Capítulo 4 #5
―¿No es usted demasiado directo? Tenía entendido que hombre y mujer no deberían hablar, incluso ni en privado, de asuntos tan personales como el matrimonio. Hasta donde me ha ilustrado mi querida tía Harriet, no se permite hablar de enlaces porque de inmediato puede dar pie a una propuesta velada.
―Como si tú fueses una damisela silenciosa que se atiene a las normas. Eres americana y de ti, los ingleses ―precisó con ahínco―, esperamos que seas insolente, temeraria e inapropiada.
―¿Y lo soy? ―preguntó, pese a saber la respuesta.
―Eres interesante.
Ella resopló y después se rio.
―Conozco tibiamente a alguien que es en verdad eso que acaba de decir, aunque más bien es fascinante.
Yo solo estoy aquí para divertir a sus compatriotas con el sucio dinero americano de mi padre y mi falta de modales.
Algún lord muy necesitado de fondos espera que me arroje a sus pies cuando me otorgue un título.
―Cosa que estoy seguro que no ocurrirá ―observó con seguridad.
La música cesó en ese momento. Las manos de Liam dejaron de sostenerla y los dos se separaron.
De pronto sintió detrás de él la presencia de alguien.
Liam se dio la vuelta y divisó a ese hombre de mirada oscura y furibunda.
Inmediatamente comprendió que ese extraño no había estado observando a la perspicaz americana, sino a él, y que tal vez ella se había interesado en el desconocido porque lo miraba de un modo…
―¿Puedo ayudarle en algo? ―Liam se decidió a hablar puesto que la mirada de él no lo abandonaba.
―Es mi baile ―alegó el otro caballero, desviando los ojos negros hasta los verdes de Jenna.
El recién llegado no era otro que el señor Donaldson, y no estaba contento con lo que observaba.
―¿Lo es? ―trató de averiguar Liam, quien también tenía la vista sobre la americana. Sospechaba que el desconocido mentía.
Jenna se puso nerviosa. La tensión entre el denominado Liam y Jacob ―del que no sabía más que su nombre― era bastante desagradable y ella no deseaba ser el centro de un enfrentamiento entre ambos.
Estaba mortificada. Todos esos meses luchando por no llamar la atención y de repente eso se había acabado.
―Jacob ―susurró Jenna, esperando calmarlo con el uso de su nombre en un tono bajo.
Lejos de atemperar su carácter, el señor Donaldson se acercó a Liam y le dijo:
―No te acerques a ella. No es para ti, lord Liam.
―Banstorn se quedó paralizado. ¿Sería un esposo celoso producto de una vieja conquista?
La americana parecía conocerlo, pues la había escuchado llamarlo por su nombre, y por la posición de él, por toda la furia que veía reflejada en su rostro, no eran solo los celos por haber bailado un vals con la joven.
Era algo mucho más intenso, pero… ¿el qué?
―¿Quién eres? ―El hermano de York estaba impresionado por la fuerza de sus palabras, por el modo en el que lo miraba como si fuese a… ¿asesinarlo?
―Alguien que te prohíbe que pongas tus ojos en esta joven ―respondió el interpelado en clara alusión a la señorita Walsh.
―¡Ah! La música comienza ―saltó de súbito Jenna, mientras con un gesto audaz tomaba a Jacob por el brazo para llevarlo lejos del denominado Liam.
A duras penas logró separarlos y evitar que se ensalzaran en una disputa. Jacob le permitió el movimiento y segundos después los dos estaban moviéndose al ritmo de una melodía muy animada. Un carrete.
―¿En qué estabas pensando? ―la reprendió en tono bajo y con los dientes apretados―. Ese hombre es el último al que deberías echarle un ojo.
―Lo que has hecho está fuera de lugar. No sé qué os traéis entre manos ambos pero no estaré en medio de vuestra batalla.
―Te he visto entrar con él por el jardín. ¿Te ha tocado? ¿Le has dado a él el beso que me negaste a mí? ―No pudo contenerse. Ella gimió con incredulidad.
Jacob no conocía formalmente a Liam Banstorn, pero sí estaba al corriente de su reputación, del infierno que le hizo pasar a su difunto mejor amigo.
Lawrence Trent, el anterior conde de Ranfield, tuvo que convivir con los celos que ese hombre despertaba en él porque codiciaba a Regina.
Él mismo había sido testigo de las veces que Lawrence se tuvo que ver las caras con Banstorn porque se negaba a dejar tranquila a lady Ranfield.
No pudo soportar verlo junto a Jenna. Y le molestaba todavía más que el hermano de York no lo recordase.
―No pienso responder a eso. ―Ella se ofendió.
Él se dio cuenta de que había estado cegado y fuera de lugar. Recapacitó.
―No es bueno para ti. Los libertinos palidecen a su lado. Las esposas de otros hombres son su predilección. No quiero volver a verte hablando, bailando o incluso mirándolo, nunca. ¿Me oyes? ―Bueno, no recapacitó tanto como hubiese deseado hacerlo.
¿Ese hombre tirano era el mismo que le suplicó un beso la última vez que se vieron?
Jenna no lo recordaba así, tan… No sabía cómo calificarlo, pero se veía tan celoso y posesivo.
