Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 3 #4
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Capítulo 3 #4

―Porque has provocado a la bestia y debes pagar por tu atrevimiento.

―Deseaba un compañero sumiso.

Él abrió la boca para mostrar diversión y lanzó una carcajada.

―Si quieres, puedo marcharme y que otro ocupe mi lugar ―la desafió.

―¿Es una prueba para reafirmar tu poder sobre mí? Te aviso de que no es una buena estrategia. He convivido muchos años con alguien al que combatí en cada ocasión.

―Empiezo a comprender que tu esposo no se aburrió contigo. Ahora dime, gatita. ¿Me voy o me quedo?

Ella sabía que la estaba desafiando.

―Si hubiera sabido que iba a ser usada como una esclava, no sé si me lo habría planteado.

Él supo que la dama acababa de claudicar. Se mostró entusiasmado.

―Sabia decisión. Sigue mi voz y trata de no tropezar con la silla que hay junto a los pies de la cama ―le indicó. Ella supo que él tenía pleno conocimiento de lo que la duquesa X otorgaba cuando preparaba los encuentros.

―Distingo a duras penas el mueble, esto está bastante oscuro. ―Tenía curiosidad por poder observarlo, aunque se dio cuenta de que ello implicaría que él también estaría en igualdad de condiciones.

―Es mejor así. Más atrevido. Nos dejaremos llevar entre las sombras y, después, podemos pedir la cena. Yo te alimentaré a ti y tú a mí. Sin cubiertos, solo con nuestros dedos, lo encontrarás delicioso, te lo garantizo ―le espetó con orgullo, sabiendo lo que decía.

―Un servicio del todo completo ―indicó, al tiempo que se dirigía hasta él.

―Es para recuperar fuerzas. De aquí no saldremos hasta que los dos estemos de acuerdo. Ponte sobre tus rodillas. Quiero tus manos a la espalda.

Ella fijó su mirada en la sombra de él, se había sobresaltado.

―¿No estás llevando tu papel demasiado lejos?

―No he conocido todavía a ninguna mujer a la que no le guste que su hombre la domine.

―Tú no eres mi hombre, ni yo soy ese tipo de mujer ―lo rectificó y avisó de inmediato.

Él se mostró inflexible.

―Ahora eres mía para hacer lo que desee contigo, serás una buena amante y no me disgustarás. ―El desconocido tenía la sensación de que si se colocaba en una posición dominante le iría mejor con la dama.

―¿Lo seré? ―lo retó. Lo sentía tan seguro de sí mismo que deseaba hacer algo para contrariarlo como… No sabía el qué, pero algo.

―Quiero saber cómo de buena eres cuando das placer con tu boca.

―¿Una prueba? ¿Seré evaluada? ―Se rio con ligereza porque todo parecía un despropósito.

Eran los nervios azotándola. Debería marcharse.

Lo malo era que… no podía. Él la intrigaba.

Su autoridad era divertida. Se sentía retada a demostrar que era una buena amante.

Una mujer mundana capaz de satisfacerlo.

¿Cuándo había pasado eso? ¿Por qué sentía la necesidad de complacerlo por encima de todo? ¡Qué barbaridad!

―Premiada más bien. Te ofreceré la misma calidad en lo que tú hagas cuando nuestros papeles se intercambien.

Muéstrame tu mejor jugada, milady , y yo lo haré de igual modo.

Volaremos. Tú me harás llegar al cielo y yo te corresponderé.

Es un trato más que justo. Después pediremos la cena y cuando estemos saciados volveremos a empezar, con la salvedad de que haré que tus caderas se muevan para tu disfrute… para el mío. ¿Lista para el desafío?

―Sí. ―X la había hecho humedecerse con sus palabras. Con sus promesas. Mentiría si no dijese que todo el juego le estaba resultando emocionante.

Llegó hasta su posición con sumo cuidado de no tropezar y se colocó de rodillas.

Los largos y elegantes dedos femeninos tantearon lo que tenía frente a ella y sus ojos no lograban ver.

Sintió bajo sus palmas un par de muslos duros salpicados con vello.

Siguió moviendo la mano derecha y al fin localizó ese apéndice masculino tan interesante.

Lo rozó y se le escapó un pequeño grito.

―Te he dicho que las manos a tu espalda. Ya has tocado lo suficiente. Lo próximo que exijo son tus labios sobre mi virilidad. ―Él iba a obtener lo que deseaba. La anticipación lo tenía loco. Sabía que la mujer era una fierecilla y no había nada mejor que domar a una dama en la cama.

No podía hacerlo. Regina no se veía relegándose a la lujuria para olvidar el pasado, el presente, las decepciones, las esperanzas que murieron en cuanto York trajo al mundo a una preciosa niña que sería amada, pero que no era un heredero.

La situación en la que se había metido no era la solución a sus problemas.

Cuando había sido malvada con su esposo la cosa estuvo bien, fue algo natural.

Incluso cuando se atrevió a desafiar las normas y buscó a Ranfield siendo soltera, las circunstancias fueron legítimas dado que la guio el amor que le profesaba.

Imaginarse haciendo algo así con Liam Banstorn, el hombre que llenaba sus fantasías prohibidas y secretas también resultaba tentador y correcto.

