Prefacio #5
Liam tenía una espectadora. Sus opciones eran dos: o la instruía sobre lo que sucedía entre dos amantes secretos, o… La segunda perspectiva no le agradaba lo más mínimo.
Resopló, mucho más de lo que lo había hecho el señor Wilson horas antes.
― Ma belle , tenemos que detener esto.
Como buenamente pudo, Liam se apartó de la dama francesa.
― Parce que, Banstorn ? ―preguntó en tono lastimero, sin dejar de acariciarlo.
―Tu esposo, ma petite . Tengo que confesarte que me retó a conquistarte y que… ha sido una prueba. Tu querido amado deseaba saber si le eras fiel y por eso me…
―¡ Non ! ―Lo siguiente que Liam vio fue una mano enguatada ir hacia su mejilla. Agarró la muñeca de la mujer al vuelo y la frenó.
―Entiendo que estés disgustada. No puedo traicionarte, belle . Me has impresionado, así que si te vas ahora, cuando tu marido me pregunte le diré que eres la esposa más fiel de todo París. Piensa en ello. Te dará una recompensa, estoy seguro.
― Mais, nous podemos ser malvados et mentir .
―No soy ese tipo de hombre, lo lamento.
Ella lo miró con enfado, se dio la vuelta con aires de ser Cleopatra y lo dejó atrás. El sonoro portazo puso de manifiesto su malhumor por el cambio de planes… Si Liam había tenido alguna duda de su monumental enfado, esa acción contribuyó a que quedase más que claro.
Banstorn no se podía creer lo que acababa de hacer.
Tal vez estuviese madurando y el señor Wilson estuviera equivocado, porque en otros tiempos hubiera desenvuelto tal regalo sin la menor duda, independientemente de quién estuviese mirando.
Pero no, él se acababa de inventar una historia de lo más estúpida para proteger la sensibilidad de un ratón de biblioteca. Suspiró.
― Petit oiseau, sort de sa cachette .
La cortina se removió y Liam tuvo ante sí a una joven alta y delgada, con los ojos verdes y el pelo negro como la noche. Él odiaba ese tono de cabello. Al menos el iris no era turquesa… Sacudió la cabeza para no volver a pensar en Regina.
―Ni soy francesa, ni soy un pajarillo, ni estoy escondida ―le dijo en tono altivo rebatiendo su frase anterior―. Debería darle vergüenza, señor… ―Se detuvo porque se dio cuenta de que no conocía la identidad del hombre que figuraba frente a ella, sola en medio de una estancia cerrada.
Él se veía como Lucifer, con el pecho descubierto y el pelo enredado. Era del todo evidente lo que la pareja, que había invadido el lugar que ella había elegido para escapar de su tía, se proponía.
―Una joven inglesa en tierra lejana…
―Francia no es Japón ―razonó la muchacha, mientras dejaba el libro que sostenía entre las manos sobre la mesa más próxima.
―Es cierto. Me presentaré, milady …
―Señorita Jenna Walsh ―le dijo su identidad―. Tampoco soy inglesa ―rebatió.
―Su dicción es perfecta. ¿De dónde es?
―Le estoy ofreciendo mucha información y usted todavía no me ha desvelado su nombre.
―Soy lord Liam Banstorn. Inglés, hijo de un duque, hermano de otro ―le indicó con orgullo.
La muchacha se veía… casable . Después de todo cumpliría su promesa sin proponérselo. Wilson se tragaría su incredulidad.
―¿Se impresionan las damas cuando escuchan su parentesco?
―Sí, especialmente cuando les comento que soy el heredero de mi hermano y que mi hijo será el próximo duque de York ―respondió con media sonrisa que resultó ser cegadora.
Jenna se lamentó por el carisma y atractivo de él. No obstante, todos eran iguales. Guapos, pero sin sesera.
―Confío en que tenga suerte eligiendo a su esposa y no le resulte como la que se ha marchado hecha un mar lleno de enfado.
―¿Te han comentado que eres insolente? ―Las jóvenes estaban desatadas. ¿No quedaba alguna silenciosa, dócil y tranquila?
Jenna agitó los hombros despreocupadamente.
―Soy americana, ¿qué esperaba?
―Eso solo explica parte de tu actitud.
―La otra mitad podría deberse a que no busco un esposo y mucho menos un título. Sería un desastre hacer eso. ―Ella se rio con ligereza.
―No conozco a una sola mujer que no desee fortuna y un título con su matrimonio.
―Está de enhorabuena. Creo que acaba de conocer a la primera ―sentenció con entusiasmo.
―¿Qué haces tan lejos de tu hogar? ―inquirió pasando por alto la salida de tono.
―No se lo creerá, pero mi tía Harriet está buscándome precisamente lo que no deseo ―se vio en la obligación de exponer.
―Te lo dije. Podrás no quererlo, pero es lo que te obligarán a aceptar llegado el caso. Matrimonio, dinero y a poder ser un título. No te conviene un francés. Los ingleses somos más confiables.
