Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 1 #4
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Capítulo 1 #4

―¿Así de simple, Regina? ¿Solo una negativa?

Suspiró y se concentró en los árboles que tenía ante su vista.

―Isobel te ha bendecido con una pequeña que es perfecta, hermosa y… fantástica. No lo hubieses hecho mejor, York, te lo aseguro.

―Lo sé. ¿Qué te preocupa? ¿No engendrar a un niño si te…?

―No me casaré otra vez. Es una decisión que tomé hace tiempo. No puedo volver a pasar por algo así.

―Estamos hablando del hombre al que…

―No lo digas ―lo cortó, intuyendo lo que iba a exponer sobre Liam Banstorn.

―Pero lo amas ―sentenció, pese a que sabía que la dama no quería escucharlo.

―No puedo tener un hijo, York ―desveló sin más dilación.

―¿Disculpa? ―Se había perdido algo. Esa información era nueva, desconocida y alarmante.

―Voy a revelarte algo que nadie debe saber. Jura que guardarás esta conversación en secreto.

―Te prometo que no diré nada si veo que no debo hacerlo.

―No es lo que te he pedido.

―Es lo que estoy dispuesto a ofrecer. Y tendré la verdad aunque tenga que contratar a un par de investigadores de Bow Street.

Ella lo imaginó haciendo eso.

―Ranfield no me puso la mano encima nunca. No me pegó. Tenía el carácter fuerte, y las peleas eran… pero no me maltrató.

―Empezar así un relato me hace sospechar que sucedió todo lo contrario.

―No. Fue una discusión. Él gritaba, yo lo hacía más alto. Nunca le temí.

―¿Qué ocurrió?

―Fue al poco de nacer Kyle. Ni recuerdo el motivo.

―Yo puedo adivinarlo.

Ella se giró y le sonrió. Liam. Siempre era por Liam. Las peleas con su esposo radicaban en sus celos desmedidos. Regresó la vista al frente y se concentró en el cañón de nuevo.

―La escalera estaba cerca. Yo no veía más all…á de mi fu…ria. Él tampoco entra…ba en razón. ―El duque se había dado cuenta de que titubeaba y de que seguramente estaba llorando.

―Dios mío, Regina. No sé si quiero saberlo. Por favor, no termines el relato porque me harás ir a buscar una pala para abrir su ataúd y pegarle un tercer tiro.

―No hables así, York. Él no lo merece.

―Discrepo. Continúa si lo consideras necesario, aunque entiendo que estabas embarazada y que perdiste a un bebé, o que a causa de la caída sufriste algún impedimento que…

―Era un niño. Cuatro meses…

El duque se levantó y le pasó un pañuelo. Ella se sonó la nariz y se secó las mejillas. Mantenía la mirada baja.

―Lo siento mucho. Solo dime que él no te tocó y que no es responsable del accidente. Por favor, Regina…

―En mi mente está todo confuso. No recuerdo que me tocase, pero debido a las emociones tan fuertes que sentía, no creo que pudiera saber si me rozó. Él me juró que no me puso un dedo encima.

―¿Lo creíste?

―Sufrió tanto o más que yo por la pérdida, y lo peor fue que no tuvimos consuelo el uno del otro.

Cuando dijiste que Isobel no quería contar lo que sucedió, ni tampoco decir que estaba embarazada de nuevo…

Yo la entendí. Es un niño que no ha nacido, pero es deseado y se llora y se sufre por su partida hacia el otro mundo.

El duque le dio la vuelta y la obligó a cobijarse en sus brazos. Regina se refugió en él.

―Nunca me ha gustado Ranfield. No era un secreto.

Está muerto, sé que se interpuso en el camino de una bala por ti y solo por eso no mancillaré más su memoria.

Pero, Regina… Mi hermano sufre por tu causa y yo bien podría olvidarme de las obligaciones por veros felices, juntos…

Solo se quedará ligado al título lo imprescindible, el resto le será legado a mi hija.

Eso sin contar que no me daré por vencido con tu madre y ella está convencida de que puede darme un muchacho.

La conoces bien y es perseverante en todo lo que emprende aunque no dependa de ella para lograrlo.

―Encontrará a alguien que lo venere y haga que su corazón lata rápido.

Es cuestión de un poco de tiempo. Merece encontrar su camino, tener una buena esposa, hijos.

