Capítulo 14 #2
El ministro de Dios, el señor Hopkins, un amigo de York que fue llamado para oficiar la ceremonia, estaba también ya en la residencia. La capilla adornada con preciosas flores, el almuerzo preparado, un espléndido pastel dispuesto…
―No quiero que pienses en Theodore ahora mismo. Has visto que me ocupé de Regina, y lo haré también de él cuando llegue el momento. Tu hijo estará bien.
―Pero tuviste ayuda de Wilson… ¿crees que si le pongo ojitos tiernos y se lo pido muy amablemente, tú tío…?
―¿Prefieres a Wilson antes que a mí para esta misión? ―increpó descorazonado.
―¡No es eso!
―Entonces, ¿qué es?
―Es que Wilson es…
―¡No puedo creerlo! Vencido por mi propia mano derecha, echado a un lado por la esposa a la que juré venerar y amar…
―¡York!
―No, esposa, el uso del título no hará que mi indignación sea acallada.
Ella suspiró. En verdad parecía que lo había herido en lo más profundo de su vanidad. Lo veía muy, pero que muy molesto.
El señor Wilson, el objeto de enfado de York, se ocuparía un buen rato de la niña y tenían una hora antes de que se iniciase la boda.
―¿Y el uso de mi boca sí te haría olvidar la afrenta? ―expuso la duquesa, sabiendo que solo una perversión lo animaría.
―Puedes intentarlo… ―dijo en tono parsimonioso, con un tinte de enfado―. Si te aplicas bien, podría… concederte un indulto, porque lo que has cometido es un crimen impensable. ¡Subestimar a tu perfecto, maravilloso, atento, inteligente, pecaminoso… esposo!
―Sí, sí… No sigas recitando esa lista tuya o el tiempo correrá y no podrás disponer de lo que deseas.
El duque la agarró por la mano y comenzó a andar raudo por la casa hasta que ambos se encerraron en su habitación. En menos de dos minutos Isobel figuraba de rodillas pagando por su pecado. Una penitencia que le agradó en exceso realizar.
***
Regina y Evangeline estaban en la habitación de la primera. La hermana mayor había ayudado a la menor a colocarse un sencillo y bonito vestido de muselina azul pastel, con lazos de color zafiro y ribetes blancos bajo el pecho.
Eve estaba colocando las últimas horquillas en el moño que le había peinado en lo alto de la coronilla, con unos mechones rizados que caían en libertad para hacer un peinado serio pero informal.
―Te ves diferente, Regina. Tus ojos brillan al fin.
―Soy feliz, no creí que pudiera tener este final.
Cuando él se fue de viaje… Estaba convencida de que llegaría portando del brazo a una bonita francesa que le daría hijos mientras yo tendría que ocupar su anterior lugar, suspirando mientras lo veía siendo de otra.
Cuando ideé todo eso me di cuenta de lo que Liam ha tenido que pasar mientras mi matrimonio…
―No pensemos en eso. Sabes que tu esposo no era demasiado querido por nuestra familia. A pesar de ser medio hermano de Avery y haberte salvado la vida… Siempre sentiré reticencia hacia él.
―La vida sigue y… ¡no te lo he dicho! ―indicó Regina al recordar un asunto importante.
―¿El qué?
―También estoy embarazada. Un médico me dijo que no podría ser, pero Liam es…
―Un campeón como su hermano. Hay que ver con los hermanos Banstorn… ―musitó―. Aunque la vida es como es. Caprichosa. Supongo que el destino deseaba que volviésemos a ser madres prácticamente al mismo tiempo.
―Liam dice que alumbraré a una niña solo para fastidiarlo.
―¿Por qué te ha dicho eso?
―Porque el título de York necesita un muchacho y sostiene que, como siempre me gusta hacer las cosas difíciles, primero tendremos una niña.
Evangeline se rio con ligereza al ver enfurruñada a su hermana pequeña.
