Capítulo 9 #2
―Y de nuevo podría hacerte la misma pregunta y observación con respecto al hombre que trata de asesinarme con la mirada. ¿Qué hay de Donaldson?
―Tengo planes de futuro, el amor no entra en ellos.
Las fábricas de mi padre lo son todo para mí.
He luchado mucho junto a él para ahora tirarlo todo por la borda.
Sospecho que ningún hombre haría las maletas para regresar conmigo a mi amada ciudad, Boston.
Y mucho menos me permitiría irme sola. Si hubiese niños…
Todo lo que tiene que ver conmigo es complejo.
―Pero él te gusta ―dijo con suavidad en alusión al mejor amigo del difunto Ranfield.
―Y a ti ella.
― Touché . Pero lo mío es más dramático.
―Me gustaría conocer la historia.
―Está más que olvidada.
―¿Qué es lo que deseas de mí, lord Liam, además de esquivar a la dama que te persigue?
―Por el momento solo lo segundo.
―¿Debo preocuparme? Porque cuando nos conocimos te expliqué claramente que no tengo intención de casarme. Si fuerzas mi mano, no te sorprendas si un día llegas a casa y descubres que tu esposa se ha marchado a Boston.
Liam se rio con ligereza.
―Si me casase contigo no sería por amor, así que serías libre de hacer lo que deseases. Y a este respecto debo decirte que puedes estar tranquila, no recibirás una proposición por mi parte.
―¿Esperas que sea tu dama enamorada la que acabe poniéndose de rodillas?
―saltó Jenna con cierto humor. Le daba en la nariz que ese caballero que bailaba con ella era del todo complejo y diferente.
Si pudiese respirar en él un poco de esa fascinación que le inspiraba Donaldson… todo sería más fácil.
Liam le sonrió.
―Ella no haría eso jamás.
―Oh, noto una nota ahí acusatoria. ¿Te rompió el corazón?
―Eres amiga de la señorita Liberty Pharma, así que no trates de jugar a la muchacha inocente, ella te habrá contado todo lo relacionado con lady Ranfield. ―Levantó una ceja para avisarla de que no toleraría una mentira.
―Me has pescado. La historia me ha parecido preciosa, al menos lo que se rumorea.
―Te aseguro que no es así en absoluto.
―Voy a premiar tu honestidad y confianza, lord Liam.
A mí alguien me rompió el corazón. Si ese hombre apareciese mostrándose arrepentido y suplicando una nueva oportunidad…
Creo que mis antecedentes americanos, mi irreverencia, no me permitirían perdonar y olvidar.
Lo que se ha perdido es mejor enterrarlo en el pasado, así que no te juzgo por querer seguir tu propio camino.
Pero sí te diré que la condesa que te busca a todas horas tiene una mirada…
―¿Qué tipo de mirada? ―preguntó cuando la joven se quedó pensativa.
― Lady Ranfield no se dará por vencida y por lo que he escuchado de tu hermano…
y como toda la sociedad sabe que el duque de York está en Londres, alejado de su esposa de la que no se ha separado ni un segundo hasta la fecha, y de su pequeña recién nacida, tampoco claudicará en su causa.
Siento decírtelo, pero a menos que te cases, y lo hagas pronto, vas a estar contra las cuerdas durante mucho tiempo. No te envidio en absoluto.
―En caso de que necesite un matrimonio inminente serás la primera a la que le ofrezca un acuerdo. ¿Qué te parece la idea? ¿Me socorrerías para evitar que tropiece dos veces con la misma piedra?
―Uhm… Tal vez pueda pensármelo, aunque no te prometo nada ―le dijo sonriente.
El baile finalizó y la pareja se despidió de la manera más cordial. Un lacayo le tendió un papel doblado y él leyó la nota con interés. Una sonrisa se dibujó en su rostro. ¡Grandes perspectivas! Inesperadas, pero bienvenidas.
Jenna, que había visto la escena cuando el improvisado mensajero se acercó a su pareja de baile, supuso que lord Liam acababa de tener buenas noticias y que muy posiblemente ella misma debería abstenerse de visitar la biblioteca de la casa, pues ya sabía lo mucho que le gustaba a ese apuesto libertino dicha estancia.
Y no. El interés de Liam no radicaba en la lectura, más bien en las citas clandestinas.
***
―¿Que has hecho… qué? ―Regina estaba con la boca abierta de par en par, mientras el duque de York se mostraba muy satisfecho con su iniciativa.
―Lo que has oído.
―Pero… ¿te has vuelto loco? ¿Qué ocurrirá cuando me vea entrar en la biblioteca?
―No seas absurda, Regina. Eres una viuda, se supone que esas lecciones ya las tienes aprendidas.
―No es mi casa para ir a… y hacer… porque… ―No sabía cómo interpretar las confidencias que le acababa de procurar el duque de York.
―¿Has podido hablar con él desde que llegamos a Londres?
―Sabes bien que no. Mason Wilson ha salido todas las veces, con gran pesar, a recibirme para decirme que…
Ya lo sabes. Liam, o no está en casa, lo cual es mentira, o está reunido, o está enfermo…
Ya no recuerdo cuántas excusas ha tenido que improvisar el señor Wilson para dispensar el hecho de que él no desee ni mantener una conversación conmigo.
