Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 13
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Capítulo 13

Las cosas claras

―Te has escondido bien, Regina. Y me has hecho caminar más de la cuenta. ―York había llegado hasta el lago. Ella estaba en la orilla contemplando el cielo.

―No hacía falta que te preocupases por mí. Solo necesitaba un poco de paz.

―¿Has llegado a ver a Donaldson a caballo, siguiendo a la muchacha como un loco, antes de marcharte enfurruñada?

―Lo he visto, sí.

―¿Y no te dice nada? Porque los dos estuvimos en Londres siendo testigos de cómo Liam bailaba con ella solo para molestar al mejor amigo de tu difunto esposo.

―No estoy celosa, si es eso lo que te preocupa.

―Has salido corriendo, y Donaldson dijo que estabas llorando. ¿Cuál es el problema, Regina? ―le preguntó agotado.

―Supongo que es el embarazo. Solo tengo ganas de llorar y Liam no está aquí. Tengo la sensación de que he corrido una larga carrera para llegar a la meta y descubrir que el premio no me acepta por completo.

―¿Es porque él no ha regresado?

―Es por todo, York.

―Tendrás que ser más específica.

―Te prometo que estoy bien. Ve a casa, iré en un momento. Deja que disfrute del paisaje, del lago, de la tranquilidad del lugar.

―Lo haré en un instante. Hay algo de lo que no hemos hablado, creo. Es sobre el hecho de haberte metido en la cama de Liam y después no habértelo confesado. ¿Tendré problemas por haber obrado así, Regina?

―No.

―No suenas convincente.

―Te conozco bien para saber que no harías nada intentando perjudicarme. Tú también me conoces en exceso y eras consciente de que necesitaba un empujón en esa dirección.

―Pero… ―la animó Malcom a exponer un matiz, sabiendo que había algo más.

―Hubiese actuado de otro modo si me hubieras hecho partícipe de esa encerrona.

Liam, en nuestro último encuentro, me pidió más.

Conocernos fuera de allí. Me asusté y, de nuevo, lo rechacé y desaparecí.

Jamás se me pasó por la cabeza que estaba con el hombre al que amo, con el que soñaba tocar, besar…

―Liam entenderá que no eras consciente de su identidad, Regina. Lo entiende ―se rectificó.

―Pero sí sintió un vínculo conmigo, porque quiso conocerme fuera de aquel club tan… extraño. ¡Y yo no, York! No se me pasó por la cabeza que estuviese con él. ¿Qué dice eso de mí? ¿Y si soy una mujer fría, calculadora y egoísta, incapaz de amar?

―Ah, veo ahí palabras de Ranfield, dichas al calor de una discusión, supongo.

―¿Y si son ciertas?

―Levántate, Regina. Ven a mi lado un momento.

Ella suspiró.

―¿Qué te propones?

―Hazme caso.

Ella lo hizo.

Entonces York la abrazó.

―¿Por qué…?

―Porque eres cálida, Regina. Tenías que serlo porque Isobel estuvo a tu lado cuando eras pequeña y sé la clase de persona que es mi esposa y lo que logra con los demás.

Buscas refugio en los brazos de un amigo cuando estás inquieta.

Tu corazón late y siente todo lo que hay a su alrededor.

Una madre moribunda te pidió ayuda para ocuparte de su único hijo, un niño que será el recuerdo de una traición, y no dudaste en proclamar que lo querrías contigo a cualquier precio.

―York se separó de ella y la llevó hasta la orilla del lago―.

Ahí está tu reflejo. Tu fiel reflejo, el de una mujer que lucha, que pese a haber estado derrotada, haber sufrido la muerte del padre de su hijo, no se niega a seguir adelante.

Todos tenemos miedo en algún punto del camino.

No es malo tomarnos nuestro tiempo para reflexionar, Regina.

Tú no eres débil. Jamás lo fuiste. Ranfield no pudo someterte y por eso no lograba comprender a la mujer con la que se había casado.

Te quería por debajo, obediente, sumisa.

Tú eres una compañera, nunca una mujer inferior a un hombre.

Él no lo veía, por eso estabais abocados al fracaso.

Nadie esperaba que tu esposo muriese tan pronto, pero lo hizo.

Le fuiste fiel, te resististe a la presión que sé que mi hermano ejerció sobre ti.

Eso dice mucho de tu carácter, de tu lealtad.

Ranfield te llamaba fría, calculadora, egoísta…

Lo que era incapaz de ver era que solo estaba tratando con una mujer que siempre será fiel a sí misma, que se amaba a sí misma sobre los demás y que no claudicaría si no sintiese que en verdad debía hacerlo.

Ranfield jamás te comprendió, porque para él las mujeres se debían a su esposo, pretendía tu docilidad y no valoró lo especial que eras.

Regina sollozó y se volvió para abrazar al duque.

―Isobel tiene suerte contigo, York. No sé si serás Ra, pero puedes considerarte mi héroe.

Todo lo que has hecho por mí… Nunca viviré lo suficiente para agradecértelo.

Cuidas de mi hijo, de su patrimonio, de mí, de todos nosotros…

Te amo. Nunca podría haber encontrado un amigo, un tutor, incluso alguien que actúa mejor de lo que mi propio padre lo haría, para guiarme en la vida.

