Capítulo 2 #5
Jenna colocó ambas manos en su cintura, sobre la muselina verde esmeralda de su vestido, y comenzó a repiquetear con sus preciosos escarpines sobre el mármol para mostrarle su impaciencia.
―¿Va a tardar mucho en lo que quiera que sea que se proponga? Se llevará una sorpresa, se lo advierto. ―En Boston, Jenna se quitó de encima a un muchacho que se tomó libertades, dándole un rodillazo donde más le dolió. Proteger la virtud exigía ciertas… enseñanzas de lo más ventajosas.
―Solo te falta la sombrilla. Sí. Tenía mis dudas de que fueses tú, pero vaya si lo eres, bruja. ―Se dirigió a ella con informalidad porque la ocasión ameritaba.
―¿Qué hace un mozo de cuadras en una elegante fiesta? ―Se defendió del ataque.
―La misma lengua afilada de entonces. Aunque bien pensado, debería sentirme halagado de que me reconozcas.
―¿Reconocerle? ―preguntó con los ojos como platos. Ese caballero de pelo negro, ojos castaños y piel más oscura de lo que aconsejaba la moda no iba a salirse con la suya―. No diga tonterías. No sé quién es usted. ―En verdad no era mentira… del todo. No conocía su nombre.
―No mientas, bruja ―la acusó.
―Ahí va otra vez. No sé quién es usted, pero he supuesto que su lugar serían los establos, pues se atreve a hablarme con informalidad, con groserías, y me ha insultado sin que yo lo mereciese ―señaló con seriedad y sin alzar la voz.
―Estás faltando a la verdad. El modo en el que me mirabas en el salón de baile evidenciaba que me estabas comiendo con los ojos.
Si desde nuestro primer encuentro te hubieses portado como una dama agradecida y piadosa, tendrías mi total cortesía y atención.
Pero no. Supe que eras una bruja desde que te vi en la zanja del camino.
¿Qué título ostenta tu padre? Por lo menos debes ser la hija de un duque ―conjeturó debido a la arrogancia que observaba en ella.
Jacob Donaldson tendría que ser azotado por lo descortés que estaba siendo con esa bonita joven.
Él lo sabía, pero de igual modo tenía grabada en la retina la forma en la que la muchacha le agradeció su auxilio cuando ayudó a su cochero a cambiar una rueda de su carruaje tiempo atrás.
Ella fue grosera en aquel momento y él… lo sería todavía más.
―Mi padre es rey ―señaló altiva. No mentía. El señor Peter Walsh tenía ese cargo en su corazón. No había hombre más importante que él para Jenna.
―¿Eres una de esas princesas prusianas perdidas? No, yo creo que no. Ellas son etéreas, de pelo claro y brillante como los rayos del sol y ojos del color de los océanos. ―La joven no se veía ni frágil ni asustadiza.
―Quién sea o deje de ser no es asunto suyo. Tal vez no posea ni título y le esté mintiendo ―respondió con una tranquilidad que trataba de aparentar y que no sentía.
Recordaba muy bien a ese hombre que la miraba con ojos entusiastas y tenía la comisura del labio izquierdo ligeramente subida. Se veía que se estaba divirtiendo a su costa y eso la enfadaba todavía más.
No sabía ni su nombre ni su procedencia.
Solo podía recordar que cuando lo vio, se sintió nerviosa.
Él había parecido un pirata a lomos de un caballo negro.
Desmontó de un salto, se quitó la chaqueta, se apartó el chaleco y…
Era el hombre más grande que jamás vio. Corpulento, toda una montaña de músculos bien colocados.
Estaba enfadadísima con ella misma por haberse sentido nerviosa con su presencia.
Tía Harriet y ella empezaron el viaje por Escocia.
Lady Thunder no llevaba demasiado bien los desplazamientos largos y optó por el láudano para templar los nervios.
Durante el trayecto, una rueda se salió de su eje sin causar un gran estruendo, dado que uno de los muchachos se dio cuenta y avisó al cochero antes de que sucediese un accidente.
Él. Ese desconocido que la miraba y que deseaba irritarla, fue quien asumió el mando, ayudó con la rueda y todo quedó listo pronto.
Jenna no se atrevió a mirarlo en aquellos instantes porque era…
¡demasiado perfecto! Y olía… como un campeón venido de una justa.
A cuero, a caballo, a hombre. Su propio olor la hizo sentir extraña.
Era algo fuerte, poderoso, que se intensificó todavía más cuando la besó sin aviso ninguno.
Oh, sí, él se tomó la libertad de besarla y ella, débil, se dejó arrastrar por la provocación y le devolvió el beso sin poder siquiera evitarlo.
El único beso pasional y ardiente que había recibido y fue precisamente de un desconocido al que deseaba alejar de inmediato ya en aquel momento del pasado. ¿Por qué el destino lo tuvo que traer de nuevo a su vida?
En esos instantes la cosa no era mucho más halagüeña que entonces.
Necesitaba que él desapareciese de su vista con urgencia.
Y lo peor, tenía que taparse la nariz porque su aroma la afectaba demasiado.
