Capítulo 2 #6
―No es correcto lo que está haciendo. No le he dado permiso para que me toque. Escucharé dos disculpas ahora. Adelante… ―lo animó.
―Las que haga falta, solo necesito saber… ―Dejó de hablar por el gesto que ella hizo.
Jenna tuvo que volver a levantar la mano para taparse la nariz. El cuero y algo dulce en su piel… Ese olor… La mareaba por completo.
―Siga ―lo alentó, con los dedos tapando la nariz. Su voz salió en un tono extraño por estar en esa posición.
―He bailado con una dama hace relativamente poco y no he tenido queja sobre mi…
olor corporal. Así que si lo que te propones es ofenderme, podría castigarte muy severamente.
―Se le ocurrían un par de formas de hacer que el castigo fuese placentero para los dos.
En especial para él. Un beso podría ser increíble.
―Lo he visto bailar ―expuso, sin poder evitar que esa frase escapase por su boca. Se maldijo en silencio.
―¿Qué más has estado observando desde las sombras, bruja? ―Su ego estaba muy crecido en ese momento. Así que ella lo había estado admirando desde la distancia…
―Le ha dejado en medio de la pista y usted ha salido corriendo detrás de la dama. ―No tenía caso negar que no se había fijado en ese episodio. Ya había metido la pata hacía un segundo.
―Suenas celosa. ¿Por qué?
―No era mi intención transmitir tal emoción, en especial porque no lo estoy. Solo me he limitado a señalar lo que cualquiera que estaba en el baile ha podido ver.
El sonido que hacía al hablar por tener la nariz tapada resultaba… No sabía si estaba divertido o irritado.
―Pero el resto no me observaba como tú, con esa intensidad. ¿Qué te impresiona de mi persona, bruja?
―Me perturba en exceso su falta de modales.
―Dijo la dama que se tapa la nariz mientras habla con el hombre al que devora con los ojos… ―ironizó. Todavía la tenía cerca de él. Bien sujeta por la cintura.
Jenna se obligó a dejar caer la mano de nuevo. Respiraría por la boca… Igual así no le llegasen todos esos olores, suaves y a la vez extremadamente masculinos, que él emitía.
―¿Qué es lo que pretende?
―Descubrir lo que escondes tras esa mirada.
―Es usted un hombre grande. Solo me impacta por eso ―admitió. Él era una mole perfecta. Sus anchos hombros…
―Creo que hay algo más. Mi beso te dejó…
―No se atreva a besarme ―le dijo, moviendo la espalda hacia atrás, tratando de desembarazarse de su agarre.
―Mis besos son premios. No volveré a usarlos para castigar a una muchacha por más que lo merezca. Puedes estar tranquila.
―Entonces, váyase.
―Dime lo que quiero averiguar y me iré antes de que te des cuenta.
―¿Su vanidad masculina lo exige?
―Me seduce más la idea de que la tuya femenina baje un poco su altura.
―No es un caballero agradable.
―Lo soy en exceso, te lo aseguro, pero solo con quien lo merece. No me culpes por estar hastiado con las damas que aseguran amar y luego pisotean lo que les otorgas sin reserva.
―¿Quién lo dañó? ―se vio preguntando sin lograr evitarlo.
―¿Por qué me miras así?
―¿Cómo lo hago?
―Dímelo tú.
―No sé qué responder a esa pregunta.
―Si confiesas la verdad te diré quién me hizo ser un bruto con las brujas ―le arrojó sin compasión.
―No soy lo que dice.
―Me lo has demostrado desde que nos conocemos.
―No sé ni cómo te llamas. Además, solo nos hemos visto dos veces. ―La joven cambió a la informalidad sin darse cuenta.
―Dime tu nombre y te diré el mío.
―No vas a marcharte, ¿verdad?
―No. Y aunque no suelo conseguir todo lo que me propongo, no te soltaré hasta que tenga la verdad. ―Las dos manos de él estaban colocadas sobre su cintura. Jacob las movió para hacérselas notar.
―¿Te irás si te digo los motivos de mi comportamiento y nunca más te cruzarás en mi camino?
