Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Epílogo
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Epílogo

La esperanza llega

Meses más tarde.

La silla era robusta y además no tenía reposabrazos. Margaret estaba observando desde la ducal cama de su esposo cómo él leía la correspondencia matinal. El sol todavía no había salido del todo, solo había un poco de claridad, y el candelabro que había sobre la mesa era de ayuda para la lectura.

Nunca imaginó que ser la esposa de un hombre como él le trajese tantas alegrías. Era tremendamente feliz. Su hija todavía más. Su padre había cumplido la promesa sobre el poni y Calista pronto sería una amazona excepcional.

El pensamiento de Margaret regresó de nuevo a esa silla sobre la que estaba sentado.

Esa noche había habido tormenta y la niña no logró dormirse con facilidad, por lo que las…

aventuras nocturnas no se llevaron a cabo.

Si él alguna vez fue el duque Canalla, a ella bien podrían apodarla la duquesa Libertina, porque lo deseaba a todas horas.

Necesitaba sentirlo dentro, llenándola, colmándola de atenciones, de besos, de caricias, de abrazos… de pasión y lujuria desenfrenada.

Salió de la cama y se puso de pie. El movimiento hizo que su esposo fijase la mirada en ella.

Sin despegar los ojos de los de Phenton, Margaret se quitó el fino camisón de seda blanco con transparencias que llevaba encima y lo echó a un lado.

Lo observó tragar saliva, vio cómo la vista de él se fijaba en sus pechos llenos, producto del embarazo.

Sus curvas eran pronunciadas, y su abdomen estaba abultado, aunque no era exagerado.

Lo que tenía a todas horas era hambre… Estaba famélica de él.

Sin decir una palabra, la duquesa se acercó a su esposo, él separó la silla hacia atrás para darle espacio en cuanto vio que las manos de ella hurgaban sobre su camisa de dormir para dejarlo desnudo.

Margaret se colocó a horcajadas sobre él.

Ambos estuvieron el uno frente al otro. Su virilidad estaba entre sus muslos, dura y bien dispuesta para que ella lo llevase dentro. No. Aún no.

Margaret le acarició la mejilla y luego bajó por su pecho para tocar las cicatrices de él. Al fin Phenton se mostraba desnudo ante ella sin miedo, sin vergüenza. Lo encontraba perfecto. Incluso con las lesiones de su cuerpo, era el hombre más apuesto que había conocido.

Echó la cabeza hacia atrás, mientras se mantenía sujeta de su cuello y lo obligó a atender sus pechos. El duque besó sus senos y engulló un pezón grande y oscuro. Margaret se movió con cuidado sobre él y mientras mamaba de sus senos, logró, con un sencillo movimiento, conectarse a su duque.

Lucien jadeó en cuanto sintió que ella se apoyaba en la punta de su virilidad, y gimió de gozo cuando se dejó caer por su vara y lo cobijó en su interior.

Ninguno de los dos hablaba, solo se limitaban a sentir.

Margaret se pegó a su pecho y se preparó para cabalgarlo como sabía que él quería.

Se aferró a sus hombros y comenzó a mover las caderas de un modo pausado.

Poco a poco la intensidad del movimiento fue subiendo el ritmo.

Ella jadeaba, y él no apartaba la vista de su esposa.

Deseaba empaparse de cada detalle de ella, beber de su placer, ser partícipe de su éxtasis.

Las manos de Lucien llegaron hasta sus posaderas y él comenzó a marcar el ritmo y el movimiento exacto que deseaba que su amazona llevase.

―Dilo, Phenton. Dímelo ahora.

Él le sonrió, sabía lo que le gustaba escuchar cuando hacían el amor.

Era habitual que lo pidiera y a él le gustaba cuando se lo exigía decir.

Pese a que se lo había demostrado desde que volvieron a estar juntos, porque se descubrió como un marido atento, paciente y muy permisivo en todos los caprichos de su mujer, ella todavía necesitaba oírlo, además de sentirlo y, él, encantado, le ofrecía la sincera confesión.

―Te amo, Margaret.

―Sí, sí… Mío. Solo mío. De nadie más.

―Siempre, amor mío.

Margaret se apretó todavía más a él. Estaba muy cerca de llegar a la cúspide del acto y deseaba que su canalla la acompañase.

―Estalla conmigo, Phenton. Ven conmigo, ahoraaaaaa ―le ordenó.

―Sííííííí. ―No se refrenó. Su esposa era capaz de hacer que se derramase en unos pocos minutos. Se había vuelto exigente, audaz, casi tirana cuando hacían el amor.

Él sentía que vivía en la servidumbre y ese no fue el objetivo cuando la trajo a Eye Hill, más bien había esperado todo lo contrario. Y sin embargo, Lucien había descubierto que le gustaba estar al servicio de su duquesa, a su disposición cuando ella lo llamaba o cuando demandaba atención.

Margaret era excelente en sus peticiones, en su… depravación e imaginación. Tan aventajada estaba cuando exponía sus deseos, que él se consideraba un mero aprendiz. ¿De dónde sacaría todas esas cosas que le pedía y obligaba a hacer?

No importaba, no tenía ninguna queja. Ella podía convertirlo en su esclavo y él, feliz, dócil y contento, aceptaría el puesto.

