Capítulo 5 #2
―Me refería a que yo no estaba instalada en una bonita casa en la ciudad, con joyas, un carruaje y esas cosas a mi disposición. Solo fue una noche.
―No es menos cuestionable por ello lo que él hizo. Lo que nos hizo a ambas ―precisó con severidad.
―Si me he atrevido a dar el paso y hablarle con franqueza, ha sido porque he recabado información a fin de saber qué clase de dama es usted.
―¿Una engañada? ¿Una ilusa?
―Entiendo su rencor y su enfado.
―Le aseguro que no lo hace. ―Ella había renunciado a mucho por quedarse junto a Ranfield y luchar por ambos. La muerte tuvo otros planes cuando reclamó a Lawrence.
―Verá, milady , mi hijo no estaba planeado.
Llegó y lo considero un milagro. Cuando lo vi…
No tuve corazón para desprenderme de él, porque es lo único que dejaré en el mundo.
Me han asegurado que está usted en una posición muy buena, no solo por la herencia de su esposo, sino porque pertenece a una familia encabezada por un duque, y que tiene grandes contactos.
Lo que me hace pedir su ayuda, suplicársela más bien, no me queda tiempo y Lawrence es lo primero para mí.
―No… no… no me diga que le ha puesto su nombre… ―Iba a devolver el poco contenido de su estómago. Le faltaba el aire. Su respiración se tornó errática.
―Mi hijo se llama como su padre, sí. Lo hice con el único fin de conmoverlo.
Para que no se desentendiese del niño. Por favor, por favor ―le suplicó con lágrimas en los ojos―, sea la madre de mi hijo por mí, lady Ranfield.
Entiendo que no tengo derecho a pedírselo.
Incluso sé que lo que estoy haciendo es de mal gusto, impropio y descortés.
No me importa nada. Nada más que mi pequeño.
Es hermano de su hijo, milady . Una criatura inocente sin culpa, a la que necesito dejar bien atendida cuando yo no pueda luchar sus batallas, cuando no pueda darle consuelo mientras llore, al que no veré formar una familia.
Lo que tiene ante usted es a una mujer que había tomado la decisión de no inmiscuirse en su vida y causarle más dolor.
Todo cambió cuando la divisé en esta fiesta y la desesperación me hace hablarle con el corazón en la mano y pedirle su ayuda, sin tener derecho a hacerlo.
―No puedo… No puedo lidiar con esto… Ahora no… Lo siento, lo siento… ―Regina no podía casi ni encontrar su propia voz. Su razonamiento no la dejaba pensar con claridad. Su respiración se desmoronó y no lograba inspirar de forma regular.
Se largó de allí a toda carrera para buscar su carruaje y guarecerse.
―¡Por favor! ―le gritó la señorita Kein, sin atreverse a ir tras ella. Fleur nunca sabría si la llegó a escuchar.
Incluso desde la tumba, él la atormentaba. En el interior del habitáculo, con las cortinas echadas, Regina estaba dando un paseo por la ciudad sin rumbo establecido. Su cabeza estaba a punto de explotar.
Se había mantenido cuerda ante la mujer que afirmaba que su esposo le había dado un hijo ilegítimo, al menos al principio.
Aguantó lo que no estaba escrito solo para no marcharse corriendo, llorando, gritando…
a la primera ocasión, cuando le desveló su aventura con Ranfield.
Un hijo. Ella no volvería a ser madre y él encontró a otra para darle placer, para crear vida.
El dolor de su corazón la estaba matando.
Desesperación. Eso era lo que había dicho la mujer que acababa de hacer tambalear más su mundo.
Por una extraña razón, Regina no ponía en duda ninguna de sus afirmaciones.
Le había parecido sincera. Sus ojos mostraban tanta esperanza cuando le estaba pidiendo que aceptase al hijo de su esposo en su propia familia…
¡Sería un escándalo! Todo el mundo lo sabría…
Conocerían el secreto de Ranfield. Era un castigo por lo que hizo al llegar a Londres, por haber sido perversa y dejarse arrastrar hasta los brazos de la lujuria. ¡Tenía que serlo!
Su matrimonio había sido un calvario. Peleas y más peleas.
Luego la pérdida de un bebé que la dejó mustia.
Lo único que habían tenido los dos fue no haberse traicionado.
Regina conocía los rumores que lo relacionaban con otras mujeres, pero, hasta esa noche, una parte de ella no los había querido creer sin albergar una duda razonable.
Nada. Su unión con Lawrence se había quedado reducida a la nada más absoluta.
Al páramo más desértico. Al infierno más doloroso.
¡Un hijo! Él le había dado un hijo a otra mujer.
Se acostó con otra estando casado con ella.
Regina ya no era ni siquiera la única mujer que había tenido descendencia con él.
Kyle, ese pequeño por el que se había mantenido al lado de Ranfield, tenía un hermano.
Regina, que solo le había dado un beso a Liam cuando todo la impulsaba a rendirse y dejarse llevar, había sido fuerte. Había sido fiel a sus votos. No así Ranfield.
Tembló de ira. ¿Nada podía salirle bien? La furia la embargaba. Su corazón volvía a fragmentarse un poco más y eso era imposible, dado que ya no quedaba ni un solo pedazo que partir.