Ella batió sus pestañas y le sonrió con una coquetería que resultaba forzada.
―¿Es una proposición?
Él la miró con cara muy seria, levantó una ceja y le respondió:
―¿Y si lo fuera?
―Arruinado. El título de duque, el que presume y que todavía no ostenta, debe de estar en la ruina.
―No.
―Además de ser un pícaro, ¿qué otros vicios oculta bajo esa apariencia tan…? ―Lo recorrió con los ojos. Ese ejemplar masculino era.. estaba… Bien. Ese denominado lord Liam era impresionante.
―Iba a ponerme la camisa, pero dado que he visto que te gustaba tenerme en…
―No siga por ahí. Me ha debido reconocer y sabe que la fortuna del sucio dinero americano de mi padre…
―¿Quién es tu padre y por qué su dinero sería sucio? ―la cortó.
―El señor Walsh ha hecho un imperio con el jabón. Todos hacen esa broma sobre que es dinero repulsivo aunque provenga de la limpieza.
―Les concederemos que es ingenioso, pero el dinero es dinero.
No importa de dónde venga siempre que se tenga.
Además, te equivocas, no tenía la menor idea de tu identidad.
Es más, creía que serías un ratón de biblioteca, una muchacha insulsa que se escondía en un lugar oculto para que nadie se riese de ella.
―Las americanas no somos nada de eso. Tenemos más valor en el dedo meñique que esos grandes lores que piden permiso para todo y se asombran todavía más por cualquier cosa.
Liam se sonrió con esa observación.
―Eres divertida, muchacha. A él le gustarías muchísimo.
Wilson estaba en su cabeza gritándole algo a lo que Liam no quería atender.
―¿A quién? Aunque debo señalarle que se dicen muchas cosas de mí, por lo general poco favorecedoras. Como que soy indómita, indecorosa, temeraria, inadecuada…
―A un amigo mío ―la interrumpió, intuyendo que su lista de defectos sería tan larga como la de virtudes que enumeraba York―. Está empeñado en que busque esposa, y tú…
―Ah, no. ―Se plantó delante de él sin temor, levantó el dedo y lo señaló acusadoramente―. Ni se atreva a plantear lo que sospecho. Hace por lo menos diez minutos que debería haber huido despavorido de aquí, así yo hubiera podido seguir leyendo hasta que mi tía decidiese que era hora de marcharse.
―Alto ahí, querida. No te hagas demasiadas ilusiones. Solo iba a insinuar que…
―Que su futuro título de duque necesita mi dinero para subsistir ―lo cortó.
―¡Nada de eso! ―exclamó con elevada molestia―. Tengo una fortuna propia considerable y mi hermano gestiona con mano de hierro sus asuntos. No necesito ni precisaré de tu dote, solo iba a proponerte que…
―¡He dicho que no lo haga! ―exclamó con pánico. Los hombres se habían vuelto de lo más estrategas a la hora de darle caza. Ese apuesto truhan era demasiado evidente.
―¿Quieres dejarme hablar, por Dios? ―preguntó exasperado.
―No, porque acabará proponiéndome matrimonio.
―No eres tan espectacular como te crees ―refunfuñó Liam.
Él se había dado cuenta de que la joven estaba muy segura de sí misma.
En verdad era bonita… hasta que hablaba y lo afeaba todo.
Ah, pero si hubiese sido como una planta mustia y no una especie de cactus espinoso con pequeñas flores rosas, él no se habría interesado.
¡Qué contradicción! Un momento… ¿estaba interesado?
―Puede, pero mi fortuna sí lo es ―dijo ella con esa altivez que lo incomodaba muchísimo. Cuando se enfadaba sí se le apreciaba un poco de esa dicción americana. Seguramente ella había pasado la mayor parte de su vida en Inglaterra, conjeturó el hermano de York.
―¿Cómo quieres que te diga que los fondos son lo de menos?
―Liam necesitaba algo parecido a una yegua de cría que le diese libertad.
Una mujer que aceptase un matrimonio de conveniencia y disfrutase luego de su independencia tal y como él mismo haría.
¡Un momento! ¿Por qué pensaba en algo así si la acababa de conocer… ?
―¿No tiene a otra mujer a la que seducir? ―soltó de improviso, desesperada por sacudírselo de encima. Si su tía se enteraba de que ese pretendiente era pariente de un duque, Jenna estaría en serios problemas.
Liam se atragantó. De verdad… ¿no había jóvenes elegantes, sumisas, que incluso se desmayasen al ver el perfecto torso cincelado de un hombre apuesto y viril como el de él?
―Tú has interrumpido mi interludio ―le recordó refunfuñando.
―Es libre de marcharse cuando quiera ―le ofreció.
Liam resopló. Mucho más alto de lo que lo habría hecho Mason Wilson las siete veces que lo escuchó.
Estaba seguro de que si le llevaba a esa joven a casa esa misma noche, él le cantaría una alegoría o algo similar.
