Capítulo 3 #3
―Porque me dijo que hacía años que nadie te tocaba.
¿Es así? ―La conversación con la duquesa X fue más soez de lo que él acababa de admitir.
Esa mujer no tenía barreras a la hora de explicarse.
La anfitriona le había dicho a él que estaría tan apretada como un guante y eso lo puso al límite.
En los últimos tiempos X había desarrollado un especial interés por las viudas, dado que eran mucho más interesantes que las jóvenes damas de la sociedad, incluso más que las que se salían del camino correcto.
―Mi matrimonio… Digamos que no salió como esperaba.
―Es raro que ocurra de otro modo, aunque conozco un par de excepciones. ¿Quieres beber algo para templar los nervios? ―le ofreció.
―No. Lo creas o no, todas mis dudas se han disipado en cuanto he entrado en esta sala. Puedo sobrellevar la situación. ¿Te explicó la duquesa X lo que yo ansiaba?
―No. Ella solo nos pone en contacto. ¿Qué es lo que tienes en mente?
―No quiero besos en la boca. Son muy íntimos y no considero que sean necesarios. Entiendo que puede ser una contradicción dado lo que nos proponemos, pero… no quiero besarte ni que me beses.
―Me parece bien. ¿Qué más?
Regina, que estaba situada frente a él, y se había fijado en la tela negra que cubría la mitad de su cara, levantó una mano para asegurarse de que él en verdad no veía nada. Una vez comprobado, siguió con sus peticiones:
―Quiero tu sumisión.
Él se rio de un modo encantador. Como si dudase de esa petición.
―¿Estás segura de que podrás manejarme? No niego que podría haber cierta diversión en ceder el control.
―Nunca lo había probado y dudaba que lo hiciese alguna vez, aunque parecía interesante experimentarlo―.
Sin embargo, si llevas tantos años sin estar con un hombre, no sé si sabrás agitar la batuta en el concierto, milady .
―Ya lo veremos…
―Uhm… Un bonito reto.
―Lo que espero de ti, X, es sencillamente que te esfuerces ―dijo sin remordimientos.
―¿Insinúas que quieres una relación física dura y exigente? ―preguntó con sorpresa.
―No tengo claro el ritmo de lo que vamos a emprender. A lo que me refería es que necesito que me hagas olvidar a alguien.
―¿Estuviste acaso enamorada de tu marido? ―No la acababa de entender.
―Eso no es relevante.
―Presiento que ocultas algo, milady . ―Él sentía curiosidad.
―Lo que sí te diré, porque el anonimato me ampara, es que cuando murió mi esposo, mi mente se centró en alguien a quien jamás podré tener. Ese hombre con el que sueño perturba mis pensamientos, incluso pienso en él estando despierta. Necesito que borres todo su recuerdo.
―¿Era tu amante?
―No llegué nunca a sobrepasar los límites y tal vez por eso lo ansío más. ¿Eres capaz de hacer lo que necesito? Porque de otro modo no me servirás. ―No tenía caso andarse por las ramas.
Él volvió a sonreír. Ella se dio cuenta de que lo hacía por el sonido del aire siendo exhalado.
―Eres bastante autoritaria. La primera vez que estuve aquí, la dama a la que me asignó la duquesa X era muy dócil, tímida, tembló cuando la toqué al inicio. Dudo mucho que tú seas de ese tipo. Estoy sorprendido. Gratamente, además.
―Mi esposo no fue descuidado a la hora de enseñarme lo que era el placer.
―Eso será una gran ventaja para mí, sin duda. ¿Qué quieres hacer?
―¿Tú que crees? ―Él hablaba demasiado y actuaba poco. Se lamentó con ese pensamiento y también se avergonzó por su actitud. Le daba la sensación de que se había convertido en una tirana. Bueno. No volvería a ser una mujer débil nunca más. ¿Qué había de malo en imponer sus deseos, más a un extraño?
Él volvió a sonreírse. Ella era dura. Para el desconocido el encuentro no estaba resultando como previó.
Ella parecía ser interesante. Su actitud sí lo era.
¿Sería hermosa o le faltaría gracia? Con ese temperamento estaba seguro de que sus aptitudes físicas, o la falta de ellas, quedarían en un segundo plano.
―Sé lo que haremos, pero si quieres darme alguna directriz más sería de ayuda.
―¿A qué te refieres?
―Con otra dama sabría por dónde empezar a hacer mi trabajo, pero contigo, sospecho que si no hago exactamente lo que esperas, puedes llegar a enfadarte.
―No soy una… ―Suspiró―. Bien, sí creo que puedo ser una autócrata ―reconoció sin más―. ¿Qué necesitas saber?
―¿Quieres que solo te toque yo? ¿Quieres tocarme solo tú? ¿Hay algún lugar en el que no se me permita acariciar o lamer?
―Uhm… ¿En qué lugar no querría ser acariciada o tocada? ―No se le ocurría ninguno.
―El cuerpo femenino está ideado para dar mucho placer a un hombre. Puedo provocarte fuertes sensaciones si te tomo en tres lugares, y haría que tú también estuvieses ansiosa por recibirme en esas tres partes de ti.
Regina se quedó pensativa. Ella solo conocía dos lugares. La boca, su feminidad…
―¿Cuál es el tercer lugar al que aludes? ―La curiosidad la estaba sacudiendo. Ella, que se creía una alumna aventajada en asuntos íntimos, y de pronto…
―Observo que tu esposo era convencional. Puedo serlo si lo deseas. O por el contrario, portarme muy mal. ¿Qué quieres?
