Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 10 #3
82%

Capítulo 10 #3

Y mientras todo eso sucedía, un duque, ajeno a todo, se mostraba más hinchado que un pez globo.

York estaba satisfecho de sí mismo. No había rastro de Regina ni de Liam.

Seguramente estarían poniéndose al día y recuperando el tiempo perdido.

Ah, el bribón de su hermano la encadenaría al poste de su cama y no la soltaría hasta que tuviese bastante.

Así que harto de sociabilizar, y viendo que pronto volvería a estar en casa con su amada y su pequeña diosa de luz, se marchó de la fiesta sintiéndose pleno y dichoso.

Si no recibía las felicitaciones oportunas por parte de ambos amantes, lo estarían escuchando quejarse el resto de sus vidas.

***

Jacob dejó de caminar cuando la puerta de la habitación en la que había dejado a Regina descansando se abrió y de ahí salió el señor Coin, el médico que había hecho venir a su casa para inspeccionarla.

―Las heridas no son permanentes. Ha tenido suerte, señor Donaldson, su…

su… ―El galeno no sabía cómo seguir la frase porque no tenía ni idea de lo que era ella para él―.

En fin, la mujer ―le pareció más práctico llamarla así― tiene una fuerte conmoción, producida por la falta de aire.

Tiene cardenales bajo su ojo derecho y en el cuello.

No podrá hablar con facilidad durante los próximos días.

Eso es lo más evidente que presenta su cuerpo, en cuanto a lo otro, no tiene de qué preocuparse ―dijo con seriedad―.

Todo está bien. Se recuperará con descanso.

Recomiendo que no salga de la cama al menos en un par de semanas. No es conveniente para su estado.

―¿Qué es lo otro? ―Jacob estaba más tranquilo al descubrir que el susto se quedaría en eso, pero no comprendió la segunda explicación de Coin―. ¿A qué se refiere con «para su estado», y…? ¿Por qué me mira con esa mirada acusadora, señor Coin?

El médico era de confianza. Era el doctor que se encargaba de su primo Aquiles y de toda su familia.

Se trataba de un caballero mayor que lo conocía desde niño.

Aquiles se lo había traído con él a Londres porque su hijo estaba aquejado de un resfriado y le dobló los honorarios con tal de tenerlo cerca.

Y como el buen doctor era viudo y no tenía nada más que hacer, accedió a la invitación, puesto que eso le dio la oportunidad de acercarse a la ciudad e intercambiar posturas con otros colegas y estar al corriente sobre los últimos avances médicos.

―No me corresponde a mí ser juez de… las cosas que hacen hoy los jóvenes solteros, pero no está bien que uno deje desprotegida a una mujer, una que por su aspecto debe tratarse de una dama.

―Escúpalo de una buena vez. ¿Por qué me sermonea?

―Hay lugares apropiados en los que un hombre puede divertirse, saciar sus necesidades más crudas, sin poner en peligro la reputación de una buena mujer. Estoy defraudado con usted, señor Donaldson.

―Estoy recibiendo tirones de oreja y no entiendo el motivo. ¿Qué sucede? Porque no le sigo en sus suposiciones. ―No comprendía por qué el doctor sacaba a colación los burdeles.

―La mujer está embarazada ―dijo en tono de condena.

―¡Dios santo! ―Jacob sintió que sus piernas se debilitaban. ¿Habría sufrido ella otro ataque previo? Se tuvo que apoyar contra la pared más cercana. Ranfield se levantaría de la tumba con una pistola en la mano para pegarle un tiro.

―Se ha despertado inquieta, asustada y nerviosa durante mi exploración, y la he obligado a beber un brebaje que la hará dormir durante toda la noche, lo cual es muy conveniente.

He hecho aquí todo cuanto he podido. Espero que haga honor a su posición y remedie la situación lo antes posible. Tenga buenas noches, señor Donaldson.

El médico se marchó sin darse cuenta de que Jacob no había estado al corriente de lo ocurrido.

El señor Coin había sacado sus propias conjeturas.

No podía condenarlo por ello. Había llevado a una mujer inconsciente, magullada y embarazada a su casa…

La había acostado sobre su propio lecho.

Era del todo natural que el galeno hubiera supuesto que se trataba de su amante.

¿También pensaría que él había sido el causante de sus heridas?

¡Dios del cielo! Cuando el señor Coin hablase con Aquiles, y Jacob sabía que eso sería pronto, su primo se le echaría a la yugular.

Se mesó el pelo con impaciencia y se quedó mirando la puerta que tenía cerrada frente a él.

―Oh, Regina, Ranfield tenía razón sobre ti. Siempre lo complicas todo ―señaló para sí mismo a viva voz.