Estoy fragmentada en mil pedazos. No confiaré de nuevo en otro hombre por más que intuya que Banstorn ―usaba el apellido para mantener cierta distancia― siempre me antepondría. No debo ser egoísta con él.

―Siento deseos de mandar al cuerno el ducado. Nos ha traído problemas a mi esposa y a mí, y ahora lo hace contigo y con Liam. Créeme cuando te digo que no cambiaría a esa niña que está en brazos del amor de mi vida ni por un regimiento de herederos.

Ella se separó de él y le ofreció una sonrisa.

―Lo sé.

―Solo quiero que los que me rodean, mi familia y mis amigos, sean felices.

―Por cierto, ¿cómo le va a Phenton? Recuerdo que el asunto fue un poco escabroso pero al fin ha tenido a su heredero. ―Cambiar de argumento le pareció más seguro.

―Ah, soy excesivamente inteligente y no me ha costado nada darme cuenta de que buscas modificar el rumbo de la conversación.

Sí, Lucien al fin obtuvo lo que ansiaba, una esposa y un muchacho.

Y la dama es… La hermana de Albemarle es tanto o más testaruda que tú…

―se quedó pensativo un instante y luego añadió―: No sé si eso Lucien lo merecía o no, porque una esposa testaruda.

Ahora, después de este inciso, quiero pedirte que hagas algo por mí.

―Se llama Maggie y es maravillosa como yo ―le aclaró con ímpetu―. ¿Qué necesitas que haga por ti?

―Maravillosa y testaruda. Está bien. En cuanto a lo otro, pretendo que vivas, Regina.

Si no es al lado de mi hermano, o de ningún otro, no me importa.

Quiero que vayas a Londres, que te instales en mi casa o en la de Ranfield.

Si lo haces en la mía, las pelucas y los vestidos cortesanos que Evangeline y tú usasteis para acceder a El placer del infierno siguen en el mismo lugar.

Ella se quedó con la boca abierta.

―¿Lo sabías?

Para que Eve reconquistase a Avery Sullivan las dos hermanas habían sido de lo más traviesas. ¿York se había enterado de lo que hicieron años atrás?

―A Mason Wilson no se le escapa nada. Aunque debo señalar que nos enteramos más tarde que pronto, de lo contrario tal vez os hubiera acompañado personalmente en vuestras incursiones ―dijo con una brillante sonrisa―. No hay nadie mejor que un pecador para enseñar cómo pecar a lo grande.

―Estoy segura de que no lo hubieses hecho… ―dijo dubitativa. Él parecía creer que sí.

―Cuando estés en la ciudad quiero que te pongas en contacto con la duquesa X.

―¿Quién?

―Te daré la dirección. Ella ni tan siquiera ostenta ese título… o tal vez sí, es un misterio, pero deseo que la conozcas.

―¿Quién es esa mujer? ―repitió. Le faltaba mucha información.

―Alguien que te ayudará. Es lo que hace, socorrer a viudas que lo necesitan.

Regina no tenía ni idea del tipo de auxilio que prestaría.

―¿Qué tiene de especial?

―Lo sabrás cuando estés con ella.

―¿Adónde me estás enviando concretamente? Siento que me vas a meter en la boca del lobo. ―Estaba intrigada por ese cambio en la conversación.

―No. Yo también sufrí un fuerte rechazo en mi juventud, aunque no enviudé.

Me refugié en el placer y creo que fue lo mejor que hice jamás.

Todo lo andado, lo vivido, me condujo hasta Isobel.

Eres una mujer joven que solo ha tenido presión, tristeza y dolor.

Eres una hermosa viuda que tiene derecho a reclamar lo que se le debe.

Y eso es lo que vas a hacer, aunque yo mismo tenga que llevarte a rastras hasta la duquesa X.

―Sé que lo harías, pero…

―A punta de pistola si es necesario. ―No la dejó continuar con su apreciación―. Harás lo que te digo y será nuestro pequeño secreto.

―Me estás preocupando, York. ¿Isobel no aprobaría el lugar o la relación a la que me arrojas?

―No quiero averiguarlo. Mi esposa es fundamental para mí. Dado que siempre cumpliré sus deseos, si se lo dices y ella me exige que te impida ir, tendré que privarte de algo que necesitas. No se lo diremos.

