Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 7 #2
79%

Capítulo 7 #2

―¿A qué te refieres? ―Ella había pasado del paraíso a la contradicción.

―¡Banstorn! ―chilló otra vez.

―¿Qué? ―No lo seguía.

―Tú parece que necesitas a un hombre que es el más calavera de todo Londres y que para colmo está… o al menos estaba enamorado de otra mujer. ¡Ya no lo sé! Lo único que me molesta es verte con él bailando…

―¿Estás celoso? ―Ella comenzó a reírse en un gesto involuntario, porque no daba crédito a lo que escuchaba. Ese hombre tan fascinante que tenía enfrente acababa de confesar algo que hacía que su corazón se estremeciera.

Jacob la miraba desde su posición, un poco más alejado.

―Eres una inconsciente. ―Optó por regañarla y se olvidó de su risa nerviosa―. ¿En qué pensabas al seguirme?

―¡Tú querías que te siguiera! ―se defendió.

―Lo que yo quiero de ti no debería ni pensarlo. Porque estoy haciendo un esfuerzo hercúleo por no llevarme la mano que todavía tiene tu humedad a los labios y saborearte.

Ella levantó el mentón.

―¿Qué te impide hacerlo? ―Ahí había un desafío claro.

―¡Estás loca! ―No era una pregunta.

―Por supuesto que no.

―Deberías estar desmayada, tirada en el suelo pidiendo las sales, después de lo que acabo de hacerte. Y si supieras lo que deseo de ti… ―No la entendía. La deseaba hasta el final y ella se mostraba muy tranquila.

Jacob frunció el ceño. Se acercó un poco y la miró con atención. Entre las sombras vislumbraba un semblante bastante sereno.

―¿Qué? ―se interesó ella ante su escrutinio.

―¿Por qué tengo la sensación de que no eres…? ¿Tú? ―No sabía cómo plantear la cuestión.

―¿Te preguntas si soy inocente? ―dijo con seguridad.

―Sí. Eso es.

―No. No lo soy… del todo.

―¿Qué quieres decir? ―No sabía si sentirse aliviado o todo lo contrario.

―Hubo alguien que… ¿Quieres la versión larga o la corta?

―Con la que te sientas cómoda.

―Lo amé, me traicionó y me dejó atrás.

―Oh. No me esperaba algo así.

―Por eso no deseo una unión, y en caso de no escapar de mi verdugo, quiero a alguien que… que no me guste.

―¿Has elegido a Banstorn?

―No he elegido a nadie.

―Pero parecías muy a gusto cuando me has permitido que te acariciase.

―Sabes bien que me fascinas y lo que siento por ti… No me gusta admitirlo, pero eres diferente.

Algo en el tono que ella empleó le dijo que lo que acababa de señalar sonaba bien, pero era algo muy malo.

―Lo dices como si fuese una especie de maldición.

―Creo que no deberíamos hablarnos más.

―¿Disculpa?

―Me has oído bien.

―No. No puedes decir que te fascino y al siguiente minuto considerar que no deseas ni que te mire. Y más después de contarme tu pícaro pasado.

―No fue nada sórdido ―puntualizó―. Solo… Olvídalo.

―Siento curiosidad.

―Tengo que volver con mi tía. Además, le he prometido un segundo baile a Banstorn.

―¡No puedes estar hablando en serio!

Jacob se movió con nerviosismo por la habitación.

―No soy estúpida, Jacob. Hasta que mi padre decidió convertirme en una exhibición de sedas, muselinas, encajes y complementos, yo dirigía la fábrica con él. Así que tengo algo de sesera, por lo que te aseguro que Lord Liam se ha fijado en mí más de la cuenta debido a ti. ¿Qué hay entre vosotros?

―Odio ―reveló con sencillez. Como si eso lo explicase todo.

―Lo que dices ya me lo imaginaba. ¿Por qué? ―Jenna seguía cerca de la puerta y se maldecía por querer saberlo todo del hombre que no debería fascinarle.

Jacob regresó hasta la americana y se paró frente a ella. La cogió de la nuca, como si fuese un hombre de las cavernas, la acercó a él y estampó sin delicadeza su boca en la de ella.

Jenna no se alejó. Si eso era lo único que tendría con él, aprovecharía el momento.

Jacob era un compañero exigente en su demanda.

La lengua masculina necesitaba acariciar la femenina, así que se deslizó entre los dientes para saborearla a placer.

Hubiera deseado conocer el sabor de su feminidad, paladearla más íntimamente, pero se conformaría con ese beso.

Entonces, cuando ella se apretó sobre el cuerpo de él buscando fricción, cuando ella exigía más del beso, Jacob se separó de ella y la miró a los ojos.

Estaba encendida por la pasión, tanto o más que él.

Oh, sí. El señor Donaldson estaba tremendamente duro.

Listo para hacerla suya y no dejarla escapar.

Se contuvo, porque no era un libertino. No podía comportarse como tal, por más que hubiera fantaseado con darle a Jenna lo que ella obtendría de Banstorn.

―Cuando estés con él recuerda a quién deseas realmente.

No olvides que mis dedos han estado en tu feminidad, rozándote, tentándote.

Recuerda que es mi boca la que deseas besar.

