Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Prefacio
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Prefacio

Todo tiene un principio

Liberty Pharma no podía dormir esa noche.

Acababa de cumplir veinte años y su padre la había encerrado en una cárcel.

Bueno, no era como si fuese una prisión, seguro que Newgate era un lugar más aterrador y maloliente, pero la escuela donde el señor Leopold Pharma, un prestigioso abogado instalado en Londres, la había dejado sin mirar atrás era un fastidio.

Un horror. Un lugar en el que las damas tenían que aprender a batir las pestañas, abrir un abanico para refrescarse con gracia, bailar perfectamente cualquier danza, conocer al dedillo las reglas sociales, confeccionar un menú delicioso para su futuro esposo y otras muchas tonterías con el único fin de conseguir un pretendiente y casarse.

Todo lo que le iban a enseñar en ese internado llamado La dama paciente estaba orientado a ser una buena esposa. Perfecta. La obediente, dócil y admirable mujer de un buen partido.

Mentira absoluta. Ella no sería nunca algo así.

Y lo peor de todo no era eso, sino que se les repetía hasta la saciedad que todas las alumnas debían saber que no estaba bien que una mujer pensase por sí misma.

Y eso era una gran contradicción porque Liberty había sacado de la biblioteca un libro de Mary Shelley en el que se refutaban todas las enseñanzas del internado.

Lo había leído con avidez hasta que la pescaron con él, pese a haberlo escondido a buen recaudo bajo la cama.

Todo lo que iba, venía… y se había ganado una buena reprimenda por leer a una «agitadora» que no sabía nada de la buena sociedad londinense, tal y como había sentenciado la directora del centro, la señorita Monroe.

Liberty debía huir de esa cárcel y nada tenía que ver con el hecho de que las fiestas navideñas estuviesen a la vuelta de la esquina y ella supiera dónde iba a pasarlas su querido hermano Bruce o con quién.

La joven poseía unas monedas que la dirección de la escuela no había logrado quitarle y las podría usar para llegar hasta York Park, la casa de campo de los duques de York, quienes estaban a cargo de la tutela del mejor amigo de Bruce, el joven conde de Snow, Theodore Dreyer.

Theo. Suspiró al susurrar el apelativo cariñoso con el que ella solía referirse a él. Resopló al darse cuenta de que no era la única que lo llamaba de ese modo. Liberty deseaba ser especial para él y parecía que le costaría bastante lograrlo. Suerte que nunca se daba por vencida.

Eran poco más de las ocho y media y ya las habían enviado a dormir. ¡Qué desperdicio de noche! Si estuviese en su casa las cosas serían diferentes y si lograse llegar hasta York Park podría tener una oportunidad para estar con Snow, lejos de los ojos observadores de su padre.

El señor Pharma no aprobaba a Theo y no le gustaba que su hermano mayor, Bruce, contase con su amistad.

Liberty lo había conocido desde que era bastante joven, porque era de su misma edad y siempre habían hecho buenas migas.

Bueno… No siempre, pero se conocían muy bien.

Además, el señor Pharma solía llevar todos los asuntos del anterior conde, el padre de Theo, por lo que se habían tratado muy a menudo.

Liberty cerró los ojos y volvió a suspirar.

No podía olvidar al apuesto lord Snow ni aunque quisiese.

Theo… susurró su nombre mientras recordaba un juramento hecho algunos años atrás que había sentenciado toda su vida.

Si había algo en lo que ella creyese con férrea convicción era en la lealtad, y la palabra dada no debía quebrantarse jamás.

En la intimidad de su habitación lo imaginó en su mente.

Veía a un hombre alto, todo un gran puñado de músculos perfectamente dispuestos, sus ojos negros y su cabellera rubia le conferían un aire de lo más peligroso.

Su tono de voz fuerte y sus maneras le decían que no era un hombre débil, sino todo lo contrario.

Era dominante. Se imponía a quienes tenía a su alrededor.

Podía parecer un joven agradable que se escudaba en el humor para salirse con la suya, incluso a veces se apreciaba jovial o despreocupado, pero Liberty había visto lo que en verdad era él.

Snow hacía gala a su rango, era autoritario y decidido.