―¿Qué razón me movería a solicitar la compañía y atención de una bruja? ―razonó de modo casual, al tiempo que agitaba sus hombros.
―Me vale con que sea así. ―El hecho de quitárselo de encima de una vez por todas valía soportar el insulto. Todos ellos.
―Empieza a hablar.
―Me impactaste. Eres un hombre grande y tu pelo y tus ojos… Eres oscuro, hay misterio en ti. No sé por qué, pero no puedo evitar seguirte cada vez que estás cerca. Aunque no es significativo, porque nuestros caminos se han cruzado dos veces ―reiteró.
―Lo haces porque te gusto ―apostilló con el mentón levantado.
―Yo no he dicho eso ―le aclaró con suavidad.
―¿Por qué te has tapado la nariz?
La vio humedecerse los labios y eso lo volvió loco. Se obligó a alzar la vista y concentrarse en sus ojos verdes.
―Porque me gusta demasiado cómo hueles ―musitó.
―Supuse que sucedía justo lo contrario.
―Lo sé. ―Esa hubiese sido la conjetura más lógica. Que él oliese a estiércol o algo todavía peor.
―¿A qué huelo?
―He hablado mucho. Te toca.
―¿Qué más te dará lo que me sucedió en el pasado si has accedido a no verme más?
―Soy muy curiosa y no me agrada quedarme con las dudas.
―Mi exprometida fingió su muerte porque dio por supuesto que yo deseaba matarla. A ella, a su hermano y al hijo de este último con el fin de asegurarme el título nobiliario familiar. Soy primo de un duque, y sería yo el heredero en caso de la muerte de los varones.
―¡Qué fascinante! ―exclamó llena de más preguntas.
―Te aseguro que no lo es. Yo la amaba. Ella se casó con otro.
Pero no fue la única que me sumió en la desesperación.
Mi madre, la mujer a la que yo veneraba, por la que hubiese hecho cualquier acto, bueno o malo, resultó ser quien había estado atentando contra la familia.
Se quitó la vida con veneno delante de mí.
Así que ya ves que cuando a un hombre le falla la mujer que lo engendró, y después lo hace sin remordimientos a la que le entregó su corazón, no queda mucho para el resto.
Jacob nunca comprendería qué locura le incitó a ser tan brutalmente honesto sobre sus miserias.
―Eres cada vez más fascinante. Resulta una suerte que hayamos acordado que no volveremos a vernos nunca después de esto. ―Jenna se sentía tentada a indagar más, a tratar de conocerlo mejor.
―¿Cuál es el motivo por el que todas las dementes se me acercan? ―ironizó con molestia.
―Dime tu nombre ―le ordenó, obviando el hecho de que la había encasillado con las dementes.
―De verdad que no te comprendo. Aseguras estar contenta porque me perderás de vista, y pese a ello solo siento que deseas conocer más de mí.
―Es justo eso.
―¿Te has escapado de Bedlam?
―¿De dónde? ―No sabía a lo que él se refería.
―Es un sanatorio mental donde los médicos deberían verte.
―Ah, no. Estoy cuerda. Solo sucede que quiero alejarme de ti, pero a la vez deseo descubrir todo lo que escondes.
―¿Te escuchas a ti misma cuando hablas?
―¿Cómo te llamas? ―preguntó obviando el resto.
―Dime a qué huelo ―retomó el asunto una vez más.
―A cuero, a jabón limpio. Un breve toque de limón, pero después de hablar contigo, apestas ―dijo con enfado― a fascinación. ¿Satisfecho? ―Él se dio cuenta de que la joven no estaba contenta por haberle hecho un cumplido de lo más desconcertante. ¿Cómo podía alguien apestar a fascinación?
―Esperaba algo más espectacular. Como que olía a nubes, gloria, éxito, aunque lo de la fascinación le ha sentado como un guante a mi orgullo y…
―¿Cuál es tu nombre? ―lo interrumpió―. Yo he hablado. Te toca a ti.
Él suspiró resignado.
―Jacob.
―El protegido por Dios. ―Eso era lo que significaba el nombre de él. Su padre era bastante devoto y, aunque Jenna no lo era tanto, conocía las escrituras.
