Capítulo 5
Enterrar las penas entre la lujuria
Hacía un par de horas que Regina se sentía observada. Realmente eso no era nada nuevo. Desde que había arribado a Londres, siendo una joven viuda, no le habían faltado admiradores de toda clase, ni tampoco propuestas de lo más picaronas.
El asunto era que al llegar a la fiesta social a la que había decidido acudir esa noche, una mujer ―una hermosa rubia unos años más mayor que ella―, no había dejado de observarla. La situación la estaba poniendo nerviosa.
Regina desvió sus ojos turquesa de la mujer que la examinaba sin discreción y miró hacia la pista de baile.
En las últimas semanas había ampliado considerablemente su círculo de amistades, pues lady Portman se había ocupado de guiarla, dado que hacía mucho tiempo que la condesa no socializaba.
Otro punto en contra de Ranfield, quien la desterró al campo para no regresar.
Tanto que en su juventud ella había soñado con aislarse y su difunto esposo la hizo aborrecer permanecer sola en medio de la nada.
Había comenzado a tomarle el gusto a la gran ciudad. A sus fiestas, en especial a esa privada a la que York la había conducido hábilmente y Regina no se resistió.
―Ah, mi querida lady Ranfield… ―Un caballero de aspecto agradable y pelo plateado la saludó como si fuese un amigo muy cercano.
―Buenas noches. ―No sabía su identidad, así que no se pudo dirigir a él por su título o apellido.
―Disculpe mi atrevimiento, querida, así como el hecho de que esté abusando de su paciencia al presentarme ante usted sin las debidas formas. No obstante, no quería perder la oportunidad de conversar con tan bella dama y mostrarle mi interés más sincero.
¡Otro más que le insinuaría dentro de unos minutos que una mujer con su belleza no debería pasar su presente en soledad! Regina ya lo estaba viendo.
―Disculpe, pero ahí está mi pareja de baile. ¡Señor Foster! ―llamó a Basil, el hijo del amigo de York, lord Portman, y se dispuso a ir hacia él.
¡Qué inapropiado todo! Todos, más bien. ¿Los hombres no tenían nada mejor que hacer que acecharla? Si ella no era para nada interesante.
El joven Basil Foster, al escuchar que esa impresionante mujer lo llamaba, dejó de andar y la atendió de inmediato.
― Lady Ranfield, ¿qué puedo hacer por usted?
―Salvarme ―susurró, mientras se lo llevaba hasta el centro de la estancia donde iba a sonar la música.
―Con gran placer ―indicó el muchacho, lleno de satisfacción.
Una giga comenzó a sonar y la danza se inició.
―Siento haberte abordado así. ―La condesa le hablaba con informalidad en privado dado que había congeniado con toda la familia Foster.
―¿Le halaga? ―preguntó él.
―¿El qué de todo? Y deja de hablarme con tanta etiqueta, por favor. ―El joven afirmó con la cabeza.
―Que te persigan. Estás en boca de todos a todas horas.
Regina se había dado cuenta de que los hijos mayores de Portman, Basil y Flavian, eran muy peculiares.
Inteligentes, y parecían tener más edad de la que en verdad tenían.
De modo que los trataba como al resto de sus allegados, como si fuesen adultos, puesto que sus palabras, acciones y procedimientos eran tan fabulosos como los de su propio progenitor.
―¿Es muy malo lo que se comenta acerca de mí?
―He escuchado a mi padre interrumpir un par de conversaciones para poner de manifiesto que si alguien ensucia tu buen nombre, él mismo sacará las pistolas de duelo de un olvidado cajón. Advirtiéndoles además que su puntería no está tan oxidada.
―Dios santo… Siento que debería marcharme al campo de inmediato. Esto se está descontrolando.
―Lamento el asedio. Hay mujeres a las que le agrada, incluso se sentirían las reinas del mundo, me gusta comprobar que no eres así. ―Él le sonrió.
―Te agradezco haberme salvado. No sé ni de quién lo has hecho, pero si vuelvo a escuchar una proposición, la que sea, creo que gritaré tan alto y fuerte que dejaré a todo el mundo sordo.
Basil se rio.
―No desesperes, pronto habrá en la ciudad una novedad más suculenta, y tú pasarás a un segundo o tercer plano.
―Ojalá lo que vaticinas se produzca mañana mismo.
El resto del baile fue más silencioso y cuando terminó, el joven Basil se irguió como su paladín, dado que no se apartó de su lado.
Eso fue hasta que la mujer que la había estado observando durante toda la noche se acercó para presentarse.
Examinó a la desconocida antes de que abriese la boca.
Era espectacular. Alta, delgada, ojos azules, pelo del color de la mantequilla.
Muy a la moda. ¿Qué querría de ella?, se preguntó Regina.
― Lady Ranfield, lamento importunarla, pero es necesario que hablemos.
Regina desvió la mirada para observar a Basil. El joven tenía la vista fija en la mujer.
―La condesa no debería ser molestada en una fiesta como esta ―razonó el muchacho de Portman.
Regina se dio cuenta de que Basil veía más que cualquier otra persona.
Ya se lo habían dicho, y ella misma lo había comprobado en alguna ocasión.
