Disolutos sin Corazón: Serie de Romance Histórico Capítulo 18 #2
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Capítulo 18 #2

―Su hijo ayudó a Phenton a matar a mi padre y a mi hermanastro.

La esposa de su hijo también. Empecé por Phenton porque era el que tenía a mi alcance cuando lo destinaron a Francia.

Su hija era la siguiente, su hijo le seguiría, lady Albemarle también y su descendencia perecería de igual modo.

Todos los directamente implicados tenían que sufrir.

Incluso el duque de Kensington, el mejor amigo de lord Albemarle, está en mi lista, pero ese es más peligroso que todos juntos, así que sería el último.

Era reconfortante al fin desvelar lo que llevaba años manteniendo en secreto. Sheyla levantó la pistola y martilleó el arma. Su madre gritó, la niña comenzó a llorar. La viuda le tapaba los ojos a la pequeña, pero Calista percibía la tensión.

Margaret se obligó a mantener la mente fría. Su hermano siempre decía que no había que dejarse llevar por el pánico, y por más que sus nervios estuviesen a flor de piel, ella seguiría la indicación de Ryan.

―Una vez me dijiste que yo era poca cosa, que no tenía tu fuerza. ¿Por qué no lo averiguamos?

La villana comenzó a carcajearse.

―¿Pretendes pelear conmigo? ¿Es eso lo que propones? Acabarás muriendo de forma más violenta. Yo lo disfrutaré pero tú sufrirás mucho más.

―Entonces no tienes nada que perder. ¿No te parece?

Margaret se puso de pie. Observó a Sheyla dudar.

―Acaba el trabajo, hay demasiada paz y no me gusta.

Esto iba a ser rápido. Entrar y matar. Estás desvelando demasiadas cosas.

Ella estará muerta pronto y no importa que te vanaglories con toda la explicación ―le dijo lo que parecía un hombre, pero en verdad era una mujer muy corpulenta que llevaba ropas masculinas y el pelo muy corto.

―¿Qué hay de malo en disfrutar un poco, mi amor? ―le susurró melosa la señorita Malone, mientras le pasaba la pistola a la que debía de ser su amante―. La dama ha pedido su última voluntad y no soy un monstruo, se la concederé.

Margaret se colocó frente a ella, con los puños en alto. Sheyla no esperó ni un segundo, le propinó el primer puñetazo con toda la rabia que fue capaz de reunir. La duquesa se acordó de Jacob. Él solía decir que tenía que ayudarse de su rapidez cuando alguien le atacase.

La villana trató de volver a atizarle y esa vez falló. Maggie intentó lanzarle un gancho de derecha, pero también erró. Poco después la malvada le dio otro golpe con el puño derecho y le causó un dolor terrible.

―Me rindo. Esto será doloroso, no puedo ganarte, lo sé ―le dijo la duquesa de Phenton, con lágrimas en los ojos.

Tenía que ser lista. Mostrarse débil, ganar ventaja. En Escocia, Donaldson siempre se lo había dicho: «lo mejor es que te subestimen». A fin de cuentas, Maggie solita fue capaz de burlar a un duque espía cuando trató de secuestrarla para casarse con ella, y le hizo creer que era otra mujer.

―Sigues siendo débil y te rindes a la primera ocasión, tal y como hiciste con tu duque.

Margaret se dio la vuelta y miró a su madre, quien estaba en silencio mientras un malhechor le agarraba el hombro y le tapaba la boca para evitar que gritase. La condesa viuda a su vez tenía la mano sobre los ojos de la niña para que no viese nada.

Margaret sintió que la mala mujer la agarraba por el cuello dispuesta a asfixiarla.

La duquesa lo sabía, la mataría si la dejaba.

Así que se dispuso a levantar el pie y le dio un fuerte pisotón.

Luego balanceó su cabeza hacia delante y le propinó un fuerte golpe en la nariz con el cráneo, tal y como una vez le sugirió Donaldson que tenía que hacer si se viese en la tesitura que estaba.

El dolor y lo inesperado del acto hizo que la señorita Malone la soltase.

De tal modo que ella aprovechó el momento para comenzar a darle una ráfaga de puñetazos en el rostro.

No pasaron ni dos minutos cuando la señora Pars entró dando tiros y liquidó al resto que quedaba en pie.

Regina la seguía de cerca portando otra pistola, pero no la había usado.

En lugar de eso se movió hasta la cortina más próxima y se dispuso a tomar las cuerdas que servían para anudarlas.

Lady Ranfield tuvo que apartar a Margaret de su víctima porque parecía empeñada en terminar con ella. Incluso con Sheyla en el suelo inconsciente, ella no se contentaba con alzarse como ganadora del combate.

Cuando los cuatro hombres llegaron, Margaret se lanzó a los brazos de Lucien. Vivian a los de su hijo con la niña todavía sujeta, Regina a los de Ranfield.

Donaldson miró a la señora Pars y rezó para que ella no sintiese el impulso de abrazarlo. Era una mujer madura y algo entrada en carnes.

―Ni en tus mejores sueños ―le dijo la falsa niñera.

―Gracias a Dios por eso ―susurró él.