Pero, llevar a cabo los planes con un completo desconocido…

La cosa cambiaba sustancialmente. Se sentía sucio, indecoroso.

Se levantó de inmediato. Él hizo lo mismo al sentir el gesto de ella y se apresuró a cogerla de la mano para evitar la huida. No deseaba perderla.

―Te has asustado ―observó él con suavidad.

―No. Solo es que… Creía que podía ser esa mujer. Esa clase de mujer… ―repitió con más convicción.

―¿Qué tipo de dama? ―indagó, para conocer con certeza lo que ella pretendía decir.

―Una mundana, insensible, capaz de lograr la satisfacción para olvidar durante unos pocos minutos lo que es el sufrimiento creado por la esperanza frustrada al no poder tener al hombre que en verdad deseo. No recordar la desdicha de un matrimonio frío y lleno de suspicacias.

El dolor y la vulnerabilidad que detectó en su voz lo estremeció. Ella se percibía realmente miserable. No era tan fuerte como aparentaba. La había juzgado mal. Era una fémina que sufría y cuya coraza había quedado mellada por un instante. X se sintió un poco más cerca de esa desconocida por ello.

―Si me das la oportunidad puedo hacer que esto resulte bueno para los dos. Tienes que confiar en el criterio de la duquesa X. Aunque no lo creas, sabe lo que se hace.

―No quiero hacerlo ―susurró.

―No eres la única que necesita esto para olvidar, para seguir adelante ―le confesó.

―¿Tú también sufres? ―preguntó incrédula. Su tono de voz lo conmovió por un momento. Parecía que en verdad se preocupase por él.

―El desamor o la traición no es solo una cuestión de mujeres ―musitó con tranquilidad.

―Es cierto, pero…

―Estás desnuda frente a un desconocido. Sé que no puedo verte y que eso te da un poco de tranquilidad, así que lo peor ha pasado.

―No lo creo ―se apuró a declarar.

―Quiero decir que lo más incómodo, el primer paso, por explicarlo de alguna manera, ya ha sido dado. Hagamos una cosa que nos hará bien a ambos.

―¿Qué propones? ―Solo quería que la dejase irse, pero a la vez… Regina estaba en un dilema.

―Consolarnos. Cerrarás los ojos que ocultan tu tupido velo, del mismo modo que yo los tengo, y pensarás en que la persona que te toca, que te acaricia y honra tu cuerpo es la que ansías, la que necesitas para sanar tu herida. Yo haré lo mismo. Así podremos disfrutar de un poco de paz.

―Será una mentira ―observó ella, más tentada a hacer lo que el desconocido le proponía.

―Una piadosa. ¿Quién lo sabrá? Aquí tenemos intimidad, anonimato.

Solo la duquesa X estará al corriente de quiénes somos y lo que hacemos.

Si lo piensas detenidamente, aunque salgas de esta habitación, será como si hubiese ocurrido lo que estaba previsto, aunque tú lo niegues.

¿Qué mal podría haber en dejarnos llevar?

―Yo…

―Ven. ―Le dio un pequeño tirón e invirtió los papeles, de tal modo que Regina se quedó sentada sobre la cama y él se colocó de pie entre sus blancos y suaves muslos―.

Pensé que estabas preparada, pues juzgué mal tu ansiedad y temperamento.

Comenzaremos por el orden natural de las cosas.

―Él hablaba tan bajo que a ella le costaba entenderlo.

No podía recriminarle nada porque Regina hacía lo mismo.

No le dio tiempo a pensar u opinar. El denominado X trepó ligeramente sobre su cuerpo y la ayudó a tenderse sobre la cama. Solo las piernas de Regina sobresalían del lecho.

X procedió a darle suaves besos por el cuello.

No deseaba volver a asustarla. Había comprendido, aunque tarde, que no era más que una dama que necesitaba ser adorada, mimada, a la que se le debía premiar con romanticismo, no con una lubricidad desnuda.

Ella se ocultaba tras un velo. Uno más grueso y grande que el que portaba en su rostro.

Y lo hizo. Que Dios la perdonase, porque Regina cerró los ojos y de pronto fue Liam Banstorn quien estaba preparándola para llevarla a la locura. Si eso iba a ser todo lo que el futuro iba a concederle con el hombre vivo por el que suspiraba… ¿Qué había de malo?

Ranfield ya no estaba. Siempre pensaría que su matrimonio fue un fracaso. No tenía sentido sentirse mal por su difunto esposo. No cuando su luto fue un desespero porque añoraba a Liam.

Liam. Liam. Banstorn. Banstorn. En su cabeza repetía una y mil veces el nombre y el apellido del hombre al que no tuvo en consideración y del que sin darse cuenta había acabado enamorándose sin remedio.

El desconocido que la adoraba, y que en su mente tenía unos ojos burlones azules y un cabello dorado, era Liam Banstorn. El hombre que jamás podría ser suyo. El que merecía conocer el amor de una mujer que se lo entregase todo sin reservas. Que lo antepusiera sobre todas las cosas.

X estaba besando su cuello, tentándola con su lengua impía.

Las manos acariciaban sus pechos. No. Era Liam quien tironeaba de sus pezones puntiagudos para hacerla gemir, quien conocía el peso de sus senos, el que los sostenía entre sus manos era el hombre que no podría ser suyo nunca. Liam. Solo Liam.