Capítulo 11 #2
La conversación tuvo que ser detenida en cuanto el médico salió del interior de la habitación y cerró la puerta tras de sí.
―Está despierta, llora, no quiere láudano. Solo pronuncia un nombre.
―Sí… sabemos cuál es ―dijo York. Estaba convencido de que deseaba hablar con Liam.
―Además de los feos moratones, el bebé está en perfecto estado. No hay que temer en ese aspecto.
Wilson gimió en alto. York se aferró a la pared más cercana para no terminar sentado sobre sus ducales posaderas tras lo que acababa de escuchar.
―Dijo que no podía concebir ―lo acusó Mason.
―Eso tenía entendido, ella misma me lo aseguró.
El médico frunció el ceño.
―Es una mujer joven, sana, salvo por los daños que presenta, no había motivos para no quedar encinta ―les informó el segundo galeno que la revisaba en pocas horas.
―Su hermano nos matará con sus propias manos ―apuntó Wilson con un hilo de voz. Habían traspasado todos los límites cuando se inmiscuyeron en la vida de uno y otro.
―Lo sé bien… ―York estaba inquieto. Él jamás perdía los nervios.
―¿Precisan alguna cosa más de mí? ―inquirió el médico.
―Su discreción ―apostilló York.
―Eso está garantizado, excelencia.
―Le enviaré sus honorarios pronto, gracias, señor Hewit.
El médico se marchó y York agarró el pomo de la puerta para ingresar en la habitación. Mason le colocó la mano en el hombro para frenarlo.
―¿Qué hacemos con Liam?
―Cuando mi hermano regrese, lo estaré esperando en la biblioteca. Tráigale un poco de té y mezcle unas gotas de láudano en él. Ella tiene que estar tranquila para todo lo que pronto descubrirá. ¡Maldición! ―gruñó―. Nada puede ser fácil cuando se trata de mi hermano.
Mason asintió y el duque entró en la estancia.
Regina levantó los ojos y al duque se le partió el alma al ver su lástima, la congoja, el miedo, el dolor.
Entonces, la dama abrió los brazos para pedir consuelo.
York se acercó sin pensárselo dos veces y la abrazó mientras ella lloraba sobre su hombro.
―Confía en mí una última vez, Regina. Te prometo que todo va a arreglarse. El desgraciado que te puso las manos encima pagará por su pecado, y tu hijo tendrá a su lado a un padre. No quiero que te angusties.
―Yo…rk… ―dijo con esfuerzo y dolor.
Cuando el doctor le habló de un bebé, Regina lo vio todo negro.
¿Cómo era posible? Ella no podía concebir.
El pánico comenzó a brotar cuando se dio cuenta de quién sería el progenitor.
El único hombre con el que había estado.
Un hombre sin rostro. Al que no conocía.
Dios la estaba castigando de nuevo por su atrevimiento osado.
Por ser una mala esposa, una mujer impura…
¡Cielo santo! Otra vez había cometido el mismo error del pasado.
Otra vez había jugado a ser una mujer valiente y decidida, y el destino le pasaba factura.
Ese era su sino, tropezar siempre con el mismo bache.
Con Ranfield sucedió igual, se dejó ir, sin preocupación, y Kyle llegó.
Con X, su amante, hizo lo mismo y… ¡Un bebé! Una criatura inocente.
Gimió en su interior. Jacob sabría lo de su embarazo, pues también la había visitado otro médico en la casa de su amigo. ¡Dios! Sus problemas solo hacían que multiplicarse.
―No, querida. No hables. El médico nos lo ha dicho.
No te preocupes por nada. Pienso arreglarlo todo.
Ten un poco de paciencia. Solo un poco más.
Sé bien lo que ha sucedido y es más complicado de lo que crees.
No es momento de cargarte con más preocupaciones, pero te juro por mi título, por mi fortuna y por la vida de mi pequeña Gwyneth, que serás una madre feliz.
Te lo garantizo además por el amor que le profeso a mi esposa.
Ahí tienes mi seguridad, pues pongo como garantía de éxito lo que más amo, mis dos mayores tesoros.
Así que cree en mí, Regina. Todo va a salir bien.
Solo necesito que descanses y dejes que obre mi magia.
―N…o… ―York colocó su dedo en los labios de ella cuando se despegó de su abrazo.
―Para lo único que deseo que fuerces tu preciosa voz es para darme un nombre. Dime quién fue.
Ella negó con la cabeza.
―N…o ―repitió.
―Tarde o temprano daré con él, Regina. Es algo sobre lo que no vas a tener control. Nadie daña lo que está bajo mi protección. El hombre que se atrevió a tocar un solo pelo de tu cabeza sabrá lo que es el infierno, con o sin tu ayuda. Y en esto voy a ser intransigente.
Ella negó con la cabeza de nuevo.
En ese momento Mason Wilson llamó discretamente a la puerta y, cuando el duque le autorizó la entrada, ingresó en el interior con una taza de té cargada con la prescripción del médico.
La obligaron a tomarlo poco a poco y velaron su sueño, puesto que ella acabó plácidamente dormida en la cama.
