Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Epílogo
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Epílogo

Las apuestas de dos hermanos

Meses más tarde.

―¡Te maldigooooooo! ―Se escuchó un grito atronador con esa maldición específica que todos sabían a quién iba dirigida.

Ese no era el primer chillido. Tampoco el segundo, ni sería el último que Regina daría desde su habitación. Isobel y Evangeline, junto con una comadrona, estaban ayudándola en las labores del parto. Pero el nacimiento no se producía y el futuro padre estaba desesperado.

―¿Siempre es así? ―preguntó Liam mientras se paseaba por el despacho de su casa en Dover.

La familia estaba relativamente cerca. Evangeline y Regina, más unidas que nunca debido a la proximidad de sus residencias, podían ir a visitar a Isobel con frecuencia.

Solo el hermano de ambas era el que siempre había ido por libre y prefería la ciudad.

Los entretenimientos de Londres, mejor dicho.

―Sí. Ella te estará maldiciendo incluso un mes y medio después ―señaló Sullivan.

Evangeline había sido madre hacía unos tres meses y él también fue el centro de la ira de su esposa cuando la pequeña Freya llegó al mundo.

Las semanas siguientes no atemperaron el humor de Eve debido a que la recuperación fue peor que la primera vez que alumbró.

De hecho, la pequeña estaba plácidamente dormida en su carrito en un lateral del despacho y era el padre quien tenía la precaución de cuidarla hasta que la madre llegase.

Al igual que York, que tenía que custodiar a Gwyneth, quien estaba también acostada junto a Freya, en otro carrito.

Por descontado Kyle y Niall estaban juntos, jugando, y eran ajenos a todo el trajín familiar.

―¡Dios! ¿Tanto tiempo? ―se quejó Liam.

―Ah, pero Sullivan no cuenta con que eres un Banstorn y nosotros tenemos un don muy especial. Isobel solo estuvo un par de semanas, o un poco menos, recordando la angustia y el dolor de la llegada de mi pequeña diosa llena de luz.

―¿Cómo lo conseguiste? ―inquirió Liam.

―Con un beso ―soltó el duque, con el mentón en alto y el pecho henchido.

―Pretencioso embustero ―musitó Avery, lejos de los oídos del autodenominado dios Ra, como se hacía llamar York.

―¿Crees que será un muchacho? ―le preguntó a su hermano―. Regina está convencida de que sí lo será, pero yo…

―Lo que venga será más que bienvenido. Niño o niña, solo importará que esté en buen estado de salud. Lo demás no es ningún problema.

Liam afirmó con la cabeza.

―¿Te respondió el rey?

Malcom le había enviado una misiva para explicarle el caso de su familia y pedirle algún acuerdo para que el título permaneciese en la familia pese a no haber descendencia masculina, con una especie de prerrogativa que se le podría aplicar a Gwyneth, por lo que si ella tuviese un hijo, este sería duque.

―Sí.

―¿Y qué te dijo? ―inquirió Liam al ver que Malcom se quedaba callado.

―Me ha retado.

―¿Retado a qué? ―intervino Avery.

―A que le demuestre que en verdad soy infalible, un dios andante ―apuntó el duque―.

Ha dicho que no tomará ninguna decisión hasta ver si ciertamente soy incapaz de traer un niño al mundo.

Se quedó sorprendido al saber que Isobel y yo tuvimos una niña después de tantos años de matrimonio, cuando parecía que no había solución.

Así que ha decidido que debo probar mi valía a fin de que mi larga lista de cualidades y virtudes no quede relegada a la nada.

Sostiene que si tan bueno soy, podré engendrar un niño más pronto que tarde.

―¿Y eso qué significa? ―se interesó Liam.

―Eso, como tú lo dices, implica que los dos estaremos más tranquilos si Regina nos presenta un niño.

―¡Pero has dicho que eso no era tan importante! ―le recordó Liam.

―Y es verdad, pero una cosa no quita la otra. Tendré esperanza en mi hermano. A fin de cuentas mi sangre corre por tus venas y un poco de mi deidad sí habrás adquirido.

―Eres absurdo, hermano. ―York no sabía encumbrar a alguien sin hacerse él todavía más glorioso.

―Y por cosas como esa, me alegro de ser un simple señor rico como Creso. Mis hijos crecerán sin presión y con la libertad de actuar como deseen. Un título complica mucho las cosas ―consideró Avery.

―Ah ―señaló York mirando a su hermano cuando un recuerdo le llegó a la mente―.

