Capítulo 1 #3
―¡No los vuelvas a nombrar! ―lo cortó―. ¿Para qué se necesitaría a un hombre si se usasen objetos de esos?
―La primera vez que le mostró uno de esos artefactos llamados consoladores de viudas se quedó impresionada.
Claro, entendía la utilidad de ello debido al nombre.
Lo hizo hasta que le propuso jugar con uno.
Si Malcom estaba para hacerle el amor… ¿para qué necesitaban un instrumento así si ya tenía a un hombre en su lecho?
―Me alegra que pienses así, pero es divertido cogerlo y…
―No es momento de perversiones, York.
―Ah, el título. La amonestación directa. Así que no podré decir que en cuanto estés bien te haré el amor de inmediato. ¿Cuánto se tarda en recuperarse de un parto? No se lo he preguntado al doctor Sea.
Ella se volvió a reír.
―Hubiese deseado matarte cuando esta pequeña persona salió de mi cuerpo, esposo.
Con tanta ilusión, esperanza y alegría, y el dolor consiguió que olvidase todo y te maldijese.
No me digas ahora mismo que deseas embarazarme porque, si bien es cierto que no descansaré hasta que te premie con tu heredero, cuando vuelva a dar a luz desearé que tú pases el mismo sufrimiento que yo.
―Me parece justo. ¿Ves como soy un duque de lo más magnánimo, amor mío? Tal vez te deje agarrarme las…
―Basta, York. ―Sabía que iba a decir algo soez. Era por esa cara angelical que él componía cuando iba a soltar un improperio o algo descabellado.
―¿Qué? Era una oferta justa. Sé cuánto te gusta sostener en tu mano y boca mi…
―Me hago una idea, te lo suplico, no metas esas imágenes en mi mente en estos momentos.
Mi cuerpo está maltrecho y no deseo imaginarte haciendo nada obsceno conmigo.
O, para el caso, yo contigo. Deja que olvide todo el dolor que he pasado.
Gwyneth no lo ha atenuado del todo. ―No mentía, cuando observaba a su niña había paz, pero el dolor… ¡Qué espanto!
―Borraré esos recuerdos con besos, caricias y placer. Te lo prometo.
―No me tocarás en mucho tiempo… Eres consciente de ello, ¿cierto?
―Bueno… si quieres pensar eso… ―le dijo en su habitual tono parsimonioso―. No creo que aguantes mucho sin reclamarme. Tener en la cama a un espécimen como yo y no darle mejor uso que el de dormir a su lado…
―¿Y las chicas? Tardan mucho en venir. ―Isobel sabía que no ganaría esa batalla y optó por un cambio brusco en la conversación.
―He oído un carruaje, estarán atravesando esa puerta ―señaló el lugar con el dedo― antes de lo que piensas.
La duquesa de York agudizó el oído y pronto escuchó a los niños subiendo a toda carrera. Seguro que su doncella los había emplazado a visitarla en la habitación, tal y como le pidió que hiciera.
En menos de unos pocos minutos la puerta de la estancia se abrió para dar paso a Kyle ―hijo de Regina―, a su primo Niall ―hijo de Eve― y a ambas hermanas. Se acercaron los cuatro a ver a la estrenada mamá, quien se puso a llorar de alegría en cuanto vio a su familia.
―Ha sido una niña ―dijo con orgullo Isobel.
―Gwyneth Wallarica Banstorn, primogénita del duque de York y su duquesa ―sentenció Malcom en tono célebre.
―¿Wallarica? ―preguntó Isobel. Era la primera noticia que tenía sobre ese segundo nombre.
―Todos los Banstorn somos Wallarico. Es una tradición familiar. Las damas no se salvan. Es germano. Significa poderoso en el campo de batalla. Mi hija lo lucirá con orgullo.
―La W. de Malcom… ¿Eres Malcom Wallarico? ―inquirió Eve. Era un nombre terriblemente feo.
―Por supuesto ―razonó el duque. No le apasionaba ese nombre, pero la tradición mandaba y estaba orgulloso de poder seguirla con su propia hija.
―Liam W… ¿Es Wallarico también? ―indagó Regina.
―En efecto ―señaló el duque.
Regina soltó una larga carcajada.
―Es una lástima no haberlo sabido durante todos estos años.
La de bromas que hubiera podido componer a su costa ―indicó la condesa de Ranfield, en clara alusión a Banstorn.
Ellos habían sido en su juventud como el perro y el gato, por lo que ese dato recién descubierto hubiera supuesto un gran aliciente.
Su hermana Eve se quedó asombrada. También Isobel y York, ante el sonido de esa risa fresca y serena.
En todo un largo año Regina no había mostrado señal alguna de tal emoción.
Era curioso que precisamente su primer contacto con la jovialidad proviniese de Liam, razonaron todos los allí presentes, dado que los duques estaban al tanto de todo lo que alrededor de Regina acontecía.
Eve no escatimaba en detalles cuando les enviaba sus cartas.
En concreto, Evangeline había estado muy preocupada porque hacía largo tiempo que no la había escuchado reírse de ese modo tan natural y desinhibido.
―¿Qué os parece la niña? ―preguntó Isobel directamente hacia Kyle y Niall.
―Es pequeña ―dijo el vástago de Regina.
―Ya crecerá, y hasta que lo haga Niall y tú debéis cuidarla muchísimo ―apuntó la madre del conde de Ranfield.
Una doncella apareció en la puerta para llevarse a los niños a la guardería y ambos se marcharon de allí pensando en qué juguetes nuevos les habría comprado York.