―¿Recuerdas aquella vez que le pidió a York mi mano y en vez de decir mi nombre dijo el tuyo? ―inquirió Eve.
―Imposible olvidarlo. ―Eso ocurrió antes de que Evangeline se casase con su amado Avery y la situación fue del todo…
extraña. La historia de Evangeline con el señor Sullivan pareció ser el preludio del largo camino que Liam y Regina habrían de emprender hasta lograr la felicidad. Por suerte todo había salido bien.
―Ahí me di cuenta de cuánto te amaba Liam, aunque no desease admitirlo.
―Creo que yo también sentía algo por él. Pero es que cuando vi a Ranfield… Él me dio mi primer beso y allí, en el club de tu esposo. ¿Recuerdas cuando nos disfrazamos y decidimos saber por qué lo oculto, lo prohibido, era tan tentador?
―Como has dicho antes… ¡imposible olvidarlo! Allí las dos iniciamos una nueva etapa en nuestras vidas. Las cosas pasan por alguna razón, Regina. Yo creo que haberte casado con Ranfield, además de haberte dado un hijo, hizo que valorases y pudieses ver a Liam con otros ojos.
―Soy feliz. Entro en este matrimonio sin reservas, convencida de que estaré bien. ¿York te ha hablado del otro hijo de mi esposo?
Evangeline cabeceó afirmativamente.
―El duque considera que en esta familia no debe haber secretos.
Además, le pidió ayuda a Avery para buscar una casa para la mujer y el niño.
Creo que haces lo correcto al quedarte con el bebé.
Si Avery hubiese estado cerca de Ranfield, si el padre de ambos no los hubiese enfrentado, las cosas podrían haber sido diferentes.
―Solo nos queda ya por casar a Theodore.
―No quieras saber la clase de hermano que tenemos.
―¿Qué quieres decir?
―Theodore… Solo te diré que El placer del infierno parece ser su dominio.
―Todavía es joven.
―Hablemos de otra cosa. Por ejemplo, de que es la hora de ir a la capilla, todos deben de estar esperándote allí. ¡Estás preciosa! ―valoró mientras le daba un beso en la mejilla.
―Es hora de comenzar de nuevo ―apuntó Regina, al tiempo que recogía entre sus manos el bonito bouquet de rosas rosas que Eve le estaba dando. Isobel fue la que se lo había preparado y dejado en la habitación.
Las dos hermanas salieron de la estancia en dirección a la capilla de York Park, que estaba situada junto al cementerio familiar, a unos pocos minutos de la casa principal.
A Regina se le inundaron los ojos cuando vio a Kyle en el brazo de Liam, sus dos hombres esperándola en el altar. El resto de su perfecta familia, incluido el señor Wilson, quien sostenía todavía a la pequeña Gwyneth, estaban situados en el primer banco.
Se acercó, y tanto Kyle como Liam le besaron la mejilla. Los dos hombres más importantes en la vida de Regina habían congeniado a la perfección. Se habían convertido en dos grandes camaradas. Cuando ella estuvo preparada, el señor Hopkins intervino:
―Queridos hermanos, estamos hoy aquí reunidos para unir en sagrado matrimonio…
La ceremonia fue lacrimógena para todos. Amplias lágrimas de dicha por una pareja que iniciaba su recorrido en la maravillosa, aunque a veces complicada, vida matrimonial.
Liam y Regina al fin habían tenido su final feliz. Dos personas destinadas a estar juntas que tuvieron que superar la adversidad y recomponerse de los imprevistos que el destino podía dar sin previo aviso.
¿Qué le depararía el futuro al último disoluto? Esa fue la pregunta que más se formuló durante el almuerzo nupcial, lo cual propició que el conde de Snow se marchase pronto de York Park para deleitarse con sus caprichos de joven soltero sin ataduras.
Ay… pero si él supiera que nadie escapaba al destino, miraría con otros ojos a la despreocupación.