Capítulo 11
Levantar el velo de la mentira
Regina se removió en la cama y poco después abrió los ojos para darse cuenta de que estaba acostada en una estancia que no era la suya. Se incorporó con nerviosismo y estudió lo que tenía frente a los ojos. Colores oscuros, una gran cama de cuatro postes. Todo muy varonil.
―¿Hay al…? ―No pudo continuar con la pregunta.
La garganta le ardía. Tragó saliva y fue consciente de que ese sencillo acto también le causaba dolor.
Cerró los ojos y se tocó brevemente la mejilla que le palpitaba.
Recordó la escena en la que Lovelace la había atacado.
Alguien la había salvado de aquello, porque antes de perder el sentido escuchó voces.
Llamaron a la puerta e ingresó una doncella con una bandeja.
―Buenos días, milady . He venido hace una hora y no he tenido corazón para despertarla. Supuse que ya estaría despierta y hambrienta.
―Yo… ―Comenzó a sentir dolor y tuvo que callar.
―No debe hablar, órdenes del médico. No se preocupe, aquí está a salvo, el patrón nos ha dado indicaciones de que se la trate como a una reina. ―La joven doncella se acercó, le dejó la bandeja sobre las rodillas y le sonrió.
―¿Pa…trón? ―preguntó con sumo esfuerzo. Necesitaba conocer la identidad de la persona que la socorrió.
―El señor Donaldson.
Regina se relajó entonces. Estaba en buenas manos. Tomó un trago de té y le costó horrores poder engullirlo, sin embargo, agradeció la calidez del líquido. Trató de picotear los huevos revueltos.
Cuando terminó de comer lo poco que logró ingerir, le pidió con señas a la doncella que la ayudase a vestirse. Sospechaba que su amigo le había cedido sus aposentos y ella se sentía con suficientes fuerzas para regresar a su casa.
Definitivamente, Londres había acabado con su paciencia. No le quedaba nada que hacer. Era hora de asumir sus limitaciones, la pérdida. Liam no la amaba. No tenía sentido seguir persiguiéndolo, debía dejarlo libre para que asumiese su propio camino.
― Milady … ―comenzó a decirle la doncella―, no tenemos permiso para dejarla marchar. Es preciso que descanse. El médico lo dijo y el señor Donaldson lo exigió. Por favor, regrese a la cama. ―Regina le hizo un aspaviento con la mano y siguió vistiéndose.
―Ayu…da ―pidió, cuando le fue imposible cerrar los botones traseros.
―Pero…, milady … El patrón lo tiene todo dispuesto para que la boda se celebre lo antes posible. Todo el personal ha colaborado para poner las flores, la cocinera ha ideado un menú con comida que sea fácil de tragar debido a su dolencia. ¡Incluso está preparando un precioso pastel!
―¿Qué? ―preguntó, mientras con su mano masajeaba su garganta.
―El señor Donaldson ha sido muy claro. Usted será su esposa.
Ha ido a ver a su primo para conseguir una licencia.
No le diga que lo espié, pero cuando dijo que se casaba…
¡Ni se imagina lo que supuso para todos!
Es un gran hombre y esperamos que tengan un matrimonio de lo más feliz y próspero.
Y no tenga miedo por las malas lenguas, el compromiso ha sido publicado en el periódico más importante de Londres.
El patrón fue a buscar a su primo de madrugada para que lo ayudase con los preparativos y la licencia.
Ya sabe que la mano de un duque es buena en estos casos.
No le diga tampoco que le conté esto, pero es que…
¡somos tan felices por él! Y todo lo que está haciendo por usted es taaaan romántico ―exclamó embelesada.
Regina comenzó a sentirse mareada.
―¿Ho…ra? ―Sabía que sería tarde. El sol que entraba por la ventana era débil.
―Son las cinco de la tarde, milady .
Si lo que decía la empleada indiscreta, pero de buen corazón, de su amigo era cierto, a esas horas Liam ya se habría enterado de un compromiso del que ella no había tenido noticias.
¿Qué locura habría impulsado a Jacob a tomar esa decisión?
Él era un caballero de los pies a la cabeza, seguramente se vio en la necesidad de rescatarla y reparar un honor que Lovelace no había corrompido.
Tal vez Jacob creyó que lo peor había ocurrido cuando intervino…
Demasiadas preguntas, pero una sola cosa urgente que hacer: hablar con Liam y explicarle lo sucedido. No volvería a hacerle daño.
Comenzó a caminar hacia la puerta.
―¿A dónde va, milady ? No debe salir, está débil y es peligroso que vuelva a sufrir un desmayo. El señor Donaldson me despedirá si se marcha… ―Regina negó con la cabeza y salió de la habitación y de la casa.
Tomó el primer carruaje que encontró y pidió, sin apenas voz, que la llevase hasta la casa de Liam.
Lo primero era lo primero. Tenía que darle una explicación.
Pese a que él no quisiera saber nada de ella, merecía que le informase del motivo que habría llevado a Donaldson a publicar un anuncio de tal calibre.
Cosa complicada, porque conocía muy bien a Banstorn y cuando viese que alguien la había dañado…
No le contaría que sabía la identidad de su agresor o él lo mataría.
Liam podría no amarla, pero estaba segura de que jamás dejaría de protegerla. Y por eso lo amaba todavía más.
