Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Prefacio #2
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Prefacio #2

¿Cuál era su condición? Fácil de explicar. Liam se sentía como un hombre que había hecho el ridículo una y otra vez por una mujer a la que tenía que olvidar, superar, e incluso enterrar en el pasado, costase lo que costase.

Vacío. Errático. Triste. Esas eran las cualidades que mejor lo retratarían en esos instantes. Otro año había comenzado y era momento de que su vida también se reiniciase, para dejar de lamerse las heridas y empezar a vivir de nuevo.

York le había impuesto una tarea de lo más desagradable: casarse, y aunque era algo que no considerase bueno, sí pudiese suponer un punto de partida interesante.

La puerta de la entrada del despacho de su hermano se cerró después de que Malcom accediese a la estancia. Liam se giró para observarlo y resopló.

―¿Tienes que presentarte en bata? ―preguntó Liam con enfado. Para ser un duque que siempre iba a la última moda, con trajes oscuros, puntillas, sedas y demás confecciones que le hacía su sastre particular a medida, York optaba frecuentemente por ir muy informal transitando por la casa.

―Ah, disculpa mi atuendo, hermano ―señaló con una brillante sonrisa―. Isobel hoy se ha levantado juguetona y…

―¿Quieres ahorrarte los detalles, York? ―lo interrumpió. Si había algo peor que sufrir de desamor era que un duque pomposo le sacudiese con toda su dicha día sí y noche también.

―Perdóname por seguir intentando embarazar a mi duquesa y librarte del tedio de destino que… ―comenzó a explicar con ironía.

―Me marcho, York ―lo frenó.

Malcom tomó asiento tras la elegante mesa de madera maciza y lo miró desde ahí con inquietud.

―¿Cuándo?

―Esta misma mañana ―afirmó con seguridad.

―No.

―¿Qué? ―Algo no iba bien en esa conversación.

―¿Cuándo piensas regresar?

Liam le sonrió.

―¿Hay algo que ese espía tuyo no te cuente? ―apuntó Liam, en una clara alusión al señor Wilson.

Para el duque de York, Mason Wilson era algo así como un padre, una madre, un secretario, un ayuda de cámara o cualquier cosa que Malcom necesitase.

Su hermano había enviado a Wilson a vivir con Liam hacía un par de años con la finalidad de que lo hiciese menos escandaloso y lo educase.

Todavía estaba por decidirse si el hombre había podido llevar a cabo lo encomendado por el duque.

Lo que sí resultaba innegable era el hecho de que Mason Wilson se había convertido en un alfiler.

¿Un alfiler? Sí. Eso mismo, dado que era algo que pasaba desapercibido, pero resultaba irritante y le punzaba a cada rato en sus posaderas de heredero.

Era más agudo que incluso un enjambre de mil abejas.

―Si mi heredero decide hacer un tour por Europa durante un largo tiempo, mi hombre de confianza tiene la obligación de informarme.

―Es lamentable que me hayas traspasado a tu niñera, York. Creo que Mason Wilson debería quedarse aquí contigo, será más útil para ti y yo no sentiré ganas de estrangularlo cada vez que me mire con reprobación.

―No. Te permitiré irte. Ya ves que puedo ser del todo benévolo contigo, y deberías agradecerme el gesto, puesto que todo me instiga a prohibirte viajar.

―¿Perdona? Por un momento me había acostumbrado a que me tratases como un lacayo, pero ahora vengo a descubrir que soy más tu esclavo que un hombre que recibe remuneración por sus servicios.

A lo que debo recordarte que no dependo de tu asignación y que soy más que autosuficiente en ese sentido.

Creo que no deberías olvidar mi posición en este pequeño debate que planteas sobre mis autorizaciones o no.

―No seas absurdo, hermano. Eres mi heredero, eso es mucho más que un sirviente bajo mi mando o un esclavo.

―Sí… por supuesto ―ironizó―. ¿Ser tu único familiar con vida también hace que tengas en propiedad mi existencia? ¿Mis decisiones? ¿Debo pedirte también permiso para copular, para ir a orinar o defecar, duque? ―inquirió con suma seriedad.

York lo miró desde su posición con la misma frialdad que emanaba su hermano.

―Estás siendo absurdo.

―Di algo nuevo, York. Porque el que resulta aburrido con todo esto eres tú.

―Te perdonaré porque sé que sufres.

Liam se cuadró.

―No, York. No sigas por ahí.

―¿Por dónde? Regina está en mi casa, la tienes al alcance de la mano y no te tiende una rama de olivo. Debe de ser cruel que tú, que no has sido jamás rechazado por una dama casada, lo estés siendo precisamente por la única a la que amas.

―Eres mi hermano. Nadie mejor que yo conoce cuán desagradable puedes llegar a ser incluso sin proponértelo. Me dan ganas de salir de tus dominios, ir a ver si esa monstruosidad de cañón está cargado y apuntar a esta parte de la casa.

―Ah, ya veo que te ha impresionado mi nueva adquisición ―dijo, pasando por alto el resto.

―No es lo único. ―La mirada de Liam se movió por la sala. Allí había una cantidad de pistolas, espadas, arcos, flechas, e incluso una ballesta, que no tenían ningún sentido en la decoración. ¿Cuándo había redecorado su hermano con tanta animadversión su despacho? ¿Acaso iban a entrar en guerra?

