Capítulo 18
Lo impensable
Regina supo que algo no iba bien cuando la niñera de su hijo la recibió con una brillante sonrisa en la entrada y comenzó a tratarla con lisonjas y cosas parecidas. La señora Pars y ella no se habían tratado con afabilidad antes.
Hacía varios meses que residía en York Park, en compañía de su hijo, de Malcom e Isobel.
Se sintió terrible por haber desaparecido de Ranfield Manor sin despedirse de sus amistades.
Margaret le agradaba muchísimo y, por eso, al descubrir que ella seguía en la casa, le pareció maravilloso poder explicarle su proceder.
Lady Ranfield había resuelto regresar a su hogar para poner las cartas sobre la mesa con su esposo.
Había tomado una decisión y quería proponerle el arreglo.
Regina, durante el tiempo que había permanecido separada de él, se dio cuenta de que poco se podía hacer con respecto a su matrimonio.
Era una mujer casada y no podía escapar de eso.
Su vida con otro hombre no podía ser, así que deseaba que ambos se diesen una última oportunidad para recomponer su unión.
No permitiría que Lawrence emplease a Kyle como una cuerda para atarla, así que decidió ir ella sola para visitarlo.
Tenía pensamiento de quedarse allí y ver si podían solucionar las cosas.
Los dos solos, sin nadie más, sin reproches, sin remordimientos, con el perdón por delante.
Estaba dispuesta a todo con tal de que funcionase.
Lo había amado y seguro que todavía quedaba un resquicio de aquello y lo obligaría a él a que lo hiciese aflorar.
Regina y la señora Pars estaban custodiadas por dos hombres que ella no había visto antes, y las guiaban hacia la salita de mañana.
Todo le parecía muy extraño, especialmente la actitud de una mujer que siempre la había tratado como si ella fuese el enemigo.
Diciéndole siempre dónde podía ir o no, lo que se le permitía hacer o no.
Pars era más tirana que el propio Ranfield.
Cuando Regina vio a la mujer darle un puñetazo a uno de los hombres que lo dejó sin sentido en el suelo, para una fracción de segundo después darle una patada en la rodilla a otro ―que seguramente le rompió la pierna― y repetir la acción sobre la nariz del desconocido…
―¿Qué hace? ―preguntó Regina, mientras se apartaba de ella con horror.
―No tenemos mucho tiempo, han tomado la casa y Margaret, Calista y la condesa viuda están en problemas. Tenemos que liberarlas ―le indicó, al tiempo que rebuscaba entre las pertenencias de los dos hombres para ver si encontraba armas o algo con lo que inmovilizarlos.
La niñera dejó a un lado las dos pequeñas pistolas localizadas, se arrancó las dos mangas del vestido y Regina la observó anudar las manos de los supuestos villanos con fuerza. Luego mostró dos pañuelos de lino y procedió a amordazarlos.
―¿Quién es usted, señora Pars? ―Le daba en la nariz que no era una simple empleada.
―Su esposo me trajo a casa para cuidar de usted y de su hijo ―le desveló―. Me ha puesto las cosas difíciles, lady Ranfield. Mi trabajo no puede llevarse a cabo si usted se marcha lejos con Kyle.
―¿Está diciéndome que mi esposo…? ―No comprendía nada―. Acláremelo, porque no lo he entendido.
―Ranfield se ha ganado muchos enemigos a lo largo de su vida…
―¡Cómo no! ―ironizó Regina, interrumpiéndola.
―Está equivocada. Es de los buenos. Trabaja para… No me toca a mí explicárselo. Ahora, dese prisa, tenemos que ayudar al resto. ―La mujer acababa de terminar su labor con los dos indeseables. Le tendió una pistola a Regina―. ¿Sabe disparar?
―Por supuesto que no. No se le enseñan esas cosas a la hija de un conde ―alegó, mientras pensaba en su padre. A Snow, su progenitor, le habría dado un ataque de apoplejía si ella hubiese sostenido una pistola en sus manos.
―Entonces solo sujétela, trate de no pegarse un tiro en el pie, y simule que sabe lo que hace.
―Intentaré hacer lo que me señala ―le dijo ella.
***
Cuando Margaret abrió los ojos, se dio cuenta de que estaba aquejada de un terrible dolor de cabeza. Se incorporó en el sillón en el que estaba y divisó a su madre en otro, con su hija en brazos.
―Al fin has despertado. Temía que Alfred te hubiese golpeado demasiado fuerte y no lograses estar presente para ver tu propio fin.
Debiste quedarte en el lugar en el que estabas cuando abandonaste a Phenton, eso te habría mantenido viva, y a tu hija también.
Quitarle la vida a la esposa de Lucien y a su hija…
―Sheyla había escuchado toda la conversación en el jardín―.
Es un sueño hecho realidad. No lo mataré por el momento, lo dejaré vivir en la miseria, sabiendo que no logró detener al culpable.
―¡Mam! ―exclamó su hija. Su madre le pidió que callase y la niña lo hizo.
