Capítulo 1
Bendiciones
Regina sintió una humedad en la mejilla y levantó la cabeza para que las finas gotas de lluvia que habían comenzado a hacer acto de presencia descendiesen por su rostro.
Acababa de cumplir veintitrés años y se sentía como si tuviese el doble, tal vez el triple, de edad.
Esa mañana era la primera en la que se consideraba un poco más libre, menos prisionera de su vida, pero de igual modo la pesada carga que llevaba en sus hombros era muy dura.
Terrible. No menos cruenta era la pesadumbre de su corazón.
La lluvia comenzó a caer de modo más persistente. Ahí, situada en medio del campo, frente a la lápida de su difunto esposo, lanzó un grito al cielo que pretendía ser una despedida.
―¡Lo siento! ¡Lamento cómo acabó todo!
El pequeño cementerio de Ranfield Manor era un lugar lleno de paz. Había transitado por esos terrenos mañana y tarde desde hacía un año.
También era la primera vez que dejaba a un lado el luto riguroso.
Vestía una blusa gris perla con una falda de un tono más oscuro.
Las ventanas de su hogar dejaron también de lucir el color negro para que la luz entrase.
Había fallado como esposa y esa sensación de fracaso la acompañaría el resto de su vida. Estaba resignada a que así fuese.
―¡Lo siento! ―gritó de nuevo, al tiempo que cerraba los ojos y sus lágrimas se unían a las gotas de lluvia para deslizarse por su rostro.
La breve tormenta la había pillado de súbito, pero no era algo grave. Todo lo contrario. Esa sensación de frío, combinada con la libertad que comenzaba a abrirse paso, le agradaba.
Y, no obstante, tenía mil preguntas sin respuesta.
¿Cómo podía una esposa sobreponerse a la muerte de su marido, más una que había vivido en tierra de nadie durante su matrimonio?
Regina tenía sentimientos encontrados respecto a lo que había sido su vida desde que se casase a los dieciocho años con el hombre al que creyó amar y conocer.
No. Regina no había sabido destramar el carácter del verdadero Lawrence Trent, conde de Ranfield.
Error. Lawrence ya no era conde. El hijo de ambos, la única descendencia que tuvieron, Kyle, se había convertido en el nuevo conde a la tierna edad de tres años.
La vida era injusta. Ella no le había dado permiso a su esposo para poder marcharse. No cuando tenían tantas cosas que aclarar y ella ya había decidido que no se rendiría con él.
Un espía de la Corona. Entre sus muchos secretos también figuraba ese en el haber del anterior lord Ranfield.
Nunca se lo dijo. Se enteró cuando un grupo de malhechores, capitaneados por una mujer, se presentó en su casa para amenazar a los que allí estuvieron en aquel momento.
Su esposo recibió dos disparos. Se recuperó fantásticamente bien de las heridas.
Otra cosa fue la fiebre que acompañó a la dolencia.
Los médicos que lo habían atendido afirmaron que él se había rendido.
Sí. Tanto Lawrence como Regina se rindieron hacía demasiado.
Recordaba bien aquel día. Pistolas, tiros y gritos en su casa.
Regina llegó después de las fiestas navideñas porque había determinado que necesitaba un poco de tiempo para aclarar su mente.
Residió mientras tanto con los duques de York, con Isobel ―su madrastra, a la que consideraba su propia madre― y con Malcom.
Cansada de debatirse entre lo correcto y lo que deseaba, optó por seguir las normas y luchar por revivir un amor candente que Lawrence despertó en su juventud y que tenía que seguir vivo en algún lado.
Regina estuvo dispuesta a olvidar las peleas, los malentendidos, la desconfianza mutua…
todo por él. No pudo ser. El destino decidió otra cosa, puesto que unos pocos meses después del altercado, ella lloró la pérdida de un hombre que mereció más.
Lawrence Trent le había salvado la vida al interponerse entre Regina y una bala.
Su esposo tuvo que haber recibido la fe ciega de ella mucho tiempo atrás.
El anterior conde debió haber sido un hijo amado y querido, no odiado por un padre cruel que lo destruyó desde pequeño.
Lawrence Trent merecía sin duda más de lo que le fue concedido.
El corazón de Regina lloraba por él, por las injusticias que le tocaron vivir, por las decisiones desacertadas que su difunto marido tomó mientras vivía.
Ella no estaba libre de culpa tampoco. Mientras él se comportaba como un esposo tirano, molesto, celoso y desconfiado, había otro hombre que se mostraba fiel, dulce, protector y tierno.
Lo que jamás creyó que sucedería se convirtió en una realidad.
El hermano de York, Liam Banstorn, a quien ella había desairado infinidad de veces por ser un libertino de la peor clase, se fue colando bajo su piel sin darse cuenta de lo que ocurría.
