Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 2
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Capítulo 2

Una temporada diferente

Regina se encontraba en el baile de lord y lady Portman, tal y como le sugirió York que hiciera.

Thomas Foster era un íntimo amigo del esposo de Isobel al que Regina conocía bien.

Le presentaron a su dama, llamada Aura Atenea, y le gustó mucho.

Hacían una pareja muy bien avenida. Tenían en común una preciosa niña de algo más de un año llamada Ophelia.

El vizconde Portman era viudo y York, antes de acudir a la fiesta, le dijo que mantuviese las distancias con los dos mellizos nacidos en el primer matrimonio de Thomas, dado que Basil y Flavian ―esos eran los nombres de su heredero y el hermano menor― eran terribles y solían hacer muchas travesuras.

Ambos mellizos eran muy peculiares. Regina no le dio demasiado crédito, porque imaginó que no serían más que un par de jóvenes a punto de cumplir los dieciséis años que deseaban llamar la atención de las señoritas.

Habían pasado tres semanas desde su llegada a Londres y ese era el primer baile al que acudía.

Había tenido mucho trabajo abriendo la casa de la ciudad de su esposo, situada en Mayfair.

Descubrió que era un edificio precioso con inspiración romana.

Su difunto marido nunca antes la había llevado a ese lugar y le gustó cómo estaba todo dispuesto.

No tendría que hacer ningún cambio en la decoración, y si hubiera que hacerlo, el dinero no sería problema.

York era el que llevaba todos los asuntos económicos de su hijo.

Estaba enseñándole a ser una buena economizadora y a invertir en negocios lucrativos, pues Regina no deseaba ser mayor carga para Malcom.

Nada más llegar a Londres, estuvo de compras con la esposa de Portman en Bond Street para renovar todo el vestuario y disfrutó muchísimo.

Encargó cinco vestidos de fiesta, otros tantos de paseo, renovó su atuendo interior y aprovechó para elegir también sombreros a juego.

Lady Portman se gastó una pequeña fortuna en las tiendas más selectas, al igual que ella.

Fueron unas damas malvadas divirtiéndose sanamente.

Regina miró a su alrededor y luego repasó su atuendo sin que ningún invitado se fijase en ella.

El escote era correcto, dejaba ver el nacimiento de sus pechos, pero sin descaro.

Le apasionaba sentir la seda sobre la piel y estaba satisfecha con el tono azul zafiro elegido porque iba perfectamente combinado con las joyas que encontró en la caja fuerte de Mayfair y que por derecho pertenecían a la condesa.

Ranfield no tuvo tiempo de darle joyas tampoco mientras vivía.

O no quiso hacerlo. Su mayordomo en la ciudad le informó de todo y era un hombre muy agradable.

De pronto, Regina se dio cuenta de que Lawrence la había dejado escondida en el campo y que… Sacudió la cabeza. Se prometió que solo tendría recuerdos buenos de su esposo. Cierto que había pocos, pero esos serían los que mantendría vivos, así que desechó el resto.

Se tocó el moño con la mano enguatada para cerciorarse de que todo estaba en su lugar.

Su doncella le había recogido parte de su larga melena morena, mientras que la otra mitad caía en tirabuzones sobre su hombro derecho.

Pese a que su figura no era la que fue, dado que era más voluminosa que en su juventud, se apreciaba cómoda con su aspecto.

Ya no era una niña. Se sentía una mujer preparada para brillar.

Regina se dio cuenta de que había cambiado de parecer en los últimos años, puesto que si antes se encontraba satisfecha en el campo, al fin le apetecía ocupar su lugar en sociedad. No era una mujer coqueta, solo se dejaría llevar, tal y como le insistió York que hiciera.

―¡Regina! ―exclamó una voz femenina a su lado.

La aludida se ladeó y comenzó a sonreír gratamente sorprendida.

―Excelencia. ― Lady Ranfield le hizo una reverencia a la duquesa de Phenton. Eran amigas.

―¡Déjate de cortesía y dame un abrazo! ―Dicho y hecho. En un pestañeo, la pelinegra de ojos turquesas estaba abrazando a Margaret Maldith, la esposa de Lucien, el duque de Phenton, con sumo gusto.

―Es un placer verte ―le dijo Regina en cuanto se separaron.

―Me alegra muchísimo coincidir contigo aquí. ¿Recibiste mis cartas?

Margaret le había enviado varias misivas después de la muerte de su esposo. Fue muy amable y le infundió ánimos con cada letra. Las dos habían coincidido en aquel ataque en el que Ranfield fue sentenciado a muerte. Se convirtieron en amigas y confidentes por aquel entonces.

―Todas y cada una, pero no me vi con fuerzas para responderlas. Lo siento ―se disculpó con remordimientos.

―Nada de eso. Las dos compartimos revelaciones cuando me acogiste en tu casa y sabemos bien que la vida es más difícil de lo que parece. Quise haber ido a visitarte después del entierro, pero no me atreví.