Y dado que ella no era una joven muy dada a seguir órdenes o a no explicar su opinión sobre las cosas, habían chocado como titanes en el pasado.

Eran como dos montañas rocosas decididas a no ceder a los temblores de la tierra.

Tal vez debería ser más humilde cuando estuviera con él, aunque ello significase engañarlo sobre su carácter.

El problema residía en que Liberty no tenía la menor idea de cómo ser complaciente si todo en su interior le indicaba que la persona que tenía enfrente estaba equivocada.

¿Cuánto más tendría que esperar por Theo? El tiempo que fuese necesario. Lo que comenzó siendo la inocente aseveración de que algún día se casaría con él, se convirtió en algo mucho más serio en un punto exacto del camino.

La muchacha se levantó de la cama decidida a hacer algo respecto a su destino.

Ese lugar, en el que su padre la había dejado con la esperanza de que se convirtiese en una dama ejemplar, no iba a lograr un milagro.

Además, ella sería más pronto o más tarde la condesa de Snow, así que no tenía caso que la formasen para buscar un pretendiente porque el destino ya le había hablado alto y claro.

Eso y que los juramentos no se podían romper.

Se colocó su chaquetilla de lana verde y preparó un pequeño bolso para salir de allí.

En verdad no estaba huyendo del todo, entre otras cosas porque ya le habían señalado ―la directora y alguna que otra profesora, y en más de una ocasión ― que tal vez La dama Paciente no fuese el lugar en el que Liberty precisaba estar.

Así que lo que iba a hacer era aceptar la invitación para marcharse que le había hecho la señorita Monroe no hacía demasiado.

Se escabulló de esa cárcel horrenda sin problemas, y cuando traspasó los muros de sus jardines escuchó murmullos a su derecha. Puesto que Liberty no se dejaba guiar más que por sus impulsos, se encaminó hacia lo que parecía algún tipo de fiesta pagana.

Recordaba haber escuchado a varias institutrices del internado hablando sobre un campamento de gitanos que se había instalado en las cercanías. Habían comentado que esperaban que los romanís no tardasen demasiado en marcharse porque no deseaban tener problemas con esa comunidad.

Liberty siguió andando y cuando divisó lo que se erguía ante sus ojos se quedó fascinada.

Una gran hoguera latía en el centro de una fiesta magnífica donde las mujeres, con ropa muy variopinta, bailaban sin normas, sin control, solo sintiendo las notas que creaban los hombres con sus instrumentos.

Liberty había leído un poco sobre el estilo de vida romá, pero verlo por sí misma… Era una delicia.

Una anciana se le acercó y la miró de arriba abajo.

―Buenas noches ―la saludó Liberty.

―Los problemas te persiguen, gadjí .

―¿ Gadjí ? ―preguntó qué era eso que la había llamado. Sobre que los problemas la perseguían era lo habitual por lo que no le dio importancia, especialmente porque se acababa de escapar y no tenía la menor idea de cómo lograría llegar a su destino, a York Park.

―Muchacha inglesa. ―La anciana le tradujo la palabra romaní―. No deberías estar aquí, extiende tu mano y deja que le eche un ojo a tu futuro.

―Oh, pero yo no… ―No pudo seguir negándose. La gitana ya le estaba sosteniendo la mano y examinaba atentamente su palma.

―Te quedan años duros por delante, gadjí .

La nieve cayó sobre ti y tú caerás sobre la nieve pronto, y puede que esta vez sí te ahogues si no logras derretirla a tiempo.

Lo que harás llegado el caso te costará la confianza incluso en ti misma.

Mira aquí. ―La anciana le mostró dos líneas más finas que simulaban una bifurcación en otra más marcada―.

Esto es el punto exacto en el que decidirás sobre tu vida.

Encontrarás a un hombre que te amará sin contención, sin pedir nada a cambio.

Tendrás a otro que exigirá que te dediques en cuerpo y alma a él, deseará tu rendición.

Así que deberás hacer tu elección. Una vida fácil frente a otra llena de perseverancia.

Más te vale tomar la decisión acertada cuando llegue el caso.

―¿Dos hombres? ―preguntó con el ceño fruncido.

Liberty no atraía ni la atención de las ovejas que había en una finca cercana al internado. ¿Cómo iba a tener a dos jóvenes luchando por ella?

