Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 7
79%

Capítulo 7

Llegan los imprevistos del amor

Jacob Donaldson había sido embrujado. Esa americana maestra de los aromas era una bruja de la peor clase.

Algún sortilegio le había echado por encima.

Comenzaba a sospechar que su primo Aquiles, el duque de Darkworth, no elegía las fiestas al azar.

Entre otras cosas porque estaba a su lado y le acababa de dar un sutil codazo en el torso.

Jacob se hizo el despistado y siguió mirando el salón, donde las parejas bailaban de lo más animadas.

―Ve a hablar con ella. Te la estás comiendo con los ojos ―le dijo Aquiles.

―¿No eres tú el que está en busca de una duquesa? ―respondió con un bufido Jacob.

―Debería haber llegado a la temporada con la misma actitud desdeñosa que tú, así seguramente ya estaría embelesado con una dama.

―Ella no tiene título.

―¿Y eso es un inconveniente para ti?

―Una ventaja.

―¡Ajá! ―Jacob maldijo. Se dio cuenta de su error en cuanto escuchó a Aquiles exclamar lleno de orgullo―. Así que ella te gusta.

―Me gustan varias muchachas de las que hay hoy en esta aburrida fiesta. Y no por ello tengo que darles conversación.

―¿Preferirías estar en otro lugar?

Jacob dejó de observar a la atrevida americana, quien no denotaba el más mínimo interés hacia su pareja de baile, y se centró en su primo.

―Digamos que he descubierto que hay fiestas privadas de índole indecorosa que son más amenas que esta.

El duque de Darkworth abrió los ojos con sorpresa.

―No sabía que fueses ese tipo de…

―¿Libertino? ―Jenna Walsh encendía su sangre como si fuese un líquido potente y poderoso.

Si él no hubiese encontrado un pasatiempo haría rato que la habría seducido.

Ella había dejado más que claro que no estaba interesada en él.

Esa era la historia de Jacob… Su corazón siempre roto y suspirando por las mujeres menos indicadas.

―Me sorprende gratamente. Por un momento pensé que te quedarías apartado de toda diversión… femenina. Casi creí que morirías célibe.

―No te preocupes por mí. Me las apaño bien.

―¿Entonces no te molestaría si yo…? ―Dejó la pregunta en el aire.

―Si tú… ¿qué?

―Si me acerco a conocer a la señorita Walsh… tengo entendido que vale una fortuna. Si te tiene fascinado de esa manera, seguramente valga la pena que yo…

―No lo harás ―gruñó.

Jacob ya lo había averiguado todo de ella.

Desde dónde residía, hasta sus gustos o costumbres.

Por descontado estaba al tanto de que su padre era un magnate bostoniano del jabón.

Ella valía una gran fortuna. Todos la querrían cazar.

Esa idea le hizo gruñir un poco más alto.

Aquiles lo escuchó, pero no hizo observación alguna sobre ese segundo ladrido.

Aunque el duque decidió seguir pinchando para ver si salía sangre.

―¿No?

―Eso he dicho.

―Ah… ¿Y qué se supone que significa esa negativa exactamente? ―preguntó con cierto humor.

―Ella no es para ti.

―¡Ah! ―exclamó del todo sorprendido―. Así que un duque que no camina ayudado de un bastón, uno que todavía es lozano y apuesto, no sería un buen candidato para la señorita Walsh.

―Eso he dicho. ―Jacob no titubeó.

―¿No dices que ya tienes entretenimiento femenino?

―Eso te he confiado después de que me acusases de tratar de morir por falta de lujuria.

―No ha sido así exactamente ―observó Aquiles tragándose una carcajada―.

Si tienes a alguien que te calienta la cama y la muchacha americana no es de tu interés…

¿Por qué no puede tu primo probar un poco de suerte?

Se comenta que es un hueso duro de roer, tal vez un ducado la haga cambiar de opinión…

―Ella no se vendería por un título ―respondió secamente, sin abandonar los ojos de Aquiles.

―Bueno…, pues se está riendo con las ocurrencias del heredero formal de un duque. ―Jacob frunció el ceño y cuando vio que su primo cabeceaba hacia un lugar concreto desvió la vista a ese punto.

La escena que se desarrollaba ante él no le gustó en absoluto.

Le hizo apretar los puños con fuerza. Jenna estaba preparándose para bailar con Liam Banstorn.

El maldito bastardo estaba observándolo a él con una bonita sonrisa que a Jacob le gustaría borrar con un puñetazo.

La mirada del señor Donaldson se despegó de la del rival de su difunto mejor amigo y se posó en la de ella.

Jenna lo vio y agachó la vista. Bien. Al menos Jenna sabía que él no estaba contento con lo que veía.

Le agradó verla buscarlo un par de veces más con la mirada mientras Banstorn bailaba con ella.

Así que Jenna tenía a un maldito querubín danzando y estaba más interesada en él que en su compañero de baile.

Liam Banstorn y él eran como la noche y el día, puesto que uno era la claridad y el otro la oscuridad misma.

Jacob decidió que algo tendría que hacer al respecto. Se sonrió de lado. Iba a enseñarle lo que sucedía cuando se jugaba con un par de hombres peligrosos, porque si el hermano de York era un disoluto, Jacob no se quedaba atrás.

Estaba cansado de ser un hombre correcto.

