Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

―Se referirá a ti como « milady ». Están para servir, aunque algunos no ceden por completo el mando.

―La dama se rio con ligereza―. Lo cierto es que los hombres rara vez lo hacen.

Debo advertirte de esto último. El que he seleccionado para ti…

es algo peculiar, pero estoy convencida de que quedarás contenta.

―Me siento como si estuviese en un prostíbulo ―susurró sin dar crédito a lo que se estaba exponiendo.

―No. Esto no es algo tan banal, es más profundo.

Se tiene acceso a la invitación con una especie de membresía, dado que mantener lo que creé tiene un precio, no lo negaré.

Pero va más allá del placer físico. Con el amante indicado podrás tocar el cielo y sanar tu alma.

Solo debes mantener una mente abierta, creer en que lo que te digo es cierto porque yo misma he estado en tu piel y sé de lo que hablo.

El dolor de cada una es distinto. Nunca traería aquí a una mujer que hubiera sido completamente feliz en su matrimonio, porque no precisaría curar ninguna herida, solo el tiempo calmaría la pérdida de su amado.

En nuestro caso la situación es muy diferente.

―¿Te lo explicó York? ―preguntó con interés―. Mi caso, como lo has llamado. Creo que sí lo hizo. ―En la conversación que mantenían le habían llamado la atención un par de aspectos algo contradictorios.

―Te seré sincera. Sí, me dio detalles. Hay muchísimas como nosotras y mis servicios no alcanzan para todas.

York aprovechó algunas similitudes entre tú y yo para convencerme de que te diese una oportunidad.

Conozco bien al duque y sé que puede tornarse ladino cuando quiere salirse con la suya, por eso quise averiguar si él me dijo la verdad sobre tu situación o si lo inventó todo para que te compadeciese.

Estoy aquí para abrirte los ojos y que veas que el mundo es mucho más grande de lo que nos hacen creer.

No hemos nacido hombres, pero podemos reclamar lo que deseemos.

Somos viudas con poder, porque el mundo se mueve al son del dinero y nos sobra fortuna.

La sociedad presenta una cara muy diferente en público, pero en las sombras podemos ser tan traviesas, o más, que ellos mismos.

Los caballeros implantaron el juego y solo me limito a seguir las reglas y a mostrarles la diversión a quienes la necesitan.

En la clandestinidad estamos seguras y podemos divertirnos.

Pecaremos, por una buena causa, para descubrirnos a nosotras mismas.

Nuestro cuerpo, nuestro deseo, nuestras demandas y exigencias, sin nadie que nos juzgue.

Eso es lo que es la duquesa X. Lo que soy ―apostilló con seguridad.

Regina cabeceó afirmativamente.

―¿York fue uno de los denominados hombres X?

―Nunca, bajo ningún concepto revelo identidades, querida.

Regina imaginó que el duque había estado en ese lugar en sus años más disolutos. No le importaba demasiado. Malcom W. Banstorn se vanagloriaba de que su esposa supiera todos y cada uno de sus secretos. Si Isobel no lo condenaba por su pasado, Regina tampoco lo haría.

―Lo entiendo. ¿Cuánto tiempo durará esta relación? ¿Solo hoy?

―Eso dependerá de ti. Tú decidirás cuándo ponerle fin. Lo harás cuando comprendas que has logrado lo que pretendías.

―Debo de estar loca…

―Todas lo estamos. La locura no es necesariamente mala. Nos impulsa a cometer actos inevitables para encontrar el equilibrio.

―Solo será esta noche ―musitó, más para sí que para la otra mujer.

―Sí… todas decís lo mismo ―le reveló con una sonrisa―. Si deseas volver a tener otro encuentro, solo debes mandarme una misiva y determinar la hora y el día. Si por algún motivo, consideras que tu amante no es el indicado, podemos hablar sobre el problema y…

―Solo será hoy ―apuntó con convencimiento.

―Como desees. ―La duquesa X no iba a discutir esa cuestión por más que supiera que ninguna dama tuviese suficiente con un único encuentro.

Las dos mujeres se levantaron del cómodo sofá, tapizado con terciopelo ocre y rosas rojas bordadas, en el que habían charlado amigablemente. Regina se quedó parada con la vista puesta en el pasillo que la anfitriona le había señalado momentos atrás.

Dio un par de pasos decidida a averiguar si había perdido la razón o si en verdad esa improvisada terapia serviría de algo.

―Allá voy ―dijo con seguridad.

―Un momento, querida ―la frenó.

―¿Qué?

―Mi doncella debe cubrir tu rostro. ―Le sonrió con picardía y Regina se dio cuenta de que se había mostrado muy ansiosa por descubrir qué había detrás de la puerta.

Una mujer se acercó, en cuanto la duquesa X hizo sonar la campana, y la preparó. Regina no veía apenas nada con ese sombrero cuyo velo negro la ocultaba también. Solo observaba lo justo y forzando la vista en exceso.