―Dos. Eso he dicho ―señaló con tirantez.

―¿Y no puedo saber qué decisión debería tomar? ―inquirió mientras se mordía el labio. Lo que la adivina le susurraba parecía ¡tan excitante!

―Un lobo te protegerá y te guiará. El animal te encontrará, da igual si vas a la derecha o a la izquierda en el camino. Está destinado a ser tuyo. No hallarás a nadie más confiable que él. Dale buen uso, gadjí , y no te dejes intimidar.

La anciana le soltó la mano. Entonces Liberty supo que tenía que darle una moneda por haberle leído la buenaventura.

¿O era mala? No tenía ni idea de algunas cosas de las que le dijo, pero sí sobre que habría dos hombres peleando por ella.

Tampoco entendió eso del lobo. Suspiró. Lo que fuese que le deparase el destino lo aguardaría, no le quedaba otra.

Además, posiblemente todo fuese una sarta de mentiras.

―Gracias ―le dijo a la anciana.

La joven le dio un par de peniques y la gitana la miró con suspicacia.

―Este será el pago por la noche que pasarás aquí ―soltó de pronto―. Por la mañana saldrás con mi nieto en su carruaje y él te dejará en tu destino.

―¿Perdón?

―Ya te he dicho que los problemas te persiguen, gadjí . No puedo ver con excesiva claridad tu futuro lejano, pero sí el cercano. Esta Navidad la pasarás con quien deseas.

―¿Cómo…? ―comenzó a preguntar con el ceño fruncido.

Una sensación de lo más misteriosa recorrió el cuerpo de Liberty al intuir que la desconocida pudiese saber lo que ella tramaba. ¿Sería posible que…? Ya no le parecía una charlatana.

―Ahora, sígueme ―la cortó.

Ambas se pusieron en camino y Liberty no osó desaprovechar la oportunidad que le ofrecía esa mujer. Por alguna extraña razón confiaba en ella. Y eso que la señorita Pharma estaba más que acostumbrada a cuestionarlo todo.

―¿Está segura de que no seré una molestia? ―preguntó con timidez.

―Dormirás un poco y antes de que las primeras luces despunten, mi nieto te hará salir del campamento, porque es aquí donde primero vendrán a buscarte.

Te deseo suerte ―le dijo, en cuanto la dejó en una especie de…

¿Qué era? Un lugar hecho con telas sobre un carruaje.

Bueno. Mejor eso que pasear toda la noche sin saber a dónde ir.

Liberty dejó su bolsa de viaje y concilió el sueño con rapidez, cosa que no ocurría desde hacía largos meses.

No durmió demasiado tiempo, puesto que su improvisado salvador la despertó a las pocas horas y la acompañó hasta una posada, donde le dijo que la anciana le había dicho que tenía que dejarla.

El hombre le pidió todo el dinero que llevaba encima y ella no tuvo que preguntar el motivo, porque el desconocido ―que no le dijo ni su nombre seguramente por miedo a que lo relacionasen con una mujer que podría acabar muerta― le aseguró que así tenían que ser las cosas, pues su abuela le había dicho que ella debía quedarse sin un penique.

Liberty suspiró y optó por poner a prueba las dotes de la mujer, así que con un ligero atisbo de duda, accedió a hacer lo que su acompañante le demandó.

Se quedó sola y sin dinero, pero no asustada.

Poco después la desesperación hizo que tratase de robar un caballo en esa posada.

Y cuando todo parecía perdido, aquella misma noche había logrado dar con el duque de York, el hermano de este, llamado Liam, y la condesa de Ranfield, de nombre Regina, después de haber pedido una cena que no podía pagar.

El destino la había dejado en la posada indicada para que se diese de bruces con el tutor del conde de Snow, su Theo. Porque el duque de York la salvó de todos los inconvenientes y la condujo hasta su finca campestre.

Tal vez las predicciones de la anciana fuesen de lo más acertadas. Liberty no podía esperar para descubrir si el resto de los pronósticos se llevaban a cabo.

¡Dos hombres luchando por ella!

Estaba ansiosa porque diese comienzo esa justa. ¿Quién sería su campeón?