Capítulo 2 #4
―Si me decanto por usted le haré llegar a su casa la invitación. Logrado el triunfo ante su rival femenina, si la rechaza, haré que se arrepienta de su elección. Nadie me contradice ―la avisó―. Buenas noches, lady Ranfield.
Observó a la mujer ponerse en pie y marcharse del mismo modo intempestivo que cuando llegó. Bendita fuese la amiga de York por haberla interrumpido cuando las cosas con Donaldson se pusieron demasiado cercanas.
***
La señorita Jenna Walsh estaba cansada de mantener una sonrisa en su inmaculado rostro. Tenía la sensación de que cuando la miraban solo veían en ella las miles de libras que su padre aportaría al matrimonio.
Se sentía como un trofeo. O mejor dicho, como un zorro al que los depredadores más peligrosos pretendían cazar.
El periodo de gracia que su tía Harriet le había dado terminó hacía unas pocas semanas, por lo que atrás quedó un maravilloso tour europeo que serviría para consolarla si alguno de los estirados esnobs ingleses al final tenía éxito y la conseguía.
Oh, pero Jenna no sería una conquista fácil.
Estaba más que dispuesta a poner las cosas difíciles.
¿Para qué le servía el matrimonio a una mujer?
Para encadenarse a una persona que tal vez fuese un demonio, o peor, un diablo estúpido sin sesera.
¿Por qué su padre le había enseñado el valor de la libertad en Boston, y luego la obligaba a desplazarse a Londres para vivir enjaulada el resto de su vida? ¡Padres! ¿Quién los entendía?
En la fiesta de los Portman, ella había logrado sortear a unos cinco caballeros que se mostraron increíblemente interesados…
en su fortuna. Alguien, tiempo atrás la había bautizado como la «heredera del jabón».
Prefería ese término al que solían usar las masas a su espalda, puesto que la habían apodado algo así como: «La dama del sucio dinero americano».
Jenna no pudo evitar resoplar con la última reflexión. Su vida terminaría a los veinte años porque su tía era persistente y su padre no tomaba en consideración sus deseos. Bufó una vez más, en esa ocasión algo más fuerte.
No se sentía especialmente cómoda esa noche.
Había entre los invitados de lord y lady Portman un hombre que la ponía nerviosa.
Trató de desviar los ojos de él y se centró en su tía, pues le había dado un pequeño golpe con el abanico pintado a mano con terminaciones de madreperla para llamarla al orden. Bendita fuese por ello.
―Estás siendo inapropiada, señorita Walsh.
Jenna rodó los ojos. Su tía llevaba la etiqueta hasta el límite. Figuraban ambas en la parte más cercana de acceso al salón de baile y estaban solas. Así que ¿quién la escucharía quejarse entre resoplidos? Nadie, por eso Jenna no se había reprimido cuando resopló con fuerza.
―Lo lamento, tía ―dijo con su mejor voz melosa.
Tía Harriet, lady Thunder, era buena, pero la atosigaba sin parar.
Eso sucedía porque la dama era una viuda mayor que solo tenía a su sobrina en su vida.
Le decía a todas horas que ella era la hija que nunca tuvo…
Sus hijas no nacidas estaban mejor en el limbo.
Jenna lo tenía muy claro. Y el pensamiento no surgía promovido por la crueldad.
Harriet era demasiado autoritaria para ser una vizcondesa.
A Jenna Walsh le habían enseñado la escalera social y su tía estaba, más bien, en la zona baja, aunque se daba aires de grandeza.
La joven se sonrió con el último pensamiento.
Ella misma solía ser más altiva que una duquesa con el fin de asustar a todos sus pretendientes.
Ah, si su padre le hubiese hecho caso cuando le pidió que fabricase un jabón que oliese a inteligencia para que los caballeros huyesen despavoridos cuando una dama se bañase con él…
¿A qué olía la inteligencia? Desde luego, no a sándalo o bergamota.
¿Por qué los hombres se asustaban cuando se topaban con una fémina curiosa, que no se conformaba con dar por buena la palabra de un caballero?
¿Por qué la sociedad se empeñaba en que las mujeres estuviesen siempre por detrás de los hombres?
Lo cierto era que no tenía ganas de averiguarlo.
En los Estados Unidos de América lo único que se necesitaba para tener poder era dinero. No un título.
Suspiró profundamente. El tiempo se le acababa.
Era la última temporada en la que su tía le permitiría elegir a un candidato.
Ese fue el trato para que accediese a llevarla de viaje por Europa.
Cuando terminase el último acto social, si Jenna no había elegido a un esposo, Harriet lo haría por ella.
No estuvo en su mejor momento cuando accedió a ese acuerdo, pero le parecía que estar bajo el cielo de Escocia, Atenas, Italia, España y Francia bien valdría la pena para acabar luego en el infierno con un lord engreído y de pocas luces.
―Si me disculpa, tía, necesito ir a la sala de descanso de las damas.
Harriet se giró y la miró con el ceño fruncido.
