Capítulo 3 #5
Regina comenzó a relajarse. Las caricias, sus besos…
todo la invitaba a disfrutar del momento.
Estaba mal que las damas sintiesen la necesidad de cubrir sus impulsos primitivos.
La sociedad no entendía que hombres y mujeres no eran tan diferentes en cuanto a amar, a gozar.
Regina nunca fue como las demás. Ella siempre supo lo que deseaba y dado que hasta entonces no había disfrutado sin tener remordimientos, arrojó la preocupación al viento y se dejó llevar a ese mundo de placer que su compañero de cama le prometía.
X sabía que había dado con una amante que lo complacería muchísimo.
Solo debía averiguar el modo de que se compenetrase con él, de que lo aceptase.
Ella deseaba un sumiso y él se lo concedería por esta vez.
Así fue como se colocó en el suelo, le abrió las piernas con delicadeza, dado que no deseaba espantarla de nuevo, y llevó sus dedos hasta su feminidad. La sintió mojada, más que preparada.
―Tu rocío impregna mis dedos, milady . Una buena señal de que mis movimientos son los adecuados y que consientes lo que nos disponemos a hacer.
Regina suspiraba. Esos dedos eran mágicos.
Ranfield no solía tomarse mucho tiempo para deleitarse con ella.
En parte porque Regina no se mostró demasiado predispuesta a ser una esposa del todo entregada cuando las discusiones eran la tónica diaria.
Lo veía en esos momentos en los que un hombre sin identidad la acariciaba.
Con Ranfield no había habido esa confianza necesaria entre un esposo y su mujer.
Estaba ante un desconocido y, dado que no sabía nada de él, la condesa viuda de Ranfield había decidido dar un salto de fe, porque no importaba si su amante le fallaba o no.
Solo estaba el presente. Dos cuerpos compartiendo el mismo espacio y tiempo con el único fin del disfrute de ambos.
X se volvía más loco a cada instante. La suavidad de la piel de su dama, el olor a jabón limpio, sus gemidos tan sinceros, su centro lleno de néctar…
Necesitaba ser perverso con una mujer que había acudido a la duquesa X para explorar, para obtener su propia satisfacción.
Sin dudarlo ni un ápice, arrodillado como estaba, el amante llevó su boca hasta donde su compañera escondía sus más jugosos y calientes secretos.
Era dulce y picante a la vez. Hacía mucho tiempo que él no se entusiasmaba con el sabor tan privado de una mujer, porque eran ellas quienes deseaban darle su favor, su boca, para luego exigirle que las profanase sin piedad.
Sospechaba que el corazón herido que tenía ante él, precisaba de más ternura que otra cosa, dado que él mismo necesitaba caricias y atención en ese sentido.
No solo un revolcón rápido y juguetón. X deseaba más, porque pese a no verla físicamente, ella le agradaba.
No era una gran novedad, dado que a él no le disgustaban demasiadas féminas, solo resultaba extraño el modo de percibirla.
La dama daba una imagen de sí misma que él no era capaz de formar en su cabeza.
En un momento parecía fuerte, segura, incluso dominante, y al siguiente, era como un pajarillo herido al que había que proteger bajo un ala más grande.
Lo hacía sentir como un halcón protector.
―No puedo… por favor… yo… ―Regina necesitaba algo más que esa lengua tan tentadora que la atormentaba.
El ritmo que le daba era frenético, pero X sabía bien cuándo parar, porque se detenía un poco antes de que las llamas de la lujuria lograsen fundirla en un mar de felicidad completa.
Estaba jugando con ella. Regina no estaba acostumbrada a un amante así.
Ranfield era directo, diestro, por lo que daba lo que esperaba con la misma rapidez.
Por el contrario, su compañero parecía empeñado en martirizarla con juegos del todo desquiciantes.
X se separó de ella y sonrió ante la súplica tan cruda que había logrado sonsacarle.
―¿Qué demandas, milady ? Dime qué necesitas aquí. ―Presionó todo ese nido de rizos con la palma de su mano―. ¿Te sientes vacía? ¿Deseas que te llene?
―Yo… quiero liberarme… Necesito besar el cielo ―reveló ella entre suspiros desenfadados.
Hacía tanto tiempo que no experimentaba la depravación. Tantos años sin que alguien la llevase a la demencia más sensual y cálida, que si no lograba la liberación podría acabar gritando, o peor, suplicando más y más…
―Dilo, gatita…
―¿Qué? ¿Qué debo decir para que…? ―No pudo continuar, un dedo se insertó sin previo aviso en su intimidad.
Imposible ser virgen, pero sí sentirse como una.
―Dios del cielo, milady , eres muy estrecha. Me vaciarás en la primera acometida si no voy con cuidado.
―Por favor… ―Regina sentía un hambre que creía olvidada y con la que se daba cuenta de que nadie, hombre o mujer, debería vivir.
El éxtasis que proporcionaba el juego entre dos cuerpos desnudos debería ser prescrito como una cura, porque aunque fuese momentánea… era maravillosa.