Su corazón no debería estar bailando al ritmo de la música ante lo que ello implicaba.
De hecho, la muchacha no debería estar tentada a…
¿De verdad estaba pensando en saborear esa fina línea blanquecina en la que se habían convertido sus adorables labios?
¿Cuándo se había transformado en una damisela necesitada de tanta atención? ¿Ansiosa por ser reclamada?
No. Descartó sus pensamientos. Ciertamente, si tuviera que elegir entre Liam o Jacob, la recomendación más razonable sería el libertino que adoraba a las mujeres casadas. Una unión con un hombre que tal vez solo necesitase asegurar su linaje sin pedir nada más sería su mejor opción.
Jenna dejó de bailar en ese momento, lo miró de una forma altiva, como aquella vez que Jacob la ayudó con la rueda estropeada de su carruaje, y le espetó:
―Lo que haga o deje de hacer no es de su incumbencia.
―Dicho lo cual, ella lo dejó plantado en medio de la pista de baile.
No le importó convertirse en la comidilla de la noche.
A buen seguro acababa de ofrecer ríos de tinta para los próximos periódicos con su comportamiento.
Bueno. Era americana, la buena sociedad atribuiría su proceder a su origen y con ese escándalo, y con un poco de suerte, ella dejaría de ser una tentación incluso para los cazafortunas.
Jacob apretó las manos y las convirtió en un par de puños rígidos ante el desplante.
Dio un paso para ir a buscarla, pero su primo, el duque de Darkworth ―de nombre Aquiles― estuvo atento y le impidió proceder de ese modo.
Lo sujetó por el brazo y se lo llevó a un lateral para calmarlo y averiguar lo que había sucedido.
Aquiles acababa de regresar al baile después de ganar unas pocas libras en la última partida de cartas producida en el salón destinado a las amenidades de los caballeros, y cuando se dio cuenta de que el protagonista del alboroto del que todos estaban pendientes era su primo…
Le agradó ver que una mujer estaba involucrada, pues el duque de Darkworth empezaba a pensar que Jacob no lograría olvidar jamás a su hermana Aura Atenea, la flamante vizcondesa Portman, quien una vez estuvo prometida a Jacob.
Darkworth logró calmar a su primo, no sin mucho esfuerzo.
Pero antes de que el desplante entre Jenna y Jacob se produjese, Liam no había perdido el tiempo, se había acercado hasta la señorita Liberty Pharma, quien estaba descansando junto a unas amigas y acababa de despachar a su próxima pareja de baile alegando una torcedura en el pie derecho.
―Necesito su colaboración, es un asunto urgente ―le dijo a la joven.
Esperaba que ella lo recordase de las Navidades pasadas, dado que la muchacha fue invitada de York y los dos compartieron carruaje…
Eso sin olvidar que en una posada, la arpía le colocó un atizador frente a su rostro dispuesta a usarlo como arma.
―Por supuesto, milord ―le dijo solícita, y lo siguió hasta un lugar más discreto. Estaba intrigada.
―¿Quién es el hombre que baila con su amiga americana? ―Se apartó para que ella viese la pista central. Liam figuraba junto a Liberty en esos momentos.
―Ah, sí. Se trata del primo del duque de Darkworth ―le informó. Él se sintió aliviado al comprobar que las muchachas, aunque no fueran dóciles, seguían como en los viejos tiempos manejando información valiosa.
―¿Cómo se llama?
―Tengo entendido que es el señor Donaldson. La hermana del duque, la prima de Donaldson, está casada con uno de los amigos de su hermano.
―¿De York? ―Ella afirmó con la cabeza―. ¿Con quién?
―Portman, creo que es su título.
Él se giró y se quedó mirando al hombre que le acababa de perdonar la vida, porque lo miró como si desease su muerte.
No lograba situar a ese individuo que parecía conocerlo muy bien. ¿Estaría resentido con él por…? ¿Por qué? Liam no sabía qué cargos tenía sobre su cabeza para haber sido condenado por alguien con aspiraciones de juez sentenciador.
―¿Qué le habré hecho yo? ―preguntó en tono bajo, a nadie en particular.
―¿No lo sabe? ―inquirió sorpresiva tras escuchar su murmullo.
―¿Tú sí? ―Liam decidió que la formalidad entre ambos no era necesaria. Habían vivido situaciones juntos bastante cercanas en un pasado no muy lejano.
―Pudiera ser ―sostuvo, enigmática.
―Habla, pequeña arpía ―la instó, sabiendo que tal vez estaría pensando qué pedirle como cobro por la información que poseía.
―¡Oiga! Ese apodo que me colocó sin mi consentimiento su hermano, no es gracioso.
―Dime quién es y qué le he hecho para que me odie tanto.
Ella lo observó con interés. Evaluándolo. Liberty decidió que sería bueno contar con un aliado así, y concluyó no quedarse callada durante más segundos.
―Son rumores…
―Dilos ―la azuzó.
―El compañero de baile de mi amiga Jenna es el mejor amigo de un hombre que usted bien conoce.
―¿Quién? ―La señorita Pharma no le gustó desde que la trató en aquella posada. Demasiado…. Algo que no le venía a la mente. Estaba jugando con él. Liam lo sabía.