Capítulo 12 #3
―Porque Malcom la ha trasladado, junto con su hijo, a una apacible casita, donde una enfermera y dos sirvientes cuidan de ella hasta que… ―No hizo falta seguir con la frase. Todos la entendieron.
Isobel amaba a ese hombre con todas sus fuerzas por su forma de ser, por adelantarse a todas las cuestiones, por llevar a la familia por el sendero correcto.
Si Regina tuviese razón y solo por ser hermano de su esposo, Liam fuese la mitad de bueno, ella sería la mujer más dichosa de la faz de la Tierra.
―Oh, York… No tenías por qué ocuparte de eso. ―Le debía tanto que no sabía cuándo podría pagárselo. ¡Era fantástico! Ese duque pomposo era infalible.
―Todo está dispuesto según las órdenes de la señorita Kein. ¿Quieres que te cuente los pormenores en el despacho? ―Era decir, lejos de los oídos de Kyle.
―Sí, creo que me gustaría saber lo que se ha acordado.
York entró en la habitación, le dio un beso profundo a Isobel que hizo ponerse muy celosa a Regina, y luego ambos se dirigieron al estudio del duque para hablar con seriedad.
Una vez allí, los dos tomaron asiento en sus respectivos lugares. Ella frente a él y Malcom tras su mesa.
―¿Quieres que pida un té o algo…?
―No hace falta. Explícame por qué una mujer que, por lo que entendí, era una cortesana, se cuidó poco y acabó alumbrando al hijo ilegítimo de Ranfield.
―Eso mismo quise averiguar yo. Es común que las esponjas sean un elemento de trabajo de algunas damas que optan por una ocupación como la suya.
La señorita Kein tuvo el privilegio de llegar a poder elegir a sus amantes.
Era una cortesana muy influyente, con contactos importantes.
De hecho, fue un noble de alto rango quien la ayudó en tu búsqueda y cuando se presentó frente a ti, Regina.
Ella me explicó que le habían diagnosticado su dolencia hacía poco y que el tratamiento no le permitiría concebir…
―Y ambos sabemos que los médicos no siempre aciertan en sus conjeturas, ¿verdad, York?
―Así es. Cuando estuvo con Ranfield, una sola noche, no se preocupó en absoluto por el asunto. Imagino que tuvo la misma sorpresa que tú cuando descubrió que estaba embarazada.
―¿Hay más hijos, York? ¿Saldrán más?
―No puedo saberlo, Regina ―le expresó con sinceridad.
―Pero sí tendrás alguna conjetura al respecto.
―Hablé antes de partir hacia York Park con Donaldson, hará un par de días de esto, como bien sabes. Él me aseguró que Ranfield solo te fue infiel una única vez.
―Y con una solo le bastó. No me consueles con esa aseveración de que fue solo una vez. Él actuó como creyó conveniente. Yo procedí del mismo modo cuando él murió. Por lo que a mí respecta, mi difunto esposo no me debe nada ni yo a él.
―Es una postura cómoda. No la refutaré.
―¿Qué pasará con el pequeño Lawrence, York?
―Su madre considera que tú eres una buena mujer y le gustaría que te lo quedases, aunque entiende el aprieto en el que eso te pondría.
―Sabes bien que ese niño no crecerá lejos de su hermano ni de mí ―apuntó con suma intransigencia.
―Así se lo dije yo a la señorita Kein, quien de inmediato se echó a mis brazos y me pidió que te diese sus bendiciones pese a que no las quisieras.
―¿Qué hay de Liam? ¿Se lo has dicho?
―Sí. Le informé sobre lo que había hecho con respecto a la madre del hijo ilegítimo de tu esposo.
―¿Qué opina él de que quiera tenerlo en mi casa?
―Mi hermano se replegará a tus deseos, Regina.
Sabes que siempre lo hará porque te ama.
No te has equivocado antes. Liam no es muy diferente de mí.
Yo haría cualquier cosa que me pidiese Isobel, lo que fuese, aunque ello implicase prenderle fuego al mundo entero.
Y lo haría sin preguntar sus razones. Esa es mi fe en ella.
Nada nunca estará por encima de mi esposa y de mi hija.
Ella cabeceó afirmativamente y dejó escapar un largo suspiro.
―¿Dónde está él?
En ese momento se escuchó la campana de la puerta principal.
―Ah, tal vez ahí esté ―señaló York, quien se estaba levantando de su asiento para ir a ver si Liam había llegado.
Regina lo siguió. Ambos abrieron la puerta del despacho y se encontraron con una muchacha a la que habían visto en bailes y encuentros.
York frunció el ceño.
―Señorita Walsh…, ¿a qué debo el placer de su visita? Es toda una sorpresa verla en mi casa, en especial porque creo que no nos han presentado formalmente y…
―¿Dónde está mi prometido? ―lo interrumpió, con ese acento americano tan audaz que le salía a Jenna cuando estaba molesta.
―Me temo que no la entiendo.
―Yo creo que sí. Estoy buscando a lord Liam Banstorn, quien es mi prometido.
Tengo entendido que está aquí. ―La amiga de Jenna, Liberty, había averiguado lo que necesitaba.
El viaje, el cual había hecho ella sola, sin explicarle a su tía su partida, había sido incómodo y muy molesto. Se sentía estafada.
La condesa gimió en alto.
―Si me disculpan… ―Y se marchó de allí en dirección al jardín.
―¡Regina! ―York la llamó desde su posición, pero ella no le hizo caso al duque.