En lo que pareció una eternidad llegó hasta la entrada de la casa y llamó a la campana.
El señor Wilson le abrió la puerta y la miró con cara de lástima.
La expresión del hombre de confianza de los hermanos Banstorn se tornó colérica cuando examinó la apariencia de ella.
Manifestaba un morado en su rostro y el vestido dejaba entrever otros más severos alrededor de su garganta.
―¡Santo Jesús del cielo! ―gritó Mason Wilson.
Regina comenzó a verlo todo borroso. La fatiga que había tratado de contener en el carruaje le estaba ganando la batalla.
―Wil…son ―lo llamó, antes de volver a perder la consciencia.
Los brazos capaces del señor Mason Wilson la sujetaron justo a tiempo. La aupó y llamó a su sobrino.
―¡Milord, milord!
Liam salió de su despacho y vio a Wilson portando a Regina.
―Esto es el colmo de los despropósitos. ¡Usted y mi hermano ya no saben qué inventar! ―York no descansaría hasta que viese cumplidos sus deseos, pero esto era demasiado…
―¡Avise a un médico! ―le gritó, mientras subía corriendo las escaleras centrales para depositarla sobre una cama.
Liam se quedó pasmado y quieto con el alarido que le lanzó Wilson. Todo parecía muy real. Ella se veía pálida, con el rostro desencajado. Le había parecido ver unos moratones que atribuyó a un embuste por parte de su hermano. York era capaz de todo y… ¿Regina estaba herida de verdad?
―¿Señor Wilson? ―lo llamó, pero el hombre no estaba a su alcance y no lo escuchó.
Liam sintió que sus entrañas se revolvían llenas de pánico. Salió a la calle y buscó ayuda. Si a ella le ocurría algo… Si Regina… El corazón comenzó a sentirse como una gran piedra que se hacía cada vez más grande y amenazaba con estallar dentro de su pecho. ¡Dios! ¿Qué le habría pasado a Regina?
Mientras Liam cumplía con el mandato, el señor Wilson avisó al duque de York a través de una nota.
Mandó a un lacayo a toda prisa para entregársela y, en un tiempo veloz, el duque se personó en casa de Liam, quien todavía no había regresado, aunque sí que había mandado al médico para visitar a Regina.
Mientras el galeno cumplía con su función, York y Wilson figuraban de pie fuera de la estancia de la dama.
―Dígame otra vez el aspecto que ella presentaba ―le pidió York.
―Ha sido agredida, excelencia. Tiene un golpe en el rostro y es evidente que alguien trató de ahogarla.
―En cuanto averigüe la identidad del agresor será hombre muerto ―apuntó York lleno de ira. El desgraciado no sabía lo que había hecho.
―Le sostendré las pistolas, excelencia, a no ser que prefiera que apriete el gatillo.
―¿Dónde diablos estaba mi hermano? Los dejé anoche juntos en la biblioteca. ¿Qué ha pasado? Porque sé bien que Liam no le ha ocasionado daño alguno. Antes se quitaría la vida que causarle mal a la mujer que ama.
―¿Ha leído el periódico de esta mañana? ―preguntó con suavidad Mason.
―No. ¿Debería haberlo hecho?
―Creo que es hora de que le expliquemos a su hermano lo que ambos hicimos. ―Wilson se prestó a las órdenes de York no estando seguro de actuar bien. Era momento de poner las cartas sobre la mesa porque el asunto se estaba descontrolando.
―¿Por qué?
―Las cosas entre lord Liam y la dama no han mejorado en absoluto.
Me consta que él llegó anoche hecho un basilisco y después de acostarse salió en busca de pelea, y la obtuvo porque regresó en un estado lamentable, con el labio partido y una contusión bajo la barbilla.
Cuando la ha visto desmayada ha pensado que estábamos jugando otra vez con él.
―Repito: ¿por qué ha sucedido todo eso?
Wilson suspiró y se tapó brevemente la cara con ambas manos. Luego regresó la mirada hacia el duque.
―Se ha anunciado el compromiso entre Jacob Donaldson y la condesa viuda de Ranfield en The Times . Él lo ha visto, ha salido de casa y luego ha vuelto para informar alegremente que se oficiará una boda muy pronto… La suya con una americana a la que asegura que adoraré.
York gruñó.
―¿Cómo ha podido descontrolarse tanto esto? Nuestro plan era brillante. ¿Cuándo se torció todo? Liam no va a casarse con nadie que no sea Regina, por descontado la condesa tampoco lo hará. No sé qué clase de entuerto ha sucedido, pero tenemos que arreglarlo.
―Lo que debemos hacer es confesar, excelencia.
―Mi hermano me cortará el cuello si canto como un pájaro. Ah, ya ve, mi querido Wilson, que mi inteligencia no me permite confesar porque me pondrá en un grave peligro.
―Liam lleva semanas buscándola sin cesar.
―¿Crees que no lo sé? La duquesa X ha venido a verme a mi casa para exigir que le apartase al sabueso de su camino. Liam es peor que un perro con un hueso.
―Le dije que acabarían descubriéndonos y es justo lo que va a pasar.
―No diga tonterías, señor Wilson, no nos van a pescar.
―No, solo escucharán nuestra confesión de cómo ideamos…