Capítulo 8 #3
―Diría que resultas absurda o tediosa, porque sé que lo dices para molestarme, pero lo cierto es que me parece una respuesta de lo más válida.
Así que no te lo discutiré. Imagino que en algún punto de nuestra relación pasada un divino dedo de mi persona te tocó y te hizo tremendamente sabia.
Soy así de formidable. ―Regina resopló ante las palabras de York.
Lucien se rio por lo bajo. Su amigo no cambiaría nunca y, en opinión de Lucien, la mujer estaba demostrando un excelente aplomo.
―No pierdas el tiempo en refutar sus conjeturas ―le recomendó Phenton.
―No pienso hacerlo, le daría más carnaza para glorificarse todavía más. ¿No le ha comentado que está interesado en alzar una pirámide para inmortalizar su recuerdo?
―Bueno… ―intervino York, mientras Lucien comenzaba a carcajearse con fuerza―.
En realidad estoy tratando de convencer a Isobel de que me apoye.
De que vea lo sensacional que sería yacer juntos por toda la eternidad enterrados en una cámara funeraria.
No le convence la idea de que yo muera antes y tenga la ocurrencia de enterrarla con vida a mi lado como hacían los antiguos faraones.
¡Y eso que le he explicado que Ra es mucho más que un faraón y que ambos moriremos mientras hacemos el amor salvajemente… !
―¡Por Dios! Y yo que pensé que la conversación no podía ser más inapropiada ―saltó Regina.
―¿Así que estás dispuesta a conquistar a Liam? ―Phenton consideró que ese otro asunto que acababa de sacar a colación resultaría incómodo, pero mucho menos que el soliloquio que York mantenía consigo mismo, porque eso era lo que solía hacer su mejor amigo… Siempre todo giraba en torno a él.
Ella suspiró.
―Estoy dispuesta a que sea él quien decida lo que quiere o no quiere ―explicó Regina muy comedida.
York sacó su monóculo del bolsillo derecho de su chaleco bordado en oro sobre terciopelo marrón y la miró bajo la lente.
―Después de todo no eres tan inteligente como pensé. Mi poder no te alcanzó lo suficiente. ―Luego guardó el monóculo en su lugar.
―¿Qué quieres que diga, York? He sido franca, no me impondré a sus deseos.
―¡Absurda y tediosa, mucho más que Portman!
Eres peor que una abnegada monja de esas que residen en Irlanda o en Roma o donde sea.
¿Dónde diablos está la muchacha asilvestrada e insolente de ojos burlones que enseñaba sus garras sin motivo?
¡Esa es la que quiero ver de nuevo! ―gritó más de lo que quiso y eso causó que uno de los hombres que se acercaba a saludar lo hiciera a toda velocidad.
Jacob Donaldson se cuadró ante el trío.
―¿Hay algún problema? ―inquirió Jacob, mirando especialmente a la condesa viuda. Regina le sonrió.
―Ninguno en absoluto ―respondió ella―. York estaba haciendo uno de sus acostumbrados brillantes discursos.
A veces se le olvida que soy una mujer que ha estado casada, que tengo un hijo a mi cargo y que las locuras no deberían ser la meta de mi vida.
―Regina lo acababa de llamar al orden y él le sonrió. Al fin la gatita sacaba las uñas.
Phenton y Donaldson se saludaron porque ya se conocían.
Hacía algo más de un año, ambos habían pasado junto con el difunto Ranfield por una situación que los unió en exceso.
Una trama de espías que al final le salió bien a Lucien, pero que sesgó la vida de Lawrence Trent.
La culpabilidad del devenir todavía hacía mella en Lucien a ese respecto, pero las cosas venían como venían y nadie hubiese podido salvar a Lawrence.
El pobre diablo sanó las heridas de dos proyectiles de plomo, pero días más tarde la fiebre no le dio tregua.
El médico que lo había tratado, un buen amigo de Lucien llamado Lumière, aseguró que el paciente parecía no querer aferrarse a la vida y luchó poco para seguir en este mundo.
―¿No vas a presentarnos, Lucien? ―lo interrogó Malcom. Su amigo frunció el ceño ante la cuestión.
―¿No conoces al señor Jacob Donaldson, York?
―Si lo he conocido antes… desde luego no me causó una impresión favorable, dado que no le recuerdo.
―¡York! ―lo amonestó Regina―. Isobel me ha ordenado que le informe de tu comportamiento. ―No necesitó decir nada más, Malcom sabía que lo estaba amenazando con la única arma efectiva contra sus malos modales. No le importó.
―¿Qué quieres que diga si el hombre no me impresionó, querida?
―No nos conocíamos, excelencia ―habló Jacob con el semblante muy serio―.
De todos modos, no me molesta ser el blanco de su ira.
Sospecho que debe saber la relación que me unía al difunto esposo de lady Ranfield, y que es por ello que siempre se mostrará reticente o poco cortés ante mí.
No se apure. Yo a usted tampoco le soporto ―le dijo con acritud.
Regina volvió a suspirar. Ahí estaba, en medio de una guerra varonil que al parecer se luchaba en su nombre sin que ella lo consintiera.
―No me conoce ―se apresuró a decir York.
―No es un impedimento para formarme una opinión, se lo aseguro. Usted no llegará a gustarme nunca ―lo desafió Jacob con sorna.
