Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 7 #3
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Capítulo 7 #3

―No. ―Ella abrió los ojos por completo tras el tupido velo.

Deseó no tener la mirada velada y que hubiese mucha más luz en la estancia.

Bajo su toque él era duro en todas partes, y estaba convencida de que aunque no fuese una belleza masculina, seguro que tendría una apariencia de lo más interesante.

Sacudió la cabeza para sacar ese pensamiento.

Esa noche sería la última en la que se encontrarían.

Su vida, esa que puso en suspenso para vivir una sórdida y apasionante aventura, tenía que continuar.

Sus obligaciones no podían recaer en York para siempre, dado que tenía que enseñarle a llevar las cuentas y a gestionar el patrimonio de su pequeño Kyle.

―¿En qué has pensado? ―inquirió la condesa.

―¿Te gustó estar al mando?

―¿Te refieres a cuando llegué enfadada?

―Sí.

―Me gustó muchísimo.

―Entonces hazme olvidar, milady .

Regina tomó en consideración su ofrecimiento. Hasta el momento, con su esposo había sido una amante poco activa en cuanto a que Ranfield solía llevar la batuta. Al menos en los encuentros que habían sucedido antes de que tuviesen grandes problemas y ella le denegase su cuerpo.

El anónimo hombre que estaba con ella había sido siempre de lo más atento y, cuando la dejó a cargo de la situación, le hizo un gran regalo que nunca olvidaría.

En sus juegos previos habían estado muy hambrientos en los primeros encuentros, pero tras la cena, cuando se desprendían del fuego inicial, habían disfrutado más pacientemente, explorando el cuerpo del otro, tentando con sus lenguas partes del todo secretas.

Regina decidió ser valiente y darle algo que seguramente X agradecería.

―Siéntate en el borde de la cama y quédate quieto. No hagas nada más hasta que yo te lo diga.

―Sí, milady. ―La anticipación de esa orden tan directa le llegó hasta el eje, el cual estaba más que duro y preparado para lo que ella tuviese en mente.

Cuando X estuvo colocado en su lugar, Regina se acercó para acabar situada de rodillas ante él. Lo que hacían era un juego delicioso, malvado. Así que le demostraría en su última cita que ella podía ser atrevida y todavía más mundana.

Se agarró a sus rodillas y acarició el rico vello de sus piernas tersas.

―¿Qué…? ―X no pudo seguir con la pregunta.

Regina estaba lamiendo su larga longitud con la lengua. Inició el gesto en la base y siguió hasta la punta. El velo no le molestó ni un ápice.

―¿Algún problema?

―¡Dios, no! ―X, que había estado manteniéndose incorporado con la ayuda de sus manos, dado que las tenía apoyadas a ambos lados de su cuerpo sobre el lecho, decidió disfrutar.

Como no podría observarla, cosa que le hubiese agradado muchísimo, decidió tumbarse por completo y que solo sus piernas quedasen fuera de la superficie del colchón de plumas.

La condesa, muy envalentonada por la reacción que veía en su compañero, agarró con fuerza el falo y lo engulló entero hasta llevarlo a su garganta, tratando de tragar todo lo posible.

Lo escuchó sisear y se ensalzó. Con la mano derecha comenzó a tocar las dos pesadas bolsas que tenía bajo su virilidad y las masajeó con cuidado.

―¡Infierno! ―exclamó, cuando ella posicionó su otra mano sobre su vara y comenzó a tirar de abajo arriba con determinación.

X estaba en el paraíso. No se acordaba ni de lo que lo había puesto de tan mal humor. La aterciopelada lengua de su dama misteriosa, acompañada con sus manos… ¡Qué maestría! Él tuvo unos celos increíbles de su esposo, si la mujer le había seducido con tan magnífico arte… ¡Jesús! Era como volar.

Regina estaba concentrada en su labor, escuchando los gemidos de él y sintiéndose cada vez más atrevida. Tanto fue así que un rugido resonó en la habitación en el momento en que su amante estalló en una crisis llena de glorioso deleite.

―¡Aaaaaah! ―gritó con fuerza X cuando ella consiguió exprimir toda su esencia―. ¡Síííí! ―gimió en cuanto se dio cuenta de que su maravillosa compañera se había tragado lo que él había fabricado con gran lubricidad.

X se levantó de su lugar en un pestañeo, la colocó sobre la cama y se puso de rodillas. Ambos acababan de intercambiar posiciones y ella no se había podido oponer o agradecérselo porque él no le había dado la menor opción para hacerlo.

Empeñado en devolverle el favor, y ansioso por probar su dulzura, X colocó los labios sobre su feminidad y gruñó rebosante de plenitud cuando la encontró totalmente resbaladiza. ¡Ella había disfrutado mucho con lo que le había hecho!

Se apresuró a insertar un par de dedos en su cavidad y luego posicionó los labios en el lugar justo para que su lengua diese en ese punto que la haría volverse loca.

Y así fue. Regina no tardó ni un segundo en comenzar a suspirar, a gemir… a susurrar palabras inconexas, mientras sus manos se aferraban a la colcha de la cama a fin de buscar un punto de apoyo.

Lo que le hacía era desquiciante, maravilloso y taaaan acertado… ¡Qué lengua! ¡Qué ritmo! ¡Qué coordinación!

―Más… más… mááááás ―exigió, como una experimentada dama que había conocido el libertinaje en su máximo esplendor y no temía reclamar sus deseos.

