Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 8
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Capítulo 8

Temporada social sin más

¿Cuándo volvería a ser la joven salvaje y segura de sí misma?

Esa era la pregunta que Regina se hacía últimamente.

Antes de casarse había sido una dama temeraria, sin miedo a nada, sin necesidad de disculparse a todas horas.

Después de su matrimonio todo cambió, y tenía la horrible sensación de que no se desprendería de esa inseguridad tan incómoda que la había impregnado.

La vuelta a Londres estuvo bien… hasta que dejó de estarlo. El desconocido amante que la había ayudado a sentirse más ella que nunca, logró un retroceso en cuanto anunció sus intenciones de desear conocerla fuera de ese juego extraño.

Lady Ranfield ya había tenido más que suficiente sobre hombres, parejas o matrimonios.

Siguió la recomendación de York sobre vivir un poco al filo de la lubricidad y la euforia inicial.

La primera sensación de libertad que descubrió en casa de la duquesa X, dio paso a un sentimiento de habitualidad, como si lo hecho no fuese un tipo de infamia que las viudas tuviesen permitida.

Y lamentaba haber cortado toda relación con X sin mayor explicación que su último adiós, pero era mejor así.

Su esposo estaba muerto, la había dejado con un niño ilegítimo.

Liam siempre estaría en su corazón y en su memoria sería como un imposible al que solo podría contemplar desde la lejanía.

Y en verdad fue así, porque en una de las salidas que Regina tuvo con lord y lady Portman, lo vio a lo lejos.

Concretamente fue en el teatro, en la puerta, y al advertirlo decidió que no debía interferir en su vida más de lo necesario.

Como la cobarde que era, y siempre pensando en el propio bien de Liam, Regina alegó un fuerte dolor de cabeza y se marchó a casa sin tan siquiera cruzar la puerta de Covent Garden.

Si sus amigos sospecharon algo, no se lo hicieron notar, y ella se sintió mejor por salir corriendo de allí.

No solo evitó el teatro, sino que a la mañana siguiente hizo el equipaje, desocupó su casa de la ciudad y se marchó a York Park.

Lugar en el que había estado casi cuatro semanas, disfrutando de su familia y de su hijo, y sin haber tomado una decisión formal con respecto al otro pequeño que debía ser atendido.

Era temprano. Regina ese día se había metido en el invernadero para distraerse un poco.

Tenía los guantes llenos de tierra y estaba podando un par de rosas para dejarlas en un jarrón en la entrada de la mansión.

En verdad no tenía nada mejor que hacer.

York se había llevado a Kyle a montar, puesto que el excéntrico duque había conquistado a su hijo gracias a un poni, de un tamaño bastante pequeño, que tenía al niño completamente enamorado.

―¿Vas a tardar mucho en recomponerte de lo que te haya pasado en Londres? ―El duque de York al parecer había terminado su entrenamiento con Kyle, porque estaba entrando en el invernadero y se fue directo hacia la posición de Regina.

―No ha sucedido nada.

―No mientes bien, Regina ―le dijo con acritud―. Creía que después de lo que… digamos, he hecho por ti, vendrías muchísimo más animada y dispuesta a salir de ese agujero en el que te escondes.

El duque estaba a su lado y la examinaba con atención. Ella seguía cortando las plantas sin mirarlo.

―¿Qué puedo decir? La temporada es aburrida y las otras actividades dejaron de satisfacerme. ―Ella dejó las tijeras a un lado y observó con curiosidad a York―. ¿Esto es porque te molesta que esté en tu casa? Porque si es eso, Kyle y yo…

―No seas absurda, Regina. Isobel adora tenerte cerca y que la ayudes con la niña. Tu hijo está entretenido y me hace muy feliz guiarlo. Esto es porque viste a Liam y saliste a toda prisa.

―¿Disculpa? ―Se quedó sorprendida. Esa reacción no se la hubiese esperado en su vida.

―¿Creías que Portman no se daría cuenta de lo que te hizo correr hacia mi casa?

Thomas es un mojigato, lo admito, pero tiene buen ojo con estas cosas.

Viste a mi hermano y decidiste… ¿qué? ¿Qué decidiste?

¿Que él no merecía la pena? ¿Que tú no eres lo bastante buena para él?

Ese complejo de mártir tuyo rivaliza con el mío de dios viviente…

Así que, si quieres ser algo, por amor de Dios, querida, busca una cosa que esté por encima de los demás, como mi deidad.

―¿Qué es lo que quieres de mí, York? Acepté ir a ese lugar de la duquesa X porque me hiciste sentir curiosidad, lo admito, pero he terminado con eso.

―¿No estuvo a la altura de tus expectativas? Porque sé que solo tuviste tres encuentros, al menos espero que fuesen excitantes y muy duraderos.

Ella gimió en alto.

―¿Entiendes lo inapropiado que es que hablemos de mi experiencia en ese lugar? Además no tenías derecho a tratar de averiguar nada.

―Me preocupo por ti, Regina.

―Estoy bien. No hace falta que lo hagas. ―La conversación se estaba poniendo tensa.

―Llevas aquí cinco meses y…

―No hace más que uno y unas pocas semanas que resido aquí, y si te molesta mi presencia…

―¡Eres absurda! He liberado a mi hermano de la presión del título.