―¿Cuál es el tercero? ―insistió porque él no se lo explicaba.
―Te lo mostraré llegado el caso.
―Dime lo que es. No puedo imaginar a lo que te refieres. Y debo confesarte que mi esposo era bastante creativo. ―No mentía. Ranfield era un negado en cuestiones sentimentales, pero sobre placer sí tenía un par de trucos.
―No quiero que salgas huyendo. Ten paciencia y veremos si lo más pecaminoso nos convence a los dos.
No lo he puesto en práctica antes en casa de la duquesa X, pero creo que tengo ante mí un desafío.
Si debo borrar de tu memoria a dos hombres, tendré que esforzarme al máximo.
Eso me recuerda… No dejo bastardos cuando busco y otorgo placer.
Hay esponjas y otros elementos en la mesa junto a la cabecera de la cama.
―Él lo recordaba de la otra vez y suponía que la anfitriona se lo habría dicho, pero por si acaso era mejor recordarlo.
Regina sabía que había mujeres que usaban esponjas empapadas en vinagre o licores que introducían en su interior para prevenir los embarazos.
―La concepción no es un problema ya para mí ―desveló con resignación.
―Pareces joven. ¿Cómo es eso posible?
―No quiero pensar en ello. ¿Comenzamos?
―¿Estás segura de estar lista? Una vez que empiece, te garantizo que no vas a poder detenerme.
―¿Usarás la violencia? ―preguntó dubitativa.
―En una ocasión una dama me pidió que la azotase.
No encontré un especial placer en eso. ―X había estado muy centrado en la dirección de la voz de su misteriosa viuda.
Y dado que conocía la disposición de la habitación perfectamente, se movió para llegar hasta ella.
La sostuvo entre los brazos y se acercó a su oreja para explicarle―: No.
No me refería a violentarte, sino que lograré nublar tus sentidos para que solo te concentres en tu placer.
Te subiré a las nubes y tú estarás dispuesta a bajarme la luna si yo te lo pidiese.
Cuando acabe contigo no recordarás ni tu nombre, ni por supuesto el de ese hombre que tuvo la desventura de no poder tenerte, ni el de tu esposo, que presupongo que te dejó a un lado.
Serás tú y solo tú. Ni yo mismo importaré.
―Debo felicitarte, haces bien tu papel. Creas una farsa que podría creerme… hasta cierto punto. ―A él le gustaba que fuese tan directa y se mostrase segura de sí misma. ¿Sería por los nervios? ¿Por el afán de parecer algo que no era? Estaba gratamente sorprendido. Demasiado.
―Desnúdate y veremos si es una ilusión ―dijo sin remilgos.
―Tú primero.
―Oh, no, querida. Has lanzado una acusación que ha herido mi orgullo masculino y vas a pagar por lo señalado. Pienso emplearme a fondo, así que espero que seas tan dura como aparentas. ¡Fuera la ropa!
Él echó mano a la camisa de lino blanco que llevaba puesta y se la sacó con cuidado por encima de la cabeza. Su torso varonil quedó al descubierto y Regina lamentó llevar ese estúpido velo para las viudas.
Bien. Si él quería atemorizarla iba a toparse con que ella no iba de farol. Regina comenzó a quitarse el vestido.
Aquello parecía una competición entre los dos. A ver quién se deshacía más rápido de sus pertenencias. La carrera llegó a su fin y ambos estuvieron desnudos.
―Tengo que reconocer que estar ante un extraño en esta situación… Es más fácil sabiendo que tú no conoces mi identidad ni yo la tuya. ¿Te sucede lo mismo?
―No. Para mí estar sin ropa es cómodo. Estoy muy seguro de mí mismo y me gusta que me admiren.
―Siento la tentación de alzar el tul.
―No lo hagas. Eso va contra las normas y no quiero que nuestra anfitriona llegue a enterarse y yo no pueda… disfrutar de tu dureza.
―¿Así que el que lo quiere poco suave y rápido eres tú?
―Gatita, espero que estés preparada. Te lo digo de verdad.
―Mucho hablar, querido, pero…
Él se movió por la habitación con cuidado de no tropezar con los muebles y se sentó sobre la cama, con las piernas sobresaliendo del borde del lecho de plumas, para apoyar los pies en el suelo. Ella sabía dónde estaba su amante.
Regina suspiró. Debía de estar loca. Encerrada en una habitación lista para pecar.
―¿Has lamido alguna vez a un hombre hasta enloquecerlo?
―¿Es preciso hablar de cosas tan íntimas?
―Vamos a intimar, te aconsejo que dejes el pudor fuera. En verdad, lo has hecho muy bien hasta el momento. Sospecho que eres una mujer de fuerte temperamento, no me gustaría que te vinieses abajo, más cuando las cosas se van a poner muy interesantes.
Ella supo que él tenía razón en su aseveración.
―Mi esposo no era un hombre falto de ardor. Así que sé cómo debería complacerse a alguien del modo en el que tú insinúas.
―Muy bien. Ven a mostrarme tu destreza. Te diré si eres tan buena como ha denotado tu afirmación.
―¿Por qué no lo hacemos al revés? ―Tal vez si él daba el primer paso, ella podría dejar de sentir esa ansiedad que anidaba en la boca de su estómago.