―Todo pensado para que las visitas incómodas se sientan con la necesidad de marcharse a toda prisa.

El duque de York se había olvidado de quitar de su despacho ese armamento que aparecía ante la vista de cualquiera.

La visita que le hizo el esposo de Regina hacía unas pocas semanas, merecía que le mostrase a Ranfield que además de ser inteligente, también estaba demente.

Funcionó, pues tras una conversación en la que Malcom le dijo al conde que Regina residiría en York Park durante una temporada indefinida, el marido se marchó más dócil que un perro fiel.

―¿Qué estás diciendo? Hay en tus palabras un sentido que no alcanzo a reconocer.

―¿Adónde vas a ir de viaje? ―Malcom cambió el rumbo de la conversación.

―¿Tienes que aprobar también mi itinerario?

York suspiró. Liam estaba roto. Malcom podía verlo en sus ojos azules, pues estaban más apagados que nunca.

Los dos hermanos eran similares en cuanto a su apariencia.

Ambos eran de aspecto grande, con hombros anchos y cintura estrecha, altos, con un cuerpo musculoso producto de la monta a caballo.

El color del iris era idéntico para los dos hermanos, diferían en el tono del cabello.

Liam lo tenía rubio y Malcom negro. Si bien York parecía un querubín algo malicioso por la tonalidad oscura de su pelo, Liam parecía un ángel, salvo en la expresión de sus ojos, que era más pícara.

―No te tomas esto en serio, Liam. El ducado es lo primero para nosotros.

Debe serlo. Yo no puedo renunciar a Isobel porque eso me llevaría de cabeza a la tumba.

Tú tienes la oportunidad de lograr un poco de lo que yo poseo.

¿Y si el pesado yugo que te he colocado sobre las espaldas te hace darte de bruces con una dama a la que venerarás sin condición?

¿No lo has pensado? Yo estuve en tus botas no hace tanto.

―¿Sí? ¿Te rompieron el corazón? ―se mofó.

―¿Olvidas a lady Monty? ―respondió con sobriedad.

―No, tu exprometida te cambió por un conde que era a todas luces peor partido que tú.

―Me refugié en el libertinaje y después de largos años encontré lo que toda persona, hombre o mujer, debería conseguir: amor.

―No te angusties. Si en el viaje encuentro algo de eso, estoy seguro de que mi niñera te enviará una larga misiva con los arreglos.

―Y otra vez no estás siendo justo con Wilson.

―Espía o niñera, no me decido todavía a la hora de otorgarle un título ―dijo en un claro tono de desafío.

―Esta mañana estás especialmente irritante, Liam. Te marchas por un largo tiempo y no me gustaría que nos peleásemos. Comprendo que el malhumor es debido a tus circunstancias y que…

―No vuelvas a hablar de ella ―dijo, en alusión a lady Ranfield. Sí, Liam haría bien en no olvidar ni por un instante a quién pertenecía Regina―. Te lo ruego, hermano, porque saldré por esa puerta y ni tu espía será capaz de darme caza.

York se levantó y anduvo, con su bata de seda roja ondulando entre sus piernas, hasta su hermano, que todavía figuraba de pie cerca de la ventana que daba al jardín principal de la finca. Le colocó una mano sobre el hombro y se lo apretó con firmeza.

―Te prometo que pasará. No puedo augurar cuándo o cómo, pero lo que te aflige se irá.

Durante el día te cuesta respirar, por las noches no logras conciliar el sueño.

Y cuando lo haces es todavía peor porque ella se cuela en tu inconsciente y te hace temblar más que cuando estás despierto.

Sé bien cómo es aunque no me creas. Pasará, hermano.

Tienes mi palabra de que encontrarás paz.

Te permito marcharte sin que hayas cumplido con tu obligación de casarte y dar un heredero al título, porque sé cuánto lo necesitas.

Incluso Wilson opina que el cambio te vendrá bien.

Aseguras que soy un duque tiránico que solo quiere que se cumpla su palabra y su deber.

Sí, también lo soy, pero antes que todo me yergo ante ti como tu hermano mayor, quien te quiere feliz, contento y libre de lo que adoleces.

Hubo unos pocos segundos de silencio. No una falta de sonido incómoda, sino más bien todo lo contrario. Liam tomó una bocanada de aire que York interpretó como de satisfacción por las reflexiones dichas. Liam colocó la mano sobre la de su hermano y le dio también otro pequeño apretón.

―Mi francés siempre fue excelente, tal vez me quede en Francia hasta que me canse. ¿Sería poco patriótico si me enamorase de una coqueta mademoiselle que me adorase por mi posición y dinero?

York soltó una larga carcajada. Los hermanos dejaron de tocarse y se instauró una atmósfera más relajada entre ambos.

―Siempre que sea eso lo que deseas, estará bien, Liam. Ve y busca lo que necesitas. Yo seguiré aquí cuando decidas regresar.

―Lo haré. Tienes mi juramento. Solo… te pido un favor, Malcom.

―Únicamente tienes que hablar y se te concederá ―sentenció como si fuese un mesías llegado para salvar a la humanidad. Liam rodó los ojos.