Phenton no le había quitado los ojos de encima a la niña. Abrazado como estaba a Margaret, se estaba asegurando de que su hija no tuviese ningún rasguño. Se moría de ganas de estrecharla entre los brazos. Dio un paso sin desprenderse de su duquesa para reclamar a Calista. No llegó demasiado lejos.

―¡Cuidado! ―gritó la señora Pars, al ver que la villana sacaba una pistola de su escote y se disponía a apuntar a alguien del grupo que estaba junto.

La supuesta niñera se lanzó en su dirección para detenerla, dado que no le quedaban más munición, pero no llegó a tiempo.

La bala salió de su confín y la sangre no le impidió ver con claridad su objetivo, de tal modo que cuando Ranfield se dio cuenta del panorama, le dio la vuelta a su esposa para protegerla con su cuerpo.

No fue el único, Phenton y Albemarle lo imitaron.

El disparo le dio a Lawrence directamente en el pecho. No era la primera bala que había conseguido dar en la diana. Al ir corriendo para salvar a su esposa, el conde de Ranfield ya había sentido la mordida del plomo justo debajo del lugar donde había impactado la otra.

La señora Pars tomó un arma de las manos de un cuerpo sin vida, y le disparó a Sheyla en la cabeza para acabar definitivamente con ella.

Regina gritó en el momento en el que se dio cuenta de que tenía el vestido ensangrentado. Fue justo en el instante en el que su esposo cayó de rodillas en el suelo. Ella se colocó delante de él de inmediato dispuesta a ayudarlo.

―Siempre te he amado, Regina ―le dijo mirándola a los ojos con una sonrisa triste.

―He venido para quedarme, Lawrence. Por favor, no me hagas esto. ―Las lágrimas corrían por su mejilla al ver el estado que presentaba su esposo.

―Quiero tu felicidad, es lo que siempre he querido. Por encima de todo deseo que seas feliz, amor mío ―confesó, antes de desmayarse.

Phenton y Donaldson se apresuraron a relevarla para sostenerlo por debajo de los brazos.

―¡Ve a buscar a Lumière! ―le ordenó Lucien a Margaret―. Está en el establo. No queda nadie de los malvados con vida, libéralo. Dile que venga a la habitación de Ranfield. Lo llevaremos allí.

―Madre ―le dijo Albemarle mientras procedía a sostener a la niña que también gritaba y lloraba―, ve a la cocina y dispón los arreglos para que suban agua, paños, láudano… reúne todas las medicinas, pociones y ungüentos que puedas.

―De inmediato ―dijo la condesa viuda.

Todos salieron a hacer su trabajo. Solo la señora Pars se quedó para tomar el pulso del resto. No deseaba más sorpresas.

***

Un poco más tarde, cuando todos se habían tranquilizado, el duque de Phenton al fin iba a tener la entrevista que tanto ansiaba.

Después de atender al magistrado y aclarar lo sucedido.

Los duques de Phenton habían hablado de todo y ella le había desvelado lo que la villana le contó sobre Gerson y sobre el daño que siempre les deseó a todos por haber matado al duque de Balzack y a un hermanastro.

Así que ambos habían acordado que era momento de que la niña supiese la verdad sobre su padre.

Lucien entró en la biblioteca y cerró tras de sí. Allí divisó a Margaret, quien sostenía en sus brazos a Calista. Madre e hija estaban intercambiando confidencias. Él carraspeó para llamar la atención de sus damas.

―Ahora, mi amor ―le dijo Maggie, al tiempo que la dejaba en el suelo.

La niña se colocó delante del duque, se agarró el vestido con ambas manos para extenderlo a izquierda y derecha, y le hizo una perfecta reverencia.

―Excelencia… ―musitó la niña, después de mostrar su educación. Su pronunciación no era buena, pero había estado practicando con su madre y la palabra le salió perfecta.

Phenton se lanzó a por ella y la cogió en brazos.

Margaret se dio cuenta de que él estaba conteniendo la emoción, sus ojos estaban empañados.

La sujetó con firmeza, con cuidado, como si fuese un tesoro al que había que proteger, pero también para demostrarle todo su amor, y luego comenzó a darle besos por todo el rostro.

Margaret rompió a llorar al ver la escena. Se levantó de su asiento y se dirigió hacia la ventana para no interrumpir el encuentro entre su esposo y la niña. Phenton, sin soltar a Calista, se movió para ir en su busca. La obligó a girarse y las abrazó a las dos.

―Al fin. Por fin estoy en casa. Por fin tengo lo que siempre he deseado, a la mujer que amo, y a una hija a la que ya adoro y por la que daré mi vida.

Dime que no nos separaremos jamás, Margaret.

Jura por tu vida, por tu honor, por nuestra hija y por lo más sagrado, que no volveremos a estar lejos los unos de los otros ―le pidió con la voz cargada por la emoción.

―Tienes mi palabra, Phenton. Siempre juntos.

Calista comenzó a tocarle el rostro. Pasó sus delicados y finos dedos por sus pobladas cejas, luego por la nariz, las mejillas y después los labios.

―Mam die que eres mi pare.

―Lo soy pequeña.

La niña le dio un sonoro beso en la mejilla y lo rodeó con fuerza por el cuello, tal y como estaba haciendo Margaret. Sus dos damas estaban recostadas sobre su pecho y se miraban la una a la otra.