Capítulo 8 #4
―¿Lo estás defendiendo? ―York no daba crédito a lo que escuchaba.
―No, por supuesto que no. Es algo que tú y yo no haríamos, faltar a nuestros votos no está en nuestra naturaleza porque tenemos amor, pero dime una cosa, York. ¿A cuántas mujeres casadas hemos consolado porque sus maridos no las deseaban o no les hacían caso?
―Estoy a un paso de renegar de tu amistad. ¡Tuviste que haberme informado de inmediato!
―¿Decirte que el esposo de Regina estaba en la cama con alguien que no era su esposa? ―No le diría que fueron dos mujeres las que encontró en la habitación de Ranfield cuando lo visitó por sorpresa, ni que Donaldson estaba con otra en un sillón. No había necesidad de levantar más ampollas.
―¡No! Me daba igual si él se encamaba con toda la población femenina de Inglaterra, lo que no debió haber hecho fue concebir un hijo fuera del matrimonio. Era tu obligación como amigo mío hacerme partícipe de la situación. Es mi deber proteger a Regina.
―Y no te lo conté porque es mejor que ella no sepa nada.
―¡Maldición, Lucien! Fue Regina quien me lo explicó ―dijo con enfado.
―¡Infierno!
―¡Exacto! Una cosa es una infidelidad, que por más que me viniese bien para el plan que tengo con Liam y ella… pero es una situación descorazonadora si resulta un hijo de esa traición.
―¿Cómo se ha enterado la condesa? ―se interesó.
―La pregunta es: ¿por qué habéis manejado mal todo el asunto y ella se ha enterado?
―Donaldson le ha ofrecido dinero y ha buscado a una buena familia para que se ocupe del niño. La madre se niega. Es más espinoso de lo que crees porque la mujer está muy enferma.
―¡Déjame adivinar! La cortesana está valorando más opciones.
―¿Cómo lo sabes? Y, ¿por qué no te sorprende lo que digo sobre su enfermedad?
―Porque esa mujer le ha pedido a Regina que se haga cargo del hijo bastardo de su difunto esposo.
―¡No puede ser! ―Era una completa falta de buen gusto y tacto.
―Y lo peor no es eso, lo más frustrante es que Regina lo hará.
―¿Qué?
―Regina lo criará como suyo porque ella siempre cree que hace lo mejor por todos cuando se sacrifica. Es una buena persona aunque esté equivocada cuando decide algo.
―Es un niño inocente que no pidió venir a este mundo, York.
―Es la muestra andante de que su esposo no luchó, que se dio por vencido cuando ella también lo hizo.
Y es más doloroso porque, después de Navidad, Regina decidió comenzar de nuevo con él, olvidarse de todo porque estaba convencida de que era un buen hombre, uno que había sufrido lo indecible a manos de un padre que bien podría cocerse en su propia maldad.
Ese pequeño es una complicación y, pese a saberlo, ella lo acunará, lo alimentará y le enseñará lo que es tener una familia, un hermano.
Así que sí, Phenton. Liam merece tener a esa mujer a su lado, porque Regina está ciega, sorda, incluso puede que no haya actuado de la mejor forma, pero mi hermano no encontrará una dama que lo ame más, una que merezca todo el amor que Liam pueda otorgarle.
Por eso, y solo por eso he actuado del modo en el que lo he hecho.
―Tu hermano se disgustará cuando se entere de que tú y… ¡Oh! Ahí está él… directo hacia nosotros. Buena señal que no se haya marchado de inmediato. Creí que lo haría en cuanto la viese.
―No seas absurdo, Phenton. No se ha ido a toda prisa porque todavía no la ha visto. ―La mirada de Liam no se había paseado por la pista de baile, donde Jacob y Regina seguían bailando, sino que los había divisado a ellos dos, a York y a Phenton, en primer lugar.
―Phenton ―saludó a Lucien para luego centrarse en Malcom―: ¡Hermano! ¿Qué haces tú aquí? ―preguntó con alegría al encontrarse con York.
Ambos se dieron un par de palmadas fraternales en la espalda.
―Asegurarme de que mi voluntad se cumpla y todo salga como debe salir.
―Ah, ahí están de regreso los acertijos. ¿Debo entender lo que dices?
―Todo lo que necesitas saber es que he dejado a mi amada esposa, a la que bien sabes cuánto necesito tener cerca, y a mi hija recién nacida, para que tú logres la felicidad.
Liam abrió los ojos de par en par. Phenton los observaba con gran interés.
―¿Piensas buscarme una esposa? ―preguntó con humor.
―Sí. Y la he elegido ya. Una que no te defraudará.
―¿Quién es ese dechado de virtudes? Haces que desee conocerla, no lo niego. Una mujer que tiene al duque de York lejos de su hogar y de su familia debe ser fantástica. ¡Ilústrame!
―Ahí la tienes. ―Señaló con el dedo a una mujer con un vestido azul zafiro, con volantes de encaje blancos en los bajos de la falda y el escote―. Ideal, perfecta y sublime para ti. Puedes darme las gracias cuando quieras.
Liam siguió ese dedo orientativo y se quedó sin aire en los pulmones al ver a la fémina en cuestión. Se tragó la indignación.