Luchó contra los deseos más íntimos que Liam le inspiraba.
La condesa de Ranfield se negó a huir con él cuando se lo propuso, solo porque había dado su palabra y pertenecía a su esposo.
Su lealtad jamás sería cuestionada. Así lo decidió cuando optó por casarse con Lawrence. Su pobre conde. Al que no logró salvar de sí mismo, al que no llegó a tocar ni con la yema de los dedos.
Lawrence y Regina lo habían tenido todo en su contra desde el principio. Kyle fue lo único bueno que supieron hacer.
De pronto, el cielo se cubrió y sintió unas manos que la tomaban por la cintura.
―Evangeline… ―susurró, sabiendo que su hermana la había encontrado. Un paraguas las protegía a ambas de la lluvia.
Hacía seis meses que Evangeline se había mudado a vivir con ella. El esposo de su hermana, Avery Sullivan, necesitaba dedicar algo de tiempo a su club de caballeros, El placer del infierno, ubicado en Londres, por lo que decidió ser de ayuda para Regina.
Su hermana se había volcado con ella desde que trascendió la muerte de Lawrence.
Oh, Ranfield. Su esposo fue el causante de que Evangeline y Avery se distanciasen años atrás, por lo que Eve ―como Regina se había acostumbrado a llamarla cariñosamente― se quedó con el corazón roto.
Lawrence fue quien le dijo al padre de las dos hermanas que el señor Sullivan era el bastardo del anterior conde de Ranfield, y eso supuso una mancha insalvable, por lo que el progenitor de Eve despidió en el acto a Avery, que por aquel entonces era su administrador.
Su adorada hermana perdió a su verdadero amor y lo pasó realmente mal por un acto promovido por el conde.
Lawrence se lo confesó a Regina justo cuando se prometieron, y ella no pudo perdonarle tal traición porque le partió el corazón a la persona más importante de su vida, pues Evangeline junto con su hermano pequeño, Theodore ―el actual conde de Snow― eran los pilares de su existencia.
En un acto que Regina consideró de valentía, o tal vez fuese de venganza ―porque una no sabía nunca lo que pasaba por la mente de Lawrence―, Ranfield confesó que Avery era su hermanastro y Regina se vio en la obligación de contarle toda la historia a Evangeline, poniéndola al corriente de quién tuvo la culpa de la separación entre la pareja.
En aquel entonces, Eve se marchó enfadada de su lado y parecía que nunca volvería a existir el fuerte vínculo que compartían las dos hermanas.
No fue así. En el momento en que Regina necesitó servirse de la fortaleza de Eve para seguir adelante, su hermana estuvo junto a ella.
Y no solo durante el entierro. Una cita que jamás olvidaría y en la que también estuvo Avery, aunque él no deseaba saber nada de su difunto hermano.
Regina sospechaba que Eve le había hablado de lo que Lawrence hizo años atrás y comprendía su negativa.
La familia no era solo tener corriendo por las venas la misma sangre.
Era mucho más. Isobel configuraba la prueba de que eso último era una gran verdad universal, pues la actual duquesa de York daría su vida por toda su familia, sin excepción, pese a que no compartiesen un parentesco directo.
Regina se recostó sobre Evangeline, quien la seguía manteniendo sujeta, y suspiró.
―¿Estás bien, hermana? ―trató de averiguar la señora Sullivan.
―Pronto lo estaré, lo presiento. No sé a quién debería darle las gracias por traerte a mi vida, Eve ―le dijo con los ojos todavía llorosos.
―Soy tu hermana. Nadie podrá apartarme de ti, Regina. No importa lo lejos que esté o quién demande mi atención, cuando me necesites, lo dejaré todo y allí estaré. Siempre. ―Sonó a promesa y la otra hermana supo que así sería. Cabeceó afirmativamente porque era justo lo que ella misma sentía.
―Estaba a punto de regresar. No hacía falta que vinieras a buscarme.
―Ahora más que nunca debes cuidarte. Eres todo para tu hijo y tienes muchas cosas que hacer ―le susurró junto al oído.
―Nadie se muere por un poco de lluvia. Hará falta mucho más que eso para que abandone este mundo ―dijo con seguridad.
―Hablas de la muerte en un cementerio… Siempre has sido osada, hermana.
―¿Crees que él estará bien? ―musitó. Evangeline sabía de quién hablaba Regina sin necesidad de emitir su nombre. Ranfield.
―Estoy segura de que al fin ha encontrado la paz. Debería odiarlo por lo que hizo, pero… no puedo, porque saber que te pidió que fueses feliz en su lecho de muerte, que te salvó la vida…
Regina se dio la vuelta y la miró con curiosidad.
―¿Cómo sabes eso?
―La señora Pars es bastante indiscreta. Además de otras muchas cosas. ¿Te puedes creer que no me permite sostener a Kyle en brazos?