Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 13 #3
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Capítulo 13 #3

―Me enviaste a casa de la duquesa X, York.

No puedes quejarte sobre… digamos, la educación que allí recibí.

―Regina había estado divertida con la idea de ser malvada y provocar a Liam durante la cena.

Él no se quedó atrás y correspondió a su lascivia de modo ingenioso.

Especialmente cuando se le ocurrió pescar un trozo de carne entre los dedos y lo engulló lamiendo en exceso las falanges.

Regina casi se desmaya al recordar el placer que le había dado su lengua en su zona íntima.

Deseaba más y lo quería pronto, por lo que York no estaba muy errado al suponer que podría acabar desnudándose para ofrecerse como banquete para el hombre con el que se casaría al día siguiente. Lo necesitaba tanto que dolía.

Regina y Liam habían pasado la fase de cortejarse, de ser amigos o de andarse por las ramas. Lo vivido entre ambos a lo largo de esos años que estuvieron separados era de tal magnitud, que podían pasar directamente a la pasión y arrojarse de nuevo, y sin preocupaciones, a los brazos de la lujuria.

―No sé de qué te quejas, hermano, te he visto hacer cosas peores con tu duquesa cuando creías que no había nadie mirándote. ¿O no recuerdas cuando en la biblioteca colocaste a Isobel sobre una mesa y tú hincaste las rodillas para…?

―¡Creo que es suficiente! ―intervino la aludida―. Cada cual mantendrá en la intimidad sus… asuntos conyugales.

―¿En la biblioteca? ―preguntó York. No estaba dispuesto a dejar la conversación. Le gustaba ver a su duquesa en un aprieto.

―Tuve que huir por la ventana porque comenzasteis vuestra fiesta sin aseguraros de que no había nadie ―explicó Liam.

―Creo que… ―comenzó a decir Isobel con las mejillas encendidas.

―Tendrías que ver lo que hemos hecho en la cocina… Si lo supieras, te aseguro que…

―¡York! ―levantó la voz Isobel con enfado.

―Ah, el título. Esta noche seré reprendido y castigado. ¿Qué será, esposa mía? Me atarás a la cabecera de la cama para cabalgarme con…

―¡Basta! ―Isobel se levantó de la mesa y lo miró furiosa.

―¿Qué? ¿Consideras que puedo permitir que mi hermano se crea más disoluto que yo, cuando jamás estará a mi altura? ―York agitó los hombros despreocupadamente tras su exposición.

Regina estaba conteniendo la risa. Liam miraba a su hermano con una ceja alzada sugiriendo que ya era mucho más creativo y libertino que él. Por descontado, Malcom no hizo esa lectura del gesto de su hermano.

―La cena ha terminado ―anunció la duquesa―. Ahora, esposo, sígueme para que pueda explicarte todo lo que has hecho incorrectamente desde que te sentaste a la mesa.

―¿Debo llevar conmigo el budín de chocolate, mi amor?

―No pienso responder a eso ―le dijo ella mientras salía a toda prisa del comedor, sintiendo una humedad entre las piernas que la hizo gemir en cuanto estuvo de camino a la habitación.

El duque cogió su budín y el que Isobel había dejado a medias.

―Ella agradecerá que me lo lleve. Le encanta cuando me lo como directamente de su cuerpo. ―Le guiñó un ojo a Regina―. Deberías probarlo, o mejor que lo coma él ―le indicó a continuación, antes de salir igual de rápido que su esposa.

Regina explotó en mil carcajadas. Liam hizo lo propio.

―Tu hermano no cambiará jamás. Será siempre del todo incorrecto y yo lo adoraré por ser tan natural y desinhibido.

Liam se levantó de la mesa y le quitó el budín de chocolate de delante.

―¡A la cama! ―le ordenó.

―¡Pero no he acabado mi postre! Está riquísimo.

―Yo te lo daré. ―Liam acompañó su explicación hundiendo su dedo pulgar en la mezcla para luego pasárselo por los labios y hacer que ella lamiese el chocolate directamente de su dedo.

Regina estaba más que lista para lo que él tuviese en mente. Se levantó a toda prisa y cogió también el postre que su futuro esposo no había tocado. Echó a correr, y al ver que Liam no la seguía, se dio la vuelta y le preguntó:

―¿Por qué no me sigues?

―Porque me encanta ver cómo mueves las caderas y estaba disfrutando de la vista. Vamos, Regina. ―Comenzó a caminar hasta ella―. Adelantaremos nuestra noche de bodas y seremos muy perversos. Todavía tengo que enseñarte algo que no tuve ocasión de poner en práctica.

―¿Él qué? ―curioseó en cuanto él llegó a su lado y empezaron a subir la escalera.

―Te hablé, la primera noche de nuestra infame cita, de tres lugares… ¿Lo recuerdas?

―¡Sí! ―exclamó con sorpresa―. Había olvidado esa parte por completo. No la entendí.

―Esta vez te ilustraré.

―Suena…

―Perverso, prohibido y muy, pero que muy infame y lascivo ―la ayudó él a conjeturar sus suposiciones.

La respuesta de ella fue morderse el labio y apresurar el paso. Estar a punto de casarse con un disoluto tendría sus beneficios. Lo cual era muy halagüeño, dado que se había declarado a sí misma otra libertina, pero con mucho corazón.

La puerta de la habitación de Liam se abrió y ambos entraron. Él dejó sobre la mesa más próxima a la cama su budín y Regina lo imitó.