―¿Cuántos? ¿Cuántos necesitas para darme lo que ansío? ―le preguntó, en alusión a los dedos que ella precisaba en su interior para sacar la gloria a flote. Regina entendió la pregunta porque él agitó el que tenía dentro.
―Tu lengua… Solo tu lengua…, por favor. ―No le importaba suplicar. Ya nada importaba.
Solo estaba la crudeza del momento, el anhelo de que la crisis se produjese y la liberase de esa fuerza interior que clamaba por salir libre y hacerla gritar más alto, más fuerte. Sin contención.
―Me tendrás donde y como quieras, milady .
La única condición es que no seas avara y me riegues con tu delicioso sabor, pues soy ahora mismo tu siervo, tal y como querías, pero el hombre dominante que hay en mi interior te exige que me des todo lo que tengas para saborearte.
Inunda mi lengua con tu esencia y no te contengas ―demandó con emoción.
Bajó la boca, procedió a mover ese dedo con mayor ímpetu y no le dio tregua a ese delicioso nudo que ella escondía entre sus piernas.
Lamía, besaba, incluso mordía con suma cautela para hacerla gritar cada vez más alto.
Se moría de ganas por introducir otro dedo en ese calor tan delicioso, pero no lo haría.
Su presa tendría que liberarse con la fricción de su lengua, con el empuje de una sola de sus falanges porque, en su egoísmo, X deseaba que el canal permaneciese lo más estrecho posible para cuando su eje surcase ese mar cálido.
―Oh, Dios… Oh, Dios… ¡Por Diiiiiiooooos! ―terminó de exclamar cuando la locura llamó a su puerta para hacerla al fin libre. Se dejó llevar y alcanzó la liberación. Tan perfecto, tan sensual, tan decadente…
Regina se dio cuenta de que una sonrisa llegaba hasta sus labios.
Había cruzado una línea que separaba el presente y el pasado.
No fue solo un acto que liberó su cuerpo.
De pronto todo era diferente. Un cambio muy significativo se acababa de producir.
Su pecho latía con fuerza, su pesar no parecía ser tan duro.
No había vuelta atrás. Su difunto esposo, ese con el que deseó haber empezado de nuevo, ya no estaba.
La muerte se lo había llevado justo cuando se juró que trataría de ser feliz con él, y aunque la pena la asoló durante mucho tiempo, porque se echaba la culpa de no haber luchado más por él, por ella, por la pareja, no podía desandar lo andado, retroceder las agujas del reloj.
Así que la liberación que un extraño muy habilidoso le había proporcionado, implicaba mucho más de lo que podía entreverse.
Libre. Regina se sintió, por primera vez en años, una mujer sin cargas, sin remordimientos.
No había arrepentimiento en lo que acababa de suceder.
Ella estaba viva. El placer que cruzó cada fibra de su cuerpo le había recordado lo que una vez fue: su fortaleza, su apetito por la vida.
Solo su hijo tenía derecho a reclamarle cualquier cosa.
Únicamente Kyle importaba, además de ella.
―¿Estás bien? ―preguntó X, al ver que no hablaba.
―Al fin lo estoy ―confesó entre un largo suspiro. Libre. Sin más. En paz, para mayor puntualización. Era como si hubiera dejado ir su matrimonio, su pesadez, sus inquietudes, para volver a nacer, a ser ella misma. ¿Cómo un acto tan básico, pero desquiciante, lograba tener tanto poderío?
―Tu tono de voz ha cambiado… ―observó él con curiosidad.
―Toda yo lo ha hecho ―reconoció―. Entré aquí siendo una mujer que se había perdido en el camino y al fin me he encontrado.
He logrado liberarme, no solo de la necesidad que mi cuerpo tenía, sino de la de mi alma.
¿Te parece extraño lo que digo? ¿Lo que insinúo?
―Ella misma estaba hecha un mar de dudas cuando se metió en la estancia, pero eso quedó atrás.
Posiblemente York sí tuviese razón, y mucha, y la lujuria estaba indicada en los casos más extremos para poder seguir avanzando.
―Siento envidia, más bien. Lo que dices suena magnífico.
X se había incorporado, mientras que Regina seguía tendida en la cama, con las piernas abiertas colgando del colchón. Su postura era tan decadente que le agradaba sentirse así. Mundana y experimentada.
―Lo es. Maravilloso.
―¿Entonces debo suponer que seré premiado?
―Por supuesto ―concedió―. ¿Qué deseas de mí?
―Con esa respuesta me doy más que satisfecho.
―¿Tan poco pides? ―coqueteó con media sonrisa que desde luego él no podía ver, pero sí apreció por el modo en el que ella exhaló al hablar.
―No eres consciente de lo mucho que das si me haces esa pregunta, puesto que al ofrecerte a mí, preguntándome lo que deseo de ti, ya me concedes todo el poder para usarte a mi antojo.
―Acabaré en el infierno porque lo que dices enciende mi sangre. ―Algo dentro de ella estaba de nuevo en llamas. Era como un fuego que acababa de desatarse y parecía querer consumirla.