―¿Ha averiguado algo? ―se interesó Wilson sobre la agresión.
―Nada en absoluto. ¿No hay noticias de mi hermano?
―No ha llegado todavía.
―¿Hay alguien que pueda quedarse con Regina mientras nosotros bajamos al despacho de Liam y tomamos una copa? Creo que nos hace falta.
―Adelántese, mandaré a alguien venir aquí.
―No tarde, señor Wilson, tenemos cosas urgentes de las que ocuparnos.
―Estaré allí de inmediato.
Pocos minutos después, el duque se adentraba en el despacho de su hermano y sirvió un par de copas. La suya la vació antes de que el señor Wilson llegase.
York tuvo un plan sólido que se fraguó mucho antes de llegar a Londres con Regina y no había salido como previó.
La idea había sido enviarla junto la duquesa X, quien inicialmente habría tentado a Liam con la llegada de una mujer muy necesitada, hermosa, una viuda que precisaba de la guía de un amante excepcional.
Por su parte, Wilson tenía que dejar las notas e invitaciones de la duquesa X bien a la vista de Liam para tentarlo con fuerza, pero de modo casual, sin que pareciese que su tío tuviese especial interés en que él sucumbiese a las múltiples peticiones de su querida amiga.
Cuando Malcom habló con la duquesa X y le expuso el caso de Liam y Regina, no tuvo que convencerla demasiado de ser partícipe en ese plan en concreto. Porque su amiga, en el fondo, tenía alma de casamentera.
En la mente de York los dos supuestos desconocidos harían el amor sin barreras, sin contención, y tarde o temprano, algún gesto, alguna vivencia expuesta los delataría y se darían cuenta de sus identidades.
En otras versiones ideadas por el duque, ambos se descubrirían enamorados.
Nada de eso ocurrió. Su amiga le había informado, justo cuando Regina apareció en su puerta, de que la joven había roto todo contacto y de que Liam la estaba volviendo loca preguntando por la identidad de la viuda que le había asignado.
Así que si su hermano la estaba intentando localizar con ahínco, había esperanza.
Recomendó a la duquesa X que se tomase unas pequeñas vacaciones, que se marchase de viaje para eludir a su hermano, lo cual hizo.
Mason le explicaba en las cartas que compartían que Liam estaba desesperado, irritado y más intratable que nunca desde que dejó de asistir a las reuniones clandestinas con su misteriosa dama, que no era otra que Regina.
La cosa empeoró todavía más cuando descubrió que la duquesa X había abandonado Londres sin darle la identidad de su viuda.
Así que York habló con Isobel, justo en el momento en el que Regina regresó desvalida a York Park ―tras dejar de ver a su enmascarado amante―, le confesó todo el plan que había puesto en marcha y su esposa lo conminó a terminar el trabajo.
Eso fue después de estar tres días completos frunciendo el ceño, evitar su mirada y hablarle lo justo.
Su duquesa no se tomó nada bien el engaño que él había tramado para la pareja.
Trató de explicarle a Isobel que si no hubiese actuado, Liam y Regina no serían felices nunca.
Demasiado testarudos como para darse cuenta de que tenían que estar juntos de una vez por todas.
Ellos no aprendían. York no podía sencillamente quedarse parado viendo como su único hermano cometía el error de no seguir luchando por ella, mientras que la dama creía no ser lo bastante buena para Liam.
¡Alguien tenía que entrometerse! ¿Quién mejor para hacerlo que un duque excepcionalmente inteligente y con grandes contactos?
¡Tenía que hacerlo! Isobel al final lo aceptó porque ya estaba a medio camino de su meta.
Su plan había sido ejecutado con la intervención de la duquesa X y los resultados no fueron ni mucho menos los esperados, pero Malcom podía enmendar la situación, puesto que su hermano Liam no dejaba de buscar a su misteriosa amante.
Abandonó la seguridad de York Park acompañado de la condesa viuda.
El duque llegó a Londres e incitó a Regina a luchar.
Ella tenía que darse cuenta de que su hermano era la llave de su futuro.
Le costó, pero lo logró. En esa ocasión fue Liam el que se resistió porque la evitaba como si ella fuese la peste.
Y lo que le había pasado a Regina, esos moratones… ¡Y él creyendo que la noche anterior ambos estarían en la cama limando asperezas! No. Liam, de algún modo, se había marchado y ella se quedó al alcance de un hombre que pronto desearía no estar vivo.
En cuanto Regina estuviese mejor, la interrogaría para conocer al bastardo que tenía que matar.
Mientras el duque recordaba el pasado y trazaba el futuro ―uno en el que su hermano no estaría contento por su intromisión―, en el marco de la puerta apareció al fin Wilson, quien entró en la estancia, tomó la copa que descansaba sobre una pequeña mesa de mármol y se sentó frente a su sobrino.
―Hemos armado un buen lío ―dijo su tío.
―Uno que todavía tiene solución.
―Siempre y cuando su hermano no haya ido a buscar a su supuesta prometida para obligarla a casarse de inmediato.
―¿Lo ves capaz de hacer eso? La mujer a la que ama está en la cama, herida… ―expuso York tomándose cierta confianza con su tío.