Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 5 #3
78%

Capítulo 5 #3

Regina no estaba lo suficientemente húmeda para lo que tenía en mente, así que decidió comenzar a trotar sobre esa vara tan tiesa que se agitaba bajo su feminidad, y que tocaba su centro de un modo que le proporcionaba gran placer.

Empezó con un ritmo tranquilo. Lo escuchaba gemir y se enardecía con ello.

Acercó sus pechos tentativamente buscando la boca masculina. Él le había dado una gran idea. Cuando el primer pezón fue engullido con glotonería, ella tuvo que suspirar con fuerza debido a las sensaciones tan placenteras que su amante le proporcionaba.

Su lengua cálida se enroscaba sobre el pezón, mamando con experiencia, como si él lo hubiese hecho cientos de veces.

Cosa que a ella no debería sorprenderle, puesto que Regina estaba en la casa de la duquesa X precisamente para nutrirse de lascivia, para desinhibirse, para gozar… y esa noche… para olvidar.

Cuando sacó su seno derecho de su boca sintió que X se iba detrás en busca de él. Decidió darle el compañero, para que lo adorase del mismo modo.

―¡Dios! ―siseó él por lo bajo al sentir esa perla dura de nuevo en su boca.

Regina, sin sacar el pecho de su nueva ubicación cálida, acogedora y húmeda, apoyó los dedos de los pies en el suelo para incorporarse levemente y, con la mano derecha, hurgó entre ambos para sostener su virilidad.

Cuando los dedos ágiles de ella le dieron una leve sacudida, lo sintió gemir sobre su seno, pero no lo soltó de su boca.

La condesa apoyó la gruesa cabeza de su eje en su entrada y la humedad que su cuerpo había fabricado le permitió descender sobre la dureza hasta que el vello femenino y el masculino se fusionaron.

―¡Sí! ―exclamó Regina. Una afirmación seca y tajante, producida al sentirse tan llena de repente.

Se concebía poderosa cabalgando sobre un extraño sin rostro. Malvada por disfrutar de la plenitud y el control que tenía sobre él. Su esposo jamás le hubiese permitido algo así. Esa noche necesitaba demostrarse a sí misma que podía ser todo lo que necesitase según qué momento.

La impresión de lo que ella acababa de hacer hizo que X tuviese que dejar de lamer ese delicioso pecho y tuviera que echar la cabeza hacia atrás para vivir plenamente la acometida.

―¡Jesús! ―señaló él ante la gloria que lo sacudió.

X acababa de descubrir que ceder el mando era maravilloso. Sentirse usado de ese modo por una fémina… Por ella. ¿Quién sería esa mujer que ya en el otro encuentro lo asombró? Estaba maravillado con ella, con su proceder, con su actitud.

Durante la cena que compartieron en la anterior cita había descubierto que era una mujer muy inteligente, segura de sí misma, pero también se dio cuenta de que arrastraba un gran dolor en su corazón.

¿Y si el destino lo hubiera traído precisamente hasta el lugar donde estaba porque había un plan previo trazado para él?

―¿Te han cabalgado alguna vez así?

―He tenido el privilegio de ver sobre mí a mujeres trotando, pero nunca he estado en esta situación de indefensión en la que me has colocado.

Me ordenas que tenga mis manos apartadas y obedezco, cuando todo lo que ansío es sostener tus nalgas y moverte a mi antojo para demostrarte lo duro que puedo ser.

―No te muevas ni un ápice. Te juro que si lo haces saldré de aquí frustrada y te dejaré de igual modo. Hoy será a mi manera. ¿Lo entiendes?

―Sí, milady ―respondió mansamente. Jamás imaginó que podría ser tan servicial en lo que a apareamientos se refería. Estaba maravillado consigo mismo también por aguantar siendo obediente.

―Me sostendré de tu espalda. ―Le acarició los hombros―. Eres un tipo lo suficientemente grande para soportar lo que tengo en mente. Me dejarás libre de tu toque y agarre en todo momento porque así te lo demando.

―Ningún problema con eso, siempre que me des un viaje movido.

