Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Prefacio #4
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Prefacio #4

Hacía varios meses que habían llegado a Francia y, efectivamente, el ambiente era de lo más… animado, por lo que el tour europeo se había estancado en dicha ciudad y todo apuntaba a que no se marcharían con prontitud de allí.

―Por supuesto, milord ―respondió raudo Mason, mientras le colocaba la chaqueta de raso color burdeos sobre el chaleco en tono crema.

―¿Debo preocuparme? ―preguntó Liam, mirando a Wilson a los ojos a través del espejo.

―Es conveniente que uno no baje la guardia, milord.

―Hablo de usted ―puntualizó.

―No sé si preguntar a qué se refiere.

―Se lo diré de todos modos. Le he comparado con un equino y no ha intentado repeler mi ataque. Me preocupa, señor Wilson. Creo que sigue enfurruñado porque dejé en Londres a esa cocinera que mi hermano me endosó a traición en Navidad.

El sirviente dejó de hacer sus labores y se quedó parado cavilando una respuesta adecuada.

―No es eso, milord ―señaló con cautela el hombre.

―Ajá, pero también hay un poco de añoranza por su dama.

―Como diría su hermano, y con todo el respeto, milord, está siendo absurdo.

―Diga entonces el motivo por el que ha resoplado a cada rato desde que comenzó a ayudarme a enfundarme el traje, porque de lo contrario pensaré que tiene usted la enfermedad del amor ―lo retó.

―Está bien. Se lo diré solo porque insiste.

―Le escucho. Y no sea dulce, mi querido señor Wilson, pues estoy preparado para que me lance su mejor golpe. A veces me hace compadecer a mi hermano, si en todos esos años ha tenido que soportar su compañía…

―Si se refiere a que soy excepcional en todos los trabajos que se me encomiendan…

Sí, milord, debería compadecer a un duque, puesto que un sirviente casi lo eclipsó en su proceder…

Aunque bien pensado pudiese ser que York alcanzase la gloria debido a que siempre estuve pendiente de él.

No lo tengo claro del todo. Sin embargo, lo primero no creo que excluya a lo segundo y viceversa.

―Bueno, ahí me llegó el primer golpe y ni tan siquiera tenía que ver con la cuestión inicial. Veo que algo de la vanidad de mi hermano se le contagió. Dígame a qué se debían sus resoplidos ―insistió.

―Lo crea o no, el asunto por el que me pregunta tiene que ver con mis competencias. Su excelencia, el duque de York, me colocó a su… ―Se paró para buscar la siguiente palabra.

―¿Me dejó a su cargo?

―… a mí bajo su servicio y…

―Bien jugado, señor Wilson. Siga, por favor.

―Lo que sucede es que la cama de un hombre no debería conocer el peso de tanta gente ―le dijo en tono acusador. Wilson había visto al duque meter en su lecho a tres o más féminas a la vez. No. La norma general era una y que esa fuera la única y adecuada.

―¿Perdone? ―Se había perdido algo.

―¿Ha olvidado su obligación, milord? ―le preguntó desafiante.

Ahí volvía a estar el hombre que lo retaba constantemente y que desde que salieron de viaje se había adormilado. Liam casi lo había echado de menos. Casi.

―Casarme, engendrar un heredero y no dilapidar el legado del ducado. Y lo último debo señalar que es ofensivo porque soy perfectamente capaz de invertir un centavo y lograr una libra. ¿Me he dejado algo, señor Wilson?

―Ahí está la prueba de que conocer sus deberes no implica que se vayan a cumplir.

―Sea directo, tengo una fiesta a la que acudir. No se ande por las ramas. Después de tantos años creía que esa fase la habíamos superado.

―Usted sigue siendo el mismo que era en Londres. Solo ha cambiado de escenario.

―Ah, entiendo que se refiere a mi conducta… pícara.

―Libertina ―matizó con enfado el ayuda de cámara.

―No aprenderé nunca. ―Suspiró―. Debí haberme quedado callado mientras sentía que mis habitaciones se habían convertido en las cuadras ante tanto resoplido.

―Me he propuesto conseguir que se case a los veintiocho años como su hermano y va a hacer que deje de ser excelente en mis aptitudes. Así que es necesario que le hable sobre el poco acertado uso de su tiempo que está haciendo.

―¿Qué quiere que haga, señor Wilson? No tengo la culpa de que las damas francesas me asedien y me inviten a ser malvado.

¿Qué hombre podría negarse a ofrecer satisfacción desinteresadamente?

Yo desde luego no. Estoy haciendo un servicio a la comunidad femenina francesa.

No me sorprendería que Francia me concediese una medalla o algo por el estilo.

―Absurdo de nuevo, milord. Si se repartiesen méritos por tal acción, York tendría en su despacho una gran muestra de sus… logros.

Liam soltó una gran carcajada.

―Me siento esta noche magnánimo, como si fuese Malcom haciendo un alarde de su buen juicio y predisposición, así que le prometo que en la fiesta a la que he sido invitado hablaré con una joven dama casadera. ¿Le sirve mi promesa?

Wilson suspiró.

―Habrá de servirme, dado que no tengo valor para empuñar un arma y obligarlo a casarse de una santa vez.