Te alegrará saber que estuve unos días en Londres antes de venir aquí, arreglando asuntos que Snow debería atender.

―El duque suspiró. Ese muchacho estaba ingobernable―.

Vi al señor Jacob Donaldson, quien estaba en la ciudad para asistir a la boda de su primo el duque de Darkworth.

Me pidió que os saludase a ti y a Regina, y os mandase sus mejores deseos de felicidad cuando le comenté que estábamos esperando el nacimiento de una criatura.

Lo hizo con cierta reticencia, se lo noté, ya sabes por todo eso de ser el mejor amigo de Ranfield, pero no me importó y no repliqué.

Su esposa se encuentra en estado de buena esperanza.

Así que te alegrará saber que aquello también salió bien.

―Supe que el amigo de Ranfield estaba enamorado hasta las cejas cuando me vio bailar con ella. Parecía que estaba a punto de matarme. La verdad es que me alegro mucho de que la muchacha americana haya encontrado la felicidad… Porque te pareció que había felicidad, ¿no?

―Sí. Él se veía plenamente enamorado e intuyo que la joven estaría en las mismas condiciones. A ella no la vi, pero supongo que será feliz ―razonó York.

―¡Ah, el amor! Tan fácil de encontrar y tan complicado de mantener ―opinó Avery.

―¿Por qué dices eso?

―Porque aquí todos hemos pasado por un calvario hasta poder llegar a donde estamos.

No conozco a ese señor Donaldson del que habláis, o si lo conozco, no lo recuerdo, pero seguro que cuando su esposa esté alumbrando también será el blanco de su ira y le tocará volver a encandilarla para que le permita retomar sus…

¡ya sabéis qué! ―Avery alzó un par de veces las cejas de modo sagaz.

―Pero eso… se les olvida rápido a las mujeres, ¿verdad? ―indagó Liam.

―Si tienes suerte y eres tan eficaz como yo, lo lograrás. ¡Un beso empleé y mi duquesa se derritió! ―apuntó York.

En ese momento, llegó hasta el umbral de la puerta una figura femenina. Los gritos, maldiciones y llantos se habían detenido.

―¡Enhorabuena, Liam! ―le dijo Isobel.

―¿Qué ha sido? ―preguntaron a la vez los dos hermanos.

―Ve a ver a tu esposa ―le recomendó la duquesa, mientras se acercaba hasta su marido.

Liam se alejó de allí en dos zancadas.

Avery y York miraron a Isobel con la pregunta en los ojos.

―¿No vas a sacarnos de dudas, mi amor?

―¡Qué más dará si es un niño o una niña! La madre está bien, el bebé llora a pleno pulmón demostrando su excelente fuerza. Lo demás…

―Sí, sí… pero no te cuesta nada decírnoslo ―la amonestó el duque.

Por su parte, el orgulloso padre, que había subido los escalones de dos en dos, llegó hasta su esposa y le dio un beso en el cabello. Al comprobar que ella estaba bien, respiró tranquilo. Miró el pequeño bulto que ella cobijaba entre sus brazos y le sonrió.

―¿Me escuchaste gritar y maldecirte?

―Dudo que haya una sola persona en Dover que no fuese testigo de tus arrebatos, vida mía.

―Lo siento, por eso. Te lo compensaré.

―No es necesario que hagas nada. Mi… ¿hija o hijo? ¿Con qué nos ha bendecido Dios?

―Te dije que te daría un niño porque estaba empeñada en complacerte en todo, y no me creíste, amor mío.

El corazón de Liam comenzó a latir con fuerza. ¡Un niño! ¡Un chico! ¡Un heredero! Había cumplido con la única petición que su hermano mayor le había encomendado en toda su vida. La más importante. Se mantuvo con aplomo y le sonrió a su esposa.

―Mi hijo es bastante recompensa, vida mía, no tienes que compensarme con nada más. Ahora, si me das un momento…

Liam se movió hasta la puerta y desde el umbral gritó:

―¡Te he dado un heredero! ¡Soy mejor que tú, hermano! ―exclamó con humor, sabiendo que posiblemente Isobel ya se lo habría dicho.

En menos de un minuto, York llegó hasta la puerta y le palmeó la espalda a Banstorn. Isobel no había soltado prenda. La muy pícara quiso mantener el secreto solo para fastidiarlo. Avery también lo había escuchado proclamar el sexo del bebé y se alegró.