Su intuición era una cualidad formidable, y combinada con su gran inteligencia lo convertían a él en peligroso.
―¿En qué podría ayudarla…? ―Regina movió la mano para ver si la mujer se identificaba.
―Señorita Fleur Kein, milady . ―Al fin dijo su nombre. Regina no la reconoció con ese dato tampoco.
―¿Qué necesita de mí, señorita Kein?
―Me gustaría que me concediese cinco minutos para explicar algo urgente que debería saber, lady Ranfield.
―Basil…, ¿podrías disculparnos un momento? ―Regina veía a la mujer muy afectada y la curiosidad se había despertado en su interior. Necesitaba saber a qué se debía su escrutinio durante la velada y el nerviosismo que detectaba en ella.
El joven se giró y la miró. Luego procedió a hablar en tono bajo para recomendarle que:
―No creo que sea prudente mantener una charla. Ella parece que tiene que explicar algo muy importante y por su posición, por su mirada… Va a afectarte mucho.
Regina se ladeó para fijarse en la mujer que les había dado un poco de intimidad para el cuchicheo.
Ciertamente, tenía un mal presentimiento sobre lo que la desconocida iba a relatarle, pero la joven y hermosa viuda no fue nunca una cobarde.
Aunque sus decisiones la habían metido en bastantes embrollos durante los últimos años.
―Te agradezco la preocupación, correré el riesgo.
―La condesa se apartó del joven, lo obsequió con una sonrisa y luego miró a la mujer para decirle que―: Estaremos mejor en la terraza.
El salón está muy caluroso y me vendría bien un poco de aire fresco.
¿Me acompaña, señorita Kein? ―le ofreció. La desconocida la siguió de inmediato.
Cuando ambas llegaron fuera notaron que estaban solas y eso les ofrecía intimidad para conversar. La curiosidad de Regina iba cada vez más en aumento.
―No hay una forma fácil de decir esto. Yo creo en las casualidades, porque es a través de ellas cuando tomo una decisión. Estoy en esta fiesta acompañando a un viejo amigo y cuando la vi decidí que tenía que arriesgarme a su ira.
Regina, que la había estado escuchando atentamente, frunció el ceño ante lo último señalado.
―¿Mi ira? ―repitió a modo de pregunta.
―Me muero, lady Ranfield. Una enfermedad del corazón que no me dará más de unos pocos meses de vida, tal vez un año como mucho. Mi corazón es débil y mis pulmones sufren por ello. ―Fleur mantenía la calma tanto como podía.
―Lo lamento mucho. ―La condesa sintió una empatía instantánea―.
¿Qué puedo hacer por usted? Es evidente que algo tenía en mente, dado que he notado que esta noche no me quitaba el ojo de encima.
¿Tal vez nos conocíamos? ¿Nos hemos visto con anterioridad?
¿Tenemos alguna amistad en común? Le hago todas estas preguntas porque sé que estoy en desventaja frente a usted. Me conoce y yo no logro relacionarla.
―Podría decirse que hemos tenido en común… a un hombre. Solo que usted tuvo más suerte que yo.
―Lamento no seguir su explicación. Si pudiera hablar con más claridad…
―Lord Ranfield ―dijo el título en un tono de voz fuerte.
Regina sintió que el suelo que pisaba comenzaba a tambalearse. De pronto lamentó no haberle hecho caso al hijo de Portman.
―¿Qué ocurre con mi esposo? ―inquirió a la defensiva.
―Sucede que se murió antes de poder hacer lo correcto conmigo… y con mi hijo.
La condesa levantó la mano para buscar la pared que tenía detrás a fin de sostenerse. El vello de la nuca se le había erizado.
―No me gusta lo que insinúa, señorita Kein. No soy una estúpida y creo que lo siguiente será afirmar algo que Ranfield no va a poder desmentir.
―No hay necesidad de traerlo de entre los muertos para preguntarle.
El muchacho es su viva imagen. Es solo un bebé de unos meses, pero se le parece muchísimo.
Le juro que no cuento ninguna mentira. Uno de sus amigos, el señor Donaldson, podría confirmarle con facilidad que pasamos la noche juntos, dado que todos participamos en una fiesta privada en la habitación de su difunto esposo.
Si quiere preguntárselo, puede hacerlo, lo que le narro ocurrió justo después de Navidad.
Definitivamente Regina acabaría desmayada en el suelo.
―Tenga por seguro que discutiré esta revelación con el señor Donaldson ―le confirmó.
―No quiero dinero, lady Ranfield. Tengo suficiente para la corta vida que me queda, pero mi hijo… Su esposo me prometió que se haría cargo de su cuidado cuando le dije lo que había sucedido.
―¿Era usted su amante? ―preguntó sin preámbulos.
―Fui una cortesana muy famosa en un tiempo no muy lejano, y me quedé fascinada cuando vi a su esposo. Estoy acostumbrada a tratar y a acompañar a hombres poderosos, a ver más allá de lo que son. Le aseguro que Ranfield no la traicionó.
Regina se rio sin humor.
―¿Se presenta ante mí con una noticia así y se atreve a asegurar que no me fue desleal? ¿No es ese supuesto hijo suyo la prueba más evidente?