―Entonces el Creador debió protegerme de ellas ―dijo, aludiendo a su madre y a la otra mujer que le rompió el corazón también―. ¿Cómo te llamas tú?
―Jenna.
―No sé de dónde proviene o lo que puede significar.
Ella se rio con ligereza y a él le pareció que era como el canto de una hechicera destinado a adormilarlo. Movió la cabeza en un gesto rápido y seco, a fin de no caer en un sueño peligroso.
―A mi difunta madre le gustó. No hay un motivo más allá de ese.
―¿Cómo murió tu madre?
―Esto está durando ya demasiado.
Los dos se quedaron mirándose con anhelo, en silencio. La atmósfera era de lo más pesada, extraña y…
―Dime que te bese ―susurró él. De pronto le pareció que tenía que hacerlo: besarla.
Que era de vital importancia. No solo por el momento tan íntimo que estaban compartiendo, sino también para olvidarse de lo que casi había estado a punto de hacer en la terraza con una mujer que estaba vetada para él.
―No.
―¿Qué te lo impide? Tú me deseas. ―Jacob sabía que ella estaba luchando contra lo que le inspiraba.
―No soy yo la que te está agarrando para que no escapes. ―Le hizo ver Jenna.
―En estos momentos te deseo, no quiero dejarte escapar, porque sé que lo harías.
―Recuerda que soy una bruja. Eso te dará ánimos para marcharte. ―Trataba de aliviar la carga que de repente inundaba el ambiente.
―Sabes cómo herir a un hombre, Jenna. ―Usó su nombre para saber cómo se deslizaba por su lengua. Era un sonido agradable. Mucho.
―He practicado de manera concienzuda. ―A sus pretendientes los trataba peor para que no la atosigasen.
―Sospecho que guardas muchos secretos.
―No creo que sean tan interesantes como los tuyos. Sencillamente quiero evitar el matrimonio ―le confesó a él.
―Ese es el motivo por el que te comportas como una bruja.
―¡Un premio para el caballero! ―exclamó con alegría.
―Y ahí va la confirmación de lo dicho ―ratificó Jacob.
―Lo siento. Son muchos años practicando. ―Había sido muy descortés al burlarse de él y de su inteligencia.
Se quedaron en silencio otra vez el uno frente al otro. Un momento mágico en el que ella debía recordar no inhalar por la nariz o todo lo que haría sería deshacerse en sus brazos.
―Lo creas o no, soy muy respetuoso ―dijo él―. Nunca antes había sentido el impulso salvaje de besar a una dama sin su consentimiento.
―Te creo. ―Él le había confesado cosas del todo increíbles, así que no tenía sentido poner la última aseveración en entredicho.
―Pídeme que te bese, porque no volveré a ser grosero contigo.
―¿Vas a dejar de llamarme bruja?
―No. Lo único que has conseguido es que no coloque mi boca sobre la tuya sin tu permiso. Y es un gran logro, ¡no pongas los ojos en blanco!
―¡No lo he hecho!
Jacob aprovechó que ella bajaba la guardia para quedarse a un suspiro de sus labios.
―Quiero besarte. Necesito besarte ―susurró casi acariciando su boca.
―Eso no sería bueno para ninguno de los dos ―apuntó mirando a sus ojos y en un tono muy confidente.
―Te prometo que no pasará más allá de un beso. No corres peligro. Soy muy capaz de refrenarme aunque mi sangre se encienda.
―No sé si eso es un cumplido o todo lo contrario. Tengo entendido que con la mujer indicada es imposible… detener la pasión.
―Te lo he dicho. Soy un hombre muy disciplinado. Mi vida depende de que mis impulsos no tomen el control. Pídeme de una maldita vez que te bese ―imploró, soezmente, para ver si así ella se decidía.
―Dile a la dama tras la que has corrido hasta el jardín que te ofrezca lo que yo te niego y no te daré ―dijo, luchando de manera encarnizada con la ansiedad que la embargaba por el hecho de desear su caricia.
―Suenas celosa y eso definitivamente no te hará bien.
―El matrimonio no está en mis planes. Tampoco una aventura. Más, cuando he visto el modo en el que bailabas con la dama.
Jacob le sonrió.
