Capítulo 2 #3
―Por Dios, no te disculpes más. Todo esto es nuevo para mí.
No he estado en Londres desde los diecinueve años y en aquellas dos temporadas…
fueron pocos los eventos sociales a los que acudí.
Ahora me siento observada, como si todos estuviesen esperando a que hiciese una calamidad.
Escucho muchos rumores sobre Ranfield. Sobre cómo me tenía apartada en el campo mientras él se divertía en la ciudad.
Me miran con recelo. Algunos se preguntan qué tenía yo de malo y otros se apiadan de mi situación.
Es del todo malicioso que todos estén pendientes de asuntos que no les conciernen.
La pareja se separó poco a poco. Él le sonrió y le tomó la barbilla con dos de sus dedos para obligarla a levantar la mirada y observarlo.
―Te lo he dicho antes, querida. Eres la mujer más destacable de la fiesta, es por eso por lo que todos los ojos están centrados en ti.
Es por ese motivo que me he visto en la obligación de bailar contigo y exponer ante los demás hombres que gozas de mi protección.
No tengo un título como mi primo, pero sí cierta fama y con eso servirá para darte mi amparo.
Los dos se quedaron quietos. Estaban muy cerca el uno del otro. Regina sentía el aliento cálido de él, olía tímidamente a algo dulce, pudiera ser whisky o brandy . Lo mismo le ocurría Jacob. La boca de la condesa olía a menta, su piel a lirios blancos.
Sin darse cuenta de lo que hacía, Jacob le pasó la mano por la mejilla y le limpió los restos de humedad.
Fue una caricia que la hizo estremecer. Como si de un hechizo bajo la luna se tratase, Jacob no podía dejar de admirar sus ojos turquesas.
Se acercó un poco a ella. La mirada de él descendió hasta sus labios.
―Lamento la interrupción, pero tengo otra cita en breve y no puedo demorarme más, lady Ranfield.
El embrujo quedó en nada. Una dama, con un elegante vestido rojo, con un escote de lo más explosivo, de ojos grandes y pelo negro como el de Regina, estaba junto a ellos.
Jacob Donaldson se separó de inmediato. Regina recobró la compostura y esperaba que el buen juicio también. ¡Por amor de Dios! Estaba mortificada por haber sido tan débil.
Su necesidad de contacto y atención era alarmante. ¡El mejor amigo de su difunto esposo! Hubiese sido una calumnia del todo imprudente.
―¿Duquesa? ―preguntó con cierta seguridad Regina.
―La misma. Me avisaron de que debía entrevistarla aquí, pero tal vez mis… servicios ya no sean necesarios ―argumentó la mujer mientras miraba a Jacob.
―¿Podría dejarnos un momento a solas, señor Donaldson? ―inquirió Regina, con formalidad y en tono regio. Le pareció lo mejor dado el caso. Poner un poco de distancia entre ambos se hacía más que necesario.
―Por supuesto. ―No discutió ni un instante porque él también precisaba un alejamiento táctico. La situación lo había pillado tan desprevenido como a la dama.
La duquesa X y Regina se quedaron en medio de la terraza. La dama era la mujer a la que Malcom insistió en que debía ver en Londres. ¿Quién sería esa desconocida que se mostraba tan segura, arrogante y brillante?
―No era mi intención molestarla, querida, pero en verdad debo ir a otra fiesta para entrevistarme con una viuda que es, como usted, candidata.
―¿Entrevistarse? ―La palabra le pareció peculiar.
―¿No le explicó York que yo elijo personalmente a mis invitadas y que las… invitaciones son muy pocas?
Ambas mujeres se movieron hasta la balaustrada y se apoyaron allí para conversar.
―Lo cierto es que el duque solo me dijo que viniese a Londres y la buscase.
―Lleva en la ciudad varias semanas y todavía no ha venido a mi casa para realizar la entrevista.
Su compañera, a la que veré después, ha hecho lo mismo.
Aunque no debería sorprenderme por encontrarme con damas reacias que llevan tanto tiempo en la oscuridad.
Verá, tengo un puesto para una de las dos, y estoy empezando a pensar que ninguna lo merece.
―¿Puedo hablar con sinceridad? ―El tirón de orejas de la misteriosa mujer fue sentido.
―Debería hacerlo, porque yo lo haré siempre que nos encontremos. No me ando con remilgos. Para que se haga una idea sobre mi persona, podría decirse que soy la versión femenina de York, solo que con más clase y atractivo ―señaló con el mentón en alto.
¡Vaya! Sí que lo parecía, sí.
―El duque está reformado, pero sé bien la clase de reputación que ha ostentado con orgullo durante sus años anteriores, así que no la censuro, solo podría felicitarla por tener las agallas que presupongo que tiene.
―¿Por qué no ha venido a verme, lady Ranfield? ―retomó la conversación inicial la dama de rojo.
―Lo que el duque me propuso al venir a verla a usted… No me dio ninguna pista sobre lo que se me ofrecería. Tampoco es que hiciera mucha falta, imagino que debe ser algo… y no sé si yo… ¡No quiero ofenderla! ―exclamó al darse cuenta de que tal vez pudiese estar volviendo a pecar de ingrata.
