Capítulo 17 #4
―York ―terminó Ranfield por él―. Mi esposa, la que se marchó antes de Navidad, ha decidido visitar mi casa precisamente hoy ―gruñó Lawrence.
―¿Quién tiene a mi hermana? ―Albemarle se sentía en desventaja.
―Sheyla Malone ―desveló Phenton.
―¿Cómo has dicho? ―Jacob Donaldson había tenido que escuchar mal.
―¿Sheyla? ―A Ranfield, ella jamás le cayó en gracia y viceversa.
Al fin sabía el motivo. Entre villanos se reconocían.
Lawrence no se ocultaba demasiado bien, ni tan siquiera logró esconderle esa faceta a Regina, pero la señorita Malone había interpretado el papel de su vida, pero no tan bien ante él.
―Así es. ―Phenton suspiró―. Albemarle asegura que una mujer retiene a su hermana.
Yo acabo de descubrir, no hace mucho, que Sheyla guio a Margaret hasta el lugar donde yo simulé ser un pachá con una especie de harén solo para que ella me viese y los dos sufriésemos.
Algo que le salió maravillosamente bien.
Tiene sentido que sea ella la que trabaja para Gerson.
―Llevas años siendo un disoluto, Phenton ―habló Albemarle―.
Dudo mucho que esa denominada Sheyla sea culpable de tu libidinoso comportamiento.
Que mi hermana se acabase enterando de tus traiciones era solo cuestión de tiempo.
―Evitó preguntar quién era ese Gerson, sospechaba que era un enemigo.
Siempre había alguno, y desconfiaba de que Phenton no se hubiese retirado de su vida como espía, como había hecho él mismo.
―Me juré serle fiel y lo fui… hasta que me abandonó. Rompí mis votos porque tú no me ayudaste a encontrarla y a poner la situación en orden con mi esposa.
―¿Tu qué? ―preguntó Donaldson.
―Es mi duquesa. Se trata de una larga historia que explicaré en otro momento. ¿Cómo vamos a salvarlas?
―Dentro están mi esposa Regina, quien tiene el don de aparecer en el instante menos indicado, tu duquesa…
―Mi hija ―siguió Phenton con la enumeración.
―Mi madre ―señaló Albemarle.
―Y la señora Pars ―desveló con una sonrisa Jacob Donaldson. Eso era esperanzador.
―¿Quién es la señora Pars? ―Albemarle estaba en clara desventaja.
―La niñera de mi hijo ―indicó Lawrence.
―¿Y por qué demonios iba a ser bueno que una niñera estuviera entre los retenidos por esa mujer?
―Porque la señora Pars es igual o más peligrosa que Sheyla, y ella no lo sabe ―señaló Ranfield.
―¿Pones al cuidado de tu heredero a una mujer todavía peor de lo que supongo que es la villana a la que aludís? ―Phenton no daba crédito a lo que acababa de oír.
―Pongo, como tú dices, a una mujer así al cuidado de mi hijo, precisamente para que lo proteja.
―¿El niño está dentro, Ranfield? ―se interesó Albemarle.
―No. Lady Ranfield no se arriesgaría a venir a mi casa con Kyle, sabe que si lo tengo a mi alcance la obligaría a quedarse. Regina es más lista de lo que parece ―apuntó Ranfield.
―¿Por qué tendrías que controlar a tu esposa a través de tu hijo? ―cuestionó incrédulo Albemarle.
―No preguntes, estaríamos aquí horas ―sugirió Phenton.
―¿Qué clase de tipos sois? ―Albemarle comenzaba a sospechar que los tres con los que estaba eran… cuestionables. De Phenton no era nada nuevo, pero…
―Unos que van a salvar a tu familia y a mi condesa, así que no te quejes tanto de los compañeros que te han tocado ―dijo Lawrence.
―¿Qué plan tenemos? ―se interesó Phenton.
―He contado a cinco hombres en el interior, pero puede haber más. Hay un pasadizo secreto que lleva hasta la biblioteca.
―¡Usémoslo! ―propuso Ryan.
―Hay que entrar por la parte de atrás y hay tres esbirros de Sheyla allí ―continuó explicando Lawrence―. Tenemos que acabar con ellos sin hacer ruido o alertaremos a todos de nuestra presencia.
―Me siento estúpido por no haber sospechado nunca de ella ―dijo Phenton.
―Nos engañó a todos ―confirmó Donaldson.
―No ―saltó Ranfield―. A mí no. Yo siempre dije que ella no me gustaba. No era natural que una mujer fuese más hombre que un hombre.
―¿Lo dices por sus gustos íntimos? ―inquirió el duque.
―No solo por eso. La he visto matar con sus propias manos. Cuando le pregunté, me dijo que aprendió de su progenitor. ¿Qué padre le enseña eso a su hija?
―Pregunta el hombre que deja a su hijo con la denominada señora Pars ―apuntó Albemarle, quien sospechaba que esa mujer haría cosas peores que la otra―. Las familias normales enseñan a las damas a cantar, bordar, pintar, bailar… cosas normales.
―Bueno… tu hermana sabe disparar y pelear ―apuntó Donaldson.
―¿Cómo dices? ―Albemarle se había perdido algo.
―Estuve con ella en Escocia y fue muy insistente en cuanto a recibir algunas lecciones sobre… ―Se calló en el momento en el que Phenton lo miró con rabia.
―Confío en que no le tocases ni un solo pelo de la cabeza ―dijo Lucien.
―No hubo nada indecoroso entre ambos ―habló Ranfield―. Estuve allí en una ocasión. La dama no lo miró dos veces y mi querido amigo… Bueno, él tiene el corazón en otra parte. ―Evitó decir que la mujer por la que suspiraba Donaldson jamás sería suya.
―Bien, ¿rescatamos a las damas o seguimos con los estúpidos chismes? ―preguntó Jacob.
En ese momento se escucharon varios disparos, seguidos de gritos. Ellos comenzaron a correr hacia el edificio sin precaución ninguna, solo con las pistolas en alto. Dispararon a varios hombres que cayeron abatidos en el suelo. Tuvieron que sortear también algunas balas.
Cuando lograron llegar a su destino, encontraron a Sheyla tendida en el suelo.
La señora Pars sostenía una pistola en alto, Regina se disponía a atarle las manos con la cuerda de uno de los cortinajes, Margaret tenía los puños en alto y ensangrentados, y la viuda y Calista figuraban sentadas en un sofá, la una abrazada a la otra.
Había varios secuaces echados sobre el mármol del suelo, con un charco de sangre bajo sus cuerpos.
Fuese lo que fuese lo que hubiera ocurrido en la salita, ellos habían llegado tarde. Las damas se habían salvado solas.