Liam sonrió.

―Oh, señor Wilson, es usted un descarado. El paso de los años lo ha convertido en un deslenguado. ¿Lo sabía?

―Hace tiempo que me di cuenta de que las sutilidades no surten efecto, así que una visión más directa tal vez me garantice volver pronto a Londres, organizar su boda y al fin poder dejar de lado mis habilidades como niñera.

Liam se dio cuenta de que el hombre ni se había despeinado al hacer tal afirmación.

Definitivamente iba a la yugular y poco le importaba estar fuera de lugar.

Tenía que reconocer que al menos Wilson era divertido…

salvo cuando lo miraba con reprobación, le hacía todo tipo de reproches, lo llamaba al orden sin sutilidades, le recordaba a todas horas sus obligaciones…

Está bien. Wilson no era agradable, más bien era como un catarro del que York le había contagiado.

―Presente sus quejas ante mi hermano. No soy el culpable de su situación. Son el duque y usted mismo quienes desean ponerme a prueba.

―No discutiré más. Ya he dicho lo que pretendía y eso era hacerle ver que no está cumpliendo con su cometido de conocer a buenas damas que merezcan alumbrar al próximo duque de York.

―Ahí está, otro golpe que me dio de pleno. Y lo peor de todo es que lo lanzó sin remordimiento. Le he prometido que hoy hablaría con una joven que lo merezca y tiene mi palabra de que lo haré.

―Sí… ―afirmó escéptico―. ¿Lo hará antes de encerrarse en algún lugar con otra dama de cuestionable reputación o después de terminar con su servicio a la comunidad femenina?

Liam se carcajeó una vez más y le palmeó la espalda a Mason Wilson en un gesto amigable.

―Eso no se puede orquestar. Los encuentros furtivos vienen como vienen ―le aclaró―, sin planificación, pero insisto en que me esforzaré esta noche. ¡Quién sabe, señor Wilson, tal vez regrese incluso con una prometida a casa!

Mason alzó una ceja.

―Si me hubiesen dado un penique cada vez que su hermano empleó la misma aseveración y no la cumplió, tendría una fortuna inmensa.

―¿Qué quiere? ¿Una promesa por escrito o le vale dicha a viva voz? Le juro que me casaré pronto. ¿Es suficiente así?

―Eso lo dice solo porque sabe que York no le permitirá seguir sembrando su avena salvaje durante mucho más tiempo.

Liam agitó los hombros.

―Es verdad, por eso mi juramento debería ser creído sin escepticismo.

―Diviértase, lord Liam ―le dijo al tiempo que le pasaba las manos por la parte de atrás de la chaqueta para quitar una pequeña arruga―. Y por lo que más quiera, trate de que ningún esposo celoso lo rete a duelo antes de…

―De casarme, tener un heredero y el repuesto ―terminó por su sirviente.

El señor Wilson se quedó solo en la habitación del lujoso hotel de París en el que se encontraban ambos residiendo. Si York le pareció difícil en sus peores años como disoluto, este hermano lo superaba con creces.

***

Liam se introdujo en la primera habitación que pudo.

Sí, pudo, porque la francesa que lo tenía secuestrado casi lo había desnudado en mitad del pasillo.

No tenía la menor idea de quiénes eran los anfitriones de la fiesta y poco le importaba.

Esa rubia de ojos saltones como la miel y grandes pechos lo había devorado incluso estando al lado de su esposo.

Una clara invitación que Liam no pudo rechazar.

Por Dios que se había fijado en las muchachas elegibles…

durante cinco minutos. ¿Qué culpa tenía él de que las mujeres lo solicitasen con tanta efusividad?

Continuaría con su cometido después de divertirse con la dama que le palpaba su erección con codicia.

Si no lo hacía, Wilson se lo echaría en cara, pues el maldito sabía bien cuándo mentía.

¿Cómo había desarrollado esa habilidad? Y lo más importante, ¿por qué sentía como si Mason Wilson fuese el lord y él su sirviente?

―Aguarda un momento, madame . Te prometo que soy muy capaz de seguirte el ritmo, pero necesito intimidad, puesto que alguien podría sorprendernos y explicarle la situación a tu esposo.

Había logrado meterse con la ansiosa mujer en lo que parecía ser una biblioteca. Las estanterías repletas de libros así lo indicaban. Liam cerró la puerta de una patada, dado que su acompañante estaba tirando de su chaleco y él no podía hacer nada con las manos. Bueno, nada más que tocarla.

―Oh, oui, mais le temps c'est de l'argent .

―Sí, el tiempo es oro, pero lo disfrutaremos más si…

Liam se quedó helado cuando vio que una figura, presumiblemente femenina, huía hasta la ventana más próxima para colocarse tras los pesados cortinajes.

Seguro que era un pequeño ratón de biblioteca al que nadie hacía caso y que se había refugiado en esa habitación.

Maldijo en silencio mientras su compañera de fechorías lo besaba y lo palpaba por todo el cuerpo, prestando especial atención a su virilidad.

Los malditos pantalones eran tan ajustados que estaba viviendo un infierno.

Seguro que Wilson se los ordenaba media talla más pequeños para que el dolor fuese todavía peor cuando una flamante fémina lo hacía arder.