Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Prefacio
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Prefacio

Todo tiene un principio

Liam W. Banstorn se levantó del asiento que había estado ocupando hacía cinco minutos y se movió en dirección a la ventana más próxima.

La vista del parque, con sus árboles monumentales y los jardines perfectamente ordenados y coloridos, había sido siempre el máximo orgullo de York Park.

Ya fue así antes de la muerte de sus padres, los anteriores duques de York, y su hermano Malcom continuaba con la tradición de tener un terreno sólido y excesivamente cuidado que bien podría ser la envidia incluso de los del rey George.

Suspiró, tal vez ese cañón en la entrada principal que su bendito hermano se había empeñado en colocar ―solo Dios sabía el motivo―, fuese… ¿excesivo?, ¿extravagante?, ¿ridículo?

Liam no era capaz de definir esa arma de guerra que bien podría haber pertenecido al ejército mientras combatía contra Napoleón.

Seguramente esa excentricidad le había costado a Malcom una pequeña fortuna que podía permitirse.

¿Qué duque en su sano juicio querría tener justo en la zona principal de la edificación un artefacto bélico semejante?

Cierto era que el duque de York no fue nunca excesivamente amigable y que no tenía invitados de modo habitual en su residencia de campo…

A buen seguro esa excentricidad frenaría cualquier invitación que él emitiese.

¿Sería ese el motivo para colocar un cañón en la entrada principal?

Liam ya podía ver al beau monde arribar con sus lujosos carruajes para, una vez estar frente al mortero, darse media vuelta y huir despavorido.

No era baladí suponer que los recién llegados imaginasen al gran duque de York disparar esa arma, dado que los que lo conocían sabían que Malcom era apto para eso y mucho más. No se sorprendería si su hermano hubiese recibido clases sobre cómo poner el artefacto a trabajar.

La que hacía un par de años se convirtió en la esposa de York, de nombre Isobel, anterior condesa viuda de Snow, había sabido tomar las riendas del carácter de Malcom y lo mantenía domesticado, como si de un minino se tratase, pero York, que antes fue un gran león de la jungla, seguía dentro de aquel gatito manso moldeado por Isobel, y era más que factible que en algún punto se despertase.

Sacó pecho con orgullo al pensar en la felicidad que había logrado su hermano.

Malcom había sido un disoluto carente de corazón, sin alma dirían algunos, pero cuando Isobel estaba cerca, York resplandecía.

No solo las damas enamoradas caían en ese embrujo.

No, los hombres se transformaban en personas mejores, llenas de luz.

Malcom se convirtió en la prueba evidente.

Lo malo de todo aquello era que mientras que su hermano había ido creciendo, Liam se sentía como si hubiese hecho todo lo contrario.

Una tontería, sí, puesto que nadie podía encogerse, y aun así…

A sus veintisiete años, Liam se sentía solo y perdido.

Desamparado más bien. Se había enamorado casi sin darse cuenta de la hijastra menor de Isobel, una joven morena de ojos turquesas ―los más increíbles que un mortal vería mientras viviese―, llamada Regina.

Pero ella no sintió lo mismo. Había jugado al ratón y al gato con ella siendo el depredador.

No. Perdió en ese juego y todavía no se daba cuenta del modo en el que eso le pasaría factura.

Regina Dreyer ―un apellido que ostentó mientras fue soltera― se convirtió hacía algo más de dos años en la condesa de Ranfield.

Era patético que un hombre, más uno como Liam ―que había sido el terror de las viudas, damas descarriadas o casadas y el anhelo de las solteras que soñaban con enmendarlo―, anduviese por las esquinas apenado por la única mujer que sostuvo su corazón y lo dejó caer sin compasión…

Bueno. Eso no había sido así del todo tampoco.

Ella no le prometió nada, porque él nunca le preguntó.

Regina tampoco había estado enamorada de él, porque siempre lo solía rebajar a la altura de sus bonitos escarpines.

En definitiva, Regina y Liam fueron, cuando se conocieron, algo así como enemigos declarados.

Un asunto que el hombre consideró que se debía al hecho de que la preciosa y esbelta joven bebía los vientos por él.

Esa conjetura la hizo Liam, dado que ella siempre estaba enfurruñada él creyó que se debía a que se enfadaba porque no la tomaba en consideración como una mujer a la que conquistar.

No. Nuevo error. Nada más lejos de la realidad, ella no lo aprobaba de ningún modo.

Era más, el corazón de la bella dama había estado siempre en manos de un tonto que no la merecía, y ese fue Ranfield.

Lawrence Trent, conde de Ranfield, el rival al que el destino había premiado con una mujer increíble que Liam no supo valorar cuando fue el momento de hacerlo, pese a que dudaba que alguna vez hubiese tenido una ínfima oportunidad para conseguir su amor.

