Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 4
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Capítulo 4

El peso de la obligación

―Señor Wilson… ―Liam suspiró y no se atrevió a seguir con la frase que tenía en la punta de la lengua.

―¿Sí, milord? ―respondió el hombre que hacía las veces de ayuda de cámara, además de actuar como tutor exigente y reprenderlo casi a todas las horas del día… y de la noche.

Los dos estaban en el pequeño despacho que el hermano de York tenía en su casa de soltero, arreglando la correspondencia, puesto que, además, el señor Wilson era una especie de secretario para él.

―Nada… ―Liam no se sentía inclinado a desvelar los pensamientos tan abrumadores que estaba teniendo esa semana.

Desde que lord Liam había regresado a Londres, la vida le parecía menos interesante que antes.

Incluso se notaba poco predispuesto para cometer calamidades muy serias por las que se hubiera dejado seducir años atrás.

Orgías fogosas, amantes de tres en tres, o incluso buscar diversión en una infame partida de cartas en la que pudiese acabar desnudo.

Se sentía viejo y sobre todo solo. Terriblemente solo, porque sus conquistas en París, sus actividades sociales allí, no habían conseguido apaciguar su duro estado de ánimo.

Tenía que encontrar una esposa y hacerlo ya. La cosa parecía fácil, pero no lo era en absoluto, porque aunque había estado dispuesto a olvidarla a ella, Regina se colaba en su cabeza sin que él quisiera aceptar ese hecho.

―¿Qué es lo que le perturba? Tal vez sean remordimientos por haber llegado a Inglaterra y no haberle hecho una visita a su hermano.

Liam se dio cuenta de que acababa de recibir una nueva reprimenda. No se lo tomó a mal. Estaba más que acostumbrado a las salidas de tono de su guardián.

―York me presionará con el estado de mi compromiso.

―Uno que no existe ―punzó sin tapujos Mason.

―Así es. Por lo que he decidido que iré a verlo cuando tenga una propuesta en firme sobre la mesa.

Ni antes ni después. Además, estoy convencido de que usted y mi hermano mantienen correspondencia continuamente, de tal modo que si hubiese habido algún problema familiar usted me hubiera puesto al tanto.

No tengo motivos para abandonar Londres cuando la temporada está en su máximo apogeo.

Debería alegrarse, señor Wilson, porque le prometo que en menos de un par de meses estaré a punto de ponerme los grilletes.

El señor Wilson estaba pletórico. No por la afirmación que el hermano del duque acababa de hacerle. Los dos eran iguales, porque de York escuchó esa misma reflexión día tras día durante demasiado tiempo, por lo que no se creía nada con respecto a un enlace inminente.

Lo que tenía lleno de dicha a Wilson era la feliz noticia del nacimiento de la primogénita del duque de York, Gwyneth.

Malcom lo puso al corriente del suceso y le pidió que no le dijese nada a su hermano hasta que se presentase en York Park.

Para Wilson era evidente que el duque estaba disgustado con Liam por haber regresado después de tantos meses y no haber ido a verlo y ponerlo al corriente de sus vivencias y estado, en especial, porque Liam no le había escrito ni una sola carta desde que se marchó de viaje.

Los dos hermanos eran igual de testarudos cuando se lo proponían.

¡Lo llevarían a la tumba! Era un milagro que no lo hubieran hecho todavía.

―Por supuesto ―razonó el señor Wilson en ese tono que tanto molestaba a Liam.

―Lo digo completamente en serio.

―No lo he puesto en duda, lord Liam ―insistió en su inocencia ante lo que se sintió como un ataque.

―Dígame una cosa… ¿alguna vez he hecho algo bien que mereciera ser objeto de elogio por su parte, señor Wilson? Porque desde que alcanza mi memoria, ni una sola vez le he visto aprobar nada de lo que decido hacer.

―Ha vivido usted como ha creído oportuno, del mismo modo que su hermano lo hizo. No le corresponde a un empleado cuestionar los asuntos de sus patrones ―respondió con contundencia.

―Y, sin embargo, es lo que ha hecho en cada ocasión.

Mi hermano, un duque que solo tiene en cuenta su propia opinión, le ha tolerado a usted cosas de las que yo no daba crédito.

Yo mismo me hallo en esa misma tesitura desde que mi hermano decidió que debía someterme a su guía.

Y eso me hace preguntarme… ¿por qué? ¿Qué es lo que tiene de especial el buen señor Wilson?

¿Qué nos impide actuar cuando usted está claramente por encima de nosotros y no duda en ponerlo de relieve, pese a encontrarse en una posición totalmente diferente a la nuestra que debería ser superior a la suya?

―Eso tiene una fácil respuesta.

―Estoy deseando escucharla ―prosiguió, al ver que su hombre de confianza se quedaba en silencio. Oh, sí, Mason Wilson se había convertido en eso y más para Liam.

―Soy una persona extremadamente inteligente.

Esa respuesta valió para que Liam soltase una larga carcajada.

―Acaba de llamarnos, a mi hermano y a mí, tontos, y ni aun así puedo hacer algo al respecto. Su talento es increíble, señor Wilson.