Le he escrito al rey para que me ayude a no perder el ducado por no tener un heredero varón, algo que por otro lado estoy seguro de que pronto o tarde lograré, porque soy Ra y he dado vida cuando incluso la cosa parecía imposible ―dijo pagado de sí mismo.

Eso y que Isobel era una luchadora sin igual.

―El que está siendo absurdo eres tú ahora. No me voy a arriesgar. Puede que lo que tramas no salga bien. Liam tiene obligaciones y derecho a buscar su propia felicidad.

―¿Qué te mueve a obrar del modo en el que lo haces? He tenido paciencia contigo estas semanas, pero no reaccionas, y es momento de ser valiente y luchar por lo que amas.

―No.

―¿Te sientes culpable por haber estado retozando con un desconocido? Porque si eso es lo que te preocupa, te aseguro que mi hermano no pondrá reparos en lo que hiciste. Estoy convencido de ello. ―York conocía bien a Liam.

―Cualquier hombre que supiera lo que he estado haciendo me censuraría.

―Liam no ―razonó tajante―. ¿Olvidas que es un disoluto y que te ama? Además, estoy seguro de que él se ha divertido tanto o más que tú mientras ambos…

―¿Siempre tenemos que hablar de tu hermano? ―preguntó exasperada.

―Tenemos que hablar ―usó la misma fórmula que ella― de lo que vas a hacer y… harás. ―Ese era York, un tirano. Regina rodó los ojos.

―¿Ah, sí? ¿Y qué es eso precisamente? ―inquirió al borde del enfado.

―Isobel se quedará en York Park cuidando de los niños y tú y yo asistiremos a la fiesta que dará Phenton.

―No.

―Sí.

―No voy a ir. Si salgo de tu casa será para ir a Ranfield Manor. ―«Después de pasar por Londres y recoger al hijo bastardo de mi difunto esposo». Eso no se lo diría a York. Él ya estaba demasiado informado de su vida. No necesitaba darle más munición contra ella.

―Harás lo que yo te diga. Pues si has decidido jugar a ser una jovencita malcriada y cobarde, el que fue un día tu tutor, y ese soy yo ―precisó―, hará lo que esté en su mano para que luches.

Puede que no logres lo que mereces, la felicidad, pero no llegarás al borde de la muerte lamentándote de tus errores o de tu falta de iniciativa cuando aún estabas a tiempo.

Yo no lo permitiré, porque… ¿dónde dejaría eso al inteligente y brillante duque de York si consintiese que tú fueses infeliz?

No. No puedo tolerarlo, va contra mis normas no obrar como el dios que soy y hacer un milagro.

Ella empezó a negar con la cabeza. York había colmado su paciencia.

―¿Qué no entiendes, duque? ¿Te quedaría más claro si te dijese que mientras yacía con un desconocido, solo soñaba con las manos, los besos y la lengua de Liam?

¿Te contentaría saber que lo amo tanto que estoy dispuesta a ser infeliz el resto de mis días porque él merece todo lo que yo no puedo darle?

¿Que durante el luto solo deseaba salir a su encuentro?

¿En qué clase de mujer me convierte eso?

En una despreciable. ¡Estoy rota! ¡Rota, York!

Ya te lo dije. Liam no debería contentarse con los pedazos que dejó mi esposo.

Tengo tantos problemas… que no sé ni cómo comenzar a solucionarlos.

Eres admirable, no tanto como un dios andante, pero ni tú mismo serás capaz de arreglar mi vida.

―Primero Liam, Regina. Luego el resto. Será el quien decidirá si estás rota, si el hecho de que no puedas tener hijos es un obstáculo imposible de salvar.

No decidas por los dos, puedes creer que haces lo correcto al convertirte en esa mártir que anhelas ser.

Estoy seguro de que estás convencida de que obras por el bien de mi hermano, pero no lo haces.

En absoluto. Ranfield no está y es hora de que el destino recomponga una pareja que debió haber sido desde el principio.

Siempre lo supe. Mi hermano te miraba como a ninguna otra y tú, tarde o temprano, te acabarías dando cuenta de lo que él podía ofrecerte.

Ahora es el momento, no habrá otro, y no voy a quedarme de brazos cruzados viéndote echarlo todo por la borda.

―¡Maldito seas, York! Maldito seas por poner un futuro que sé que no alcanzaré en mis pensamientos.

¿Qué esperas que haga? ¿Que viva feliz en el campo con Kyle, con Liam y con el hijo bastardo que Ranfield engendró cuando yo todavía era su esposa?

Lo que pides no puede ser. Por cada acercamiento que yo haga, salen otros dos obstáculos insalvables.

Liam estará mejor sin mí. Yo no puedo más que traerle vergüenza y dolor.

York se quedó sin respiración. Se acercó a ella y la cogió de la mano justo cuando se dio cuenta de que Regina pretendía irse y dejar ahí la conversación.

―Repite lo que has dicho sobre Ranfield.

―Lo has oído. No creo que Ra tenga problemas de audición ―se atrevió a decir.

―Entonces explícamelo con detenimiento. ―York hizo más presión en la muñeca de Regina, a fin de que entendiese que no tenía escapatoria.