―Aunque hemos estado antes juntos en la cama, esto se siente…

―¿Nuevo? ―inquirió él.

―Sí. Debo admitir que estoy muy nerviosa. Llevo mucho tiempo esperando… Bueno, ya sabes que estuvimos en casa de la duquesa X, pero es que…

―Te entiendo, mi vida. Cada vez que disfrutábamos el uno del otro, deseaba verte arder por mí.

Te creía una desconocida y ansiaba ver tus ojos llenos de pasión, conocer tu expresión salvaje.

Ahora que sé que todo el tiempo fuiste tú, me maldigo por haberme contenido y no haberme sacado la estúpida tela que nos obligaba a ponernos.

¡Dios, si hubiese hablado en un tono más alto y claro para que me reconocieses… !

Regina se rio.

―Yo estaba tan nerviosa al pensar que me pudieses identificar fuera de allí que trataba de hablar con acento extraño, un poco más cerrado. No sé si te diste cuenta.

―Sabía que tratabas de disimular tu timbre de voz por el modo en el que decías algunas palabras. ¡Es que no podía imaginar que serías tan audaz para ir a un sitio así! Mi hermano…

Mientras conversaban cada uno se iba desvistiendo, al igual que lo habían hecho en aquel lugar clandestino donde se disfrutaron tiempo atrás.

Cuando Liam y Regina estuvieron el uno frente al otro sin ropa, se observaron sin censura, sin vergüenza.

―¿Decepcionado? ―preguntó al ver que él la miraba, la examinaba a conciencia, pero no decía una sola palabra.

―Eres cuanto me imaginé y más. Cuando te tocaba sin verte supe que tenías un cuerpo maravilloso. Verlo al fin… ―Silbó―. No me puedo creer que estemos aquí, mi vida. Hemos recorrido un camino tan largo que todavía me cuesta asimilar que te tengo delante y fantásticamente desnuda.

―¿Soy una mala persona por no recordar a mi esposo, Liam? ¿Por estar feliz contigo, hoy y aquí?

―No lo creo, pero tampoco me importaría demasiado si lo fueses, puesto que yo me encuentro en la misma situación que tú.

La muerte de Ranfield nos permite lo que tanto hemos ansiado.

No hablemos de él. Esto es para nosotros.

La vida es así de breve e imprecisa, vivamos, amor mío.

Vivamos sin pensar en el pasado o el futuro. Solo nosotros ―reiteró.

Regina lo observaba también con gran interés.

La chimenea estaba alumbrando bastante y las formas de uno y otro eran visibles por completo.

Liam era alto, fuerte, y su virilidad, esa que había tenido en sus manos y boca, emergía con rebeldía sobre sus rizos claros.

Era un sueño de hombre… y era todo suyo.

Sin pensárselo dos veces se acercó a él, lo agarró del cuello y le dio un beso cálido, amoroso, cercano, pues la rudeza llegaría más tarde, ese momento era para deleitarse.

Sabían lo que era copular sin sentimientos, únicamente guiados por la lujuria, porque la mayor parte de las veces en las que se acostaron en sus citas secretas habían recorrido ese mismo camino.

El amor no había tenido cabida porque no sabían que el uno estaba en compañía del otro. Esa noche todo era diferente aunque fuese igual.

―Me gusta cuando tomas el mando. ¿Te diste cuenta, Regina? ―habló junto a los labios de ella.

―Me sorprendió que un hombre me permitiese tanto. Ahora que me doy cuenta, como tú mismo has dicho, de que eras tú, el asombro se multiplica. No te veía capaz de ceder en el lecho.

―Por ti, lo que desees. ¿Qué va a ser, vida mía?

―Quiero que me hagas el amor, llegar hasta lo más alto guiada por tu mano.

Liam la cogió en volandas y con cuidado la dejó sobre el colchón de plumas. Regina se acostó cuando lo sintió trepar sobre su cuerpo. Ambos se quedaron uno encima del otro. Liam no dejaba de besarla.

―Podría estar todo el día besándote y no me cansaría. Siento que nos debemos miles de besos y me ocuparé de recibirlos y darlos.

―Sí, por favor.

Liam abandonó los labios para concentrarse en lamerle y besarle el cuello.

―Tan dulce… tan sabrosa… ―le decía, mientras combinaba toques más lúbricos con otros tiernos.

Llevó la mano hasta donde su querida Regina escondía el tesoro que él había codiciado desde hacía tiempo y la encontró húmeda. Ingresó un dedo en su canal mientras su boca se detenía en sus senos para adorarlos como se merecían.

La inserción de ese maravilloso dedo hizo que la dama se retorciese llena de placer sobre la cama, por lo que el pezón del pecho derecho se metió de lleno en la boca de él.

Liam se había amamantado antes de esos preciosos senos perfectos, de tamaño admirable, había tenido su mano enterrada en su feminidad, insertando un dedo y masajeando con otro esa perla maravillosa que la hacía gemir y, sin embargo, parecía que fuese la primera vez que tenía a la mujer a la que había amado a su pleno alcance.

Temía que el sol saliese y el hechizo se rompiese.

No podía creer que al final hubiesen llegado a ese punto de amor y lujuria que daría inicio a una vida juntos, como pareja, como compañeros, como amantes y amigos.

¡Dios, cómo la amaba! ¡Tanto que era imposible poder hacerlo todavía más!