Capítulo 12
Arreglar los estropicios
Regina abrió los ojos y de nuevo se desorientó.
Estaba en una pequeña habitación decorada con coquetería.
Una cama más pequeña que grande, los tonos de la pared eran verdes y se combinaban con otros plateados.
Se incorporó y se tocó la cabeza tratando de recordar los últimos acontecimientos.
Al tragar se dio cuenta de que la garganta le dolía.
Se llevó una mano hasta ese punto y respiró con fuerza.
A su lado derecho escuchó un pequeño ronquido que la sobresaltó, pues había creído estar sola.
Se sonrió cuando vio en una silla a Liam.
Él estaba con la cabeza apoyada sobre su hombro derecho y sus párpados pegados.
No parecía muy cómodo. Se dio cuenta de que Liam la había estado velando y de que en algún punto se quedó dormido. Suspiró.
Si las cosas hubieran sido diferentes. Si el destino hubiera sido más amable con ambos…
Liam tenía razón. Ellos arrastrarían más equipaje que cualquier botones de uno de los mejores hoteles de Londres.
Se levantó con cuidado para no despertarlo y divisó una mesa a un lado.
Se acercó para ver si había papel y pluma.
¡Fantástico!, lo había. Dado que no podía hablar, le escribiría una nota para explicarle que no iba a casarse con nadie.
Se tocó el vientre en cuanto recordó lo que le había dicho el médico antes de marcharse.
Estaba embarazada. Un milagro. Un niño nacido de la insensatez.
Un bebé al que amaría pero que la separaba definitivamente y para siempre de Liam.
Ningún hombre cargaría con el bastardo de otro…
Se sonrió. Ninguno que no fuese Jacob Donaldson, por supuesto, porque seguro que él había mandado imprimir el compromiso debido a su situación.
Regina había aprendido poco, pero algo, de sus errores pasados.
No volvería a entrar en un matrimonio para salvar las formas.
Había otras vías para tener un bebé ilegítimo si se tenía dinero y medios.
Un cambio de aires parecía ser una opción adecuada.
Instalarse en España no resultaría descabellado.
Allí podría atender al hijo de su difunto esposo y al pequeño que crecía en su interior sin que nadie husmease, pues no se casaría de nuevo si no lo podía hacer con el hombre al que amaba con todo su ser.
Podría contratar a los mejores tutores para Kyle en la península, porque un conde debe estar perfectamente aleccionado.
Allí, lejos de la sociedad, aprendería lo relacionado con el título.
Mientras, York podría ocuparse de las propiedades y de los arrendatarios, los ingresos y los gastos de Ranfield Manor, tal y como había hecho hasta el momento.
Cuando Kyle regresase, sus hermanos serían mayores y no les afectaría tanto el escándalo sobre su nacimiento manchado.
Ella les confesaría a los dos más pequeños lo acontecido cuando fuesen capaces de comprender lo que ocurrió.
Sus tres hijos ―porque los querría por igual― serían triunfadores, hombres de negocios, con un futuro brillante por delante, y cuando regresasen a Londres, la ciudad se postraría a sus pies pese a que dos de ellos fuesen bastardos.
Los ojos de ella repararon de nuevo en Liam.
Solo lamentaría lo que nunca pudo ser. En ese futuro a largo plazo ella se veía regresando a casa para conocer a la familia de Liam, a su esposa y los hijos que esta le brindaría.
Tal vez entonces pudiesen volver a retomar la amistad.
El corazón se le agrietó al comprender que él sería feliz.
Feliz sin ella. Mientras que Regina pasaría cada día pensando en él, preguntándose lo que haría, si se habría casado, si estaba bien…
Suspiró de nuevo. Al fin entendía lo que había sido la vida de Liam al amarla, al saberla casada con otro.
Así que el destino era un ser burlón que le iba a ofrecer a ella eso mismo que Liam tuvo durante largos años.
¡Ah, la vida!, tan imprevisible como dolorosa, pero hasta el momento nunca dichosa…
Regina se sentó en una pequeña banqueta y comenzó a redactar su carta. Se dio cuenta de que una lágrima había descendido por la mejilla para empapar un pedazo de la hoja.
Al siguiente segundo, unas manos fuertes estaban sobre sus hombros. Comenzó a llorar con más fuerza, con cuidado de no lastimar más su maltrecha garganta.
Lo siento, Liam ―escribió en el papel―. No quería que esto fuese así. Supongo que ya te habrás enterado de todo .
Ella seguía sentada sin poder levantar la mirada para observar sus ojos. Estaba segura de que vería allí una acusación que la atormentaría hasta el fin de sus días. Él seguía tras ella, sujetando sus hombros con firmeza.
―Regina ―tomó la palabra él―. El destino se empeña en separarnos, es verdad, pero no tiene en cuenta que hay un duque más terco todavía que él, que jamás se dará por vencido.
―Liam se detuvo un momento en su explicación y tomó una larga bocanada de aire―.
Fui yo, Regina, quien te hizo el amor todas las veces, en esas tres ocasiones que nos encontramos en las dependencias de la duquesa X.