―¿Se han casado? ―lo interrogó la americana.
York maldijo por lo bajo. ¿Qué hacía ella en su casa y por qué el señor Donaldson no se había ocupado de la situación tal y como dijo que haría?
―Lo harán pronto.
―¡Ah! ―exclamó sin saber qué más decir.
Entonces, apareció por la puerta un hombre cubierto de polvo que parecía haber cabalgado como un demonio del infierno a lomos de su corcel.
―¿Te has vuelto loca? ―la increpó el recién llegado.
York respiró un poco más calmado al descubrir que al menos el señor Jacob Donaldson no se había quedado tan rezagado con las obligaciones que aseguró que asumiría con respecto a la joven americana.
―¿Qué haces aquí? ―preguntó ella enfurecida.
―¿Crees que puedes escapar de mí, bruja? Te lo diré por si no lo sabes: ¡No! No puedes huir.
―Bueno… parece que esto se ha convertido en una reunión de lo más inesperada… ¿Cómo lo hacemos? ―intervino York.
―¿Ese es su despacho? ―le preguntó Jacob, mientras señalaba una estancia situada a su derecha.
―Ese es.
―Lo tomaremos prestado mientras usted va en busca de Regina. La he visto salir corriendo hacia el sur y sospecho que iba llorando.
Jacob no esperó conformidad del duque. Agarró por el brazo a Jenna y la metió allí dentro, para después cerrar la puerta. York escuchó incluso cómo sonaba el cerrojo al ser pasado.
―¿Quiénes son? ―preguntó Isobel desde el descansillo de la escalera del primer piso.
―Adivino que se trata de una pareja muy similar a la formada por tu hija y Liam.
―¿Son problemas, Malcom?
―No lo creo. Me preocupa más que mi hermano todavía no haya venido y que Regina acabe de descubrir que Liam se ofreció por la muchacha que acabas de ver.
―¿Esto no va a terminar nunca, York? ―se quejó su duquesa.
―Ah, el uso del título. Así que me haces responsable de…
―Por completo ―sentenció ella con severidad.
―Y ahí tengo mi recompensa por tratar de ayudar a mi familia.
Iré a buscar a Regina y trataré de explicarle que la joven que ha llegado buscando a mi hermano está tremendamente enamorada del mejor amigo de su difunto esposo.
Ahora el problema será que me crea, porque…
―Malcom suspiró y se dio la vuelta para ir tras los pasos de la condesa.
―¡Esposo! ―lo llamó Isobel.
―¿Algún tirón de orejas más, mi amor? ―preguntó con cierta tirantez.
Isobel se dio cuenta de que había sido demasiado dura con él. Ah, pero la culpa era de su esposo, pues él la había acostumbrado a que siempre todo saliese bien.
―Te amo.
Él le sonrió.
―Sabes cómo aplacar al león, duquesa mía, y por eso te salvas de más de una zurra en esas blancas y perfectas posaderas que tanto adoro.
―No seas ridículo, mi amor. Adoro tus castigos y por eso me encanta molestarte. ―Le guiñó un ojo y desapareció de su vista.
―Ah, Isobel, cuando regrese vas a darme un buen motivo de alegría, porque estoy a un paso de echar a todo el mundo de mi casa… ―se dijo para sí mismo, tomando nota mental de que esa noche se divertiría muchísimo con su pícara duquesa.
Mientras un duque se disponía a maldecir a su hermano por no estar donde se le necesitaba, una pareja comenzaba una pequeña batalla.
Jenna se desembarazó de su agarre con molestia en cuanto entraron en el despacho del duque.
―No tenías derecho a seguirme, a espiarme, ni a ponerme en evidencia delante de un par del reino.
―Tú solita te has puesto en ridículo al presentarte aquí en busca de Banstorn ―la reprendió.
―Lo que yo haga no es asunto tuyo. Ya te lo dije.
―Lo es, bruja. Porque, maldita sea, te casarás conmigo o con ningún otro. ¿Lo entiendes ahora? ¿O he sido poco claro?
Ella jadeó cuando escuchó la seguridad con la que planteó las cuestiones. No se atrevió a hablar. Jacob y ella respiraban con dificultad y se miraban el uno al otro.
―No recuerdo que me lo hayas pedido ―dijo ella pasados unos minutos.
―¿Qué tiene Banstorn que te mantiene pegada a él?
Porque recuerdo muy bien nuestro primer encuentro y las cosas que me dijiste.
Estaba convencido de que te dejé impresionada.
Pero me doy la vuelta y estás corriendo tras un hombre que lleva seis años enamorado de la misma mujer.
Una a la que has hecho enfadar con tu presencia.
¿Qué le has dicho a la condesa viuda, Jenna?
―Solo he preguntado por mi prometido. ¿Por qué estás tú tan interesado en los asuntos de esa dama? ―indagó con cautela.
―Porque la americana a la que llevo meses persiguiendo parece haber decidido que no soy adecuado para ella. ¿Responde eso a tu pregunta?
―En realidad no lo hace.
―¡Por el amor de Dios, bruja!
―Y me disgusta mucho que me sigas llamando bruja.
―¿Has hecho algo para no merecerte el apelativo? Yo creo que no, pues eres una novia del mal que me tienta y me elude sin compasión, siempre dispuesta a socavar mi dignidad. ¿Por qué lo aceptaste cuando sabías que yo te quería para mí, Jenna?
―¿Y tú por qué te comprometiste con otra cuando mostrabas interés en mí, Jacob?
Él soltó una larga carcajada.