Capítulo 2 #2
Se trataba de Basil, el hijo mayor de lord Portman.
Regina lo había reconocido de inmediato, no así la duquesa de Phenton.
Basil era un joven muy serio. De aspecto severo, aunque se adivinaba perspicaz.
Su pelo era dorado y sus ojos azules, muy amables en comparación con el semblante que solía emplear a la hora de dirigirse a alguien o mirarlo.
A Regina le recordaba un poco a Banstorn, solo que era mucho más joven que Liam.
Lady Ranfield había tratado bastantes veces con él mientras congeniaba con la vizcondesa Portman en las últimas semanas, y hasta la fecha no se había dado cuenta de la mirada tan penetrante que tenía el heredero de Thomas Foster.
―Mi padre me ha dicho que debo bailar y que sería conveniente hacerlo con la dama más interesante que encuentre.
―¿Soy interesante? ―inquirió Regina, sin poder detener la pregunta. Eso sería una gran novedad.
La duquesa de Phenton emitió una breve risa y se retiró discretamente para dejarlos solos. Regina sospechaba que iba a tener que lidiar con un muchacho muy persistente que no dejaba de mirarla de un modo que…
―Si no fuera así, no le habría pedido un baile, lady Ranfield ―replicó Basil con su habitual seriedad.
A continuación le tendió la mano a la viuda.
―Soy demasiado mayor para…
―La edad es solo un número. ―Le sonrió brevemente y la condesa se dio cuenta de que él sería un peligro para el género femenino cuando llegase a la plenitud―.
Le prometo que no la pisaré. Lady Portman me ha enseñado a bailar muy bien el vals y no se me ocurre nadie mejor que usted a fin de poner en práctica las lecciones.
Regina estaba a punto de entrar en pánico. Lo que menos necesitaba una viuda que estaba regresando a la sociedad era que la viesen encandilando a un muchacho… ¡Un vals! Santo Dios, precisamente un vals… ¿Cómo alejar a Basil Foster sin desairarlo?
―Yo creo que…
―Tenga cuidado con él. La soledad y los golpes bajos del destino son peligrosos ―saltó de pronto Basil.
Regina miró a un lado y a otro para ver si Basil le hablaba a alguien más, porque no entendía nada, pero entonces…
―Señor Foster ―los interrumpió una voz masculina―, permita que le presente a la señorita Dorothea Prince.
Señorita Prince, este es Basil Foster, heredero del vizconde Portman, el anfitrión de la fiesta.
¿Por qué no le muestra a la muchacha lo divertido que es bailar el vals?
―Ambos hicieron las oportunas muestras de cortesía al saludarse.
Regina suspiró llena de alivio. El señor Jacob Donaldson había llegado en el mejor de los momentos, acompañado de una muchacha de unos dieciocho años. Aunque era algo mayor para Basil, la joven sería más adecuada para que el hijo de Portman bailase.
La condesa de Ranfield se dio cuenta de que Jacob y el joven hijo de Thomas se medían las miradas en lo que parecía ser un duelo secreto. Lo que Regina no sabía era que ambos se conocían muy bien debido a lo que habían vivido en el pasado los dos.
Al cabo de lo que se sintió como una eternidad, Basil le sonrió a la señorita Prince.
―Será un placer, si a lady Ranfield no le molesta, por supuesto.
―Yo me ocuparé de la condesa, muchacho ―respondió Jacob por ella. De todos modos, Regina asintió. Era joven, pero Basil Foster era todo un caballero. Un futuro vizconde prometedor.
―Tenga cuidado, señor Donaldson ―tomó la palabra Basil de nuevo, al tiempo que le sujetaba la mano a su próxima compañera de baile―, sus ojos denotan mucho más que preocupación.
La pareja se marchó de allí sin que Regina entendiese la última parte, ni que Jacob pudiese alegar algo más.
―¿Os conocéis? ―le preguntó intrigada al que fue el mejor amigo de su esposo.
―Es una larga historia. Y deprimente también. La madrastra del joven al que has conquistado fue mi prometida en un tiempo que parece muy lejano.
―¡Oh! ―La situación era incómoda―. Pero no he conquistado a nadie ―repuso con dulzura.
―Discrepo. ―Jacob también le sonrió.
Regina suspiró. No tenía caso discutir con él.
―¿Qué te ha traído a Londres? Solías decir que odiabas la ciudad, especialmente la temporada. ―Cambiar de tema sería lo mejor.
―Lo creas o no, estoy aquí en calidad de carabina, o algo por el estilo, de mi querido primo Aquiles.
El duque de Darkworth está buscando esposa de nuevo y me ha arrastrado a la dichosa temporada.
Espero que al fin este año se case y me deje libre.
Añoro mi Escocia natal y quiero marcharme allí para que nadie me moleste.
Cuando Darkworth me dijo que recalaríamos aquí…
Es como estar con la familia, solo que estoy de lo más incómodo.
Verte ha supuesto una alegría inesperada.
Observarte con ese aspecto tan… ―La miró de arriba abajo―.
Estás impresionante, Regina. No me sorprendería que al final de la noche recibieras más de una docena de propuestas, y si alguna es indecorosa, te ruego que me lo hagas saber para poner orden.
La condesa carraspeó incómoda. No estaba preparada para recibir tanta atención de Jacob. Las palabras de Basil fueron recordadas en su mente. El mejor amigo de su esposo… Seguro que se trataba de una tontería.
