Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 3
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Capítulo 3

Insospechado

La noche ya había caído. A esas horas solo el mal transitaba por las calles.

Regina estaba temblando como una hoja arrastrada por el viento en medio de una tormenta.

No era una buena idea hacer lo que se proponía.

Algo en su interior se lo gritaba, pero tenía mucha curiosidad, en especial porque York pareció muy seguro cuando la incitó a hacerle caso.

La obligó, y que Dios la perdonase, ella quería saber si…

No sabía lo que deseaba, pero necesitaba hacer algo diferente. Salir de su soledad, de su rutina.

La duquesa X era, muy posiblemente, la mujer más extraña que conocería en su vida. Estaba frente a ella, en su fastuosa mansión en las afueras de Londres, y no tenía la menor idea de cómo comportarse.

De pronto observó como la mujer le tomaba la mano. Ambas estaban de pie. Lady Ranfield acababa de meterse en la boca del lobo. Esa era la sensación que tenía sobre todo el embrollo.

―No estés nerviosa. Aquí encontrarás lo que tanto necesitas. No serás la primera mujer en buscar un poco de paz en lugares insospechados. Tampoco la última. Yo misma estuve años atrás en tu lugar.

―Me siento desleal ―susurró, con un gran cargo de conciencia.

―¿Qué quieres decir? Tu esposo ya no está.

―Yo… creo que he cometido un tremendo error y… ―Se soltó de la mujer y dio unos pasos hacia la salida. Ese no era su lugar. Imaginarse cometiendo una fechoría y llegar a hacerla eran dos cosas muy diferentes. ¿Qué necesidad tenía ella de retozar con un desconocido?

Sí. Tenía impulsos secretos que en alguna que otra ocasión se convertían en torturas, pues era incapaz de producirse a sí misma ese efecto que solo un excelente compañero de cama proporcionaba.

Lo había vivido con Ranfield antes de descubrir quién era él en verdad, de que su matrimonio fracasase, más concretamente cuando todavía era soltera.

Luego lo había deseado con Liam Banstorn, cuando él le había confesado que la amaba y quería más de ella.

Había ansiado experimentar lo que era que un hombre enamorado y sincero podría volver a hacerle.

Se contuvo por lealtad pese a que jamás olvidaría a Liam.

Lo que encontrase en casa de la duquesa X sería un mal sucedáneo de lo que ambicionaba en secreto con el hermano de York.

Y algo sí necesitaba Regina, porque por un breve instante estuvo a punto de besar a Jacob Donaldson, solo porque la soledad la tenía al borde del precipicio.

―No tienes que hacer nada con lo que no estés conforme. Creí entender que precisabas de un compañero que te hiciera sentir poderosa.

La anfitriona de esa cita se colocó delante de Regina para frenarle la huida.

―Sé lo que dije, pero no sabría ni por dónde empezar.

―¿Qué es lo que te asusta? Tu esposo no tiene derecho a reclamarte desde la tumba que no sigas viviendo tu vida.

―Ranfield no fue el único hombre al que yo… ―Cerró la boca en cuanto se dio cuenta de lo que acababa de decir.

―Así que hay otro ―conjeturó.

―Un imposible con el que he aceptado que no podré tener nada. ―Ese sería siempre Liam. La lanza clavada en su costado.

Era tan doloroso pensar en el hermano de York…

imaginar que podría ir a buscarlo y suplicarle que…

Pero la condesa no sería egoísta. No lo perseguiría para arrebatarle la felicidad que seguro que encontraría con una buena dama que lo apreciaría, que no cargaría con un pasado tan desastroso como el de Regina.

Estaba haciendo lo mejor para ambos al dejarlo libre de su yugo.

Banstorn todavía tenía obligaciones con el título de York.

Esas reflexiones sobre Liam eran las premisas que cada día Regina se decía una y otra vez para convencerse de que estaba actuando con sensatez y honradez hacia el único hombre que hacía que su corazón se estremeciera cuando lo evocaba en sus pensamientos secretos.

Tenía que aceptarlo, Liam Banstorn había eclipsado lo que una vez creyó sentir por Lawrence.

Su paciencia, su lealtad hacia ella, esa inesperada ternura que él era capaz de ofrecer…

No había conocido al verdadero Liam hasta mucho después porque jamás imaginó que él usase una máscara para protegerse del mundo.

Suspiró. Era imperativo marcharse de allí y buscar otro modo de olvidar el pasado. Un desconocido no era la solución a todos sus problemas.

―Me veo reflejada en ti. Me casé con el hombre de mis sueños para acabar descubriendo que debí haber tomado otra decisión. Entonces, yo fui libre. Viuda al fin. Lo busqué, al primero que rechacé porque creí que no era el adecuado, pero él ya se había casado con otra.

―Lo siento. ―Regina la comprendía muy bien.

―Hay cosas que sencillamente no están destinadas a ser ―razonó la duquesa X.

―Lo sé bien. ― Lady Ranfield era una experta en esos asuntos.

La duquesa X la tomó de la mano y la llevó hasta un cómodo sofá para hablar con paciencia.