Cuero, como antaño, salvo que ella podía distinguir el olor a limpio del jabón de su ropa o de su piel.
Estaba mareándose por el recuerdo de aquel contacto con una poderosa boca masculina, por los destellos de los múltiples aromas del desconocido.
Así que hizo lo único que parecía una salida adecuada.
Jenna finalmente se tapó la nariz y retrocedió un par de pasos para evitar olerlo y que su nariz inspirase más fuertemente para pescar todas esas tonalidades que él emitía.
La joven supo que había cometido un error en cuanto su mirada se volvió fría y la adorable boca de labios apetecibles se convirtió en una fina línea blanca.
―Recuerdo que tu cochero te llamó « milady ». Y si fue por error…
―Cosa que posiblemente ocurriese ―precisó ella. No recordaba ese apartado de manera especial, pero sí era cierto que contrataron a un hombre para llevarlas a su tía y a ella, y el empleado las llamaba de esa forma porque era probable que no supiese distinguir las clases sociales.
―El título de bruja te iría como anillo al dedo, porque eres más malvada de lo que supuse en un primer momento.
No sé qué locura me ha llevado a seguirte para ver si eras tú la muchacha a la que…
―Dejó de hablar. Nunca debió haberla besado―.
Estaba dispuesto a ofrecerte una disculpa por mi comportamiento después de burlarme de ti porque merecías de nuevo un escarmiento por mentirme a la cara. No te robaré más tiempo.
Jacob Donaldson se dio media vuelta dispuesto a abrir la puerta y huir a toda prisa de ese adorable problema malcriado y odioso que suponía la joven.
¿Esa noche no podía salirle bien nada? Primero el error imperdonable con la esposa de su mejor amigo, en esos instantes una desagradecida que lo acababa de tratar como si apestase.
¡Había tomado un baño justo antes de la fiesta!
Él estaba sosteniendo el pomo de la puerta. Jenna consideró que lo mejor sería dejar que se marchase airado. Ese hombre era peligroso. No solo por lo que le provocaba, sino porque tomaba lo que quería cuando lo deseaba y ella detestaba a los abusones. Y sin embargo, se encontró diciendo:
―¡Espere!
Eso sí que no lo había imaginado. Jacob se dio media vuelta y la observó con la nariz todavía tapada. Estaba ridícula, la verdad, con la mano derecha apretando esa zona y la izquierda tendida a un lado.
―¿Se te ha olvidado algún otro insulto que desees propinarme antes de salir?
Ella dejó caer el brazo derecho, destapándose así la nariz, y lo miró tratando de parecer menos… más… Con mayor humildad.
―Usted ha señalado su predisposición a disculparse por lo que ocurrió en medio de la zanja, y aunque no ha llegado a hacerlo… Bien, yo no le agradecí su ayuda en aquella situación y debo agradecérsela pese a que sea tarde para hacerlo. Gracias por socorrernos.
―Vaya… y la disculpa no se te ha atragantado. ¡Fíjate! Eres capaz de no parecer una bruja si te lo propones.
―Ahora puede marcharse. ―Lo despachó sin miramientos.
―Ha sido bonito mientras ha durado. ¿Por qué eres una bruja?
―Por lo que veo le gusta mucho esa palabra ―refunfuñó.
―Es el calificativo que mejor te define. ¿Por qué me observabas de esa manera en el salón de baile? ―preguntó con curiosidad.
―No le miraba de ningún modo especial.
―Estás mintiendo de nuevo.
―¿No se iba? ―lo azuzó.
―No. Todavía no me he disculpado y estoy barajando la posibilidad de averiguar si vale la pena hacerlo o no.
―No es necesaria ninguna disculpa por su parte. Se lo aseguro. Puede marcharse en paz.
―¿Es porque estás rememorando aquel beso que te robé? ¿Tan encantador lo encontraste que insistes en que no me disculpe? ―siguió él, otra vez con el humor bailando en sus ojos.
―Por supuesto que no ―negó sin ninguna emoción en particular. Todo iría bien si él se quedaba en su lugar. Jenna había desempeñado demasiadas veces ese papel arrogante, frío y despótico, y lograría seguir en él.
―Yo creo que sí. Me mirabas del mismo modo que en aquella zanja.
Al principio creí que me considerabas de clase baja, inferior a ti y que por eso eras desagradable.
Pero no es solo eso. Hay algo en tu mirada que…
No alcanzo a descifrarlo, y créeme, soy bueno interpretando a las personas.
Solo una me engañó porque mi corazón estuvo ciego.
―Realmente su trabajo como espía resultaba muy acertado la mayor parte de las veces.
Jenna se interesó al escuchar esa última frase.
¿Quién le habría fallado? Si ella pudiese leerle la mente se daría cuenta de que la mujer que mayor dolor le causó a Jacob Donaldson fue su propia madre, quien había tratado de asesinar a toda la familia de su primo el duque de Darkworth, solo para que él heredase el ducado.
El dolor todavía estaba latente. Ni su exprometida le rompió tanto el alma.
Ella retrocedió un paso en cuanto él avanzó dos para examinar mejor sus ojos verdes. Jacob la retuvo por la cintura y la obligó a quedarse en su lugar.