Se había pasado más años de los necesarios llorando a una mujer que creía que estaba muerta, solo para descubrir que ella estaba convencida de que deseaba asesinarla.

Y no solo a ella, sino también a su primo Aquiles y al hijo y heredero de este último.

Así que hastiado de todo, se abandonó a todo tipo de placeres en los últimos meses.

Deliciosas prohibiciones que habían dado sus frutos, porque a Jacob, en esos momentos en los que observaba a Jenna bailando con el maldito Banstorn, le venían a la mente varias formas de cobrarse un beso que la americana le debía.

Y no se trataría del típico beso robado, sería algo más… excitante.

Cuando el baile terminó, Jacob se movió por la sala para buscar la salida más corta.

―¿A dónde vas? ―le preguntó su primo.

―A solucionar un asunto pendiente.

―No te metas en problemas ―le recomendó Aquiles al ver que la señorita Walsh y Jacob mantenían la mirada el uno sobre el otro.

―Busca a tu duquesa para que pueda marcharme de una maldita vez de Londres, y hazlo pronto ―replicó él, desde cierta distancia.

Jacob no echó la mirada atrás, salió al pasillo central de la casa y esperó unos segundos para poder escuchar el repiqueteo de unos escarpines pisando el mármol. Se sonrió cargado de vanidad masculina. Jenna Walsh lo estaba siguiendo, tal y como él consideró que haría.

Se metió en la primera habitación que tuvo a su alcance y dejó la puerta abierta. Ella entró poco después y Jacob cerró y pasó el cerrojo.

La estancia parecía ser una salita que disfrutaba la dama de la casa. Estaba a oscuras, pero dado que las cortinas no estaban echadas, había claridad más que suficiente para que los dos se distinguiesen entre las sombras.

Jacob la arrinconó contra la puerta que acababa de cerrar y ella gimió debido a la sorpresa. Las bocas de ambos estaban muy cerca. Jenna respiraba con dificultad debido a su proximidad, aunque no luchaba contra él.

―Desde que te di aquel beso en la zanja supe que si te volvía a ver querrías más. Dime, Jenna… ¿deseas más?

―Solo… yo… ―Genial, su intelecto se había ido de paseo.

La cercanía de ese hombre que seguía oliendo a cuero, a jabón y, lo peor de todo, a ese aroma de pura fascinación, la volvía loca.

Y lo más apremiante de todo era que a lo señalado se unía el hecho de que él también alertaba ser un peligro delicioso que ella no sabía si deseaba correr.

―¿Qué? ¿Tú qué, Jenna?

―Solo… ―probó de nuevo―, solo… quería disculparme por…

―¿Por estar loca por mí?

―Por… por… ―Comenzó a suspirar. Él tenía la mano por debajo de su vestido. ¿Cómo había ocurrido eso? Jenna no lo sabía, simplemente era consciente de que su mano se deslizaba con suavidad por su muslo.

―¿Te pasa algo? ―preguntó burlón.

―Yo… ―Tragó saliva cuando él encontró la abertura de sus enaguas y comenzó a acariciar con suma ternura ese nido de rizos que escondía entre las piernas.

―¿Qué, Jenna? ―la azuzó.

―Uhm… ―Un dedo malévolo había separado sus pliegues, que estaban más resbaladizos que secos, y se encontraba toqueteando su perla.

Ese nudo de nervios que… ¿Qué le estaba haciendo?

¡Era diabólico! Y, sin embargo, sus caderas femeninas comenzaron a mecerse sobre ese contacto mientras sus manos se posaban en la nuca de Jacob.

―¿No encuentras las palabras para disculparte por ser una jovencita traviesa?

―Uhm… uhm… uuuuaaaoooo. ―No sabía ni lo que susurraba, solo sentía una deliciosa sensación crecer en el bajo de su vientre. Tan ardiente que acabaría consumida.

―No solo estás siendo malvada entre las sombras con el hombre al que deseas, americana insolente. El otro día, cuando me dejaste en medio del baile… Merecías un castigo y es lo que estás recibiendo en estos momentos.

―Aaaah… ―Otro dedo se había acercado a su canal para insertar solo la punta en el interior. Su compañero seguía dándole unos toques de lo más certeros.

―¿Vas a ser una buena jovencita y aceptarás lo que tengo que darte…? ¿O por el contrario quieres que te deje libre, Jenna?

―Uhm…

―Jenna… dime qué debo hacer. ¿Me detengo o sigo?

Jacob suspiró con fuerza, puesto que la joven no respondía.

Estaba con los ojos cerrados disfrutando de lo que él le ofrecía.

No servía para ser tan malvado. La había arrinconado y estaba seduciéndola como haría el propio Banstorn, porque sus celos habían despertado al cazador y él decidió que si la heredera del jabón deseaba un disoluto sin corazón, él mismo podría ser uno. Pero…

Jacob cesó en sus caricias y esperó a que ella recuperase todos sus sentidos.

―¿Por qué te detienes? ―demandó con enfado al sentir que ese calorcito tan agradable se convertía en frío y frustración.

Jacob se separó de ella, dejando que el vestido de seda y encaje se deslizase hasta su lugar de nuevo.

―¡Porque no soy así! Creía que podía ser lo que parece que te interesa… pero no lo soy. Diablos. ¡No lo soy! ―gritó más de lo que quiso.