Así que, pudiera ser que Banstorn no la mereciese, pero el estúpido de su esposo tampoco.

Liam cerró los ojos en ese momento y el precioso paisaje que tenía ante él, esos suntuosos jardines con sus árboles increíbles, desapareció para dar paso a la oscuridad.

Eso era lo que sentía en su interior, y haber pasado las Navidades con su familia ―incluida Regina, quien estuvo en York Park sin su estúpido conde―, no había mitigado esa gran tenebrosidad, que cada vez era más asfixiante.

Suspiró. Tenía muy presente la conversación que mantuvo con la condesa de Ranfield en una posada cuando York y él mismo fueron a su casa de campo para traerla a York Park porque ella se negaba a ir a fin de no coincidir con él en el mismo lugar.

Liam le había pedido que se fugasen juntos, que mandase todo al cuerno.

Salvo a su hijo. Kyle. Regina era madre.

Una mamá fantástica cuyo hijo parecía ser solo suyo, dado que no había heredado ni un solo rasgo que le recordase a Ranfield.

Se lo había suplicado a la dama en aquella posada, le imploró que lo abandonase todo.

Lo tuvo que hacer en cuanto se dio cuenta de que ella no le era tan indiferente como él creyó.

No era que le hubiese cantado un amor imposible.

No. Regina no parecía ser ese tipo de mujer que se dejaba llevar por sus sentimientos o emociones, o tal vez sí lo fuese, pero con Banstorn jamás se mostró así.

En la posada, él la besó a traición. Un regalo prenavideño que él solito se tomó por la manga.

Jamás olvidaría lo que supuso escucharla gemir en su oído.

Ella, una fémina que lo había negado hasta la saciedad, se deshizo por él.

Fue solo un beso, nada más escandaloso, y Liam sabía que Regina, tan fiel y devota a sus votos matrimoniales, se habría odiado después de concederle el capricho.

¿Por qué se había tenido que enamorar de la única dama casada que no era feliz en su matrimonio, y que se empeñaba en seguir guardando respeto hacia un hombre que había roto sus votos demasiadas veces? Ranfield no le era fiel y ella se empeñaba en serlo.

Era habitual que Liam se viese las caras con Ranfield a puño descubierto solo por el placer que le daba pelear con el hombre que había roto todos sus sueños y esperanzas.

O tal vez, el hecho de perder definitivamente a Regina fuese un castigo divino por todas sus fechorías de truhan.

York se había reformado por completo, cosa que nadie en todo el reino imaginó, y eso que había sido el peor de los libertinos.

Posiblemente Liam lo superase en libertinaje.

¿Por qué Malcom tenía derecho a encontrar la redención y él no?

En honor a la verdad no todo fue bonito para Malcom.

Dios lo premió con una mujer por la que suspiraba a cada paso, por la que besaba el suelo que ella pisaba, pero no les había concedido hijos y a esas alturas todo indicaba que no tendrían descendientes y, por consiguiente, el segundo hijo de un par del reino se había convertido en un heredero, o más bien en el encargado de engendrar al próximo duque de York.

Eso fue un nuevo golpe para Liam. Desde los primeros meses de matrimonio de los duques de York, ya viendo que la vida no se abría paso en el seno de Isobel, Malcom le explicó lo que sucedería si las circunstancias no cambiaban.

Liam se tenía que casar. Y él, un hombre que huía del matrimonio como de la peste, que solo había tenido ojos para Regina, decidió plantearle un matrimonio de conveniencia a la hermana de esta, Evangeline, porque Eve ―como solía llamarla Liam cariñosamente―, era una buena amiga que no le pediría más que un enlace de nombre que produciría un par de hijos para asegurar el ducado.

Incluso aquello salió peor que una de las bombas que pudiese arrojar ese cañón que York había comprado para instalarlo frente a la fachada principal de la casa.

Evangeline se casó con su amor de juventud, Liam vio cómo Regina lo hacía con Ranfield y él se tuvo que quedar con las manos vacías. Las hermanas Dreyer lo dejaron, sin mirar atrás. Sin remordimientos.

Abrió los ojos y volvió a fijarse en lo fantástico que resultaba York Park incluso cuando la temperatura todavía era gélida.

Sus ojos se detuvieron en esa monstruosidad de cañón.

Era negro, gigantesco. Malcom no se había podido conformar con un arma de dimensiones más pequeñas.

No. Su hermano tenía que hacer todo a lo grande, porque para eso era un duque apuesto, rico, inteligente, brillante, elegante, magnánimo…

y otros cientos o miles de calificativos que cada día se unían a la larga lista que Malcom confeccionaba para referirse a sí mismo.

Si Liam tuviese un poco, una mísera gota de toda la vanidad que irradiaba Malcom, posiblemente no estaría en esa tesitura.