Capítulo 1 #2
Regina se sonrió. Su hermana acababa de hablar de Winona Pars, la peculiar niñera que era algo más parecido a una guardiana para el niño.
En cuanto el mejor amigo de su esposo, el señor Jacob Donaldson ―quien fue uno de los defensores en el altercado donde Ranfield fue sentenciado por la bala― le explicó todo lo referente a su esposo…
Se alegró de que al menos alguien sí contase con su confianza porque Regina lo había intentado y no lo logró nunca.
Al parecer Donaldson era el mejor amigo de Ranfield.
Se sintió celosa cuando se lo confesó, junto con la promesa de que siempre estaría pendiente de la familia de su compañero de armas.
Jacob le juró por su vida que se ocuparía de ella y del niño y le agradeció el gesto.
Era evidente que el señor Donaldson era un buen hombre.
―No imaginé que lo llegaría a decir nunca… pero la señora Pars es la mejor protectora que mi hijo tendrá jamás. ¿Ha insistido en acompañarnos? ―se interesó.
―Así es. Tanto que no me ha dejado sostenerlo hasta que le he confirmado que ella estará junto a Kyle. Pero difiero contigo, esa mujer es del todo incorrecta, se atreve a contradecir a quienes pagan su sustento y…
―Lo sé, lo sé, yo misma he peleado ferozmente contra ella con anterioridad, pero esa niñera adora a mi hijo y te aseguro que si volviesen a atacarnos, ella no permitiría que le sucediese nada a Kyle.
―¿Qué quieres decir?
―Sabe disparar, pelear y seguro que un montón de cosas más. Yo misma fui testigo cuando nos asaltaron. Ella es para Kyle algo así como el señor Wilson para York. Mi pequeño estará bien si Pars está cerca. Confío en ella.
Eve suspiró. Comprendía bien esa alusión.
―Estarán todos aguardando ya en el carruaje. Tenemos que partir. ¿Quieres cambiarte?
―¿Por un poco de agua? No. Vayamos a York Park. ¿Se reunirá allí contigo Sullivan?
―Sí. Lo que no sé es cuándo llegará.
―Veamos a Isobel. Estoy deseosa de abrazarla. ¿York envió una nueva carta?
―No ―negó Eve―. Solo sabemos lo que decía la de hace dos días.
―Que el nacimiento es inminente. ―Regina recordaba lo importante de las letras escritas allí―. Ojalá sea un muchacho.
El duque de York les envió una primera carta del todo inesperada, hacía unas semanas, en la que las hacía partícipes de las buenas nuevas.
Isobel estaba embarazada. York les pedía prudencia sobre el asunto, dado que ya habían perdido a un bebé, una circunstancia de la que las hermanas no habían tenido conocimiento antes.
No obstante, debido al avanzado estado de gestación, se sintió en la obligación de informarles de la situación. Eso conjeturaron Eve y Regina.
La segunda misiva era para pedirles que no tardasen en presentarse en York Park para acompañar a Isobel y, dado que el año de luto se había terminado, era momento de seguir adelante.
―¿Lo dices por…? ―No se atrevió a continuar.
―No. ―Regina intuyó a lo que hacía referencia su hermana―. Banstorn no tiene nada que ver con todo esto. Él debe ser feliz y está más que claro que yo no soy su futuro. Si ya lo dañé sin querer siendo joven, ahora, tan rota como estoy… No alcanzo a imaginar lo que podría provocarle.
―Olvidemos lo dicho pues. ¿Te has despedido o necesitas más tiempo para…?
Regina volvió a mirar la lápida de su esposo. Pasó la mano por encima del borde y observó las flores frescas que había plantado meses atrás. Rosas rojas, en honor a la pasión que tuvieron al menos al principio.
―Que Dios me perdone, Eve, pero hoy se cumple el año de luto y estoy dispuesta a tratar de recomponerme.
Para bien o para mal, nunca lo olvidaré.
Siempre será mi primer amor, seguramente el único que tenga, y yo…
no puedo seguir anclada en el pasado. Como bien has dicho, él me pidió que fuese feliz si algo malo le sucedía, y es lo que haré.
―No tiene sentido que te marchites. Prométeme que no te cerrarás al amor, Regina.
Ranfield pudo haber sido el primero pero seguro que no será tu gran amor.
Estoy convencida de ello. Sé que la relación con tu esposo ha pasado por muchos altibajos, pero…
Lo que yo comparto con Sullivan, lo que Isobel siente junto a York…
desearía que llegases a poder explotar de amor y dicha.
Probablemente no sea el lugar adecuado para hablar de esto…
―No. Es el sitio indicado. Aquí dejaré enterrado mi pasado. Un legado que no olvidaré, pues siempre será el padre de mi hijo y de algún modo siento que hizo, que ambos hicimos ―se rectificó rápidamente― lo que pudimos, aunque no saliese bien.
―Me alegra oírlo, Regina.
La condesa de Ranfield, un título que ostentaría hasta que el pequeño Kyle se casase y ella pasara a ser la condesa viuda, miró una última vez el lugar donde reposaban los restos de Lawrence Trent y se despidió en silencio.
