Capítulo 4 #4
Justo cuando estaba a punto de alcanzarla, la joven le dijo algo al oído de la que sería su tía ―si mal no recordaba de su conversación en París― y se dispuso a salir por las puertas francesas que daban a la terraza.
Liam la siguió porque sabía que eso era lo que ella pretendía. Salió y la divisó apoyada en la balaustrada que daba al oscuro jardín que se iluminaba bajo la luz de la luna con ayuda de algunas antorchas prendidas.
―Señorita Walsh… ―dijo Liam.
―Hola, hijo de un duque y hermano de otro.
―Me alegra ver que mi recuerdo perdura en tu mente. No olvides que seré el padre de un futuro duque también. El título es duque de York, lo digo por si sentías curiosidad…
―Es de muy mala educación tratarme sin formalidad ―lo reprendió.
―Creo que hemos superado esa fase. Al menos en privado podemos ser más informales. Puedes llamarme Liam. Lord Liam en público ―le aclaró.
―¿No queda ningún caballero con educación en el mundo? ―inquirió con dureza.
―Puedo ser todo un terrón de azúcar ―coqueteó él con humor al verla enfurruñada.
―Me gusta el café fuerte, sin leche ni azúcar y no bebo té. ―El dardo lo sintió sobre su espalda. Ella lo acababa de desechar sin miramientos. Tenía una lengua del todo afilada.
―Una dura americana ―señaló sin perder la paciencia.
―¿Estaba la biblioteca ocupada esta noche? ―desvió la joven el tema, recordando el lugar en el que se habían visto la primera vez. Él iba acompañado por una de sus conquistas en aquel momento.
―Justo eso estaba pensando al verte en un salón de baile. ¿No hay libros interesantes en las estanterías que hojear esta noche?
Ella le sonrió.
―La biblioteca de los anfitriones estará bien surtida, estoy convencida, pero al verle ingresar en el salón desistí de ir a visitarla por si… ya sabe… por si a usted se le ocurría usar ese lugar también para sus… asuntos.
―Eres demasiado audaz.
―Y yo creo recordar que era usted de mente relajada y por ello confiaba en exceso en su atractivo. ¿Ha estado apostando a las cartas? En caso afirmativo, no debería haberlo hecho.
―¿Siempre haces preguntas que tú misma te respondes? ―No tendría que estar divertido con la situación.
―Solo si sé la respuesta de antemano. ―La burla estaba impresa ahí.
―Resultas odiosa, no te casarás nunca si no cambias esa actitud.
―Eso espero.
―Tu tía te venderá después de colocarte un precioso lazo rojo. Antes de que acabe la temporada estarás encadenada a un hombre que no te valorará y no sabrá enderezarte.
―Antes, usted ha dicho que no me casaría nunca. Debería aclararse. ¿Qué quiere? Usted no será ese hombre al que alude. Solucione sus deudas con otra heredera. No tengo interés en lo que sugiera.
Liam silbó. Una leona. No quería reconocerlo, pero le recordaba a… No. No pasaría de nuevo por ahí. Regina estaba fuera de su vida para siempre. Lady Ranfield por su lado y él por el suyo.
―Eres atrevida, Jenna ―dijo su nombre para ver si ella se sorprendía. La joven lo hizo. Abrió los ojos con reconocimiento y cabeceó varias veces admitiendo su valía. La vez que se vieron en Francia, él no había logrado retener su identidad y ella se lo reprochó.
―No solo se ha interesado por mi apellido, sino también por mi nombre. Ahora dígame qué pretende. No nací ayer. Soy joven, puedo verme como una muchacha ingenua, pero le aseguro que soy mucho más de lo que parezco.
―Me encantaría conocer tu historia. Lo haremos mientras bailamos.
No le dio opción a responder. El hermano de York la tomó de la mano, colocó la palma sobre su antebrazo y la condujo de regreso al salón de baile.
Un vals comenzó a sonar. Y esperaba que ella tuviese permiso para bailarlo y que supiera hacerlo. Al ver que la joven lo seguía sin hacer un escándalo supuso que todo estaba en orden.
Llegaron a una parte de la pista de baile y Liam la observó quedarse con la cabeza ladeada a su derecha.
Trató de averiguar qué había captado la atención de ella, porque desde que habían entrado, la heredera del jabón estaba muy callada y tenía el pálpito de que era porque había algo que sería de su interés.
―¿Está todo bien? ―inquirió Liam.
―No.
―¿Cuál es el problema? ―quiso averiguar, mientras fruncía el ceño. Ella dejó de mirar hacia un punto muy concreto que él no llegó a conseguir examinar y se centró en sus ojos azules.
―Si mal no recuerdo le dije la última vez que no quería casarme y hace un rato volví a insistir en ello.
La música comenzó a sonar. Las notas dulces impregnaban el ambiente.
El resto de las parejas se movía junto a ellos.
La postura de él era impecable y la separación entre ambos la apropiada.
Aunque la atención de Jenna no estaba centrada por completo en Liam.
Algo la estaba poniendo realmente inquieta.
―Pero lo harás ―apuntó él con seguridad―. Ahora, cuéntame esa vida tan impresionante que supongo que has llevado siendo la heredera del jabón ―reiteró.