Solo veía una solución a sus problemas y esperaba que fuese la acertada porque…

¡Dios santo, Regina estaba embarazada! No podía ser de Banstorn porque hacía pocas semanas que se habían visto en fiestas sociales y, aunque ella lo había perseguido, el hermano del duque de York había dejado muy patente su posición al respecto.

Si hubiese sido a causa de un acto infame como una violación de otro hombre, ella no habría pedido ayuda, puesto que Regina era orgullosa y se guardaba las cosas para sí misma.

―Lawrence, amigo mío, me exigiste mi juramento sobre cuidar a tu esposa y tu hijo, espero que no me condenes por lo que me veo obligado a hacer ―dijo con los ojos mirando al cielo.

Después salió de casa dispuesto a obrar de la mejor manera posible.

***

La noticia había corrido como la pólvora. Aquella mañana el periódico The Times vendió más ejemplares que nunca y seguramente sería por la sorpresa de lo que allí se exponía.

Uno de los más madrugadores fue Liam Banstorn, quien escupió su té sobre sus tostadas francesas en cuanto leyó algo que le afectaba directamente.

O no… según se viese, pero… ¡Ah! Ella siempre tenía ese don.

La oportunidad de vapulear su orgullo y hacerlo sentir como un sapo nauseabundo, baboso, recubierto de una gran capa de mugre. Esa sería siempre Regina.

En un gesto de pura ira, Liam tiró todo lo que había sobre la mesa del desayuno al suelo y gritó varias maldiciones que hubiesen hecho sonrojar a un porteador de los muelles.

Cogió su sombrero, su bastón y los guantes, y salió sin su sobretodo.

La furia lo mantendría bastante caliente hasta llegar a su destino.

Pondría punto y final a la situación y se aseguraría de que no hubiese marcha atrás.

Regina no volvería a hacerlo sentir como un inepto, un inútil desgraciado. Se lo juró a sí mismo.

Así que en poco más de media hora estuvo ante la fuente de toda solución a sus problemas.

―¿Puedo ofrecerle un té mientras esperamos a mi sobrina? Confieso que no había previsto su visita, lord Liam, aunque resulta una grata sorpresa ―reveló lady Thunder.

―No es necesario. Desearía hablar en privado con la señorita Walsh, si me lo permite, milady . ―No tenía ganas de andarse por las ramas y cuando vio que la mujer mayor abría los ojos, llenos de alegría, supo que lo había entendido.

La dama estaba sentada en el sofá y él frente a ella. La situación era un poco violenta, en especial porque él se había presentado de improviso.

Cuando la aludida llegó, a la vizcondesa le faltó tiempo para huir de allí y cerrar la puerta. Liam estaba seguro de que la anciana sabía que era el heredero de York mientras no llegase un varón.

―¿Qué acaba de pasar? ―Jenna no entendía nada. Su tía la había dejado sola con un joven soltero, y su doncella la había despertado muy temprano para recibir una visita del todo insospechada.

―¿Has leído el periódico de hoy?

―Me envían los de Boston. Solo me interesan aquellos, por cuestiones que ya supondrás. ¿Qué es tan fascinante que te ha traído a mi casa?

―Digamos que tenemos en común… la traición ―señaló Liam.

―Uhm… suena misterioso y aterrador. ¿Qué has leído que te ha puesto de tan mal humor?

―El compromiso del señor Jacob Donaldson con la condesa viuda de Ranfield ―soltó sin preámbulos. No era momento de andarse con remilgos.

Jenna, que había estado de pie frente a él, porque Liam se había incorporado de su asiento en cuanto ella accedió a la salita de recibir visitas, tuvo la imperante necesidad de sentarse.

Eso sí que no se lo había esperado. Se llevó una mano al corazón mientras se dejaba caer sobre la silla más próxima. Liam tomó asiento junto a ella.

―Lo que dices es… Yo… ¿Cómo…? ¿Estás seguro? ―No sabía el modo correcto de enfrentarse a la situación.

Jenna lo había negado. Había tratado de apartarse de él, de alejarlo con todas sus fuerzas. No obstante saber que Jacob tenía pensamiento de casarse con otra dama… No con una cualquiera, sino con esa… Su interior era un auténtico torbellino lleno de hostilidad, dolor, angustia, rabia y pena.

―No es ninguna sorpresa. Ella hace eso. Un segundo antes está cantando alegorías y al siguiente da un paso en firme en otra dirección. ―Se sentía tan dolido y estúpido…

―¿A qué te refieres? No te sigo. Y… ¿Qué te ha pasado en la cara? ―Al observar a Liam de cerca vio que tenía un fuerte moretón en la barbilla.

―No importa. Nada importa ―afirmó con sobriedad.

Esa declaración le había hecho dar vueltas y más vueltas en la cama aquella noche, hasta el punto de tener que levantarse y buscar una buena pelea en el club El placer del infierno. Regina lo había vuelto a engañar por última vez.