La muerte era parte de la vida. Isobel pronto sería madre, si no lo había sido ya. Decepción y alegría: las dos caras de una misma moneda llamada existencia.
***
―¿Dónde están las chicas, York? ―preguntaba la duquesa a cada minuto, aunque al fin más calmada ya.
El día anterior fue largo y tormentoso, pero estuvo lleno de felicidad, pues lo que comenzó como un parto lento, doloroso y repleto de gritos y afrentas hacia su esposo, terminó con una preciosa criatura llorando entre los brazos de una nueva madre.
El bebé no fue el único que sollozó, dado que los orgullosos padres lo hicieron tanto o más.
―Conoces bien a Regina. Hasta hoy no se cumplía el plazo prescrito y no será hasta este día cuando se decida a salir de nuevo al mundo. No tardarán.
Isobel estaba en la cama, con su mejor camisón puesto, y el bebé descansaba entre sus brazos. Había terminado de amamantarlo. Su esposo estaba al otro lado observando, lleno de satisfacción, la bella estampa que tenía frente a él.
―No puedo ser más feliz, York. ¿Tú estás satisfecho? ―preguntó con la voz cargada de emoción.
―Por completo. Me has hecho el hombre más dichoso del mundo. Si ya lo era antes de poder ser padre, figúrate ahora mismo. ¡Has sido tan valiente!
―No me creo que me hayas convertido en madre. Siento que la pesadilla ha quedado atrás. ¿De verdad no te importa que…? ―Su voz se fue apagando porque no se atrevía a terminar la pregunta.
―Ah, Isobel, si vuelves a insistir en ello, deberé regañarte más severamente. Tenemos una hija preciosa que no cambiaría por nada ni nadie.
Ella suspiró con alegría.
―Esta pequeña te ha desplazado significativamente, Malcom.
―¿Qué quieres decir?
―Tu vanidad sufrirá en cuanto te haga partícipe de mis reflexiones.
―Me arriesgaré ―señaló divertido. No sabía qué iba a decir su esposa, pero la veía de buen humor y eso era una señal excelente.
―Siempre te digo que te amo, que eres lo más importante, que te protegería de lo que fuese…
―Lo sé. Yo haría lo mismo por ti.
―Bueno. Ahora que tengo a mi hija conmigo siento que tengo que protegerla de todo mal y no dudaría en usarte como escudo para tal fin.
Él soltó una risa sincera.
―No te disgustes por ello. Mi sentido de protección ha despertado en igual medida que el tuyo, aunque no sé si hasta el extremo de usarte como barrera protectora.
Tan inteligente como soy, estoy seguro de que hallaría el modo de poder manteneros a las dos con vida si llegase el caso, sin necesidad de que ninguna sufriese.
―Lo sé. Confío en ti con mi vida. ―Isobel miró de nuevo a su hija y sonrió. Era la cosa más pequeña, bonita, maravillosa, preciosa, hermosa… y todos los sinónimos de palabras que implicasen grandiosidad.
―¿Te gusta el nombre que te propuse?
―Sí. Hemos hecho bien en ponerle Gwyneth.
―Su origen es galés, y viene a significar que es una bendición. Creo que sí, duquesa, es una gran decisión. No solo hemos obrado un milagro, sino que lo hemos conmemorado de la mejor forma que teníamos a nuestro alcance. Soy tan feliz que si estallo no deberías sorprenderte.
―Oh, Malcom, no me hagas reír.
―Ríe, amor mío. Ríe porque lo que parecía un imposible se ha dado aquí hoy.
Ella le hizo caso.
―Deseaba darte un hijo, pero las niñas siempre han sido mi predilección. No estoy decepcionada en absoluto y me siento culpable porque sé que el título…
―No me importaba lo que trajeses al mundo, siempre que estuvieses bien y la criatura naciese sana. No, porque mi hermano está de regreso al fin en Londres y se dispone a cumplir mi voluntad.
―¿Cuándo vendrá a casa Liam? ―preguntó con ilusión.
―No lo sé. Ha sido el señor Wilson quien me informó del desembarco de ambos. Le confesé a mi querido tío tu avanzado estado y le pedí que no se lo dijese a mi hermano.
―¿Por qué has hecho eso?
―Porque Liam ha desembarcado a traición y estoy convencido de que no me dirá nada sobre sus periplos por Francia, dado que no vendrá, y es mi manera de castigarlo. Hasta que no se digne a visitarme, no sabrá que es tío.
―¿Seguirá pensando lo mismo sobre Regina?
―Estoy seguro de que es por eso por lo que no tendremos noticias de él hasta que su situación cambie y se olvide de ella por completo.
―Siento mucho cómo han salido las cosas.
―No es culpa nuestra, tampoco de ellos. El destino es caprichoso y hay que seguirle el juego.
―¿Vamos a volver a intentarlo? ―inquirió tímidamente, señalando con la cabeza a la recién nacida.
―Dios me lleve a su lado si dejo de hacerte el amor en algún punto, esposa mía. Viejo y decrépito, seguiré mostrándote mi habilidad aunque mi fisionomía solo me permita hacerlo con un par de dedos. Ni apático podré saciarme de ti.
―Eres incorregible.
―Iba a decir que sacaría uno de esos falos de piel de vaca que…