Siento haberte dado tanto trabajo ―le dijo mientras lo abrazaba con fuerza.

―Ah, ya ves, querida mía, que estoy aquí para serviros a todos.

No tengas miedo por haberme dado tanto trabajo, como tú misma has indicado.

Me has servido de ensayo para cuando mi pequeña diosa de luz debute en sociedad.

Seré un padre más que preparado para eliminar la paja del oro y otorgársela al que más la merezca.

―Gwyneth W. Banstorn tiene muchísima suerte. Todos la tenemos contigo.

York le sonrió y le besó la mejilla. Ella también le dio un casto beso en señal de gratitud infinita.

―Quédate aquí cuanto necesites, disfruta de la tranquilidad del lago de York Park, pero no tardes mucho, tu familia te necesita feliz y contenta de nuevo, Regina.

La condesa afirmó con la cabeza y volvió a sentarse. Después de limpiarse las lágrimas, con el pañuelo que le acababa de tender el duque de York, sonrió y miró al horizonte desde otra perspectiva más… esperanzadora.

El duque se dio la vuelta y vio una figura masculina algo apartada. Caminó en silencio hacia el lugar donde Liam estaba apoyado junto a un árbol.

―¿Por qué te mantienes en silencio y alejado de tu futura esposa?

―¿De qué le sirvo yo, cuando es evidente que tú la reconfortas mucho mejor? ―La pregunta salió sin poder ser refrenada.

York masculló una maldición por lo bajo que Liam escuchó y entendió perfectamente.

―No tiene sentido tener celos de la persona que ha hecho un esfuerzo sobrehumano para que la tengas. Incluso arriesgué nuestra propia relación, puesto que no sabía cómo procederías cuando te enterases de lo que hice. Esa reacción tuya no es adecuada ni justa, hermano.

Liam suspiró. Entendía que los celos eran infundados, pero era que… ¡se sentía tan torpe cuando de Regina se trataba! Y York le había dicho unas cosas tan perfectas que…

―Me he topado con Donaldson y con la señorita Walsh. ¿Qué hacían aquí? ―Cambió de tema.

―Imagino que la dama ha llegado para exigir una explicación por tu parte y que su enamorado la ha seguido para aclarar las cosas. ¿Sabes si se quedarán mucho tiempo?

―No he hablado con ellos, solo los he visto partir en un carruaje. Dejé mi montura en el establo y lo presencié todo desde allí. Diría que han hecho las paces o lo que fuese, porque él la llevaba en volandas antes de subirla al carruaje y ella le sonreía embelesada mientras buscaba su boca.

―Bien. Una cosa menos de la que preocuparse. Trata de comprender a Regina y no seas duro con ella, Liam. El embarazo es… Isobel estaba un día besándome, reclamándome, solicitando toda mi atención, y al otro podía estar planeando mi muerte de un modo escabroso.

―Seré padre, York ―dijo en un susurro.

―Y serás fantástico. ―Trató de infundirle ánimos.

―No quiero ser un esposo como Ranfield ―le confesó su mayor miedo.

―¿Por qué deberías serlo, si no tienes nada en común con él?

―Porque la deseo con tanta fuerza, que quiero vivir en el campo para tenerla solo para mí.

Te he visto reconfortándola y los celos me han corroído.

No puedo respirar cuando la veo, la tengo cerca o…

¡Es muy doloroso todo! Incluso cuando la veía y no le hacía caso, mi corazón me torturaba.

¡Es desquiciante! ―señaló con enfado, sin alzar demasiado la voz.

―Ah, tengo entendido que eso es natural al principio. Llevas tanto tiempo corriendo detrás del hueso que, cuando lo alcanzas, únicamente te preocupa tenerlo el mayor tiempo posible solo para ti mismo. Sin compartirlo. ¿Entiendes? ―Liam asintió.

―Luego, con el paso del tiempo… ¿se mejora?

York se carcajeó sin contención, provocando un alboroto. Lo que hizo que Regina se diese la vuelta y los divisase a ambos.

―Te lo diré cuando me suceda. Ahora atiende a la futura lady Liam. ―Ese sería el título que ella ostentaría si se casaba con él y decidía no usar el de lady Ranfield. Cosa que Malcom estaba seguro de que haría Regina, pues se entregaría a su hermano en cuerpo y alma.

Liam dejó atrás a su hermano, pero recordó un asunto y se paró para girarse y llamarlo.

―¡York!

―¿Qué?

―Mañana por la mañana, por favor. ―Su hermano entendió que se refería a la boda y que deseaba hacerla lo antes posible.

―Estará todo listo ―le respondió.

Liam suspiró, se dio la vuelta y se fue a buscar a Regina. La encontró de pie, junto al lago. Llegó frente a ella.

―¿Estás bien? ―le preguntó la dama al ver que él no decía nada.

―No soy yo quien sufrió un percance. ¿Cómo estás tú?

―Mi voz todavía no es mía por completo, pero al menos puedo hablar, aunque no en mi tono normal ni tan alto como me gustaría.

―Bien.

Ambos se quedaron mirándose sin saber qué decir.

―Liam…

―Regina… ―expuso él al mismo tiempo que ella. La condesa se rio.

―Habla tú primero, por favor.

―No. Tú primero, insisto ―pidió el hermano del duque.

Ella cabeceó afirmativamente.