―No es gracioso, hermano. Y no entiendo ese humor tan malicioso tuyo.
Menos comprendo qué os ha motivado a Wilson y a ti a maquinar este encuentro.
―Ajustaría cuentas con su tío, ese al que aún no le había dicho que sabía el parentesco que les unía, por haberle hecho ir a un lugar donde seguro que él sabía que estarían Regina y su hermano.
―No es ninguna broma, te lo aseguro ―respondió con su habitual tono parsimonioso York.
―Me he cuidado bien de no coincidir con ella en ninguna fiesta. Wilson hizo correctamente su trabajo, hasta que dejó de hacerlo. Esta noche te lo enviaré a tu casa con las maletas, porque esto ya ha llegado demasiado lejos. ―Liam estaba que echaba chispas.
―Si vas a devolverme a Wilson, espero que lo hagas después de darle un desorbitante y escandaloso estipendio extra por todo lo que ha hecho por ti, pero especialmente por esta noche. Ve a bailar con la mujer que amas y trágate tu orgullo de una buena vez ―le recomendó York con severidad.
―¿Quieres que Ranfield trate de matarme y yo al fin le dé lo que merece?
―Liam negó con la cabeza―. No sé qué locura os ha llevado a Wilson, a ti y a Phenton ―miró con intensidad a Lucien―, a provocar este encuentro.
Conocéis bien al esposo de la dama y esto es un polvorín.
Roma ardió en su momento, pero por lo que puede salir de aquí…
Aquel incendio que arrasó toda una ciudad por el gusto de un emperador serán unas pocas llamas sin importancia.
―¿No lo sabe? ―intervino Phenton con la boca abierta, sospechando la respuesta.
―No. No lo sabe porque es terco y se ha negado a hablar de Regina desde que se marchó a Francia de viaje.
―¡Cómo no puede saberlo! ―Lucien no daba crédito.
―Te lo he dicho, es terco. Siempre ha deseado superar a su hermano mayor, y tanto se ha esforzado que lo ha hecho incluso en terquedad.
―Pero es que… ¿de verdad no lo sabes? ―le preguntó Lucien directamente a Liam.
―¿El qué?, ¿de qué demonios habláis? Me estáis poniendo nervioso.
Lucien silbó con fuerza.
―No sé si marcharme o quedarme para ver su reacción. Entre otras cosas porque cuando sepa lo que parece desconocer, derramará tu sangre, y tengo interés en ver si sigue siendo roja o te van a salir rayos de sol por las venas. Y lo que más me inquieta es que su enfado me salpique.
―No seas absurdo, Phenton.
―¿No te cansas de llamar absurdo a todo el mundo?
―No. Ahora escúchame, Lucien. Soy Ra hecho carne, de mis venas brotará un flujo luminoso. Te aconsejo que te abstengas de beberlo porque no te dará la vida eterna, aunque si lo ingirieses… sí podría comenzar a hacer que tu esposa se preguntase qué engulliste para potenciar a ese nivel tu virilidad.
―Oh, por supuesto… ―saltó Phenton―. No solo tu persona está compuesta por un trío de divinidades. A saber: el Creador, Zeus y Ra… No… Tu sangre tiene que ser una poción que lleve a un hombre a la gloria del delirio de la lubricidad. ¿Verdad?
―Exactamente.
Liam, cansado de que lo ignorasen, dio un paso hacia la derecha para marcharse de allí en el acto.
Lo que menos le apetecía era dar un nuevo espectáculo.
Bastante bochornoso fue cuando la amiga, o hermana de su mejor amigo…
, o lo que fuese la señorita Liberty Pharma de Theodore, le dijo que todo el mundo estaba al tanto de su enamoramiento con Regina.
Una batalla frente a Ranfield por mirar más de la cuenta a su esposa no estaba en su lista.
Especialmente porque se estaba obligando a no observarla.
¿Cuándo podría superar lo que ella le hacía sentir?
¡Su corazón estúpido tenía la culpa de todo!
Ella no era nada para él. Nada. Tenía que asimilarlo de una maldita vez. Costase lo que costase.
―¿A dónde vas? ―inquirió York.
―¿Tú que crees? ―respondió Liam con un bufido.
―¿A bailar con Regina? ―intervino Phenton con curiosidad.
―Voy a casa a comunicarle a Mason Wilson que está despedido, porque aunque él trabaje para mí, tú eres quien da las órdenes y eso se acaba esta noche.
―Díselo, York, quiero ver la cara que pone cuando le des la noticia. Lo confieso, ya no me importa si se enfada o hace que la fiesta de mi mujer se convierta en tu entierro.
―¿Queréis decirme de una vez eso que se supone que debería saber y que hará que asesine a mi hermano? ―Liam no podía más. ¡Qué demonios sería eso tan importante!
Malcom miró a Banstorn a los ojos y se puso serio.
―¿Recuerdas que no querías saber nada de Regina?
―Eso sigue vigente ―respondió raudo Liam.
―¿Y que cada vez que trataba de hablar de ella tú me frenabas?
―Eso también está en pie.
―Bien. Regina es ahora mismo, y desde hace un año y algunos meses, la condesa viuda de Ranfield.