Liam se sentía tan estafado… más después de considerar que estaba cometiendo el mayor error de su existencia, que su negativa había sido fruto de su orgullo herido.

Por un instante se había convencido de que Regina era la mujer de su vida, que no sería feliz con ninguna otra.

Había fantaseado con ir a primera hora de la mañana a hincar una rodilla para comenzar un cortejo serio donde ambos valorasen sus opciones.

Tal vez proponerle un viaje al extranjero, Italia, para, bajo el sol de la Toscana, no tener que esconderse y ver si podían tener alguna posibilidad.

¡El ridículo que habría hecho! Gracias al cielo por su afición de leer el periódico mientras desayunaba.

El anuncio del compromiso de Regina fue una señal que no dejaría de atender.

Tenía que virar su rumbo para no regresar a ese punto de partida jamás.

―Comprometido… ―susurró, sin dar crédito a lo que Jenna escuchaba. Lo había perdido y se sentía hundida. Tanto le había dicho a su padre que no sabría lo que perdería si la entregaba a otro, que no había visto venir su propia pérdida.

―Bien… Los dos vamos a ser pasto de las burlas.

―¿Por qué? ―preguntó Jenna frunciendo el ceño.

―Porque las dos personas que nos persiguieron durante largas semanas, a ti mucho antes que a mí, se han comprometido para casarse.

No sé qué opinarás al respecto, pero no me quedaré de brazos cruzados mientras los dos se ríen de mí y comienzan a desfilar rumores que me harán quedar como una víctima. ―Evitó decir: «Una víctima otra vez».

―¿Qué estás diciendo exactamente, Liam? ―se atrevió a preguntar.

―Deberíamos casarnos.

―¿Qué? ―graznó.

―Yo no quiero seguir viéndome tentado a buscar a una mujer que no me merece.

Como heredero de mi hermano es mi obligación casarme, en especial porque él ha tenido una niña y tal vez esté en mis hombros la responsabilidad de ofrecer el siguiente heredero al ducado.

Tú no estás a favor del matrimonio, pero eres una mujer inteligente que ha ayudado a su padre a construir un imperio, por lo tanto entiendes de acuerdos ventajosos.

―Lo que vas a proponerme, lo creía posible como una teoría, pero llevarlo a la práctica…

―¿Qué te preocuparía si nos casásemos? Podemos ser grandes amigos y aliados.

Somos francos y nos respetamos lo suficiente como para hacer que esto funcione.

Tú no deseabas amor y yo no creo que pueda ofrecerlo jamás.

―No mentía. Regina había agotado todas sus reservas en ese pantano.

Estaba seco. Sin nada que ofrecer al respecto.

―Necesitas herederos.

―Y te prometo que disfrutarás en mi lecho ―dijo con seguridad.

Jenna suspiró.

―¿Qué sucederá cuando necesite ir a Boston para asegurarme de que mi padre no cometa una locura?

Lo creas o no, todo lo que hay allí depende de mí.

Tengo buenos amigos que me escriben con frecuencia para pedir mi consejo de cómo lidiar con mi padre ante las situaciones que van surgiendo en las fábricas.

El señor Walsh es testarudo y no admitirá que me necesita, pero le hago falta muchísimo.

―Tienes mi palabra de honor de que serás libre. No te someteré a ningún yugo, Jenna. Solo necesito un acuerdo.

―Esto es una locura… ―Él hablaba completamente en serio y lo peor de todo era que la americana lo estaba teniendo muy en cuenta.

―¿A quién encontrarás que te ofrecerá la libertad plena? Ningún hombre será más flexible que yo, te lo garantizo.

―¿Qué hay de mi dote?

―Es tuya, o ponla en un fideicomiso. Crea tu propia fábrica y sé la competidora de tu padre, no me molestará lo que hagas con tu fortuna. El dinero no es lo que me impulsa a proponerte matrimonio.

―No, solo es la traición ―susurró por lo bajo.

―¿Tenemos un acuerdo, heredera del jabón?

Jenna valoró sus opciones. Jacob se casaría con otra.

No era el momento de lamentarse por sus decisiones.

Por las de ambos, de hecho. Liam le ofrecía una salida de lo más jugosa y apetecible.

Podría cumplir la voluntad de su padre sin implicarse más de lo necesario en su futura unión.

Y en caso de que el señor Walsh la mandase a casa a cuidar de su esposo y los hijos que tuvieran, ella podría emplear su dinero para hacer precisamente lo que su futuro marido le había recomendado: fundar su propio negocio. Esa idea le calentaba el corazón.

―Creo que sí, Liam. Creo que sí…

La pareja firmó su acuerdo con un apretón de manos. No había nada más sagrado que sellar la palabra con ese gesto.