―Solo hay trabajo. Uno que desempeñé junto a mi padre con orgullo. Tengo entendido que los hombres con título no aprueban esas actividades tan… plebeyas. Es mejor derrochar la fortuna en juegos de azar o en mujeres.
―No todas las muchachas son iguales. Unas disfrutan con las fiestas, las compras, las joyas… A otras en cambio les agrada conocer el mundo del jabón. Así que tampoco todos los varones son idénticos, tengan título o no. ¿No te parece, señorita Walsh?
― Touché .
―Supongo que tu padre te lo enseñó todo sobre las fábricas, los compuestos…
―Los aromas ―continuó ella―. Eso es mi perdición. Lo huelo todo. Tengo un sexto sentido que mi padre aprovechó. Debería estar avergonzado por dejarme de lado, sin sentir arrepentimiento, a la primera ocasión que tuvo.
―Las jóvenes deben casarse.
―Eso dice él. Eso mismo repite tía Harriet todo el tiempo. Obligación. Deber. Marido. Matrimonio. Esposo… Hijos.
―Entiendo un poco de eso.
―¿Sí? ―preguntó incrédula.
Él le sonrió en respuesta a su ofensa velada. Bien. No tan sutil.
―Mi hermano ha colocado sobre mis hombros el ducado. Te lo he dicho antes. Mi deber es casarme. Así que ya ves que no somos tan diferentes, Jenna.
―Podría recitarle mil y una razones en contra de lo que acababa de asegurar.
Mi caso es muy diferente al suyo. Boston es mi vida.
Las fábricas que he dejado atrás, mi pasión.
Me gusta lo que hacía para mi padre. No quiero residir en Londres y si llega el día en el que tenga que contraer matrimonio, me aseguraré de no salir perjudicada en el acuerdo.
No en vano me ha criado un hombre que sabe luchar.
Liam observó que la vista de ella se quedó anclada de nuevo en un punto mientras hablaba con él. Desvió la mirada para ver qué la tenía tan absorta.
Un hombre tan alto como él, con el pelo negro, un poco menos que el de su compañera de baile y con ojos fieros, los observaba. No lo conocía.
Liam sabía que necesitaba recuperar su atención.
¿Eso fue lo que sintió York cuando Isobel lo dejó plantado en medio del salón de baile?
Porque sospechaba que la muchacha estaba a punto de salir de sus brazos para ir a buscar a otro hombre.
Ciertamente la estima de un varón se resentía cuando trataba de hacerse notar y su acompañante no le hacía el menor caso.
―Antes has aludido a los aromas. ¿Qué tienen de especial? ―Funcionó. Lo miró llena de interés y con sorpresa, por lo que retuvo su mirada sobre la de él.
―¡Todo! Tengo una nariz prodigiosa. Incluso detecto los compuestos a los que huele alguien que usa jabón, lociones o perfumes ―desveló alegre.
―¿A qué huelo yo? ―inquirió lleno de interés.
Ella se rio con ligereza.
―Tiene muchos matices. Un poco de jabón con esencia a lirio.
―¡Imposible! ―Estaría de acuerdo si hubiera dicho sándalo o algo similar.
―Lirio, un toque de canela y muchísima arrogancia.
―Lo último te lo acabas de inventar.
―¿Seguro? ―preguntó ella con una ceja alzada.
―Soy arrogante ―reconoció―. Es el sello de mi familia, pero no huelo a eso. Estoy seguro. ―Y sin embargo ella lo había hecho dudar.
―Es usted un hombre seguro de sí mismo y no necesito acercarme a olfatearlo para afirmarlo. Yo no le convengo.
―No creo que haya dejado un interés patente sobre ti con respecto a lo que aludes.
―Busca esposa.
―¿Lo has olido también? ―se burló de ella.
―Hijo de un duque, hermano de otro y futuro padre del que llegará… No insulte mi inteligencia, milord.
―En realidad mi título es solo de cortesía. Aunque no te lo creas, heredera del jabón, no estoy interesado en tu inmensa fortuna.
―Es de mi padre.
―Entendí que tú ayudaste a cosecharla.
―Bueno, fue así, pero…
―No juego a las cartas, ni soy un hombre ocioso ―la interrumpió―.
Tampoco carezco de recursos económicos. Admito que me gustan más las mujeres de lo que deberían y que comencé a una temprana edad a disfrutar de sus atenciones porque, como has dicho, mi atractivo es evidente, y me deleitaba en ser admirado.
Sí, estoy en busca de esposa, pero no creo que tú seas la adecuada.
Ella frunció el ceño sin entender ese último cambio tan brusco en la conversación. Su orgullo femenino se sintió maltrecho debido a la convicción con la que él habló.
―No es galante hablar así ―le recriminó.
Liam movió la cabeza hacia el punto que la tenía tan fascinada y le preguntó:
―¿Quién es? ―cuestionó sin ambages.
―¿Disculpe? ―Había estado atenta a la conversación con su compañero de baile, pero se había perdido con esa cuestión.
―El hombre al que no dejas de mirar mientras bailamos.
Jenna sonrió.
―Podría sentirme tentada a pensar que está celoso, milord.
―Si te eligiese para proponerte matrimonio, sería solo un acuerdo ventajoso para ambos, como has señalado en la terraza que era tu objetivo.
Respiró aliviada al ver que había logrado desviar la conversación.