―Gracias. ―No titubeó al apuntarse el mérito.

―Dado que acaba de hacerme ver que es usted toda una eminencia, le pediría que me orientase.

―Nacido para servir a los Banstorn, milord. Tiene toda mi atención.

―Hemos compartido mucho en este largo tiempo, señor Wilson.

Estoy seguro de que mi hermano le ha hecho partícipe de toda clase de cuestiones importantes y otras más ligeras mientras era su secretario, ayuda de cámara y todo eso.

York confía en usted como si fuese algo así como… ―carraspeó― un padre.

―Me halaga esa observación, aunque no he hecho más que cumplir la promesa que le hice al anterior duque de York. Le prometí que sus hijos estarían en buenas manos y, como ha debido darse cuenta, me tomo muy en serio mis obligaciones.

―Sufro cada día ese pensamiento suyo, esa determinación. Así que lo sé bien.

Llegados a ese punto Liam se levantó de la silla, se dirigió al discreto mueble que contenía un decantador y sirvió un par de copas.

Todo lo hizo bajo la atenta mirada de Mason.

Cuando terminó de rellenar el segundo de los vasos, Liam regresó para tomar asiento en una silla que estaba junto a Wilson y le cedió uno de los whiskies .

Su hombre de confianza lo aceptó, sabiendo que se avecinaba una conversación importante.

―¿Qué es lo que le preocupa, milord? ―preguntó Mason después de darle un sorbo a su bebida. Liam hizo también lo propio.

―Quiero lo que tiene mi hermano.

Wilson frunció el ceño.

―Hasta donde yo sé, es usted su heredero. Lo que él tiene le corresponderá. ―Liam negó con la cabeza un par de veces.

―Necesito a mi propia Isobel, una mujer que me inspire a darle la espalda a todo si fuese necesario, que haga que mi meta en este mundo sea la de solo hacerla feliz.

Comprendo que mi hermano me necesita para cumplir con el ducado, pero no querría dejar de encontrar lo que a él tanto le ha costado conseguir.

―Ningún hombre debería optar a menos. ¿Qué es lo que le preocupa? ―reiteró por tercera vez.

―No lograrlo, señor Wilson. Estoy a un paso de buscar a la joven de mayor posición o riqueza y proponerle un arreglo. Usted sabe que he conocido a muchas damas y que ninguna…

―¿Le hace estremecer como Regi…?

―No la nombre. Acordé con usted, al igual que con mi hermano, que no se hablaría más de ella. Esa espina debe ser sacada de un modo u otro.

Mason Wilson decidió hacerle caso.

―¿Sabe cuándo su hermano encontró lo que necesitaba?

―No tengo la menor idea.

―Fue justo cuando se obligó a buscarlo de mala gana. Todavía lo recuerdo como si fuese ayer. La duquesa, antes de ser su esposa, lo dejó plantado en medio de una pista de baile.

―¿Isobel hizo eso? ―preguntó perplejo. Si Liam había escuchado esa historia alguna vez, no la recordaba.

―Imagínese lo que supuso para un hombre con su… ―No encontraba la palabra para seguir.

―¿Vanidad? ―lo ayudó Liam.

―Exacto. Figúrese lo que supuso ese hecho para un hombre que no estaba acostumbrado a que una dama lo desairase. A veces pienso que la terquedad de su hermano a no casarse logró un imposible.

―¿A qué se refiere?

―Amor, milord. York no creía en ese vínculo tan sagrado que se establece entre un hombre y una mujer cuando todo es natural, correcto y bueno.

―¿Qué debo hacer, señor Wilson? ―preguntó más desesperanzado que nunca.

―Soy una persona inteligente. Mucho más que algunos ―dijo con una pequeña sonrisa socarrona que Liam se tomó con buen humor―, pero no tengo la solución a todos los problemas.

Me encantaría decirle lo que necesita escuchar, pero en cuestiones de mujeres y devoción, no soy tan versado como en otros campos.

He regresado y la señora Willow no se ha mostrado especialmente… No sé cómo decirlo.

―Ah, su cocinera. Supongo que ella debe de estar enfadada porque usted se marchó durante tanto tiempo.

―Es más que eso. No me gusta mostrarme como un chismoso con mis asuntos, pero compartiré con usted que la señora Willow ni me mira.

―El señor Wilson estaba superado por la situación.

No solo por los problemas que tenía con la cocinera, sino por los derroteros que estaba tomando una conversación más propiciada por el alcohol que por otro asunto.

No debió haberse ido bebiendo la copa que tan generosamente había llenado su patrón.

―¿Ha probado con un par de ramos de flores?

No sea avaro con el estipendio tan exagerado que le paga mi hermano, ese del que usted muchas veces presume y que a veces ve insuficiente por su arduo trabajo.

Use un poco de dinero para impresionar a la mujer.

Lo habrá echado de menos, y estará enfadada por su marcha.

Estoy seguro de que su carácter le impidió declararse o decirle a la señora Willow cuánto la iba a añorar.

No debería ser reservado con ella si la ama ―sentenció la última parte con suma suavidad.

El señor Wilson lo miró con una sonrisa en el rostro.