Se quedaron solos los duques y las hermanas.
―Ah, ya veis, queridas mías, consideradme infalible. Cuando me propongo una cosa soy como el mismísimo dios Ra, doy vida con mi luz iluminadora.
―¿Se acaba de comparar con otro nuevo dios? ―preguntó en tono bajo Eve.
Las dos hermanas estaban cerca de la cama, pero a una distancia prudencial para intercambiar confidencias.
―Y tanto que lo ha hecho.
―No acabo de acostumbrarme a esas manías suyas de…
―¿Qué cuchicheáis? ―las interrumpió el duque con cierta tirantez, sospechando que no hablaban bien de él.
―Comentábamos que Ra a tu lado palidecería ―improvisó Regina.
―Cierto ―estuvo de acuerdo Malcom―, pero hasta que encuentre algún patrón más similar a mí, he decidido que ese es el que mejor se adapta.
―Ra está bien por el momento ―señaló Evangeline. York pudo haberse proclamado el hijo prometido de Dios en esa nueva era y se contuvo… ya por eso merecía cierto reconocimiento.
Lady Ranfield se movió hasta la silla más próxima dispuesta a acercar un par de muebles para ella y su hermana.
―Regina ―tomó la palabra York de nuevo―, ¿por qué no me acompañas al despacho? Deja que tu hermana haga el primer turno de vigilancia y luego subirás tú.
La condesa viuda suspiró. Cuando el duque proponía algo, no se trataba de pedir permiso, era una orden.
―Claro ―dijo la aludida, al tiempo que colocaba una silla para su hermana, quien agradeció el gesto y tomó asiento.
El duque y Regina salieron por la puerta y se quedaron Isobel y Eve en los aposentos de la duquesa.
―¿De qué iba todo eso? ―se interesó la mayor de las dos hermanas.
―Liam ha regresado a Londres. Intuyo que va a decírselo. ¿Te ha dicho tu hermana algo acerca de él?
―Que no lo toma en consideración porque él se merece más ―apostilló en tono cansado.
―Es terca.
―¿Esperabas que cambiase con los años? ―indagó, al tiempo que se acercaba a la cama para tomar en brazos a la niña, que estaba plácidamente dormida, con el fin de sostenerla.
En verdad era un milagro y Evangeline necesitaba darle la bienvenida a la familia con un abrazo y un ligero beso en su cabecita de poco pelo dorado.
Era como una muñeca de porcelana. Realmente muy bien hecha.
―¿Por qué miras a la niña de ese modo? ¿Hay algo mal? ―preguntó inquieta Isobel.
―Nada de eso. Solo estaba pensando por qué York no ha hecho ninguna alusión a lo perfecta y bonita que es la sangre de su sangre.
―Le he pedido expresamente que no lo hiciera.
―Eso lo explica todo.
―Pero ha estado alabándola desde que llegó al mundo. Y yo con él. Creo que es por ese motivo que se ha contenido. No quedan más cumplidos que decir sobre ella.
Eve se rio ante el comentario.
―Ay, Isobel. De verdad que me alegro mucho de que todo haya salido bien. Es más, no pienso reprenderte por no habernos informado de nada.
―¿Cuándo os lo dijo York? ―Ella le había pedido silencio absoluto porque se sentía vulnerable y temerosa por si todo se torcía.
―Hace unas semanas.
―Demasiado aguantó. No quería que nadie lo supiera porque…
―Lo entiendo perfectamente. No te angusties.
―Bueno, sería interesante que me dieses una lección sobre cómo debo cuidarla. Eres una gran madre y me gustaría aprender.
Evangeline le devolvió a la criatura a la duquesa y ambas se dispusieron a tener una charla entre mamás.
***
Mientras dos mujeres intercambiaban trucos, York se disponía a llevar a Regina al despacho.
―¿He hecho algo mal? ―cuestionó en cuanto lo escuchó suspirar.
―Por supuesto que no. ¿Por qué preguntas eso?
―Porque me siento como si mi padre fuese a soltarme un sermón.
El duque le sonrió al tiempo que le abría la puerta para que ingresase en el lugar. Los dos tomaron asiento, uno frente al otro en un par de sofás que había junto a la ventana. Regina supo que no era algo casual, él había dispuesto de ese modo los muebles.
―¿Quieres un té? ¿Algo un poco más fuerte? ¿ Brandy ?
―No te andes con remilgos, York. Dime lo que sucede.
―No puedo soltarte de golpe lo que considero que debes hacer. Te haría correr sobresaltada ―le confesó.
Ella levantó una ceja.
―Dudo que haya algo que me asuste.
―¿Qué piensas hacer con tu vida, Regina? ―preguntó con suavidad.
Ella se levantó y se acercó a la ventana. El gran cañón que captó su vista la hizo sonreír. Recordaba bien el día que llegó ese artefacto monstruoso. Isobel se alarmó, pero Malcom consiguió que claudicase y aceptase incorporar al paisaje esa arma de combate.
―Eres su hermano y sé que tienes que preocuparte por él.
―Me preocupo por todos. Soy el cabeza de esta familia y no solo lo hago por obligación.
―¿Él está bien? ―se interesó.
―Perfectamente.
―Me alegra escuchar eso.
―He tenido una hija, por lo tanto Liam sigue teniendo que cumplir con su obligación, pero las circunstancias han cambiado. Tú eres libre y…
―No.
Malcom aguardó unos segundos para ver si ella añadía algo más. No lo hizo.