Lo siguiente que ocurrió fue que Jacob Donaldson estaba llevándola hasta la pista de baile. El vals iba a comenzar y todo indicaba que iba a bailar con él. ¿Le había pedido permiso?
―No te lo había solicitado formalmente ―señaló Donaldson con media sonrisa―.
Pero después de rescatarte de las garras de un joven que si se propusiese que te casases con él, lo estarías haciendo antes de que sonase la última campanada de medianoche, creo que me merezco una pequeña recompensa.
―Jacob conocía bien el carácter del hijo mayor de Portman y era demasiado…
¡todo! Le daban escalofríos cuando él estaba cerca. Muy audaz, inteligente y directo.
―¿He hablado en alto? ―Regina se sonrojó ligeramente.
―Susurrado, más bien. Tengo una oreja excelente.
―No pretendía ser desagradecida.
―Ni yo hacértelo sentir ―le dijo con una bella sonrisa excesivamente brillante.
Desde cuándo Jacob Donaldson le parecía… ¿perfecto? ¿Apuesto? Seguro que era porque no estaba acostumbrada a atenciones masculinas y después de que su esposo la ignorase durante tanto tiempo, se sentía agradecida por un poco de sano interés.
―Hace por lo menos cuatro o cinco años que no bailo. Espero recordar cómo se hacía.
―¿No bailabas con tu esposo? ―preguntó él mientras fruncía el ceño.
―Tú mejor que nadie sabes que Ranfield estaba poco en casa. Y en el campo… En Ranfield Manor no organizamos fiestas ni acudimos nunca a ninguna. No, no creo recordar haber bailado nunca con mi esposo después de que nos casásemos ―concluyó.
―Te amaba, solo que… Lawrence era complicado. Te lo juro, Regina. Te amaba con desesperación, pero no podía ser lo que tú necesitabas. Estaba demasiado…
―Roto ―terminó ella por Jacob, en cuanto llegaron hasta la pista de baile.
La música comenzó y la pareja se dispuso a bailar.
―Me contó lo que sucedió entre ambos. Lo de tu hermana ―precisó―. Se arrepentía de haberlo hecho. ―La separación de Eve y el hermanastro de Lawrence siempre estaría en las sombras del recuerdo.
―¿Se lamentaba también cada vez que quebraba sus votos matrimoniales con cuantas mujeres se ponían a su alcance? ―preguntó con una ceja alzada y sin poder detenerse a pensar.
Jacob suspiró.
―Me está bien empleado por meterme en asuntos que no me conciernen. No volveré a hablar del tema. Te lo prometo.
―¿Cuántas fueron, Jacob? ―Usó su nombre de pila porque tenía suficiente confianza para hacerlo. Después de todo, estaban hablando de los trapos sucios de su vida marital. ¿Qué más íntimo había que eso?
―No estás siendo justa.
―¿Estabas con él cuando ocurría? ―Él había abierto la puerta y ella entraría ahí.
―Regina…, por favor.
―No puedo hacer esto. ―En la siguiente vuelta, ella se separó de él y lo dejó plantado para salir al exterior por las puertas francesas. Necesitaba un poco de aire y aclarar las ideas.
Por descontado, Jacob la siguió de inmediato y no tardó más que unos pocos minutos en alcanzarla. La tomó de la muñeca y la frenó. Los dos figuraban en la terraza. En una parte que estaba a la vista del resto, pero que ofrecía cierta intimidad para hablar.
―Solo trataba de… ―comenzó a explicar él―. He sido un patán y me disculpo por ello. No debí haber mencionado nada sobre Ranfield. Por querer hacer el bien, me ha explotado el asunto en la cara. No te disgustes conmigo, por favor, Regina.
No pudo más. Había tratado de contenerse desde que se encontró con Margaret, la duquesa de Phenton.
Rememorar el pasado fue terrible. Estaba en la ciudad, disfrutando de la temporada, un hecho del que Lawrence jamás se ocupó, y se sentía tremendamente culpable por querer seguir viviendo, por encontrar un poco de paz.
Las lágrimas salieron de sus ojos sin que pudiese ocultarlas. Los sollozos no tardaron en llegar para mostrar por completo la congoja que sentía. Rabia. Tristeza. Libertad. Prisión. Estaba llena de sentimientos encontrados y no sabía cómo lidiar con todo lo que bullía en su interior.
Donaldson maldijo en voz baja, la arrastró unos pocos metros para ocultarse de la vista de algunos ojos curiosos y la abrazó.
―Siento todo esto, Regina. Le juré que te cuidaría y me ocuparía de ti y del niño. Lo primero que hice cuando él murió fue marcharme a Escocia y dejarte atrás. Creí que estando con tu familia… que York…
―No es eso ―se lamentó porque Donaldson se percibía muy culpable―. Mi hermana ha estado conmigo los últimos seis meses, York se ha portado maravillosamente. Es que… el pasado duele. Me arde, cuando pienso en que no se esforzó ni un poco en… ―logró comenzar a explicarle en cuanto el llanto cesó.
―¿Qué puedo hacer para que vuelvas a ser la dama deslumbrante que vi en cuanto entré en el salón? No debí haber hablado de asuntos espinosos. Lo siento, Regina.