***

Margaret estaba sentada en la salita de recibir visitas con su invitado, esperando a que su esposo llegase. Ese amigo de Phenton siempre la ponía nerviosa, parecía que todavía no la había perdonado del todo…

La duquesa acababa de dejar la taza de té sobre el platillo que figuraba en la mesa central. El duque de York estaba sentado frente a ella y había declinado todo ofrecimiento. La miraba con atención y Maggie estaba a punto de gritarle.

―Me engañaste ―dijo al fin Malcom.

El silencio había sido incómodo, y Margaret comenzaba a sospechar que pronto echaría de menos el escrutinio tenso producido mientras ninguno había hablado.

―Tendrá que ser más específico, excelencia.

―Deja la formalidad a un lado. Hacerme parecer lejano, no hará que no te sermonee por tu impertinencia.

―¿De qué se me acusa, York? Phenton me ha perdonado mis malas decisiones, yo también lo he absuelto a él de lo sucedido. Así que entiendo que estás enfadado, pero no logro comprender el motivo.

―Te casaste con él ―dijo con seriedad.

Ella suspiró, era evidente que Phenton le había contado los detalles a su mejor amigo.

―Lo hice.

―Pero no quisiste aceptar cuando yo te serví en bandeja el matrimonio. No, quisiste ser más inteligente que todos juntos y me engañaste.

―No estaba segura de que fuese una buena idea aceptar la sugerencia de tres hombres ebrios, más cuando mi prometido estaba inconsciente en la cama. Fue mi madre la que terminó de convencerme.

―Hopkins solo necesitaba un pequeño empujón, que le fue dado con una donación generosa y unas cuantas copas de brandy .

Si hubiese sabido que además hacía falta la intervención de la condesa viuda de Albemarle, la hubiese llevado a cuestas, pataleando si hubiese sido necesario.

Phenton estuvo tedioso durante meses… ¡Qué digo meses!

Fueron años, porque no te até a él y tú eras libre.

Ah, no. La hermana de Albemarle había hecho lo que precisamente Lucien deseaba.

Te marchaste y yo tuve que soportarlo largos años.

―¿Es ahora cuando debo pedirte perdón?

―Ah, ya ves, eso podría ser un primer paso para que tú y yo estemos en buenos términos.

―Claro, porque lo primordial en mi vida es que el duque de York y yo seamos amigos… ―ironizó al tiempo que le sonreía.

―Te conviene que esté de tu parte, como amigo soy terrible, pero como enemigo puedo ser… una catástrofe todavía peor. Lo cual negaré fuera de estas cuatro paredes, pues todo el mundo que me conoce sabe que soy un Dios andante ―afirmó en ese tono parsimonioso suyo.

Ella lo miró con fijación.

―Lo creas o no, me alegra mucho que Phenton tenga un amigo tan leal como tú. Me disculpo por… haberte mantenido en la ignorancia. ¿Satisfecho?

―Lo hiciste dos veces. Todos saben que me gusta ir un paso por delante. Me considero un hombre lleno de virtudes, pero especialmente disfruto haciendo ver lo inteligente que soy. Tú pusiste a prueba mi capacidad dos veces y no me resulta satisfactorio.

―¿Insinúas que te ofendí en dos ocasiones?

―Me puse de tu parte desde el primer momento y tú me pagaste con mentiras.

―No mentí… solo… no hablé acerca de la verdad.

―Cuando llegaste a casa de Phenton, después de haber desaparecido, para ejercer como enfermera y te presentaste ante esas mujeres…

Ella recordó el pasaje. Había desvelado la verdad sobre su título y la unión que mantenía con Phenton, aunque nadie podía sospecharlo.

―Está bien ―lo interrumpió―. Lo reconozco, ahí no te confesé que era verdad lo que expuse para librarme de todo aquel público femenino.

―Ah, ya ves, querida, te toca emitir una nueva disculpa.

―Lo haré.

―Uhm, me agradas, hermana de Albemarle, y es todo un logro porque detesto mucho a tu hermano y a sus… heroicos amigos. No te ofendas.

―No lo hago, mi hermano y sus amistades tampoco te soportan ―dijo con firmeza―, así que la balanza está equilibrada.

―En verdad sí eres una pequeña alborotadora, tal y como siempre ha sostenido Lucien. Siendo una duquesa serás aún más formidable debido a tu estatus, lo sé. Ahora, haz el favor de disculparte para que al fin pueda considerarte de mi círculo.

―Primero lo harás tú.

Él rompió a reír y al ver que ella alzaba una ceja sardónica se dio cuenta de que hablaba en serio.

―¿No estás bromeando? ―Ella negó con la cabeza y él siguió con las preguntas―: ¿Por qué debería disculparme, cuando todo lo que hice fue apoyarte y brindarte mi ayuda en repetidas ocasiones, pese a que me temía que acabarías hiriéndolo?

―Porque si me hubieses hablado en su momento sobre el hecho de que él era un espía, tal vez las cosas habrían salido de otro modo. Si hubieras confiado en mí para hablarme de esa fiesta en tu casa, en la que lo descubrí con cinco mujeres… ¿Quieres que siga?

Él abrió los ojos con sorpresa. Luego le sonrió con reconocimiento. Había algo en el whisky , porque en algún momento sus amigos y él mismo habían encontrado satisfactorio toparse con mujeres insumisas. Sí. Definitivamente el whisky que solían tomar debía estar adulterado y los habían cambiado.