―Vamos, Regina. Él quiere ser el ratón en esta persecución y tú debes ser el gato.
¿Todavía no conoces a mi hermano? Su orgullo es el mismo que el mío, desea saber hasta dónde estás dispuesta a llegar.
Temo el día en el que finalmente deba encerraros yo mismo a ambos en una habitación para que forni…
―¡York! No hace falta ser tan directo ―lo frenó, intuyendo lo que iba a decir.
―Es hora de que tú seas más agresiva en tus aproximaciones.
―Estás loco…
―Nada como eso. Siempre tengo un plan maestro que deberías agradecerme.
―¡Pero Liam irá a la biblioteca y esperará a otra dama! ―se quejó Regina.
―Sí, mi genialidad es formidable y como desaproveches la oportunidad…
te retorceré el pescuezo. Ha sido muy complicado que el anfitrión invitase a su fiesta a lady Hardwood.
Esa viuda madura siempre fue el sueño de Liam, y la dama lo descartó alegando que no tomaba a jovencitos inexpertos como amantes.
Sabía que Liam no podría resistirse a una invitación semejante.
York era maquiavélico. Regina lo había visto sacar de su bolsillo una nota que le entregó a un lacayo con la orden de dársela a Liam. ¡La traía preparada de su casa! Y la firma era más falsa que un cristal simulando ser un diamante.
―¿Y qué hay de la americana? Él también ha dejado muy a la vista que la señorita Walsh le interesa.
―Te casaste con Ranfield y Liam sufrió, déjale que tenga su pequeña venganza sobre ti poniéndote celosa. Ahora sé una buena chica y ve de caza. Espero no tener que acompañarte y susurrarte al oído lo que debes hacer para seducirlo.
―¡No! ―exclamó mortificada―. No hará falta. ―Lo veía capaz de hacer algo así. York era imprevisible y sin Isobel para refrenarlo parecía estar desbocado.
―No sé yo si… Sí, creo que debo darte un par de consejos. Le gusta que una dama use su boca para…
Regina gimió en alto, le dio un pequeño codazo en el torso y luego lo dejó atrás para ir a buscar a su presa. ¿Sabría comportarse como una leona? Esperaba que sí porque estaba jugándose todo lo que no pensó que podría apostar: su felicidad.
Llegó hasta el lugar al que previamente le había indicado York que debía acudir. Agarró el pomo de la puerta que daba acceso a la biblioteca, entró y, rauda y veloz, cerró con llave.
Liam, que había estado de espaldas a la puerta examinando la mesa más rígida para llevar a cabo una fantasía de juventud con una mujer que cumplía años pero no perdía ni una pizca de su atractivo, se giró en cuanto escuchó la puerta.
Se rio sin humor al ver a la intrusa. En la biblioteca había velas suficientes para mantener una buena iluminación.
―Deberías marcharte si no quieres acabar participando en una actividad que incluso para una viuda sería reprochable.
―No me dejas más opción, Liam. Todas las veces que he tratado de hablar contigo han resultado infructíferas y tenemos que…
―Eso ―la cortó― debería darte buena pista de que no estoy interesado en nada que tenga que ver contigo.
Ahora vete, Regina. Espero compañía y bien sabes lo que yo hacía con las damas en estancias como esta en medio de una fiesta.
―La muy pícara lo había interrumpido alguna vez siendo joven, así que sabía lo que él estaba a punto de hacer.
―No me iré hasta que hablemos. ―Regina se acercó a él. Se colocó frente a Liam Banstorn y levantó la mano para acariciarle la mejilla. Él se la interceptó antes de que pudiese acercarse a su rostro.
―Espero compañía, si cuando la dama llegue tú estás aquí, te aseguro que al fin sabrás lo que es participar en una fornicación a tres bandas. Y más vale que te agrade tocar, lamer y jugar con otra mujer, porque eso es lo que te obligaré a hacer si no te marchas de inmediato.
Liam todavía tenía su mano agarrada. Le apretaba la muñeca con fuerza.
―Lo dices para asustarme, para que huya despavorida. Deberías haberte dado cuenta estas últimas semanas de que estoy dispuesta a todo por ti ―le dijo con seguridad y con el tono de voz muy firme.
―¿A complacerme en una relación rápida con otra dama? ―se burló―. No lo creo. Siempre has sido demasiado leal y honesta como para echarte a perder ahora. Tu esposo bien lo sabe.
―Ranfield ya no está aquí.
―Y eso… ¿qué implica? ¿Que deba dejarme caer en tus brazos muerto de amor y ensoñación?
¿Lleno de agradecimiento? No seas ridícula.
Tú serías la última mujer con la que quisiera verme en cualquier circunstancia.
No fui lo bastante bueno para ti antes y tampoco lo soy ahora. Vete. ―Le soltó al fin la mano.
―No puedo, Liam. No quiero ―precisó, con la nariz bien alta. Ella no iba de farol.