas tan temprano? Para ser lunes todos estáis hoy muy madrugadores ―señaló Bruce.
―Bueno, hermano ―comenzó a explicar la morena de ojos verdes cuya nariz prominente le confería un aspecto único―, los comunes mortales aprovechamos la noche para descansar y dormir, a diferencia de ti, que utilizas las horas de oscuridad para…
―Le dio un ligero vistazo y vio que su hermano tenía la camisa torcida, el nudo de la corbata estaba arruinado y… ¡Estaba hecho un desastre!
―Divertirme ―zanjó Bruce con una sonrisa―. Ahora, si me disculpáis… los afortunados que tienen el privilegio de andar entre las sombras para descubrir que hay vida más allá de la cálida luz del sol, debemos descansar de las fechorías cometidas.
Con ese discurso, el hermano de Liberty los dejó en la entrada de la maravillosa casa situada en Mayfair, para subir a su habitación y dormir plácidamente. Había sido una velada memorable y tocaba usar el día para reponer las fuerzas empleadas por la noche.
Si hubiera estado atento, Bruce habría sido testigo de cómo su hermana apretaba los labios en una fina línea blanquecina que venía a cuestionar su comportamiento.
Si el hijo del señor Pharma no hubiese huido de la reprimenda que sabía que Liberty le ofrecería, también habría visto con sus propios ojos cómo Ethan Digory examinaba con suma admiración a la señorita Pharma.
―Adoro a mi hermano, pero censuro completamente su proceder ―dijo la joven de veinticinco años para después acabar su comentario con un suspiro profundo.
―Todavía es joven y…
―Usted, señor Digory, tiene un año más que Bruce y se toma muy en serio sus responsabilidades ―apuntó ella con una suave sonrisa en su rostro.
Ethan supo en ese momento que cuando la señorita Pharma sonreía el mundo era un lugar mejor.
Más lleno de candidez y ternura. Ella tenía fama de ser salvaje, impulsiva, incluso temeraria.
Mentira todo. Esa mujer era interesante y haría al hombre que la consiguiese la persona más feliz de la faz de la Tierra.
―Ya me había parecido escuchar voces… ―los interrumpió el señor Leopold tras abrir la puerta de su despacho. Observó a Ethan Digory y a Liberty, y frunció el ceño―. ¿Dónde vas tan temprano, hija? ―preguntó con interés.
―A desayunar, padre ―señaló ella, mostrando una sonrisa pacífica.
―Al menos hoy no vas en pantalones ―susurró el señor Pharma, recordando la vez que la pescó a las siete de la mañana regresando de montar a caballo, disfrazada como un joven petimetre―.
Trata de no meterte en problemas, Liberty.
Ahora… ¿Ethan? ―El abogado lo llamaba por su nombre de pila, puesto que el señor Digory le había solicitado que acortase la distancia años atrás y prescindiese de la formalidad.
―Buenos días tenga usted, señorita Pharma ―se despidió Ethan, para después seguir al padre de la joven hasta su despacho.
Ambos caballeros se acomodaron el uno frente al otro, con el escritorio mediando entre ellos.
―¿Qué puedo hacer por ti, Ethan? Me sorprendió que solicitases esta reunión después de haberme pedido el día libre hoy.
―Y usted fue muy amable al darme un par de ellos.
―Nunca entenderé por qué insististe tanto en que fuésemos familiares cuando trabajamos juntos y nunca dejaste de lado la formalidad al dirigirte a mí. Y ahora esto. Me pides un descanso y luego me solicitas una cita a primera hora del lunes. Eres del todo contradictorio, Ethan.
El aludido enfocó sus ojos de color caramelo directamente sobre los verdes de su empleador. Eran muy parecidos a los de Liberty. Se armó de valor.
―El motivo por el que no me permití ser familiar con usted, señor Pharma, es porque lo respeto muchísimo.
―Lo sé ―aseguró con suma gratitud.
―Además, uno no debe perder jamás el respeto por el hombre que ha engendrado a la dama a quien pretende hacer su esposa.
―Eso es muy amable por tu parte… ―El señor Pharma detuvo sus palabras cuando se dio cuenta de lo que acababa de escuchar.
La incomodidad que Ethan comenzó a sentir se trasformó en un par de manchas rojas que nacían desde el cuello hasta sus mejillas. Ni cuando tuvo que revisar sus calificaciones en Oxford, Ethan Digory se sintió tan ansioso y nervioso con el veredicto final.
