Capítulo 18 #3
―Podría quedarme así por el resto de mi vida ―señaló Margaret.
Su corazón estaba contento―. No sabes cuánto lamento todo lo que ha pasado, Phenton.
Os veo a ti y a Calista y me siento terrible por haberos privado al uno del otro.
Fui egoísta y te pido perdón. Os pido disculpas a ambos.
―Margaret le tocó la mejilla a su pequeña y la niña le cogió la mano para besársela.
―No quiero tus disculpas, mi amor, aunque me gusta que reconozcas tu error.
Lo he estado pensando largo y tendido. Si te hubieses quedado, tal vez Sheyla hubiera tenido más ocasiones para hacerte daño y no os tendría a las dos conmigo ahora.
Somos libres ya. Las cosas suceden por algún motivo y quiero pensar que nuestra separación logró que la niña y tú os mantuvieseis a salvo.
No pensemos en el pasado, solo hay amor en nuestro futuro.
Después de pensar en que os habría podido perder…
No. La vida es demasiado breve para más recriminaciones.
―Te amo, Phenton. Lo hice desde que mi madre sugirió que bailases conmigo.
Desde el primer beso. Sé que es fácil de decir y que puede resultar algo nimio que se tiene que expresar en una ocasión como esta.
No lo es. Si echo la mirada atrás, no creo recordar ni un solo instante en el que no desease ser suficiente para un hombre como tú, lleno de experiencia, mundano, que pudo fijarse en cualquiera.
―Soy un hombre cargado de imperfecciones que ha pasado por mucho. Mi cuerpo está lleno de cicatrices y mi espíritu también. Tú eres un bálsamo, Margaret. Calista es mi antídoto, como lo serán los próximos niños que vengan.
Ella apoyó su barbilla sobre su pecho y lo miró a los ojos. Calista seguía tocando la mano de Margaret.
―Uhm… sobre eso… ¿Recuerdas nuestro último encuentro en la fiesta de York? ―Le pareció que era un buen momento para hablar sobre ese asunto.
―No te traté como hubiera debido hacerlo. Lo siento ―se disculpó. La había tomado de modo rudo y lo que necesitaba era hacerle el amor con ternura, con tranquilidad, lamer cada centímetro de su cuerpo… Se obligó a no seguir con esos pensamientos. Su hija estaba en sus brazos y no era lo correcto.
La observó sonreírle.
―Tal vez tengas pronto a tu heredero, Phenton. O puede que sea otra niña y debamos seguir… probando.
Phenton sonrió también. Sabía que no había estado rápido cuando se retiró de su interior, y tanto la había deseado que era plausible que la vida se abriese camino de nuevo en ella. Desvió la mirada hacia su hija de preciosos ojos azules.
―¿Oyes eso, Calista? ¡Vas a tener un hermanito!
―O hermanita ―precisó una vez más la duquesa de Phenton.
―Mi familia. Tengo una familia. ¿Qué más puedo pedir?
―¿Mam? ―habló la niña―. Quiero cotar floes con la ahuela.
Margaret se rio.
―Los niños se recuperan maravillosamente de las circunstancias difíciles ―sentenció el duque.
―Eso es porque Calista sabe que todo lo que ha sucedido antes fue un juego de mayores.
Bendita fuese su madre por haberle tapado los ojos cuando todo se complicó y explicarle que lo vivido había sido una gran broma.
Se oyó llamar a la puerta. Los tres se giraron y vieron a Albemarle en el marco.
―¿Cómo está Ranfield? ―le preguntó Lucien.
―Lumière tiene buenas perspectivas. Dice que sobrevivirá ―apuntó el interpelado.
―Buenas noticias. Lady Ranfield estará contenta. ―Margaret la había visto abrazarse a él con desespero y en verdad su esposa sufría por las heridas del hombre.
Ryan asintió ante lo que dijo su hermana. Los ojos de Albemarle estaban sobre los de Margaret. Phenton no había dejado de abrazar a su duquesa y a su hija, y se daba cuenta de que su némesis estaba disgustado con lo que veía. No se llevarían bien jamás. Lucien se lo figuraba.
―No tengo nada más que hacer aquí, he de regresar a casa con Olivia y los niños.
Madre vendrá conmigo, la condesa de Ranfield me ha prestado su carruaje y nos iremos a Londres para luego marcharnos al campo.
Cuando… arregles todo lo que… En fin, cuando desees que nuestra madre vaya a visitarte, irá encantada.
―Está bien ―dijo Margaret. Sabía que su progenitora le iba a facilitar el reencuentro con su esposo. Los dos tenían mucho que hablar, pero también bastante tiempo que recuperar.
―Partiremos de inmediato ―les avisó Ryan, quien ya daba un paso atrás para cerrar la puerta.
―¡Albemarle! ―lo llamó Lucien.
―¿Sí?
―No tenemos que llevarnos bien…
―Nunca lo haremos ―sostuvo Ryan seguro de lo que acababa de decir.
―Lo sé, por eso creo que tenemos que respetarnos el uno al otro aunque no nos soportemos.
―Lo haré por la paz familiar. Puedes contar con ello. ―Los ojos de Ryan dejaron de mirar a Phenton y se concentraron una vez más en Margaret―. Sé feliz, hermana, lo mereces después de lo que has pasado. Siempre tendrás mis bendiciones, hagas lo que hagas.
―Te quiero, Ryan ―le dijo emocionada.
―Te quiero, Maggie ―le correspondió, antes de salir y cerrar la puerta.
Phenton suspiró.
―¿Tengo que preocuparme por él, Margaret? ―La última parte sobre que Albemarle le daría su apoyo hiciese lo que hiciese ella… Eso no le sonó demasiado bien.
―No. Mi hermano no pondrá oposición. Aprenderá a sobrellevar la situación, tal y como harás tú mismo.
―Me siento cansado, como si llevase una vida corriendo para alcanzar la meta.
Así que si no podemos hacer más por Ranfield, le diré a la condesa que abandonamos su casa y nos trasladaremos a Eye Hill.
Quiero olvidarme de lo sucedido, de temporadas, citas sociales y demás asuntos durante un largo tiempo.
Necesito conocer a mi pequeña, amar a mi esposa y ser correspondido en igual medida. ¿Te parece bien, Margaret?
―¿Qué dices tú, Calista? ¿Quieres ir a casa de tu padre? ―la interrogó su madre. La niña asintió.
―Habrá un poni para ti y te enseñaré a montar. Prepararemos la guardería… Seremos felices allí, Margaret. Borraremos el pasado y solo nos quedaremos con lo bueno ―sentenció mirando con fijación a su hija.
―Así será, amor mío.
Todo se dispuso tal y como Phenton pensó. Abandonaron la casa para poner rumbo a Eye Hill, aunque dejaron allí a Lumière para que se ocupase del bienestar del conde herido.
Phenton estaba convencido de que se recuperaría. No había nada mejor que los cuidados de una tierna mujer para revivir, y Regina se desvivía por su esposo.