―No vas a dar tu brazo a torcer. ―No fue una pregunta.
―No soy de esa clase de mujeres. Es por eso por lo que sé que me condenaría si aceptase casarme con un inglés.
―¿Qué insinúas?
―¿De verdad no sabes quién soy? ―Jacob negó con la cabeza.
―Si lo supiera, no te habría preguntado tu nombre.
―Conozco muchos trucos. No sé si tú…
―No sé tu identidad ―la cortó―, pero sospecho que eres la hija de un duque, te lo he dicho antes. ¿Me equivoco?
―¿No has escuchado ni un solo murmullo sobre mí?
―Pareces defraudada.
―Espero que no me mientas, creo cada palabra que me has dicho, y si llegase a saber que todo esto es una treta…
―Solo deseo un beso. Uno que rehúyes darme pero que sé que ardes en deseos de recibir. Puedes ser la hija secreta del rey, si quieres. No me importa.
―De verdad que no debemos…
―¿Serviría de algo si te confesase que esa mujer a la que me has visto perseguir hasta la terraza es la esposa de mi mejor amigo, y que jamás habrá nada entre ella y yo?
―Eso es todavía mucho peor. Suéltame, te lo imploro.
―¿Te repugna que haya caído tan bajo como para pensar en la esposa de mi difunto mejor amigo? ―Le pareció oportuno señalar que Ranfield estaba muerto. Aunque dicho así era todavía más escabroso.
―No, eso denota que tienes escrúpulos y me convienes todavía menos.
―Te llevaré a Bedlam en cuanto me des mi beso.
―¿La amas?
―¿Te seduce la idea de lidiar con un hombre que ha tenido con las mujeres tantos problemas como yo? ¿Quieres conquistar mi corazón, bruja?
―Después de lo que has narrado dudo mucho que alguien sea capaz de lograrlo. No. No te lo pregunto por ese motivo. Solo me resultas… fascinante.
―Sé que disfrutaste mi beso cuando ayudé a poner en marcha de nuevo tu carruaje. Será igual de fascinante ―repitió la palabra que ella había empleado aposta―. Lo agradeceremos los dos. Ambos lo deseamos, lo necesitamos. Pídemelo, Jenna. Un beso. Solo uno… ―suplicó.
―Suéltame, por favor ―musitó, sin mucha convicción.
Él esbozó una sonrisa pícara.
―Hace unos cinco segundos que eres libre, bruja. ―Jacob levantó los brazos para mostrarle que ya no la tenía agarrada, aunque sí seguía muy cerca de sus labios.
Jenna cerró los ojos, tomó aire por la nariz, porque sería la última vez que aspirase esos matices varoniles, tan agradables y duros al mismo tiempo, y se separó de él.
Él la dejó ir. Jenna se dio media vuelta y la siguió solo con la mirada hasta la puerta. Estaba famélico por ese beso que no le había concedido.
Jenna despasó el cerrojo y se ladeó para observarlo.
―Eres un buen hombre, Jacob. Deseo que encuentres lo que necesitas. Yo no te convengo, pues aunque tienes el corazón roto, acabarás enamorado de la dama que te muestre el camino de la confianza de nuevo.
―Opino que no estás acertada en tu suposición. Aunque de todos modos… lo preguntaré: ¿no te gustaría probar suerte? ¿No merezco la pena? ¿No es el diablo digno de una bruja?
Ella intuía que era la frustración la que hablaba por él. No se ofendió.
―Exigirías el mismo nivel de compromiso, lealtad y amor que ofrecerías.
No puedo dedicarme a un hombre en cuerpo y alma porque tengo más aspiraciones en las que pensar.
Mi tía me ha mostrado mi papel como esposa y requiere demasiado sacrificio como para buscar una unión que involucre los sentimientos.
Soy una mujer práctica que considera que un contrato es mejor que una promesa.
―¿Qué quieres decir? ―Se había perdido algo.
―Te deseo la mejor de las suertes y lo digo con sinceridad.
Acto seguido, ella salió de allí, después de asegurarse de que el pasillo estuviese despejado, y Jacob Donaldson se quedó solo en medio de una silenciosa biblioteca sin saber bien qué había acabado de ocurrir.