―¿Te gustaría que te usase?
―Me encantaría volver a sentir la petite morte .
―Ah, toda una dama que conoce lo que es la pequeña muerte con la que los franceses bautizaron la liberación de los amantes. Me agrada cómo suena.
Cuando acabó de hablar, X ya estaba sobre el cuerpo femenino, con su masculinidad acariciando y empapándose de nuevo por el néctar que ella estaba fabricando.
Regina le echó las manos al cuello y se sostuvo lo mejor que pudo, dado que se dio cuenta de que él estaba demasiado ansioso para seguir jugando y deseaba poseerla.
Se aferró a sus anchos hombros y abrió sus piernas todo cuanto pudo.
―¿Estás segura de que no puedes concebir? ―preguntó él, mientras apoyaba la cabeza de su virilidad en la entrada que se moría por conquistar.
―Completamente. Un médico me lo aseguró ―le confesó con gran pesar.
Si eso no fuese así, el que la acompañaría en la cama en esos momentos sería su sueño, el hombre por el que suspiraría en silencio mientras viviese, uno que merecía también la libertad para lograr lo que le debía el destino: un amor grande de una mujer formidable.
Si pudiese volver a ser madre, se habría lanzado a por Liam sin medir las consecuencias.
―Es momento de que me devuelvas el favor, porque aunque hubiera deseado jugar con lo que supongo que será una preciosa boca, la tuya, no puedo contenerme más.
Saber que eres tan estrecha… ¡Dios! ―se quejó, lleno de júbilo al sentir en el primer empellón que ella lo exprimía como un limón―. Eres… ¡Santo Dios!
La incomodidad la estaba matando y a la vez era… delirante. Mitad dolor, mitad gozo. No como cuando se despojó de su virtud, pero algo un tanto parecido, pero mejor.
Regina, cansada de que él entrase tan poco a poco, subió las piernas para abrazarlo por la cintura con ellas y le dio un fuerte empujón para quedarse ensartada.
Glorioso. Magnífico. Dolor. Placer. Fortaleza. Debilidad.
―¡Aaaaaah! ―jadeó con suma delicia ante la intrusión.
―¡Estás loca! ―la amonestó por lo que acababa de hacer―.
Pude haberte hecho mucho daño. ―Además de que tuvo que hacer uso de todo su autocontrol para no dejar su semilla al primer contacto.
¡Pero qué inaugural intrusión! Le hubiera gustado mucho dejarse ir, aunque quería demostrarle lo bueno que era en su campo: la perversión, el placer.
―Estoy bien, no te detengas, porque lo que has vuelto a despertar es… ―No logró continuar. Se mordió el labio presa del deleite.
X decidió que una viuda, por muy excepcional que fuese, no iba a dejarlo como un inexperto.
Se balanceó con aplomo, con seguridad. De tal modo que ambos cuerpos salían al encuentro el uno del otro.
En una concordancia sublime que hacía que el silencio de la habitación solo fuese roto por los sensuales sonidos depravados de ambos.
Gemidos, ruidos primitivos de empuje, de carnalidad, de tentación, de desenfreno.
Todo valía en esa habitación. Y tanto fue así que en pocos minutos, los justos que ella necesitó para saber que de nuevo explotaría, dos amantes sin rostro se dejaron vencer por la agonía, para terminar juntos sacudiéndose en la extenuación más dulce y satisfactoria.
―Sííííí ―gritó Regina, en el momento justo en el que él comenzó a golpear algo en su interior que le arrebató la conciencia.
―¡Diooooos! ―gimió X cuando ella le arañó la espalda mientras lo catapultaba hasta lo más alto del cielo.
Bien fuera por nublar el sentido de la vista, o porque el dolor se mezcló con el placer en el momento oportuno, la conexión que X sintió con su compañera de perversiones tocó algo en su interior.
Tantas mujeres con las que había compartido su cama y…
¿por qué ella era especial? ¿Acaso sería porque se trataba de un corazón roto como el suyo?
¿O sencillamente era porque él estaba tan solo que la mínima atención por parte de una mujer lo había hecho sentirse apreciado?
No importaba. Regina y X habían logrado un imposible: olvidar el presente, el futuro. Se quedaron juntos en silencio, abrazados. Sin besos. Sin caricias propias de dos amantes que se conocían previamente. Ay, pero aquello solo fue el final de la primera parte.
Aquella noche prosiguió tal y como él había dicho al principio. Después de disfrutar de un momento de pasión un tanto apresurado, la cena fue servida. Él la alimentó con sus propios dedos, Regina hizo lo mismo. Decadente hasta el final.
Comida, un poco de charla y de nuevo a volver a empezar. Durante esa jornada, los juegos se produjeron hasta que ninguno de los dos pudo sostenerse en pie.
Delicioso. Trepidante. Prohibido. Divertido. Desafiante.
Regina acababa de saber lo que era volver a ser una mujer deseada y satisfecha. Sin ataduras. Sin remordimientos. Libre. Libre. Libre… y perversa.