Regina se puso de pie y lo miró a los ojos. Liam se acercó y procedió a limpiarle las lágrimas que seguían surcando sus mejillas. Se quedaron el uno frente al otro.
―¿Có…mo? ―masculló forzando la voz. Liam le colocó un dedo sobre los labios.
―No hables, solo escucha. ―Volvió a suspirar―.
Mi hermano nos llevó hasta esos encuentros sin que ninguno sospechase de la identidad el otro.
Yo tuve que haberme dado cuenta de que algo misterioso sucedía, porque contigo me sentía especialmente extraño, te percibía familiar y fue por eso por lo que decidí que quería más de ti fuera de aquellas cuatro paredes.
Recuerdo bien que me dijiste que no podías concebir, y como mi hermano me había permitido escapar de la obligación de ser su heredero, porque está convencido de que logrará engendrar a un niño, quise más de ti.
―Liam le puso una mano en el vientre y le dijo―: La criatura que crece en tu seno es mía, Regina.
No deseo que te angusties por nada. Nos casaremos lo antes posible.
El señor Donaldson está al corriente de que serás mi esposa, por lo que el anuncio en el periódico no es importante por ahora, alegaremos alguna confusión o lo que se nos ocurra.
Posiblemente York ya estará haciéndose cargo de eso.
Regina cerró los ojos al comprender la situación.
―Pe…ro… ―Le volvió a colocar un dedo sobre los labios para frenarla. Ella posó sus manos en la cintura masculina con cierta precaución, por si él la evadía. No se sentía segura sobre si él sencillamente se había resignado a cumplir con su obligación, o si había más que eso.
―¿Vas a mostrar algún impedimento, Regina? ―Ella negó con la cabeza―. Entonces quiero que descanses y te recuperes, hablaremos más adelante sobre las demás cuestiones. Lo importante está establecido.
Liam la miró y esbozó una pequeña sonrisa. Luego, Regina levantó los talones para tratar de besar sus labios, pero él se retiró mientras ella hacía esa acción.
―Li…am ―Usó su nombre sin saber qué más decir.
―No fuerces la voz, en un par de días estarás recuperada si no hablas. Descansa un poco, Regina.
Entonces la dejó sola en la pequeña habitación. Y Regina se sintió más sola que nunca. Más insegura que nunca. Más ansiosa que nunca.
¿Cómo seguir a partir de ahí? No tenía la menor idea, pero se esforzaría por conquistar un amor que una vez fue fuerte. Sacaría a flote ese sentimiento en él. No tenía la menor idea de qué paso dar, pero algo se le ocurriría.
Cerró los ojos y se dejó caer en la cama. ¡Dios del cielo! Liam había sido su hombre misterioso. Se avergonzó cuando se dio cuenta de todo lo que habían compartido juntos, el modo en el que ella se mostró sin pudor, exigiendo, ordenando… ¿Qué pensaría Liam al respecto?
***
Jenna Walsh hacía varios días que no sabía nada de lord Liam Banstorn. Su tía Harriet estaba todavía más inquieta que ella. Había ido a su casa pero la encontró vacía. ¿Qué estaba pasando? ¿Dónde se había metido su prometido?
Llamó un par de veces más a la puerta donde parecía que no había nadie.
―No hay respuesta, señorita Walsh. Regresemos a casa ―le dijo la doncella que la había acompañado hasta el lugar.
―Sí, supongo que será lo mejor ―alegó desanimada.
Cuando Jenna se dio la vuelta junto con su doncella, divisó una figura masculina que conocía bien.
Jacob Donaldson estaba apoyado en una pequeña verja que había colocada frente al edificio donde residía Liam.
Los ojos de ambos se cruzaron y ella no supo cómo actuar.
Así que hizo como si no lo hubiese reconocido.
Comenzó a andar para dejarlo atrás y, antes de poder seguir su camino, él la interceptó y se colocó frente a ella.
―¿Ya se va, señorita Walsh?
―Así es ―le espetó, mientras trataba de esquivarlo.
Él la agarró del brazo y la doncella dio un pequeño grito de sorpresa por la osadía.
―Dile a tu carabina que se coloque detrás de nosotros y nos permita cierta intimidad. Tenemos que hablar.
Jenna miró la mano que él tenía sobre su muñeca y luego levantó la vista.
―¿No tiene asuntos urgentes que tratar? Tengo entendido que organizar una boda es un trabajo arduo… Su prometida puede necesitar su consejo para algunas cuestiones.
Jacob sonrió. Le agradó mucho verla celosa.
―Manda atrás a tu doncella, Jenna ―repitió.
―No.
Jacob se acercó a su oreja y le susurró:
―¿Quieres que te bese en medio de la calle, bruja? Porque es lo que haré si me obligas a comportarme como un hombre ruin.
Se separó de la joven y levantó una ceja, esperando saber lo que ella decidiese, para demostrarle que no iba de farol.
―Por favor, síguenos de cerca, Jane ―le indicó la americana a su acompañante, quien hizo lo solicitado sin cuestionarla.