Te pediré explicaciones si no logras sorprenderme y los pensamientos malvados que has sembrado en mi imaginación no se realizan.

Serás castigada. Obra bien tu magia porque me cobraré la afrenta si fracasas en lo que has ideado. Empieza, amazona, y no seas tímida.

―Te quedarás en silencio a partir de aquí.

Él decidió no responder y aplicarse en lo solicitado.

Regina clavó los dedos en los omóplatos de su semental. Aseguró bien sus pies al suelo y se acomodó mejor sobre él. Su amante estaba tan duro que incluso estando quieta y sin moverse sentía esa vara rígida presionando dentro de su canal húmedo con cada mínimo movimiento.

Se alzó sobre la silla y se dejó caer. Una, dos, tres, cuatro… El trote empleado era devastador. Demencial. Necesitado. Apresurado. Rudo. Malévolo. Despiadado.

X se arrepintió de haberle lanzado el pequeño reto. Era demasiado costoso seguir ese ritmo tan intenso que ella imprimía.

―No puedo… Es…tás siendo mu…y… ―Tenía los dientes apretados.

Si ella no aminoraba la marcha quedaría en muy mal lugar.

¡Jamás le había sucedido algo así! Su disciplina a la hora de dosificarse, de contenerse, era excepcional.

Había gozado habitualmente de encuentros rápidos y directos, y siempre se dejaba ir sabiendo cuándo era el momento oportuno.

Ella estaba haciendo mella en su masculinidad.

―¡Silencio! ―gritó, mientras dejaba escapar un gemido lleno de lubricidad.

―Aca…bará rá…pido si no te re…frenas ―la avisó.

Era una diosa montándolo. No había conocido antes a una mujer así.

Con ese ímpetu, esa fuerza. Sintió ganas de dejar de sostener sus manos tras la silla y quitarse la tela que le tapaba la mitad de su rostro que la duquesa X le obligaba a llevar para poder observarla.

Por supuesto, también le quitaría el velo.

―¿Dónde está tu aguante, mi… semen…tal? ―Le costaba trabajo hablar, darse placer y gemir al mismo tiempo.

―Es…tás enfada…da y tu enfado te hace salva…je.

Ella no le hacía caso. Deseaba montar. Libre. Sacar todo lo malo que sentía. Disfrutar del momento. Ser dura. Ser fuerte. Demostrar su valía como mujer.

Si Regina hubiese palpado la tela que cubría su rostro la hubiera encontrado empapada, producto del sudor. X estaba haciendo malabares para evitar precipitarse. Incluso pensaba en su miseria, en sus propios problemas ―que no eran pocos― para no dejarse llevar.

La experta amazona se agarró más fuertemente a su espalda, lugar en el que clavó sus uñas sin saber que lo hacía. En un traqueteo glorioso, único y bestial se dejó llevar por lo que había nacido en su interior.

―¡Dioooooos! ―gritó primero el hombre, sin poder contenerse. Intuía que en la espalda le habría hecho sangre. No le importaba. Una dulce y perfecta combinación de crudeza y éxtasis.

―¡Yaaaaaa! ―Y Regina descargó toda la rabia, toda la congoja de su mala noche sobre un maravilloso amante que había cumplido su cometido.

Los dos, prácticamente a la vez, se dejaron caer en los brazos de la lubricidad más despiadada y potente que un par de amantes podían lograr.

Delicioso. Sublime. Insospechado. Un acto que no solo le agradó de manera desmedida a la dama. Su compañero estuvo extasiado al verse en tal tesitura. La perfección.

Después de la liberación más exigente, la pareja pidió la cena.

No conversaron mucho, porque Regina no estaba de humor, lo que necesitaba era más acción.

Así que, tras recuperar fuerzas, ambos emprendieron de nuevo el camino hacia lo excitante.

Esa vez la cita fue más tradicional. Ella cedió el mando en favor de caricias, de ternura.

Porque después de haber sacado la furia de su cuerpo, su alma demandaba otros cuidados que él se ocupó de proporcionarle muy sabiamente.