Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 8 #5
80%

Capítulo 8 #5

Liam repitió la frase en su cabeza varias veces.

Se afanó en no dejar que la comprensión deleitase algún signo en su semblante.

Porque cuando entendió lo que acababa de decir su hermano…

¡La cabeza le iba a explotar! Viuda. Dios.

Viuda. Ella era viuda. Ranfield no existía.

Regina no pertenecía a nadie. Ella dormía sola por las noches.

Viuda. Sin un hombre. La mujer que había sido el amor de su vida estaba libre.

Viuda. Condesa viuda. Se obligó a armarse de valor y a mantener la tranquilidad.

Ella era viuda. Una viuda que no se había puesto en contacto con él.

Que no lo había llamado. Que no había tratado de acercarse a él.

Que no sintió la necesidad de hablar con él.

Que no quiso hacerlo partícipe de su nueva situación.

Una mujer que estaba bailando muy cómodamente con el que era el mejor amigo de Ranfield.

Incluso ella seguro que le habría dedicado alguna de sus sonrisas.

Liam no lo sabía porque no quiso centrar su atención en ella más de un minuto cuando York la señaló, pero estaba seguro de que ella sí le habría sonreído.

Liam levantó el mentón y miró con media sonrisa a York.

―¿Esperas que vaya corriendo tras ella como un perro? ¿O que me desnude y la posea delante de toda la buena sociedad?

―Bueno… ―habló Lucien―, eso que has sugerido haría que la gente se olvidase de que te desnudaste y orinaste en el ponche hace unos años.

―Eso lo hizo York, no yo ―le dijo con una ceja alzada y en tono muy amenazante. Esa historia en concreto era algo secreto que solo conocían Lucien y él mismo.

Ese cambio de tema le venía muy bien a Liam, dado que no quería pensar más de la cuenta en los privilegios que tenían las viudas a la hora de elegir amantes. ¿Sería Regina una de esas mujeres que se había divertido con varios hombres?

Banstorn carraspeó en cuanto vio la mirada asesina de su hermano. Tal vez el rumbo de la conversación que había iniciado Lucien no era tan buena idea después de todo.

―Yo creo que jamás he acabado una fiesta decente de esa manera ―tomó la palabra Malcom de nuevo―.

Son habladurías infundadas, seguro que alguna dama lanzó el rumor porque deseaba verme en mi máximo esplendor, sin una puntada de ropa, y yo me resistí a darle el capricho.

―Pero Malcom estaba inquieto porque su hermano parecía estar afectado por algo que no se atrevía a conjeturar.

―Yo sí que sé de dónde salió esa historia ―terció Phenton―. Y me parece que es un buen momento para contarla, dado que tu hermano ―dijo mirando a Liam para después volver a observar a York―, parece muy tranquilo, pero apuesto mi título y fortuna a que desea golpearte hasta la muerte.

―Phentoooon ―lo avisó Liam.

―¿Acaso miento? ―respondió Lucien, con una pregunta a lo que se sintió como un ataque.

―Soy todo oídos ―intervino Malcom.

―Fue tu hermano quien lanzó ese rumor sobre ti.

Yo le sugerí a Liam, cuando me acompañó en una velada para conquistar a mi duquesa, que no se desnudase y acabase orinando en público en el ponche.

Alguien, unas mujeres, creo recordar, nos escucharon y tu hermano acabó pregonando que esas infamias las cometiste tú.

―Lucien se abstuvo de decir que fue él quien le insinuó la idea. No hacía falta.

York miró con cara de pocos amigos a Liam.

―Debí haberme olido algo así…

―Bien. Fantástico ―volvió a hablar Lucien después de Malcom―. Las cosas están en orden. Uno arruinó la reputación del otro en su momento, y el otro no le contó que la dama por la que el primero suspiraba era libre como un pajarillo.

―Ni mucho menos es lo mismo ―alegó Malcom―.

Porque yo no se lo dije a causa de los juramentos que mi hermano me hizo sobre marcharse para no volver, y alguna que otra lindeza similar.

Liam estaba empeñado en alejarla a toda costa.

Wilson también trató de hablar con él. Incluso Theodore me dijo que quiso explicarle la situación de su hermana y él se negaba a escuchar lo que tuviésemos que decir.

Lo de desnudarse y orinar en el ponche… ―York lo veía todo rojo.

―Coincido con mi hermano en que no es lo mismo. Lo que yo hice es más grave, puesto que no me afecta lo más mínimo la nueva condición de lady Ranfield. Así que retomando mis conjeturas iniciales, te lo preguntaré una vez más. ¿Qué pretendías con esa confesión?

―Un «gracias» sería lo correcto. Seguido de una gran y sentida disculpa por dañar mi honor. ―York estaba muy serio. Lucien comenzaba a incomodarse porque Liam estaba en la misma tesitura. ¿Sería el momento adecuado para huir?

―Bueno, caballeros, oigo a mi duquesa llamarme ―mintió―.

Espero que la sangre no llegue al río… Les dejo con sus cosas.

―A Lucien le pareció que usar la formalidad era lo mejor para su plan de escape.

Palmeó la espalda de ambos y luego dijo, a nadie en particular―: Ya voy, mi amor.

―Phenton desapareció de escena y los dos hermanos se quedaron el uno frente al otro.

―Estoy esperando, hermano.

―Yo también.

―No tengo que disculparme ni agradecerte nada. Tú, por el contrario…, creo que sí. La dama de tus sueños está a tu alcance y mancillaste mi buen nombre. Te disculparás o…

―¿O qué? ¿Cuántas veces te has inmiscuido tú en mi vida para ponerla patas arriba? Porque cuando decidiste colocar sobre mis hombros el título no te viste apenado. Sabías que no lo deseaba, que no estaría jamás preparado, que la mujer a la que amaba era de otro y me forzaste a elegir a otra.

―¡La tienes justo delante de las narices, Liam! ¿Qué más quieres? Porque créeme, te la he servido en bandeja y no has aprovechado la ocasión. ¿Qué clase de disoluto eres si no logras lo que deseas al precio que sea?

―Uno mejor que tú.

Tan enfrascados estaban en su particular duelo de miradas que no se dieron cuenta de que hacía rato que Regina había acabado de bailar. Jacob la había acompañado a tomar un refrigerio y en esos instantes ella se acercaba hasta la posición de ambos sin su acompañante.

―¡Liam! ―exclamó, tratando de parecer normal, porque en verdad estaba muy contenta de verlo al fin. Lo cierto era que se le veía fantástico. Siempre fue apuesto, pero esa noche tenía algo… Era su mirada. Parecía peligroso.

― Lady Ranfield ―la saludó sin mirarla, y solo ejecutando una breve reverencia con la cabeza.

Lo que sucedió a continuación fue que lord Liam Banstorn se marchó de la fiesta sin despedirse de su hermano, sin mirarla ni un instante más.

Él había acabado con Regina. Con la condesa viuda de Ranfield. Ella no existía. No era para él. No la quería. No la amaba. Y si su corazón quería decirle lo contrario, Liam pondría la mordaza donde hiciera falta. Pasar página era lo mejor que había hecho.