Dio un toque en el techo y el conductor del carruaje paró. Ella le indicó las señas a las que debía dirigirse.
Bien. Si había tenido alguna duda sobre lo que consintió cuando accedió a formar parte del proyecto de la duquesa X, eso acababa de ser solventado.
Esa noche necesitaba más que nunca reafirmarse como una mujer perversa, malvada, porque si iba a tener que lidiar con lo que nunca imaginó, y eso fuese un castigo por sus actos, al menos pecaría bien y hasta el final.
Ella anteponía los deseos de los demás a los suyos propios. No volvería a ser esa mujer nunca más. ¿De qué servía eso? Regina siempre sería lo primero para sí misma, exceptuando a su propia familia. El resto podría irse al infierno.
Con esa idea desembarcó en casa de la duquesa X y pidió citarse con el hombre con la que la dama la había emparejado.
Cuando su anfitriona la vio tan decidida, con los ojos rojos y la ira haciendo que sus puños se apretasen con fuerza, no la cuestionó, pero sí le pidió paciencia, dado que como no había concertado una cita con antelación, su amante tal vez llegase más tarde.
No importaba. Regina se colocó el velo y se dispuso a esperar al hombre que esa noche tenía la misión de hacerle olvidar su maldita existencia.
Placer y rabia. Una combinación peligrosa.
Una mezcla que iba a ser parecida a la pólvora, dado que media hora después se escuchó la puerta de la misma habitación que la duquesa X le había asignado la última vez a Regina y a su amante.
La condesa se levantó de la silla donde lo había estado esperando pacientemente.
Con tan poca luz y el velo grueso no veía demasiado, pero sabía que era el mismo compañero, puesto que la anfitriona de ese improvisado club para viudas le aseguró que así sería hasta que ella decidiese poner punto y final a la experiencia.
―Sigue mi voz. Hoy necesito algo diferente y espero que te muestres cooperativo. ―Regina hablaba con un tono muy duro. X se dio cuenta.
―¿Hay algún problema?
―Depende de si cumples con lo que hoy necesito yo. ¿Te asustan las mujeres dominantes? ―Se interesó por ese hecho porque ella se sentía como una leona y necesitaba un ciervo complaciente.
―No lo sé, hasta el momento no he tenido ninguna experiencia en ese sentido. ―Él se sonrió, aunque Regina no lo vio―. No obstante, confieso que desde que lo nombraste la primera vez me pareció algo curioso para explorar.
―Entonces sigue mi voz, llega hasta mi posición y siéntate en la silla que he dispuesto para ti.
―¿Vestido o desnudo?
―¿Tú qué crees?
―¡Vaya! ―La forma en la que le espetó la pregunta, el tono tan mordaz e insultante, le dio buena pista de que ella había tenido algún contratiempo. No era la misma mujer que se mostró durante el anterior encuentro sucedido entre ambos.
―Preciso algo diferente hoy para olvidarme de todo. ¿Te has desnudado ya?
―¿Tú lo estás?
―Me queda la última prenda, que estoy quitándome ya mismo. ―No mentía. Se desprendió de la camisola al punto. Su rabia debía borrarse y no se le había ocurrido mejor manera que un encuentro fugaz, ardiente, prohibido y destinado a calmarla.
―Bien. Dame dos minutos y te sigo el juego.
―Tienes uno ―dijo con severidad la viuda.
La virilidad gruesa y dura de X, que había hecho acto de presencia en todo su esplendor cuando ella insinuó que estaría al mando esa velada en una posición dominante, se tensó todavía más.
La noche prometía. Y era lo mejor para templar los nervios, dado que la jornada de X también había sido muy complicada debido a asuntos… ¡desastrosos!
―A sus órdenes, milady .
―Esto hoy será a mi modo ―reiteró.
―Espero que sea duro, exigente y que me dejes sin pensamiento, porque mi día también ha sido un infierno y necesito lo que prometes, milady . No te vengas abajo, no dudes o yo tomaré el control y probablemente no estés preparada para mi nivel de exigencia.
―El tiempo ha pasado. ¿Por qué no estás aquí, X? ―Ella golpeó un par de veces el respaldo de la silla. En menos de un segundo estuvo sentado. En otra fracción de tiempo, la viuda estuvo sobre su regazo.
―Ponme tus pechos en la boca.
―Aquí no das tú las órdenes. No esta noche. No quiero que hables a menos que te pregunte.
―¡Maldita sea! ―gruñó por lo bajo en cuanto sintió que el nido de suaves rizos de su dama se posicionaba completamente sobre su entrepierna. Sus disposiciones, combinadas con los movimientos que ella hacía, lo tenían al borde, y eso que todavía no había comenzado la acción.
―Quiero tus manos a la espalda, tras el respaldo de la silla. No me toques, no te muevas, no me obligues a buscar algo en la habitación para anudártelas. ¿Vas a ser un buen chico para mí esta noche?
―Sí, milady . ―Lo tenía loco de anticipación. Lleno de lujuria. ¿Quién iba a pensar que la noche tendría este final tan inesperado? Desde luego X no.