A Wilson le gustaban las damas guerreras, tanto o más que a él mismo. ¿Podría raptarla?
―Por Dios ―dijo por lo bajo Liam cuando se dio cuenta de que por culpa de ella estaba planteándose ofrecerle matrimonio. ¿Tan desesperado estaba que la primera florecilla silvestre que lo desafiaba le hacía pensar en una proposición?
Mason Wilson, con sutilidades y a veces de modo directo, había logrado su propósito: que pensase en el matrimonio en cuanto una joven aceptable se cruzaba en su camino. Tuvo que haberse decantado por la puerta de enfrente y no por la de la biblioteca, así Banstorn no estaría en esa tesitura.
―Te diré lo que va a pasar ahora, señorita… ―Se quedó parado.
La joven se dio cuenta del problema que causó que él dejase de hablar.
―¿Pretende pedir mi mano y no recuerda ni mi nombre ni mi apellido, milord? ―preguntó con humor―. Debería saber que incluso a las que se nos quiere solo por nuestro dinero, nos gusta que nos presten cierta atención.
―¡Quieres dejar de una vez de hablar de tu fortuna! Yo no necesito ni un centavo tuyo.
―¿Ni medio millón de libras? ―rebatió sin creerse nada.
―¿Tanto dinero tiene tu padre? ―Era una cifra descomunal. La pregunta tuvo que ser dicha de inmediato porque… ¡vaya riqueza!
―Soy una heredera, tal vez una de las más ricas. ¿Por qué cree que me escondo en los bailes? Es tedioso que me persigan.
―Sí… sé lo que es eso ―dijo él compadeciéndola.
―A mí me buscan por mi belleza y mi riqueza. Así que no sabe lo que es ―observó con condescendencia.
Él se quedó un segundo con la boca abierta.
―¿Me estás llamando…? ¿Insinúas que soy poco agraciado? Porque si es así, me veo en la obligación de recordarte que no has dejado de mirarme… famélica.
―Solo porque no deseaba herir su sensibilidad. Una mujer le ha dejado plantado y si yo no me presento ante usted… animada, podría ser que…
―¿Animada? ―No la entendía.
―Sí. Es lógico que se sienta inseguro y que sea por eso por lo que no ha optado por vestirse adecuadamente en cuanto su amiga se marchó. Usted, un hombre arruinado, seguramente perseguido por los acreedores y deseoso de librarse de la cárcel de deudores, ha orquestado todo esto para atraparme.
―¿Disculpa? ―No daba crédito a lo que escuchaba.
―No hay otra explicación. Está ante una joven inocente de veinte años y sigue con el pecho descubierto. ¿Qué quiere que piense? Usted trata de seducirme.
Estaba atónito y pese a ello se las ingenió para recobrar el raciocinio.
―Vayamos por partes, porque tienes tantos frentes abiertos que no sé cuál atender primero… ¿Qué has pretendido decir con tu aseveración anterior sobre hermosura y fortuna?
―Usted es pobre y solo puede confiar en su atractivo para salir del embrollo en el que debe de estar metido. ¿Son juegos de azar? Sí, seguro que sí ―se respondió ella misma―. ¿Tiene una mente… relajada? En ese caso no debería apostar. Es natural que lo desplumen.
―¡Muchacha! ―la amonestó furioso.
―Si no quiere seguir escuchando mis…
―¡Tonterías! ―la frenó―. Lo que dices son tonterías y estoy empezando a pensar que te muestras así porque quieres espantarme. Me dan ganas de comprometerte. Un beso y estarías suplicando, muchacha.
―Sí, sí… le pediré un beso y demás cuestiones íntimas cuando sea capaz de recordar mi nombre.
Le aconsejo que la próxima vez que trate de seducir a una rica heredera tenga la cortesía de aprenderse eso como mínimo ―añadió de forma despectiva―.
Ha llegado la hora de pedirle, encarecidamente además, que no siga poniéndose en evidencia y deje de perturbar mi paz.
Coja su ropa y salga por donde ha venido.
Su boca se quedó entreabierta y sus ojos de par en par. Una cosa era ser una joven alocada y otra estar… ¡Lo estaba echando y despreciando!
―¿Comprendes que cualquier mujer sería afortunada de intercambiar una sencilla mirada conmigo?
―Qué lástima que se conformen con tan poco. ¡Ahora…! ―Ahuecó su mano para indicarle que se marchase.
―Tienes una suerte inmerecida, heredera del jabón, porque en otras circunstancias yo…
―Sí, lo que usted diga. ―Y le cerró la puerta en las narices. Escuchó asombrado cómo la cerradura era echada. No solo lo había despedido, sino que se había asegurado de que no volviese a entrar.
¡Jóvenes endemoniadas!
Liam bajó la mirada y descubrió que su camisa, su chaleco y su chaqueta estaban puestos sobre su mano. Estaba en medio de un pasillo con aspecto de haber tenido una noche memorable y lo que había obtenido en su lugar era… No sabía ni cómo definirlo.
¿Qué acababa de suceder?