La mano derecha de Regina dejó de oprimir el cubrecamas para ir en busca de la cabeza de él. Se incorporó levemente y luego agarró la tela que figuraba sobre su pelo para apretarlo todavía más contra su núcleo.

X disfrutó de su gesto, puesto que era una dama que no se dejaba avasallar, que demandaba lo que se le debía.

¡Era tan perfecta! X inició un ritmo todavía más metódico, no estaba dispuesto a dejar de lamer, chupar e insertar sus dedos en su interior, y no lo haría aunque no pudiese hablar durante el resto de sus días y sus falanges se tornasen moradas y se le cayesen.

Deseaba escucharla rugir. Por él. Solo por él.

Su nivel de posesión surgió de un modo tan inesperado que lo abrumó.

¿Qué le estaba pasando? ¿Habría encontrado lo que siempre estuvo buscando, en casa de la duquesa X?

¿Podría ser verdad que la mujer que lo conocía tan bien, sin estar al tanto de su identidad, supiera qué le convenía a todas horas?

La misteriosa dama le había agradado desde que escuchó su melódica, baja y sutil voz, pero la que estaba reclamando su liberación sin tener en cuenta su comodidad, su resistencia y fuerza era… ¡Dios! ¿Lo mejor que podría encontrar?

―¡Yaaaaaaaa! ―imploró la viuda con complacencia. La situación le hizo cerrar los ojos, echar hacia atrás la cabeza y gemir sin contención. Nunca una liberación fue tan ardiente, rápida, intrépida y exigente.

X, incluso después de saber que ella había colapsado de modo sublime, continuó lamiendo su intimidad. ¡Qué sabor tan agradable! En una palabra. Su compañera era: fascinante.

Se despegó de su centro cuando tuvo suficiente de su néctar y se colocó sobre ella, para terminar, ambos, sobre el lecho.

Enlazados. Los dos unieron sus bocas en un profundo beso.

Los restos de uno y otro todavía en el paladar, como si fuese una comunión, el sello de una promesa lasciva que iba más allá de los asuntos de cama.

X abandonó sus labios y Regina se dio cuenta de que acababa de saltarse la única regla que impuso: sin besos en la boca. Iba a protestar cuando su amante comenzó a decir que:

―No estabas en mi lista de prioridades y mi situación ha cambiado mucho.

No busco amor en mi matrimonio, ahora veo que podría estar satisfecho con una mujer excepcional y fiera como tú en mi lecho.

Soy libre y deseo compartir mi libertad contigo.

No quiero estar solo. Y sé que tú estás muy sola.

¿Qué habría mejor que unirnos para disfrutar, para compartir una vida?

Soy un hombre muy racional. Si alguna vez nos cansásemos el uno del otro, podríamos pactar arreglos que ambos aceptemos.

Podrían incluir buscar fuera lo que nos falte dentro de nuestra intimidad.

Así que juremos que seremos amigos siempre.

Que habrá honestidad entre nosotros. Deja que te conozca lejos de estas paredes, que te corteje y te demuestre que sería bueno para ti.

―Habla la satisfacción de un momento maravilloso.

Bonitas palabras que alguna mujer debería escuchar algún día.

Cuando llegué aquí tenía muy claro que curaría mi alma con lascivia.

Un viejo amigo me recomendó el tratamiento y puedo asegurar que así ha sido.

Si estuviese en mi mano poder corresponder a un compañero como tú, lo haría.

No soy libre porque no tengo corazón y mi responsabilidad no me permite darte alas.

No me odies, te lo suplico, por ser franca.

Estoy rota y fragmentada en mil pedazos.

Lloro a un hombre al que juré devoción eterna mientras sueño con otro que no será mío.

Tú has estado por el medio, porque en mi egoísmo me permití soñar con él mientras tú me tocabas, me lamías y me catapultabas al oasis de las tentaciones.

Lo siento, lo siento… ―Regina se dio cuenta de que llevaba toda la vida pidiendo perdón por cada acto que hacía.

Siempre lo mismo. Culpabilidad porque no podía ser lo que un hombre necesitaba en el momento adecuado.

Primero Lawrence, luego Liam y en esos instantes su amante enmascarado.

―¿Es tu última palabra? ―preguntó con voz dura.

―Siempre tendrás un lugar especial en mi recuerdo, porque aunque quise que fueses el reemplazo de otro por el que suspiraré hasta el fin de mis días, lograste tener autonomía suficiente para que no te olvide.

―Bien. Debes saber que no me doy con facilidad por vencido y lograré conquistarte, cueste lo que cueste.

Si te hubiese hecho partícipe de mi pasado lo entenderías.

Te aseguro que serás mía porque así lo dispongo.

―Dicho lo cual, su virilidad, que había vuelto a la vida y estaba más animada que nunca, se posicionó en su entrada para demostrarle que la noche de placer no había hecho más que comenzar.

X no daría nada por perdido sin luchar con todas sus armas. La mujer a la que había amado sin reservas lo hirió de muerte y él estaba empeñado en lograr un poco de lo que la desconocida y magnífica amante podía ofrecerle.

Ella se equivocaba. No era fruto de la casualidad, ni del momento íntimo.

Las palabras de X nacieron de su alma y se sintieron correctas al ser pronunciadas.

No importaba si esa viuda divina se negaba.

Tenía muchos ases bajo la manga para tratar de convencerla, para que comprendiese que la idea de una unión entre ambos sería formidable.

Placentera. Honesta. Sin fisuras. Un matrimonio perfecto.