―No pasa nada, mi amor. Mamá está bien ―le dijo con una sonrisa, para después girarse y mirar a la maldita mujer a los ojos―: Phenton sospecha de ti. Si nos espiaste, como supongo que hiciste, lo debiste escuchar.
―No quedará nadie para sostener su teoría.
No sería la primera vez que le susurro en el oído y despejo sus dudas ―alegó Sheyla, pagada de sí misma.
No mentía. Cuando Jared, el antiguo compañero de Lucien comenzó a sospechar y ella tuvo que matarlo, ya le dijo las cosas que él deseaba escuchar para alejarlo de su rastro.
―Phenton habló de alguien llamado Gerson… Trabajas para él, ¿no es cierto? Para el hombre que me disparó, que hizo que él estuviese al borde de la muerte en varias ocasiones.
La escuchó reírse de un modo que le hizo darse cuenta de lo loca que estaba. Se trató de un sonido ahogado, histérico… extraño.
―Tus suposiciones están erradas, querida.
―Eres la villana de la historia, creo que las pruebas hablan por sí mismas.
―Gerson no existe. No hay un hombre que se ocupe de vengar la muerte de mi padre. No. Yo soy Gerson, o… mejor dicho, lo inventé. Ellos se creen tan importantes que no conciben que una mujer, yo, los pueda superar en inteligencia y audacia ―señaló con orgullo.
―Una vez me dijiste que eras la hija de un duque. ¿Quién es tu padre y qué mal te ha hecho Phenton para que lo odies de ese modo? ―le preguntó con rabia.
―Balzack. Ese era el título de mi padre.
Soy su hija ilegítima, pero él me quiso de igual modo, y tu duque y tu hermano me lo arrebataron.
Asesinaron a mi padre y yo no pude quedarme de brazos cruzados.
Ha sido espléndido observar la función en primera fila.
Los dos hombres acabarían matándose el uno al otro por tu causa…
La señorita Malone, un nombre que se había inventado, deseaba venganza, pero la muerte era demasiado fácil para Albemarle y Phenton.
Ella necesitaba algo más trágico para ambos.
Cuando la suerte hizo que el duque acabase al lado de la hermana del conde…
Sheyla decidió que ahí tenía una oportunidad excepcional.
Llevaba años en las sombras, aguardando, y al fin…
―Mi hermano sabía que jamás lo perdonaría si le causaba mal a Phenton. Del mismo modo, él sabía que no lo podría absolver si dañaba a Albemarle. Tu plan era inútil.
―En efecto… ese fue un pequeño error de cálculo que creí que se corregiría cuando huiste.
Pero no. Tuve que azuzar a Phenton y divertirme.
Incluso estando yo lejos de aquí, en Francia, dirigía su vida.
Decidía cuando un carruaje podía estar a punto de atropellarle, cuando un perro rabioso se cruzaría en su camino.
El tiempo corría muy lentamente y decidí que tenía que hacer algo más…
preciso, para tratar de averiguar cuánto te importaba él.
Ah, el amor es taaan predecible. Lo mandé apuñalar en un club de caballeros donde los hombres pecan con todo tipo de mujeres…
El placer del infierno, por su nombre ya te harás una idea de lo que es.
Tu esposo no ha cambiado en ese aspecto, ¿sabes?
―Los dos hemos cometido errores. Yo por tu causa, Sheyla, ya que me tendiste una trampa en la fiesta de York, y él por la mía, porque no confié lo suficiente en su amor.
Y al fin vengo a comprender que tú eres la única culpable de todo ―sentenció con la seguridad de creer en lo que acababa de decir.
―No lo creo. Él te culpa de todos sus males.
Yo le susurraré que lo haga y no creo que llore tu muerte…
tampoco la de tu pequeña. Aunque sí es verdad que cuando traté de asesinarlo la segunda vez para ver si lograba hacerte salir de tu escondite…
¡y viniste! ―exclamó alegre―, me costó esperarte, y me juré que sería la última oportunidad que te daría para aparecer.
Phenton tenía que morir de un modo u otro.
Llegaste para curarlo como la primera vez.
¿Lo recuerdas? Yo estaba allí aquella mañana cuando te despertaste y te aconsejé ir a la fiesta de York.
―Supongo que también estuviste detrás de lo sucedido en Vauxhall. Le disparaste y lo apuñalaste. ―Ya nada podía sorprenderla.
―Te disparé a ti. Al principio no te reconocí, y cuando supe tu identidad lo vi claro.
Deseaba verlo sufrir mientras morías en sus brazos.
Pero te moviste y él te protegió, erré el tiro y lo herí.
Lo apuñaló un hombre al que pagué muy bien.
Tiene la suerte del demonio, no logro que muera, y eso, lo creas o no, me gusta mucho.
Es como ver al hombre que más odias caer una y otra vez.
Así fue cómo decidí que lograría mantener mi venganza viva durante un periodo de tiempo prolongado.
―¿Qué tiene que ver mi hijo en eso? ―preguntó Vivian.