―Solo has bailado dos veces.
―¿Solo un par? ―Las sentía como si fuesen cientos.
―¿Cómo vas a enamorarte de un caballero si a la menor oportunidad te escondes en las bibliotecas? Un día no muy lejano tendremos un disgusto, jovencita. Y cuando eso suceda, espero que haya a tu lado un duque, cómo mínimo.
Ah, ahí estaban las trampas. Una dama soltera tenía que proteger su virtud como si de un precioso tesoro se tratase.
Ella, pese a que su padre no ostentaba un título, se había criado entre la alta sociedad bostoniana.
Su madrina americana, una gran señora de Boston con poder, había tratado de casarla en varias ocasiones, pero Christine Ford desistió de todo empeño pronto.
En cuanto puso un pie en Londres, le pareció que Boston fue un paraíso, dado que en esa tierra inglesa todo era mucho más riguroso y estricto que en su ciudad natal.
En aquellos veranos en los que residía con su tía, no le pareció nunca algo así, pero también era verdad que siendo una niña no tenía la obligación de sociabilizar más de lo puramente necesario.
Resopló una vez más al recordar las clases de dicción y modales a las que su tía la sometía cada mañana.
Aquello era terrible, pero las tardes estaban libres y Jenna las aprovechaba muy bien montando a caballo, nadando en el lago…
Su niñez en Inglaterra fue más memorable de lo que acabaría siendo su edad adulta, dado que si llegaba a casarse, cosa que trataría de impedir a cualquier precio, esperaba que su esposo la retuviese a su lado hasta que pariese a sus hijos y que luego les permitiese ir de visita a Boston, aunque fuese en verano…
Hijos. Era lo único que podría contentarla en una unión de conveniencia.
Podría verlos en la fábrica de jabón, oliendo aquí y allá, preguntando sobre fragancias…
, pero seguro que su esposo no lo consentiría.
Tal vez si tenía un segundo muchacho pudiese ayudar a su abuelo a gestionar el imperio.
Tenía entendido que los nobles le daban mucho valor al heredero, y a los siguientes se les relegaba con facilidad.
¡Qué gran suerte para los repuestos del primogénito!
Seguro que se les permitía mayor libertad.
Sus ojos se movieron por inercia para buscarlo a él, por última vez, antes de salir en estampida hacia la biblioteca y ver qué había allí interesante.
La mala suerte hizo que la mirada de la joven se cruzase con la de él.
Se quedó anclada en el lugar unos pocos segundos en los que su corazón comenzó a latir a gran velocidad.
No entendía la reacción de su cuerpo. ¿A qué venía toda esa tontería?
Solo era un hombre, alto, apuesto, que se veía seguro de sí mismo y…
un picaflor, como dirían sus amigas bostonianas.
Se obligó a apartar la mirada primero, se dio la vuelta y se encaminó hasta un lugar más adecuado para una mujer como ella.
Uno donde hubiese montañas de libros. Se sintió tonta por el espectáculo tan bochornoso que le había dado a él.
Bueno, por lo menos no le había sonreído.
Seguro que no la recordaba. Era innegable que aquel hombre estaba acostumbrado a conquistar a sus víctimas con facilidad, así que ella seguramente fue una muesca más en su cinturón.
―Ya basta, Jenna ―se susurró a sí misma, mientras avanzaba por el pasillo a paso veloz.
Era necesario averiguar si en el lugar elegido para esconderse durante un buen rato había alguien haciendo maldades . Confiaba en llegar y que el sitio estuviese desierto. Se metería allí para después echar la llave. Rezó brevemente para que la puerta tuviese un pestillo para evitar a los intrusos.
Accedió a la biblioteca y recorrió la estancia con la mirada. Había luz, no demasiada, pero sí la suficiente para hojear un par de ejemplares.
―¿Hola? ―preguntó para cerciorarse de que no había nadie. No tuvo respuesta y se alegró.
Jenna se dispuso a cerrar la puerta, decidida a encerrarse y a olvidar los problemas de su futuro matrimonio gracias a la lectura.
Aspiró por la nariz. Allí dentro olía a sabiduría.
A papel, a tinta, a cerrado… cada biblioteca olía a algo diferente.
Esta le gustaba especialmente por su aroma cálido y acogedor.
De pronto un zapato de caballero, bien pulido, apareció de la nada y le impidió cerrar del todo la puerta. Su reacción fue hacer más presión para librarse del intruso. No lo logró, en una fracción de segundo él estaba frente a ella y la observaba expectante.
―Disculpe, pero la sala está ocupada ―le dijo Jenna con la cabeza bien alta.
Él no respondió. No con palabras al menos. Lo observó cerrar la puerta y echar la llave. Los dos se quedaron solos y encerrados.
La joven bostoniana tragó saliva y mantuvo la mirada desafiante, en alto. Si lo que pretendía era asustarla, le haría falta mucho más que imponer su presencia no deseada.
El hombre la examinaba descaradamente una y otra vez, pero no hablaba.