―York, no preciso placer para… ―Conociéndole y sabiendo la permisividad social a la que tenían acceso las mujeres por ser viudas, ella sospechaba que…

―Ve y averigua lo que es antes de censurarlo o negarte a conocer lo que te propongo.

Siempre fuiste la más curiosa de las tres.

La más osada. Evangeline e Isobel pedían tu opinión y tu guía.

Eres una mujer fuerte, Regina. ¿Qué habría de malo en buscar un poco de felicidad?

¿De satisfacción? Tu esposo está en paz al fin y nada lo revivirá.

No te veré consumirte en vida. Haré lo que haga falta para verte llena de felicidad de nuevo.

―Te agradezco tu preocupación y tus palabras. Tú siempre has cuidado de todos nosotros y mereces igual reconocimiento. Kyle me necesita y no puedo sencillamente…

―Tu hijo es poco más que un bebé ―la interrumpió. Sabía lo terca que la dama era―. Se quedará a adorar a su prima cuando su madre parta hacia Londres. Isobel y yo lo cuidaremos. ¿O acaso tienes un plan mejor?

―Todo esto es sospechoso, York.

―¿Te he fallado alguna vez, Regina?

―Nunca ―apostilló sin dudarlo un instante.

―Entonces no discutas más con el hombre que es el epítome de la inteligencia y el buen gusto.

Regina se quedó pensativa, no por sus palabras, dado que estaba más que acostumbraba a escucharle cantar sus alabanzas. Lo que él le contaba le provocaba mucha curiosidad. ¿Qué sería todo eso de la duquesa X? Sonaba secreto, excitante, prohibido… No debería…

Aunque… Se había ganado un pequeño descanso. No era una viuda libidinosa que fuese a acostarse con el primer hombre que le mostrase un poco de interés. Ya había tenido suficiente con Lawrence.

―Pero…

―Prepara tus maletas, Regina. En un par de días la duquesa X te espera en su casa. Sé sincera con ella. Puede negarte tu ayuda, y precisas lo que ella ofrece a casos como el tuyo.

―No acabo de comprenderte.

―Todo está preparado. Solo… Nada. No seas cauta, no seas comedida y déjate llevar.

Recuerdo bien a la joven que conocí en medio de un baile.

Una muchacha de ojos increíbles y bella figura que se atrevió a rechazar como pareja a un duque que era el mejor partido de todos los tiempos.

―Eso hizo ella con York antes de que supiera que Isobel era el amor de su vida.

En aquella ocasión Regina lo miró y se dio la vuelta sin pestañear.

Era valiente. Siempre lo fue―. Brilla, Regina.

Si no quieres casarte, no lo hagas. Si no quieres tener una aventura, no la tengas.

Pero no te cierres ninguna puerta. Disfruta, vive como si no hubiera un mañana.

Libérate de ese yugo que sé que sientes.

Deja que el peso de tus problemas se aligere.

No des cuentas a nadie. Eres una dama con un título, con fortuna, con un hijo que te adora y una familia y amistades que por ti lo darían todo, así que no temas.

Sigue tu instinto. Tienes todo el derecho a vivir como te plazca porque has pasado por un infierno y casi lograron apagar tu luz.

Ella suspiró. Las palabras sinceras de York eran más que bienvenidas, pero Kyle la necesitaba. El duque era más tentador que Lucifer. A su larga lista debería poner que era un embaucador también, porque ella deseaba saber lo que podría ofrecerle esa mujer a la que el esposo de Isobel aludía.

Regina negó con la cabeza.

―Soy la madre de un conde. No creo que…

―Verás como puedes hacerlo sobradamente. Ten un poco más de fe en el dios Ra, más cuando de mí ha salido un rayo de luz divino, pues mi hija es un milagro. Me ofendes con tu reticencia, Regina, porque además de inteligente, apuesto, rico, magnánimo, preciso y…

―¿A dónde quieres llegar? ―lo interrumpió, puesto que York podría recitar una lista llena de muchos adjetivos.

―Sé lo que necesitas antes incluso de que lo averigües tú misma. Haz lo que te digo y no me cuestiones. Partirás en el plazo establecido y harás lo que he dispuesto.

Le dijo antes de salir por la puerta y dejarla sola con sus pensamientos. Malcom sabía que ella necesitaba meditar sus próximos pasos.

―Tirano ―susurró, sin saber qué sentía con respecto a esa nueva hazaña que se le presentaba.