Y más te vale que a ese libertino no le importe y te quiera mancillada, porque yo te aceptaría sin dudarlo ni un instante.

Es más, daría gracias a los dioses por ello.

Se separó por completo de Jenna, la bordeó, abrió la puerta y se marchó de allí dejando a la americana temblorosa. Una mujer que sabía que le habría entregado todo lo que le hubiera demandado y más.

Y, Jenna, tan fuerte como era. Tanto que había vivido. Tanto como había superado. Tanto como había jurado hacer… y de repente se vio llorando de nuevo por un hombre.

La revelación la dejó sin aliento. Lo quería. Lo deseaba. Lo necesitaba. Era por culpa de su aroma. De su olor tan característico. Maldito fuese él por haberla hecho soñar de nuevo cuando no deseaba hacerlo.

Pasados unos minutos que sirvieron para serenarse, Jenna regresó al salón y vio a Liam Banstorn ir a buscarla, entonces decidió que había tenido suficiente acción por una noche. Le dijo a su tía Harriet que estaba aquejada de un fuerte dolor de cabeza y ambas se marcharon a casa.

Mal asunto lo que Jacob le hacía sentir. Feo… feo… feo. ¡Maldición!

***

Regina había recibido una nota en su casa.

La duquesa X la había convocado porque su compañero de cama la reclamaba.

Esa noche ella no había salido a ningún lugar.

De hecho, llevaba un par de semanas sin aceptar ninguna invitación porque deseaba descansar un poco de la temporada.

Por lo que hacía dos semanas que no lo veía a él.

Al hombre con el que se sentía una pecadora impenitente.

Deseaba poner fin a esa relación y no sabía cómo hacerlo. Dos encuentros de lo más escabrosos, llenos de lujuria desenfrenada, eran suficientes para seguir adelante. Para poner en marcha su nueva vida e idear un plan para el futuro.

Aquella mujer que aseguraba tener al hijo de Lawrence todavía la perturbaba. No había tomado ninguna decisión con respecto a ese asunto tan peliagudo. Sin embargo, no podía desentenderse.

Recordaba muy bien cómo fue la vida de Lawrence con su medio hermano ilegítimo.

Pues el esposo de Evangeline había sido el blanco de la ira de Ranfield sin saberlo.

No deseaba que Kyle y su hermano se vieran en esa tesitura.

Eran hermanos, ¡por amor de Dios! ¿Cómo se enfrentaría a ello?

No tenía la menor idea, pero algo se le tendría que ocurrir.

Con la cabeza rebosante de ideas, algunas de ellas llenas de rabia por lo que le había dejado Ranfield tras su muerte, Regina se dirigió al lugar de la cita para tener un último encuentro con su amante feroz.

Lo que supusiera que York había querido para ella, seguro que ya estaba más que cubierto.

¡Dios! Cada vez que recordaba el modo en el que X y ella se habían devorado…

¡Qué barbaridad! Demasiado intenso como para olvidarlo.

Demasiado pecaminoso como para mantenerlo en el tiempo.

La condesa había llegado a Londres y había sido una disoluta sin corazón más, tal y como sospechaba que York había deseado.

Además, había mantenido las formas y etiqueta en el plano público, por lo que su misión estaba más que cumplida.

Era momento de decir adiós a su locura temeraria, seguir con la temporada y después recluirse en el campo para atender a un par de niños.

Se quedó atónita con ese pensamiento. Había surgido de pronto, de la nada.

Regina se veía retirada criando a su hijo y a un niño que bien pudo haber rescatado de un hospicio o…

¿Qué excusa daría para no causar un escándalo mayúsculo?

¿Le diría a los muchachos el secreto cuando fuesen mayores?

¡Oh, cielo santo! La cabeza le iba a estallar con tantas preguntas sobre Kyle y el pequeño Lawrence…

Lawrence. Encima esa mujer le había puesto el mismo nombre que su difunto esposo.

No había forma de escapar de ello, de la especulación que la sacudiría cuando alguien averiguase que se hacía cargo de un pequeño desconocido.

―Has tardado mucho en venir ―dijo una voz potente, algo enfadada, desde el centro de la habitación.

―Lo cierto era que no esperaba que me convocases, por decirlo de alguna manera. Estaba en la cama ya. ―Regina se acercó hasta su posición.

―Y en la cama volverás a estar. Desnúdate.

―¿Una mala noche? ―preguntó Regina con suavidad.

―No quiero hablar, solo necesito… calmarme.

Ninguno de los dos dijo nada. La condesa viuda comenzó a desnudarse y él, que solo llevaba puestos los pantalones, se desprendió de ellos con suma facilidad.

Estaba tentado a arrancarse la tela que le cubría gran parte del rostro.

Odiaba no verla. Y todavía le molestaba más que los dos hablasen en tono bajo.

¡Con lo que habían compartido y la duquesa X les obligaba a seguir en el anonimato!

En verdad X deseaba conocerla. Verla, aun a riesgo de que ello rompiese el hechizo, cosa que suponía que no ocurriría porque esa dama misteriosa se amoldaba muy bien a él.

No solo en cuerpo, sino que cuando estaban ligados íntimamente sentía además una conexión de lo más especial.

―Imagino que me prefieres… ¿dócil? ―se aventuró ella a cuestionar.