―Sí, es un suplicio llevarlo ―confirmó, cuando estuvo todo en su lugar. Las horquillas, no sabía cuántas había pero debían de ser muchísimas, eran insoportables.

―La premisa es privar la vista para premiar el tacto, el gusto y el oído.

Tu amante te espera. Disfruta, milady . Si quieres mayor privacidad, habla en tono bajo.

Todos lo hacen, incluso puedes disimular tu dicción o tu tono.

Solo cuando sea necesario gritar puedes olvidar mi consejo.

―Le sonrió de nuevo de esa manera tan particular que usaba la dama.

Regina asintió y comenzó a recorrer el camino.

Se había colocado un sencillo vestido abotonado por delante que no precisaba de ninguna ayuda adicional por si…

Cosa que acababa de ocurrir, puesto que había aceptado el juego.

Debía de estar loca… y aun así deseaba saber, explorar, conocer lo prohibido.

Casquivana. Lujuriosa. Temeraria. No importaba. Había decidido casi sin darse cuenta dar el paso y por una vez viviría lo que le habían servido en bandeja.

Siendo joven siempre fue valiente, indómita, salvaje en alguna que otra ocasión.

No era la primera vez que se saltaba las normas para buscar el placer.

Con Ranfield lo hizo en su momento cuando se disfrazó de cortesana y acompañó a Evangeline al club que su ya esposo, Avery Sullivan, regentaba por aquellos años.

Ella misma animó a su hermana a ser malvada y averiguar el motivo por el que Sullivan la dejó atrás.

Pecaron allí las dos y fue exquisito… hasta que todo saltó por los aires para Regina.

Desde joven siempre supo lo que quería. Había elegido un amante a los dieciocho y acabó casada con él.

Era una joven muy segura de sí misma. Todo era más positivo en esos momentos.

Contaba con los años suficientes para mantenerse firme y ser valiente de nuevo.

Las dudas no tenían cabida en ese paso dado.

Era más madura, más poderosa, más mujer que tiempo atrás y demostraría que podía tener lo que se le antojase.

Sin remordimientos. Se juró que no tendría arrepentimientos en cuanto cruzase la puerta.

Entró en la habitación y vislumbró, entre el tul negro de su sombrero, una figura poderosa, pero no con claridad. Era alto, con la espalda ancha. Figuraba de pie, apoyado tras el respaldo de una silla.

―Comenzaba a pensar que no… tendría compañía ―dijo el desconocido en tono muy bajo.

Sí era cierto que la conversación iría por ese sendero silencioso, entre susurros. Al menos Regina podía sentirse confiada sobre lo de proteger su identidad.

Fue como estar de regreso en aquella habitación en El placer del infierno, cuando se propuso disfrutar de Ranfield antes de saber el verdadero carácter de él.

No. Esto no era como entonces. Entre otras cosas porque ella ya no era una jovencita impresionable muerta de amor.

Era una mujer dispuesta a olvidar las penurias pasadas, la muerte de Ranfield, el hecho de haber pasado el luto de su esposo mientras Liam Banstorn vagaba por su pensamiento sin darle tregua, sabiendo que le tocaba sufrir por un amor imposible.

La lujuria sería la mejor poción para todos sus males. ¡Tenía que serlo!

―Estaba indecisa ―admitió. La condesa también empleaba el susurro en sus palabras. Incluso su acento estaba disimulado.

―En pasado… ¿Ya no? ―se interesó.

―No. He decidido que soy una mujer sin temor y solo yo me cuestionaré sobre mi proceder.

―Sabias palabras, milady .

―Gracias, X. ―La viuda se metió de lleno en el papel, al igual que el desconocido.

Él se sonrió, aunque Regina lo imaginó, solo por el leve sonido de esa risa ahogada. No veía casi nada y la luz de las velas de la habitación era… Solo había prendida una. Mucha oscuridad que la dama agradecía.

El ambiente era propicio para olvidar quién era en verdad. Para convertirse en una fémina juguetona con un hombre que parecía encantador. Lo sería… ¿no?

―¿Es tu primera vez aquí? Supongo que no te molestará que nos tratemos con informalidad dado que…

―Está bien ese tono ―lo cortó―. Sí, es la primera vez que yo… estoy aquí. ¿Puede ser más de una ocasión? Quiero decir si… ¿tú has participado antes en algo así?

―Sí. Para mí es la segunda. Hacía años que no sentía curiosidad por lo que la duquesa X me planteaba. ―No era mentira en absoluto.

―Así que soy una curiosidad…

―Eso es. ―La anfitriona de los juegos secretos le explicó que tenía a una viuda que le gustaría muchísimo y él tuvo que ir a investigar.

―¿Por qué? ¿Qué te ha dicho de mí?

―Nada malo. Imagino que la duquesa X te lo ha explicado todo. Viudas, caballeros amables, anonimato y… placer. Eso es lo esencial.

―¿Entonces por qué habría despertado yo tu interés?