―Entiendo que tu pequeño Frederick ―era el hijo de los duques― te haya robado mucho tiempo. ¿Cómo está tu hija?

En la correspondencia, la duquesa de Phenton puso a Regina al corriente de lo fundamental sobre su vida de casada.

―He descubierto que Calista ―ese era el nombre de la hija mayor de los duques de Phenton― es bastante celosa con respecto a su padre. Mi esposo tiene que hacerle carantoñas a escondidas al pequeño Frederick porque su primogénita demanda toda su atención cuando está cerca.

Regina se rio con ligereza ante las palabras de ella.

―Sé bien lo que es eso. Cuando mi hermano Theodore nació, mi padre tuvo al fin su santo grial, su heredero, y mi hermana y yo pasamos a un tercer o cuarto plano.

―Oh, no, Phenton está aprendiendo a gestionar los celos de Calista y lo hace muy bien.

Tanto, que el otro día llegué a la guardería y la descubrí tratando de coger en brazos a su hermano para darle un beso porque, según ella: «Las hermanas mayores deben amar y proteger a los pequeños».

Le tocó a Phenton, que estuvo allí antes que yo, explicarle que es un bebé y que ella debe llamarnos cuando desee sostener al niño en brazos, porque seis años no son suficientes para hacerlo. Creo que lo entendió… ya veremos.

―Me encanta verte así ―le confesó Regina―.

Te ves alegre, llena de esperanza. Recuerdo bien las últimas veces que hablamos y no tenía claro cuál de las dos parecía más desesperada.

―Regina sintió como si hubiesen pasado mil años desde aquellos días en los que ambas lloraban como plañideras por el transcurrir de sus vidas a causa de los hombres que habían elegido.

Al menos una de ellas había conseguido reconducir su existencia hacia la felicidad.

―Le debo la vida a tu esposo, querida amiga.

Nos salvó a mi hija y a mí cuando más lo necesitábamos y por eso no te molestaré ni me meteré en tus asuntos nunca, pero te prometo que solo habrás de silbar para tenerme a tu lado.

Sea lo que sea que necesites, Phenton y yo, te lo daremos.

Te lo juro por mi honor ―expuso con los ojos acuosos y la voz algo temblorosa.

―Y yo te lo agradezco. Tomo en consideración tu oferta porque sé que está dicha con sinceridad.

―Regina, de verdad que ni te imaginas lo feliz que soy al verte tan… ¡Estás despampanante! ―La condesa se veía alegre y preciosa.

―¿Quieres decir… para ser una viuda? ―bromeó.

―No, ni mucho menos. Son tus ojos. Hay brillo en ellos al fin, y lo celebro.

Yo escuché a Ranfield cuando te dijo que solo deseaba que tú fueses feliz y me alegro muchísimo de que hayas decidido hacerle caso.

Tú y yo hemos pasado por demasiado como para detenernos ahora.

El futuro es nuestro. En mi caso tuve que pelear con fuerza y salió mejor de los esperado.

Sé que eres una luchadora y que estarás bien. Por cierto, ¿cómo está Kyle?

―Perfectamente. El niño extrañaba a su padre siendo ya muy pequeño porque nunca estaba con nosotros, pero por el trabajo, que al fin descubrí que tenía mi esposo, entendí que era natural que se ausentase tanto.

Solo lamento que ambos no hayan podido pasar más tiempo juntos.

Si la relación entre él y yo era complicada, no era así con Kyle.

―Los niños se acostumbran a todo. ¡Fíjate en Calista!

La muy traidora se pasa el día llamando a su padre y de vez en cuando debo recordarle que tiene una madre.

Confieso que me paseo por delante de ella con Frederick en brazos mientras le sonrío y le digo cosas dulces a mi hijo, y la muy pícara ni así me hace caso.

―Ah, los padres son héroes. En especial para las niñas.

Hubo un tiempo en el que Snow lo fue todo para mí, pero cuando enviudó nos dejó a los tres hermanos de lado.

El recuerdo que siempre albergaré siendo pequeña era de desear encontrar un esposo que se pareciese a mi padre.

Hasta que mi madre murió y él se convirtió en una persona diferente… En fin, cosas que ocurren.

―Sí. El mío era fantástico también y luego tuve que soportar a mi excesivamente protector hermano. En mi caso mi padre solo tenía ojos para su hija. Fue intenso, agobiante más bien, tener a mi progenitor y a mis dos hermanos siempre pendientes de mí.

―Disculpen la interrupción, excelencia, milady ―se presentó un joven, quien se quedó mirando a Regina y le preguntó―: ¿Me concedería el siguiente baile si no lo tiene comprometido?

Tanto Margaret como Regina habían estado tan ensimismadas en la conversación que no se dieron cuenta de que un muchacho había llegado ante ellas.

―Sería un placer, señor Foster. Aunque… ¿no cree que hay jóvenes más elegibles para danzar?