―Lo eres, hermano. Eres mi mayor orgullo, porque sabía que si yo no lo conseguía, si no lo consigo… tú asegurarías la línea. Somos Banstorn, herederos del ducado de York, y somos invencibles. Divinos y celestiales. Nunca nadie nos frenará.

―Mándale una carta a Mason Wilson de inmediato. ¡Diablos! Ve a por él y oblígale a presentarse aquí. Maldito testarudo que no quiso venir por no molestar. Escríbele y dile que exijo que venga a conocer a su próximo quebradero de cabeza. Ese niño lo necesitará.

―Ah, mi grandioso hermano. Yo mismo iré a por él de inmediato como mandas.

Todavía hay buena luz y no es un viaje demasiado largo.

―Antes de hacer lo solicitado, York miró adentro de la habitación, donde una madre los contemplaba con la alegría brillando a través de las lágrimas.

Ambos estaban en el umbral de la puerta―.

Lo has hecho bien, Regina. Desde que te vi supe que serías alguien muy especial para mí.

―Te quiero, York ―dispuso ella.

El duque le sonrió y le ofreció una reverencia con la cabeza, luego se marchó, y Evangeline también abandonó la estancia con discreción.

Liam regresó junto a su esposa y se acomodó a su lado en el lecho. Le acarició la cabeza a su hijo y volvió a besar a su esposa, esta vez en los labios.

―¿Cómo quieres llamarlo? ―indagó Regina.

―Duncan. Significa guerrero oscuro. Y como él tendrá tu pelo ―ya se advertía una pequeña mata de cabello negro― y el coraje de ambos, me parece acertado. Duncan Wallarico Banstorn, ¿qué te parece?

―Me gusta. Es un nombre con fuerza, para el que, por el momento, será un duque ―afirmó Regina.

―Eres madre de un conde y ahora parece que lo serás de un duque. Claramente naciste para ser grande, Regina.

―No descartes el hecho de que tu hermano quiera ganarte. Ahora que sabe que el ducado está asegurado y tú le has dicho, sin compasión alguna, que eres mejor que él… conociendo a York, no me sorprendería que te hiciera retractarte.

Liam se rio.

―Es el juego que tenemos él y yo desde que somos pequeños.

Siempre luchando para demostrar quién es el más grande de los dos.

Nunca he ganado ninguna de esas batallas porque York todo lo hacía malditamente bien.

Él tiene a su hija, a la que llama de forma muy merecida: «su pequeña diosa llena de luz».

Así que no me regañes por querer burlarme de él.

Sé que no le he herido, lo ha interpretado como una broma, especialmente no creo que se ofenda porque ha ganado cuarenta libras.

―¿Disculpa?

―Apostó a que tendríamos un niño y yo le dije que sería una pequeña de ojos turquesas como los tuyos. Supongo que ambos hemos ganado.

―Sois peor que un par de mocosos. Siempre compitiendo y apostando…

―Sí, bueno, eso era lo que solía decir el señor Wilson. Le gusta compararnos con un par de niños llorones, y lo hace a pesar de que seamos hombres adultos y estemos casados ―explicó con un tono marcado muy masculino.

Duncan comenzó a protestar y la recién estrenada madre le colocó el pezón en la boca, por lo que el niño se relajó de inmediato y comenzó a mamar.

―Se me ocurren un par de perversidades que… ¿te he dicho que estoy hambriento?

―Acabo de dar a luz a una pequeña persona que ha salido de mi cuerpo. Por un lugar que tú vas a tardar mucho en volver a inspeccionar.

―Pero estos dos ―le acarició los senos, con especial cuidado en el derecho, que era del que su hijo estaba alimentándose― parecen estar muy bien.

―Estos dos, como tú los llamas, son propiedad de tu hijo hasta nueva orden. Así que deja a un lado las infamias, porque te he concedido una que no pensé que consintiese jamás.

Oh, sí. Su esposo le había enseñado a relajarse para poder introducirse en ese orificio fruncido tan peculiar y… Resultaba extraño, pero él sabía cómo hacerlo glorioso para que ella pidiese más.

―Lo discutiremos más adelante.

―Creo que no.

―No seas testaruda, cuando te recuperes…

―Cosa que tardará en suceder unos cinco años o más…

―¡Estás siendo demasiado desorbitada!

―Liam…

―¿Qué? ―preguntó al escuchar la forma tan dulce con la que lo había llamado.

―Cállate y bésame.

Y fue justo lo que su esposo hizo para conmemorar el nacimiento de Duncan W. Banstorn. La esperanza del ducado de York.

Fin.