―Esta casa es mi pequeño proyecto. Mi labor es ayudar a que las mujeres aprendan a confiar en otros sentidos, no solo en lo que se ve, en lo correcto y decoroso que marca la sociedad.

Se nos adoctrina para creer en cuentos de hadas, amores perfectos, o en su defecto, uniones ventajosas que proporcionen un futuro seguro para nuestras familias.

¿Por qué los hombres tienen derecho a todos los caprichos terrenales y nosotras no?

Yo te lo diré, porque ninguna mujer es lo suficientemente valiente para abrirle el camino a las demás.

Estuve destrozada durante varios años, hasta que comprendí que el consuelo podía ser encontrado en el placer.

Nadie sabrá tu identidad aquí. Solo yo. Tampoco conocerás a tu compañero en el lecho.

Tú eres viuda y como tal llevarás un pequeño sombrero con un tupido velo que ocultará tu rostro.

Los caballeros que selecciono son hombres sin identidad, traídos para ofrecer paz, gozo, libertad a las mujeres que vivieron oprimidas, asfixiadas por su matrimonio durante tantos años.

Él estará cubierto por una tela que solo te permitirá observar su nariz y su boca.

Sus ojos, la frente y buena parte del cabello permanecerán en secreto.

Aquí estaréis ambos cegados, por así decirlo.

Un par de velas serán las que os acompañen en la clandestinidad y la penumbra.

―Esto es… es… insólito.

―La identidad de ambos queda salvaguardada. No hay nada formal, solo… diversión. Placer.

―¿Cómo sé que él no se descubrirá o que tratará de hacerlo conmigo? Yo…

―Porque llevo años ayudando a quienes necesitan descubrir el placer prohibido a hacer travesuras que queden impunes.

Aquí mi palabra es la ley y todos la obedecen.

Soy una dama poderosa y aquel o aquella que me desafía paga las consecuencias ―dijo con ímpetu―.

Si yo te garantizo el anonimato es porque puedo hacerlo, querida.

―Creo que será peor acceder a esto, porque me pondrás delante la tentación, yo cerraré los ojos y pensaré que es otro el que me… ―Oh, Liam. ¿Alguna vez podría olvidarlo?

―Harás lo que hacemos todas, querida. ¿Crees que no cerré los ojos la primera vez, y la segunda, y la tercera… imaginando que era el hombre que dejé escapar el que me satisfacía de todas las formas posibles?

―Es una deslealtad… No solo para el que está vivo. Mi esposo merece también mi respeto. Yo… Esto es… ―Regina estaba en una encrucijada.

Mentiría si no confesase que echaba terriblemente de menos la posesión que solo un hombre era capaz de hacer sobre su cuerpo.

El modo en el que ella también podría hacer que su compañero perdiese el control.

No fue nunca una muchacha tímida en cuestiones de alcoba.

No. Ranfield la había adiestrado bien sobre lo que su cuerpo demandaba, sobre lo que debía ofrecer con generosidad a la otra parte.

Una viuda tenía manga ancha en cuestiones de intimidad siempre que fuese discreta y sus asuntos no trascendiesen fuera del lugar en el que se encontraba.

La duquesa X parecía muy segura a la hora de hablar sobre ese último aspecto de la discreción.

Y por Dios, que en sus deseos más privados e íntimos añoraba las caricias, los besos prohibidos, los suspiros, la decadencia de la fornicación, el éxtasis de la locura entre dos amantes.

―Esto es ser humana, permitirte lo que necesitas, lo que anhelas.

Cumplir todo aquello que nunca te atreviste a pedir o hacer, porque fuera de aquí será como si jamás hubiese sucedido.

Solo tienes que cruzar la primera puerta a la derecha ―señaló el camino― y dejarte llevar.

O bien, puedes salir de mi casa y continuar compadeciéndote de ti misma.

Seguir acudiendo a fiestas sociales aceptables y pasar de puntillas por la vida.

Trataré de no tener en cuenta tu negativa por respeto a York, aunque no te garantizo que no me enfade, porque otra se quedó sin su pase al haberte elegido a ti ―presionó.

―Entiendo que tendré que ponerme el sombrero…

―Y mi doncella lo asegurará, de tal modo que podrás brincar y no se moverá si ambos no lo tocáis. Cosa que está prohibida. El dolor de cabeza que te producirán las horquillas valdrá la pena, te lo garantizo.

―¿Cuánto tiempo estaremos… él y yo…? ―¡Santo Dios! Regina se tocó la frente. Seguramente estaba sudando muchísimo. Sí. Tenía mucho calor y sintió la humedad en la mano de inmediato. Su frente estaba cubierta de un sudor frío.

―Si te refieres a la cita de esta noche, durará lo que tú decidas. Él sabe que aquí las viudas, tú, eres la prioridad. Está para satisfacerte.

―¿Cómo se llama?

―X.

―¿Disculpa? ―¿No tenían nombres?

―Yo soy su duquesa. Ellos son mis X. Todos tienen el mismo nombre.

―Será fácil de recordar ―musitó―. ¿Cómo me llamará a mí? ―dijo con la voz en un tono ligeramente más alto.