―Verá, señor Pharma, usted me conoce muy bien. Sabe la clase de hombre que soy. Me jacto de ser correcto y honorable, dos cualidades que un caballero debe asegurarse de transmitir a sus iguales. Tengo una fortuna propia y…
―¿Fortuna? ―lo interrumpió Leopold en ese punto.
―Vine avalado por el título de mi abuelo. El vizconde Athembury fue muy generoso conmigo a su muerte y…
―Si me dices ahora que tu abuelo te cedió un título, yo…
―Sabe bien, señor, que eso es imposible, pues yo era el menor de sus nietos ―indicó con una breve sonrisa.
―¿Entonces? ―lo urgió a seguir explicándose.
―Lord Athembury siempre sintió una especial predilección por mí.
Mis primos eran conscientes de ello y, eso, supongo que nos separó.
Mi abuelo solía decir que yo era un calco de él.
―No mentía, ambos eran altos, delgados, con los mismos ojos marrones claros y el cabello negro―.
Así que cuando murió descubrí que todo lo que no estaba ligado al título me fue cedido.
―¿Cuánto es todo? ―preguntó sagaz el padre de Liberty, sintiendo por primera vez que el joven Ethan Digory lo había estado engañando durante años.
―Más que suficiente para tener la osadía de pedir la mano de su hija hoy ―puntualizó.
Leopold comenzó a negar con la cabeza.
―Entenderás, Ethan, que en nuestra profesión se necesitan hechos para respaldar las afirmaciones.
―Puedo darle los documentos oportunos para que vea que no falto a la verdad.
―¡No me insultes, muchacho! ―saltó el señor Pharma―.
Jamás dudaría de tu honor, por mucho que comience a pensar que no has sido completamente honesto conmigo.
Así que más te vale comenzar a explicarme el porqué de la ocultación de tu situación, una que intuyo que es muy privilegiada, y el motivo por el que deseas cortejar a mi hija.
―Pretendo casarme con ella, señor Pharma ―lo corrigió con suavidad, pero con efusividad.
―Entonces comienza a explicarte, Ethan ―le recomendó.
―La vi. En una fiesta hace unos tres años. Liberty ―se permitió usar su nombre de pila― brillaba como si fuese un diamante único entre todas las jóvenes que trataban de asegurarse la atención de un buen partido.
Había un poco más que lo explicado, porque Ethan la había convertido en una amiga entrañable con perseverancia y, aunque en público y cuando su padre estaba delante, él la trataba con suma formalidad, Liberty y él prescindían de la etiqueta cuando hablaban a solas.
Eran bastante cercanos. Ella era refrescante, encantadora, maravillosa. Valía su peso en oro.
―Probablemente mi hija estuviese departiendo con alguna amiga, oculta tras un helecho, una columna o en un rincón. ―Conocía bien a su hija. Le importaba más estar al tanto de todo lo que se cocía en sociedad, que buscar un buen esposo.
Ethan le sonrió.
―Y pese a ser así, para mí, brilló de tal forma que me cegó.
―Mi hija no quiere casarse, Ethan. Tú mismo has sido testigo de las veces que la he maldecido por su terquedad. Ella no sería una esposa fácil porque su temperamento es…
―Si al fin me he decidido a hablar con usted, señor Pharma, es porque desde que la vi en aquella velada, no ha pasado ni un solo día en que no pensase en que sería una esposa perfecta para mí.
Cuando averigüé su identidad y supe que uno de los mejores abogados de Londres era el padre de la joven…
Usted sabe que mi pasión son las leyes, los documentos, mediar en conflictos. Fue una señal.
―Y aun así no le gusta pisar un juzgado ―recordó. Ethan era un joven prometedor que podría haberlo tenido todo en la carrera judicial.
―No. La peluca no me favorece en absoluto, y tampoco me veo capacitado para ser parte de una acusación o de la defensa de una persona, más si los cargos son graves. Prefiero otros campos de nuestra amada abogacía.
―¿Entiendes que enfrentarte a lo que planeas con Liberty será más complejo que incluso ser juez o jurado en un caso de asesinato múltiple, Ethan?
El joven le sonrió.
―Nunca me arriesgo si no estoy seguro de ganar, señor Pharma. Usted sabe eso sobre mí.
El hombre refunfuñó. Desde que la edad había hecho mella en su ser, el padre de Liberty había estado apartado de los casos más delicados y serios.
Empezó su carrera como abogado defensor y luego le ofrecieron un puesto como acusador.
En los últimos tiempos, el señor Pharma se había dedicado a asuntos más livianos y lucrativos.