―No lo hará. Hable con libertad ―la animó.
―Creo que me enfrentaré a una situación prohibida, y por ende, lujuriosa, si al final usted me eligiese para… lo que en verdad vaya a ocurrir. ―Ya estaba. Ya lo había dicho.
―¿Cuántos años tiene, querida?
―Veintitrés, pero me siento con muchos más. Digamos que incluso siendo más pequeña siempre alardeé de una madurez excesiva, y a raíz de mi matrimonio tuve que olvidar los infantilismos por completo. ―Lo que ella había vivido la hacía una mujer más madura que ese simple número dicho inicialmente.
―¿Ha sido fiel al luto?
―¿Qué quiere decir?
―¿Ha fornicado con algún hombre mientras…?
―¡No! ―la interrumpió con irritación. Hacía demasiados años que dormía sola en su cama, y pese a que había anhelado en más de una noche un poco de consuelo, no lo buscó ni con su propia mano. El placer que se sentía cuando un hombre deseaba a una mujer era algo lejano que casi había olvidado.
―¿Cuánto hace que no retoza? ¿Que un hombre no la llena, la toca, la lame y la sacia?
―¡Esta conversación es excesiva! ―saltó mortificada.
―Usted necesita lo que yo ofrezco. York ya ha pagado su pase por adelantado, a pesar de que le dije que eso no le garantizaba a usted mi elección. Será mejor que hable si no quiere que su benefactor pierda una fortuna.
―¿Pagado para qué? ―No entendía lo que la mujer le decía, aunque sí se formaba una breve idea de la situación. Definitivamente era algo clandestino y exclusivo. La curiosidad pudo con ella.
―Responda a mi pregunta.
―Años ―dijo por lo bajo―. No tuve amantes, y no fue porque la oportunidad no surgiese. Quiero pensar que fui leal a mi esposo, aunque muchas veces creyese que él no lo merecía y que yo estaba poniendo mucho más de mi parte que él.
―¿Él le pegaba?
―No. Pero a veces no hace falta levantar una mano para herir.
―¿La maltrataba de algún otro modo? ―indagó.
―Nos peleábamos mucho. Sí fui fiel, pero no dócil en mi comportamiento como esposa. No soy una mujer que pueda callar cuando algo no le agrada ―admitió con la cabeza bien alta.
―¿Le fue infiel a usted el conde?
―Estoy convencida de que así era.
―Preste atención a la última pregunta que le haré, porque es la más importante. Responda y sea sincera.
―Lo intentaré. ―Esperaba que York supiera con seguridad que la duquesa X era de confianza, porque de lo contrario… Regina había revelado muchísimo sobre sí misma.
―¿Desearía tener un amante? ¿Ahora? Sé que dijo que en el pasado desechó la idea.
―Mi vida es compleja. No estoy segura de nada de lo que me rodea. Solo mi hijo es un pilar fundamental. ¿Un amante? No lo sé… ―dijo de inmediato sin pararse a analizar la pregunta con exhaustividad, porque en verdad no sabía lo que deseaba. Estaba perdida, a la deriva.
―Explíquese ―le ordenó.
Sí resultaba tan tiránica como York. Sí.
―Me ha visto hace un instante a punto de besarme con el mejor amigo de mi difunto esposo.
―La admisión en voz alta sonaba todavía peor de lo que resultaba en su cabeza―.
Es evidente que preciso de algo, pero no tengo claro el qué.
No puedo decir que la compañía de una mujer, la amistad de alguna querida amiga o una dama de compañía, sería lo que me haría llenar el vacío que siento en mi interior.
No es eso. La soledad es tremendamente dolorosa ―comenzó a hablar con más pasión para añadir con sinceridad―: Siendo honesta, quisiera que un hombre me mirase y me hiciese sentir especial porque yo lo merezco.
Me agradaría que me colmase de atención, que tratase de seducirme para llevarme a la cama, pero lo que más ansío de todo lo que me podría ofrecer un compañero es…
―Regina se dio cuenta de que su corazón latía rápido, de que a medida que había ido exponiendo sus demandas, su mente se abría claramente.
Veía un propósito con nitidez, pero no se atrevía a señalarlo, porque hasta ese momento no había identificado lo que buscaba.
―Dígalo. No sea tímida. ―La mujer la animó en un claro tono de desafío―. No tiene sentido después de lo que ha compartido. Yo no la censuro, es más, admiro la honestidad en cuestiones íntimas.
Regina levantó la mirada que había tenido en el poco interesante baldosín de la terraza y la miró a los ojos.
―Sumisión. Quiero tener el poder de decidir si acepto o no la seducción.
Ser una tirana en el lecho si me decido a serlo, y que el hombre al que elija, sin rechistar, me permita todos mis caprichos.
Sean los que sean. ―No mentía. Acostumbrada a replegarse a los deseos de Lawrence cuando compartieron cama antes de que todo se volviese demasiado doloroso y ella lo echase de allí, deseaba más.
Mucho más, si finalmente se acostaba con otro hombre.
Observó que la comisura del labio izquierdo de la duquesa X se levantaba brevemente, a modo de una especie de reconocimiento por su atrevimiento.