El duque se sonrió. Regina se preparó para lo peor. York no era de los que se molestaba y gruñía. Él tenía el don de enfadar mucho más con una preciosa sonrisa y unas palabras elocuentes.
―Lo que dice es una ridiculez absurda por completo.
Todos se maravillan con mi divina persona.
Me aman incluso sin conocerme. Aunque a usted le permitiré que siga pensando eso por su propio bien, porque no sería el primer hombre al que debo desdeñar porque se siente enamorado de mí.
No soy de esa clase de tipos. Adoro a las mujeres, y en especial me siento esclavo de la que hice mi duquesa.
Ya ve, señor Donaldson, que es mejor para usted seguir con ese patrón de conducta.
Mi impresionante físico atrae a ambos bandos, mi fortuna, título, encanto y una larga lista de adjetivos, todos de índole celestial, me califican a la perfección.
―¿Y qué tal su puntería, excelencia? ―siguió Donaldson, lleno de furia porque un pedante, que más parecía un querubín que un hombre, pusiese en entredicho su masculinidad.
―¿Quiere comprobarlo por sí mismo? Mañana podría estar disponible.
Me gusta madrugar y nunca viajo sin mis pistolas de duelo.
Uno no sabe cuándo puede necesitarlas. Su amigo Ranfield podría decírselo si estuviese aquí.
―York se había cansado de la sutilidad. Ese hombre, que habría sido compañero de juergas de Ranfield y que sabría de la existencia de un bastardo, era peor que una colmena llena de abejas.
―¿A qué viene tanta hostilidad? ―intervino Phenton.
―Es momento de bailar ―habló a la vez Regina, quien ya estaba agarrando del brazo al amigo de Ranfield para llevárselo a la pista de baile. Solo rezaba para que York no la siguiese y la distanciase de Jacob. El esposo de Isobel era capaz de hacer eso y más.
Y no se equivocaba. Phenton tuvo que ponerse delante de Malcom para frenarlo, porque él estaba dispuesto a ir a por Regina y evitar que bailasen.
―No será la mejor jugada para lo que intuyo que tramas, amigo mío ―le espetó con suavidad Phenton―.
La dama ha actuado para que no os pusieseis en evidencia.
¿Qué diablos te ha pasado? Hacía mil años que no te veía tan temperamental.
Comienzo a pensar que Isobel es en verdad un bálsamo para ti y que no tenerla cerca te hace volverte…
―¿Un león? Porque te aseguro que tengo ganas de merendarme a ese estúpido que la trata como si tuviese derecho a… a… a… ―No le salía ninguna palabra. La molestia lo tenía enfurecido―. ¡No tiene derecho a nada! ―dijo finalmente.
―Te aseguro que Jacob Donaldson es un buen hombre.
Mucho mejor de lo que crees. Tienes mi palabra con respecto a esto.
―Lucien no le había contado demasiado sobre la muerte de Ranfield, pero sospechaba que Regina sí lo habría hecho.
Para Lucien, el tándem compuesto por Jacob y Lawrence no era tan malo como creía York.
Aunque sí era cierto que el anterior conde de Ranfield, el padre de Kyle, era un gran desastre cuando se trataba de lidiar con su esposa.
―Liam estará al caer, ¿y qué crees que pasará cuando la vea bailando con otro hombre que todo es sonrisas y que la trata con tanta informalidad?
―Era el mejor amigo de su difunto esposo, es natural que…
―No me vengas con monsergas, Lucien. Precisamente tú, que eres de lo más celoso y posesivo…
―Como si tú fueses diferente ―se quejó Phenton.
―Llevo tiempo preparando esto. Un tipo que es despreciable no va a frustrar mis planes. Ni te imaginas lo que ha supuesto llegar hasta aquí con Regina.
―Insisto en que Donaldson es de fiar. Honesto y leal. Respondo por él.
―¿Sí? Entonces… ¿por qué intuyo que él sabe que Ranfield tiene un bastardo en algún lugar de Londres y no ha hecho nada al respecto? ―Vio a Lucien abrir los ojos por completo―. Ah, ya ves, mi divina persona está al tanto de todo sin tan siquiera residir en la ciudad.
―Esta no es una conversación que deba hablarse en medio de una fiesta, York.
―No seas absurdo, Phenton. Nadie nos observa y tenemos intimidad. Me ofende que creas que no he tenido la precaución de asegurarme de que esta conversación era privada.
Phenton respiró profundamente.
―Lo principal es que Regina no se entere ―razonó. Malcom se colocó delante de Phenton y cruzó los brazos sobre su pecho.
―¿Sabías algo al respecto, Lucien? Y mide bien tus palabras. No me gustaría que nuestra larga amistad llegase a su fin por un maldito diablo como Ranfield.
―York… ―señaló, con un tono evidente de culpabilidad que a su mejor amigo no le costó trabajo identificar.
―¡Maldito seas, Phenton! Lo sabías y no me lo dijiste.
―Donaldson, con mi supervisión, se está ocupando del asunto. Te aseguro que no estoy en medio de esto por gusto. Solo tuve la desgracia de pescar hace un año a Ranfield en la cama con… En fin. No hace falta que te diga cómo va esto. Cuando una mujer echa de su cama a su esposo…